Wednesday, October 18, 2017

Vietnamicidio

JORGE MUZAM

El aire sabe a otoño. El paisaje es bruma, es Turner, cerros azulados, humaredas de barbechos. El sol dormita, las parras languidecen y las rosas de marzo ornamentan los jardines marchitos. El sindicato de nubes se estaciona en terreno de nadie, sin derramar lluvia, sin albergar relámpagos ni jilgueros ermitaños ni espíritus de aviones desaparecidos. 

Hace 35 años, en un marzo quizá más frío, cortábamos los álamos más viejos para convertirlos en leña para el invierno y tablas rústicas para nuestro piso. Eran los álamos de nuestros antepasados, tenían huecos que albergaron generaciones de búhos contemplativos, aguiluchos hambrientos y canasteros despistados. Tras el último hachazo caían como solemnes gigantes sobre la hierba reseca. No sentía mayor tristeza, entonces no albergaba recuerdos, mi pasado era un recuento de media hoja. Los álamos desplomados pasaban a ser mi parque de diversiones, mi trinchera selvática ante las hordas vietnamitas.

Eran los tiempos de Rambo, de Chuck Norris, del anticomunismo cultural norteamericano inmiscuyéndose en nuestras cabezas infantiles. Jugaba a ser Stallone, y hasta creía poner la misma cara de bruto. Mis armas eran fusiles de asalto de álamo, mis granadas eran piñas de pino. Luego de dispararle a esos malditos amarillos, debía pasarme al bando contrario e interpretar al enemigo. No había dinero para actores de reparto.

Muy pronto me llamaban al orden desde nuestra casa. Debía seguir llenando canastos de ciruelas maduras para secarlas en el techo. Cientos de kilos de jugosa fruta se amontonaban allá arriba. Los zorzales inspeccionaban el asunto desde los encinos. Las ciruelas que iban quedando abajo eran aplastadas y su jugo se derramaba techo abajo formando un río de néctar ambarino donde turisteaban los moscardones.

Pintura: © Bui Trong Du

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor) 

Quien mucho muerde poco traga

DANIEL AVERANGA MONTIEL

Mientras veía “Las malcogidas” (D. Arancibia: 2017), no podía evitar pensar en “¿Quién mató a la llamita blanca?” (R. Bellot: 2006) y “Sena Quina: La inmortalidad del cangrejo” (P. Agazzi: 2005); quizá por las inevitables comparaciones de forma con las que las tres películas intentaban construir un humor digno de recordarse; pero esperen, estas comparaciones no son de fondo, porque “Las malcogidas” intenta, a su modo, construir modelos de apertura temática (amor de familia, reivindicación LGBT, cuestionamiento al amor romántico), y todo, desde su caótica construcción llena de capas y capas de temas transversales que en ciertos momentos no logran resolverse de manera lógica, o si lo logran, lo hacen apresurada y estúpidamente; pero también, y acá anoto un contrapunto de validez universal (pues el humor puede verse aquí y en la China): me hizo pensar en la mítica “Good Bye Lenin!” (W. Becker: 2003) y la serie de televisión “Aida” (N. García: 2005 - 2014).

Y es que cuando una película está tan bien construida, no te la pasas extrañando a otras películas mientras la estás viendo (o si sucede, las comparas con entusiasmo), sino una vez que logras salir de la sala de proyección, dices: “¡Caracho!, pues esto me ha hecho recuerdo a esta película, y...”.

Cosa distinta ocurre cuando uno ve una película que es difícil de analizar en todas sus capas y recuerda a tantas otras producciones; pero que, en el fondo, se nota que tiene una carga de amor no romántico de parte de todo su equipo de producción, aunque su historia se disuelva en el cotidiano; y esto, que debiera ser un punto a favor, termina siendo la estocada que transforma a esta película de un producto ambicioso, en otro pretencioso.

“Las malcogidas” presenta a tres personas llamadas Carmen (uno, el hermano trans, es Karmen), y una temática que si bien es invisible, se percibe desde el principio y acompaña, como el cadáver pudriéndose sobre la espalda del que lo lleva, al inevitable final: la búsqueda de la felicidad. Ese conflicto se dispersa de pronto en las situaciones casi calcadas de series de televisión como la mencionada “Aida”, y de argumentos que recuerdan (perdón) al “Diario de Bridget Jones”.

No me malinterpreten: la felicidad nunca se nombra en la película, pero hay ciertas búsquedas que se dicen desde los personajes: Karmen lucha por ser aceptada y no aceptado, aceptada, así, con a en el final; Carmen, la “mayor” (pero a mí me pareció la más juvenil del trío), quien lucha por olvidar que nunca ha gozado de un orgasmo, y la última Carmen, quien sinceramente hace el esfuerzo para verse gorda, patética, inofensiva y que, ya desde los primeros minutos, pretende ganarse al público con esa construcción de su búsqueda: luchar contra la tradición familiar carente de placer, contra su cuerpo, contra el poder machista falocéntrico impositor, y hasta contra la individualización de su personaje, pues en ciertos momentos parece que habla por todas las mujeres con sobrepeso que tienen por vecinos a tipos que parecen hermanitos del Alejandro Delius.

Hasta ahí la historia se ve suculenta, interesante, casi incluso, según la lógica de Henry Bergson, cómica; pero hay algo que falla: la historia.

Una referencia más, antes de seguir hablando de los trabajos de Agazzi y Bellot en comparación con la película de Arancibia: la película me hizo suspirar por el recuerdo de “El ladrón de bicicletas” (V. de Sica: 1948); ¿y por qué una película tan dramática como esta última está en mis referencias sobre una comedia “escandalosa”? La historia.

Vittorio de Sica contrató a seis guionistas para construir “El ladrón de bicicletas”, y después de despedir a cinco, se quedó con el que menos lo cuestionó; en cierto momento de Sica le dijo a este guionista: “El guión no importa al final, lo que sí interesa es la historia; si la historia no funciona, ni un guión escrito por Victor Hugo en este tiempo hubiera podido funcionar”.

Agazzi contó con Juan Pablo Piñeiro para el guión de “Sena Quina: la inmortalidad del cangrejo” y Bellot con Juan Cristóbal Ríos para “¿Quién mató a la llamita blanca?”; para las otras referencias que he mencionado en este artículo, el trabajo de los guionistas se apoyó en la construcción de la historia, y la historia de cada uno estaba centrada en un punto: podemos hablar del capitalismo más ácido y perverso visto desde una familia de la clase media (“Good Bye Lenin!”), el intento por sobrevivir a una inversión para ganarse el amor de una pareja (“Sena Quina: la inmortalidad del cangrejo”) o el accionar de dos malhechores que bien pueden ser súper héroes dentro de su propia y caótica realidad (“¿Quién mató a la llamita blanca?”), o explicar, en ciertos diálogos informativos y secuencias limpias, la necesidad de una bicicleta en el cotidiano de una persona (“El ladrón de bicicletas”)... La cosa no está en morder más de lo que se puede tragar, y “Las malcogidas” trata (e intenta “tragar”) a un sinfín de temáticas que al final se sienten tan dispersas de su historia central (¿La hay?, ¿la debe haber?), que puedo afirmar que si una película es, en metáfora, muy parecida a un árbol, entonces “Las malcogidas” es un arbusto tupido, por no decir estúpido.

No estúpido porque hay ciertas actuaciones que sobresalen de su propia mal construcción “victimista” y “valiente” hasta cierto punto (y sí, hablo de ti, Bernardo, y de ti, Marta), sino estúpido porque a pesar de ser una película hecha con todo corazón, fue diseñada solamente para ese circulito de gente que se sentirá identificada con los personajes y dirá: “Así es mi realidad, también lo quiero al Saxoman y me tomo en la Chopería y también me he sentido gordo y atraído por un imposible”, y la aprobará sin detenerse un momentito en su dispersión argumental.

La historia de la Carmen menor, junto con la del Karmen soñador, tenían sus puntos fuertes, con tanto potencial como puede tener la historia de una mujer en contra del amor romántico y de un varón que desea cambiarse de sexo... pero, ¿qué pasó?

Me imagino el trabajo del guionista tratando de recordar la vez que fue con alguien a farrear y cruzó los cables de su recuerdo para armar una “comedia de escalera”, en la cual se reemplaza la realidad de los protagonistas por una escalera de un edificio sin ascensor, y en donde todos los vecinos se cruzan constantemente y dialogan sobre sus realidades, sus preocupaciones y sus sueños truncos... Ya saben, una comedia en donde también se reemplaza al vecindario creado por Enrique Segoviano y Roberto Gómez Bolaños, por la realidad alejada de sí misma, de la clase media que busca la felicidad vestida de orgasmos y penes quirúrgicamente modificados para que parezcan clítoris.

Al final, la historia de “Las malcogidas” se disuelve en las intenciones por meter todas las referencias posibles de la juventud “responsable” y “madura” y que posee una cosmovisión envidiable por ser individualista, a pesar de hablar y creer que se tiene derecho a hablar por los demás: “Soy de esta zona pero igual me bailo mi cumbia, mi rock argentino, me tomo mi cerveza y canto contra el amor romántico, y hago sincronía cultural porque me visto postpunk pero soy cholo”; esa juventud que cree tener las riendas de los demás en las manos, pues.

Al final, como dije, “Las malcogidas” goza de un guión hecho con amor y con esfuerzo, pero el guión hace lo que puede (y falla) con una historia “malpensada” y “biencogida por los cabellos”, que bien podría haber servido para un capítulo de “Aida” o los primeros veinte (no, quince) minutos de “¿Quién mató a la llamita blanca?”, pero que, al final, no hubiera llegado ni a los talones de ambas.

Esperemos que dentro de siete años (la diferencia de su primera película y esta) Arancibia logre sacar algo que no me haga extrañar a mejores producciones, pero eso sí, inclúyanlo a Américo Saxoman, por favor, que creo que fue lo mejor de ese esfuerzo lleno de corazón y vacío de orgasmos, pero que es tan olvidable como “Casting”.

AVERANGA EN BREVE
Daniel Averanga. Escritor, pedagogo, p'ajpacu erótico. Nacido en Oruro, 1982. Premio plurinacional de novela "Marcelo Quiroga Santa Cruz" 2015. Sabe cocinar, dibujar y corregir los errores de los demás. Co-compilador de Gritos Demenciales (2010), Nuevos Gritos demenciales (2012) y Vértigos (2012); eterno mencionado en concursos de cuento, peleador callejero e inspector de aves en la Avenida 6 de marzo. Este año está preparando "Doble filo: antología de cuentos iberoamericanos de terror", con escritores de 11 países, que saldrá por editorial 3600, y una antología sobre la guerra del Chaco con 39 cuentistas, un cronista y dos ilustradores.

«La novela de Daniel Averanga es la obra de un escritor que va entrando a la madurez de su carrera literaria. Buscando más allá de la novedad posmoderna, Daniel logra perturbar en el lector los cimientos de sus creencias acerca de la bondad y la maldad. Si San Agustín de Hipona creía haber logrado resolver el problema del origen del mal sin acudir a la presencia del demonio, Daniel consigue devolvernos a la cuestión de una manera aterradora», dice Gilber Sanabria de su obra.

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De PUÑO Y LETRA (CORREO DEL SUR/Chuquisaca), 09/10/2017


El escudo de Arquíloco

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

*** Arquíloco, su escudo y las inclemencias del tiempo.

*** Insultos descarados, dengues de pasmados (los míos), silencios que truenan, olvidos de desmemoriados, rabiosas crueldades, mentiras descaradas hechas tanto munición de fuego graneado como jugosa dieta de trinchera, difamación a raudales, ganas de apuntillar al enemigo, galleras azuzadas a voces, enconos viejos hechos nuevos por arte de birlibirloque, mañas de tahúres con las riendas de la cosa pública en las manos...  ¿qué de raro puede tener que busques refugio en otra parte?

*** No participar a voces en la gallera general no quiere decir que te desentiendas de lo que ahora mismo sucede en la escena pública, sino que intentas coger distancia. Además, cuando no tienes propuestas que ayuden a salir del callejón en el que estamos metidos a qué repicar consignas o comentar lo que se comenta solo. El mentidero no es el mejor lugar para la reflexión y las ideas claras.

*** Y sobre todo, no esperes a comprobar en tu cabeza que no hay Caín que no se tome por Abel: huye, hazte humo... sí, pero lo cierto es que nunca te vas muy lejos, unos y otros nos tenemos agarrados de  las solapas y no nos soltamos porque sospechamos que tal vez, si lo hicéramos,  no sabríamos en qué dirección echar a andar.

Un sayo ostenta hoy el brillante escudo
que abandoné a pesar mío junto a un florecido arbusto.
Pero salvé la vida. ¿Qué me interesa ese escudo?
Peor para él.
Uno mejor me consigo.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 18/10/2017


Viaje de Diego de Rosales al Epulabquen (Neuquen) (1650)

DIEGO DE ROSALES

"Aunque el gobernador don Antonio de Acuña y Cabrera, con celo cristiano y desinteresado, había enviado dos ordenes al cabo y gobernador de Boroa para que no consintiese que se hiciesen malocas ni guerra alguna a los puelche que habitan de la otra banda de la cordillera nevada, por haberle informado de la poca o ninguna justificación con que de nuestra parte se hacía esta guerra, por haber dado esos indios la paz cuando todos los demás en tienpo del gobernador don Martín de Mujica, y no habérseles hecho causa ni probando haber quebrantado la paz ni hecho hostilidad ninguna, con todo eso el cacique Millacuga, pegüenche, o por no haber llegado a su noticia las órdenes de el gobernador, por vivir entre las dos cordilleras, o por la antigua enemiga que tienen estos indios con los de la otra banda, juntó una cuadrilla de indios de su mando y fue a moloquear a las tierras de el cacique Chaclaye y le mató y cautivó diez piezas. La causa de la antigua enemistad se originó de que ahora viente años un indio de la otra banda prometió a los de esta un remedio para consumir a todos los españoles sin guerrear con ellos ni derramar sangre, como se lo pagasen muy bien; y con el deseo de verlos fueras de sus tierras o acabados, le dieron muy buenas pagas de antemano, y él les trajo una olla de ratones, diciéndoles que los echasen en las tierras de los españoles y que se multiplicarían y serían una peste que les destruyese sus sembrados, y luego darían tras los españoles y matarían, entrándoseles por las narices y por las orejas. Echaron los ratones y no hicieron efecto ninguno, antes los españoles se hallaron más boyantes y les hicieron más cruda guerra. Sentidos de verse engañados de el puelche embustero y corrido de haber sido tan fáciles en creerle y dar su hacienda, fueron a cobrarla; y como él no tuviese ya tras que caer muerto, maloquearon a sus parientes, según su usanza, que lo que uno no paga lo cobran de sus parientes, y de aquí se fue encendiendo la guerra de unos con otros, maloqueándose y procurando desquitarse de el mal que habían recibido, y aunque dieron la paz todos al español, quedó entre ellos por apagar este fuego.

Esta fue la causa de las primeras malocas que Tinaqueupu hizo de los puelches en tiempo de el capitán Juan de Roa, a quien por vengar sus pasiones y por ayudarse de los españoles para hacer guerra a sus contrarios, le dijeron que habían venido mil puelches a ayudar a coger las mil vacas que iban a Valdivia, lo cual se probó haber sido falso, y que por sus enemistades antiguas los habían maloqueado, no porque se hubiesen faltado a la paz prometida, y lo mismo hizo ahora el cacique Millacuga, maloqueando y quitando la vida al cacique Chaclaye que había enviado mensajes de paz. Sin esta hizo otra maloca el capitán don Luis Ponce de León a los puelches contra las dos ordenes referidos de el gobernador, porque habiendo determinado el hacer una entrada a las tierras del cacique Guircañanco, que aún no había enviado mensaje de paz y era de los rebeldes, y marchando hacia sus tierras torció el camino hacia la cordillera, o porque en lo de Guicañanco había de haber muchas lanzadas o por que en los puelche tenía más segura presa, y encontrando en el camino de la cordillera al cacique Malopara y a otro cacique de igual estimación que venían a dar la paz a al cabo gobernador y pedirle que los dejasen vivir con descanso en sus tierras, que ellos ni eran gente de guerra ni jamás se la habían hecho a los españoles, les obligó a que de el medio de el camino se volviesen y que lo guiasen a donde pudiese coger piezas. Y quisieron que no quisieron, hubieron de volver y guiarle a las tierras de unos pobres serranos, donde cogió treinta piezas, sin las que se ocultaron, y vino con ellas a Boroa, siendo bien recibidas de su cabo don Juan de Salazar, que en la justificación de su esclavitud escrupulizó tan poco como don Luis Ponce: que como soldados no miran más al interés, y de lo demás les da poco cuidado y menos escrúpulo.

Viendo este desorden y la poca justificación de estas malocas, avisé al gobernador Antonio de Acuña y Cabrera de estas dos que se habían hecho contra dos órdenes suyas y contra toda razón, suplicándole que se sirviese de hacer justicia y mandar volver aquellas piezas a sus tierras, y que si me daba licencia, yo iría a llevarlas y a ponerle de paz todas las tierras de los puelches, porque estaba cierto que no querían guerra ni jamás habían sido enemigos nuestros, por haber comunicado a muchos de ellos y haberse favorecido de mi para que los dejasen vivir con descanso en sus tierras. Recibida esta carta, respondió el gobernador mostrando un cristiano celo y el sentimiento que había recibido de que se les hubiesen hecho esas dos malocas a los puelches, así por haberse contravenido a sus ordenes como por estar tan informado de la voluntad de esos indios, de su rendimiento al rey nuestro señor y de la poca justificación con que se les había abierto y hecho la guerra de nuestra parte, habiendo dado la paz con los demás y no faltado a las capitulaciones de ella; y agradeciendo mi oferta, la estimó con grandes encarecimientos y me suplicó o mandó que hiciese un servicio tan grande como ese a su majestad y un bien tan señalado a aquellas almas de ir a poner de paz y asegurar a aquellos indios, que no se les haría ya más la guerra ni entraría español ni amigo a maloquear sus tierras, y que llevase todas las piezas que se habían cogido en aquellas dos malocas tan mal hechas y tan contra sus ordenes y se las volviese a sus caciques, y que para esto pidiese al cabo y gobernador de Boroa toda la gente que me pareciese necesaria y el avío, malotage y todo lo demás que juzgase ser conveniente; que para todo le enviaba órdenes muy apretados y para luego me entregase todas las piezas que tenía e hiciese entregar las que cualesquiera otros hubiesen, so pena de la vida, y las que en otra maloca había cogido el capitán don Luis Ponce. Obró en esto su señoría con gran cristianidad, desinterés y celo de la justicia y con el consejo de todos los maestro de campo, capitanes y personas doctas de la Concepción, a quienes consultó en una grave junta, y todos fueron de parecer que así se ejecutase, atendiendo al servicio de Dios y de el rey, a la justificación de la causa y a la inocencia de estos indios.

Luego que recibió el orden de el gobernador don Antonio de Acuña, su cuñado, el capitán don Juan Salazar, me entregó las piezas que tenía esclavas y me dio toda la ayuda que pedí, que fueron solamente dos soldados, que no quise llevar más, y el capitán don Luis Ponce de León, que era el que más los había maloqueado y hecho cruda guerra, para que se hiciese amigo con ellos y echasen de ver que ya no le había de maloquear más ni hacerles guerra. Y para que se me entregasen las demás piezas y que en todas partes se me diese ayuda y favor necesario, dio el orden siguiente el dicho cabo y gobernador de Boroa don Juan de Salazar, por escrito: "Por haber tenido orden de el señor gobernador y capitán general de este reino para entregar al padre Diego de Rosales, de la compañía de Jesús, superior de las misiones de este gobierno de Boroa, todas las piezas que cogió el capitán don Luis Ponce de León en dos malocas que hizo por el mes de noviembre de mil y seiscientos y cincuenta y las que estaban aquí detenidas, que se cogieron en una maloca que hizo el cacique Millacuga, para que su paternidad las lleve y restituya a sus caciques y tierras naturales, procurando con medios suaves la pacificación y quietud de los indios de la otra banda de la cordillera, por esta se las entrego todas las que al presente se han podido recoger, quedando a mi cargo el juntar las demás para el mismo efecto. Y ordeno y mando a todos los ministros de guerra, caciques y cualquiera otras personas, le den a dicho padre todo favor y ayuda necesaria, sin poner ningún impedimento ni estorbo, por convenir al servicio de ambas majestades la ejecución de estos intentos. Item: ordeno y mando que si algún soldado o cacique amigo hubiere hecho alguna maloca de la otra banda de la cordillera y hubiere cogido piezas, se les entregue a dicho padre Diego de Rosales para que las restituya a sus caciques y tierras naturales, sin que en esto haya contradicción ninguna. Y por cuanto el intento de su señoría es que se satisfagan las partes ofendidas y se quieten los ánimos perturbados de esos indios de la otra banda de la cordillera, encargo a vuestra paternidad que en la parte que se le pareciere más conveniente, haga llamamiento de todos los caciques, y que en parlamento público les entregue las piezas, dándole a entender el sentimiento que su señoría ha tenido de que les hayan maloqueado cuando deseaba que todos se pacificasen por suaves medios y el gusto que tendrá de que se sujeten todos a la corona de su majestad y a la ley de el santo evangelio. olvidando los agravios de una y otra parte. Y así mismo les encargará vuestra paternidad a todos los caciques que vivan en paz, sin maloquearse unos a otros y para esto será importante que v. paternidad tome la mano y haga todo lo posible para que queden muy amigos unos con otros, olvidando los agravios y causas de enemistad que de una y otra parte ha habido - Fecha en este fuerte de Boroa en nueve de diciembre de mil seiscientos cincuenta años - Don Juan de Salazar Solis y Enriquez."

Con esto saque de prisión a cuarenta y cuatro esclavos, hombres y mujeres, y despaché por delante un indio de buen corazón que fuese a avisar a toda la tierra de la otra banda de la cordillera cómo ya estaban libres todos sus compañeros y el gobernador había sentido en extremo las malocas que se les habían hecho y mandado que todas las piezas se volviesen a sus tierras, y cómo yo partía con ellas para entregárselas a los caciques y a asentar con ellos una paz perpetua como la deseaban, y que se juntase toda la tierra para cuando llegase. Voló el indio como pájaro que se ve libre de la prisión de una jaula, y cuando llegó con el mensaje apenas creían una cosa jamás vista, que los españoles y los indios amigos les volviesen las piezas maloqueadas. Salí con ellas y envié a pedir al veedor general Francisco de la Fuente Villalobos, que estaba en Pelecaguen esperando que se juntasen los caciques amigos de Osorno para asentar con ellos las paces, que me enviase a un cacique amigo llamado Catinaguel que tenía en su compañía y corría voz de que era sospechoso y se recelaban de él, que había de hacer mal tercio en las paces; que le quería yo llevar conmigo, por ser los puelche sujetos a su mandado y que me podía ayudar mucho, y quitarle de la sospecha que allá tenían de él; y de verdad el indio era muy amigo de que hubiese paces, y sentía mal de las malocas, y llevaba peor las que hacían injustas, y los que eran amigos de piezas y malocas sentían mal de él, porque las contradecía, y viose su buen celo en esta ocasión, porque vino a mi llamado y me acompañó y ayudó grandemente a componer las paces con su autoridad, razones y elocuencia en los parlamentos. Y luego que llegó a Boroa y le dije para que le había llamado, se holgó mucho de que le llamase para ir a asentar paces entre indios a donde alcanzaba su jurisdicción, y envió por todo el camino mensajes a sus vasallos diciéndoles como yo iba a llevar aquellas piezas, que me saliesen al camino al camino con camariscos de comida, caballos y lo que hubiese menester para mi y para los indios que llevaba.

Causaba admiración a los indios amigos el ver volver tantas piezas a sus tierras: era cosa que nunca habían visto en tantos años como habían guerreado con los españoles; y causábales grandes edificación el ver que los padres los defendiésemos y quitásemos a los españoles las piezas que ya tenían suyas, y conociendo que eran de paz, se les quitaba el escándalo que les había causado el verlos maloquear por pobres retirados y serranos, y por el camino me dieron los indios algunas piezas que tenían de estas malocas para que las volviesen, viendo que los españoles habían dado las suyas. Y porque el cacique Buchamalab, de Boroa, rehusaba darme una que tenía por decir que la había comprado y gastado su hacienda, le pagué lo que le había costado por no dejarla y porque él no quedase descontento. Cuando pasé a la otra banda de la cordillera y llegué al Epulabquen, se levantó de la cama el cacique Antulien, que estaba muy malo, y salió con toda su gente a recibirme y a agradecerme el bien que les iba a hacer en llevarles los cautivos y ponerlos de paz. Puse una cruz en sus tierras, que adoraron todos de rodillas; predíqueles los misterios de nuestra santa fe, que creyeron, pidiendo el bautismo, y porque ya se iban juntando todos los caciques y gran número de gente, pasé adelante y solo bauticé allí algunos niños y al cacique que por estar muy peligroso.

Juntáronse al parlamento en las tierras de Piutullanca gran número de puelches embijados, pintadas las caras y cuerpos de diferentes colores, cubiertos de pellones de guanacos, y las mujeres también pintadas y con el mismo traje, y a la novedad de volver a ver a las piezas cautivas, y a un sacerdote, que en su vida habían visto ninguno, y decían que venían a ver a un "Perimonto", a un "Guecubu", que significaba entre ellos una cosa rara y nunca vista. Cuando vieron las piezas, levantaron una grande algazara de contento y alegría, llorando de gusto unos con otros por volverse a ver cuando no lo esperaban. Juntos ya todos los caciques, enarbolé una cruz, que todos adoraron, y habiéndoles hecho un sermón y explicado los misterios de nuestra santa fe, y como el Rey y nuestro señor lo que pretendía de ellos, y para lo que deseaba su quietud y que estuviesen de paz era para que oyesen la palabra divina y que fuesen cristianos, respondieron que lo querían ser. Dígoles cómo el gobernador les enviaba estas piezas por haberle maloqueado contra su orden y contra su voluntad, porque había sabido como habían dado la paz y de su parte no la habían quebrantado más, que viviesen seguros y con gusto y olvidasen los agravios pasados, sin hacerse malocas unos a otros; y que estuviesen dispuestos a que si los españoles quisiesen poblar en sus tierras, a recibirlos como vasallos de el rey y a ayudar a trabajar en las poblaciones. Y en esto y en todo lo demás que les propuse vinieron con grande voluntad diciendo que ellos nunca habían sido enemigos de los españoles ni le querían ser, y que estaban obedientes para cuanto les mandasen, y deseosos de tener algún sacerdote en su tierra que los doctrinase y bautizase.

Hízoles luego Catinaguel un elocuente razonamiento, exortándolos a la paz, a recibir el evangelio, a ser fieles a Dios y al rey y a vivir en paz unos con otros, a que respondió el cacique Malopara, el más noble y estimado entre ellos. Es indio de grande estatura, bien dispuesto; venía vestido con pellón de tigre muy pintado, con su arco y flecha en la mano, su carcaj al hombro, en la cabeza un tocado de una red y un rollete de hilos de varios colores, y entre la red y el rollete entretejidas muchas flechas con puntas de pedernal blanco y plumas de colores en el otro extremo. Púsose en medio con su flecha en la mano y habló en dos lenguas haciendo su parlamento, primero en la legua de Chile, respondiéndome a mi y al cacique Catinaguel, y luego en lengua puelche, para que entendiesen lo que nosotros y él habíamos dicho los que no sabían la lengua de Chile sino la puelche, que es en todo diferente. "Desdicha nuestra ha sido haber nacido puelche, el ser una gente que vive vida común con las bestias y tiene semejanza con las fieras. Aquí hemos nacido y aquí nos hemos criado, y como no sabemos de otro mundo, este nos parece el mejor y en este estamos hallados. Vivimos vida común con las bestias por no haber conocido a Dios ni haber tenido quien nos de noticias de él hasta ahora, y porque no aspiramos más que a vivir ni tenemos otro modo de sustentar la vida que las bestias, porque nuestras tierras, por ser tan cálidas que el sol con ardientes rayos las abrasa, no dan frutos ninguno en los árboles, ni producen semillas, que avarientas se guardan, o estériles las consumen. Y así nos vemos obligados a sustentar la vida paciendo yerbas u osando raíces, y cuando este sustento nos falta, no hacemos de la banda de las fieras, y vestidos de su naturaleza y de sus pieles de tigre con el arco y la flecha, nos sustentamos cazando animales, y a costa de su sangre y de su sustancia sustentamos la vida y alimentamos nuestra sustancia, imitando a las fieras, al león y al tigre, que como fieras más poderosas se sustentan a costa de la sangre del humilde cordero y de el animal más tímido. No se han levantado jamás nuestros pensamientos a más que los de una bestia y de una fiera, que es de sustentar la vida; no hemos apetecido reinos, tierras, ni señoríos; no hacienda, oro, plata, galas ni arreos: que la vida humana se contenta con poco cuando no es mal contenta ni ambiciosa, y así nunca hemos hecho guerra, ni pretendido amplificar nuestro señorío, ni aumentar nuestras haciendas. Las que tenemos las llevamos siempre con nosotros; nuestra habitación es el campo, nuestra vivienda una casas de pellejos o unas cuevas.

Solo en la razón nos mejoró la naturaleza a las bestias y a las fieras, y esa nos ha contenido para no tener enemistades con nadie. Cuando los españoles poblaron antiguamente Chile, aquí nos dejaron, despreciándonos por pobres y motejándonos de inútiles. Con los de Chile tuvieron sus tratos y sus comercios, y esos, ingratos a sus beneficios, se volvieron contra ellos y los hicieron guerra, quitándoles las vidas, las haciendas y las mujeres y engendrando hijos en las españolas, levantando de punto su natural con el multiplico de los hijos blancos y mestizos de dos sangres, mixtas de indio y español. En ese tiempo nosotros nos conservamos en nuestro humilde ejercicio; miramos los toros desde afuera, no tomamos las armas contra los españoles, ni se nos alzaron los pensamientos a hacerles guerra, así por no ser de nuestro natural el hacerla, como porque los mirábamos con respeto, como viracocha o hijos de el sol. Y todo el tiempo que los de por allá han estado haciendo guerra a los españoles, nos hemos estado nosotros acá de esta banda de la cordillera en nuestras ocupaciones. No quiero mas prueba de esto, sino que tendais la vista por toda la gente que ha concurrido a este parlamento, que es la mayor fiesta que jamás han tenido, para el más solemne concurso, para el día de el mayor regocijo, han traído todas sus joyas, todos sus arreos y todas sus galas. Ved si hay algún despojo de españoles, mirad si entre tantos soldados ha algunas armas de acero, alguna cota, alguna espada, alguna lanza o arma de español alguno; arcos y flechas vereis no mas para pelear con las fieras. Aquí están todas las mujeres, mirad si hay alguna española; aquí han venido todos nuestros hijos, ved si alguno tiene mezcla de otra sangre; y pues aquí no hay despojos, armas ni mujeres, ni sangre de españoles, buena prueba es de que jamás les hemos hecho guerra, que no hemos tenido codicia de su hacienda ni derramado su sangre.

Cuando los de Boroa, la Imperial, Tolten y Osorno dieron la paz al marquez, concurrieron nuestros caciques, no tanto a darla, porque no la habíamos quitado, sino a dar reconocimiento al rey. como sus vasallos. Por inútiles nos dejaron y por pobres no hicieron caso de nosotros. Pero los indios de la otra banda, como hicieron paces con los españoles y no hallaban modo como cebar su codicia en ellos y hartar su hambre en sus carnes, se volvieron contra nosotros, y como fieras más poderosas se sustentaron de nuestras carnes y se alimentaron de nuestra sangre, haciendo presa en nuestros ganados, y cuando los hubieron consumido todos, viéndonos humildes corderos temerosa caza, dieron en cazar nuestros hijos y mujeres para vendérselos por esclavos a los españoles, y llamándolos en su ayuda al cebo de la segura presa, nos iban consumiendo y acabando; y acabaran sin duda con nosotros si el gobernador no se hubiese dolido de nosotros, y el padre que ha sido padre y nuestro redentor no hubiese venido a apadrinarnos y a redimirnos de tantas vejaciones, a sacarnos de las gargantas de los lobos y librarnos de las rapantes uñas de los tigres y fieros leones. Ya desde hoy viviremos seguros y contentos, pues conocemos a Dios y tenemos quien nos ampare y defienda. De paz hemos sido siempre y de paz somos; y aunque no tenemos toquis ni instrumentos de guerra, por no faltar a la ceremonia quebraré estas flechas para que se entierren al pie de la cruz".

Y así lo hizo; y el cacique Guinulbiela, en lugar de oveja de la tierra, que ni una tienen ni de las de Castilla, mató una vaca, que sola le había quedado y era la única en toda la tierra, e hicieron sus acostumbradas ceremonias en las paces.

Acabadas, me pidieron que les enseñase los misterios de nuestra santa fe, y en las tierras del cacique Cheine, donde estuve algunos días, oyeron el catecismo con grande gusto y bauticé algunos niños. Temían mucho los caciques a los indios peguenches, que eran sus mortales enemigos, y rogáronme que ya que les había asegurado que los españoles no le maloquearían más, que hiciese las amistades con los peguenches de Millacuga, Guiliguru y Legipilun y los dejase confederados; y por dales gusto y atajar la guerra caminé cincuenta leguas atravesando cordilleras, y fui haciendo parlamentos por las tierras de Guiliguru, Millacuga, Pocon, hasta los peguenches de las salinas, que están junto al cerro nevado que está camino a Mendoza; encargándoles a todos la paz e intimándoles el orden de el gobernador que no se moloquease más a los puelches, ni unos entre otros tuviesen guerras, y todos prometieron de hacerlo y agradecieron que hubiese metido mano para pacificarlos y hécholes tanto bien de darles a conocer a Dios y de ponerles en sus tierras.

Volví a tiempo que ya llegaba el gobernador don Antonio de Acuña y Cabrera a Boroa para establecer las paces con los de Osorno, Ranco, Cunco y Calla-Calla, y cuando corría voz que me habían muerto los puelches a mi y a los tres españoles que llevé en mi compañía, entré en Boroa con cuarenta caciques que había dejado en paz, cuyos nombres dejaré por no causar molestia, contentándome con poner los de los más principales, que fueron: Piutullanca, Malopara, Guinulbilu, Cheine, Painecalquin, Aguayama, Maripobtun y los demás. Fuimos recibidos con mucho gusto de el gobernado y con grande aplauso de ver en su tiempo reducidos tantos vasallos a la obediencia de su majestad; y fuese acrecentando el gusto porque llegó también al mismo tiempo el veedor general Francisco de la Fuente Villalobos, que había ido a Pelecaguin, como dijimos, a pacificar los indios. Y porque se viese que la acción era suya, el gobernador de Valdivia don Diego Gonzales Montero envió al padre Juan Moscoso, de la compañía de Jesús, superior de la misión de Valdivia, de gran celo de la conversión de los indios, y muy acepto entre ellos, a los llanos de Osorno y Valdivia, a que hablase a los caciques y les digase que viniesen a Boroa a asentar de una vez las paces en presencia del gobernador y capitan general, y con el capitán Baltazar Quijada los trajo a este mismo tiempo a Boroa, donde se hizo el parlamento de las paces, de que dirá el capítulo siguiente"

(Fuente: Historia general de el reino de Chile Flandes Indiano, parte III, libro X, capítulo IV)

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Publicado por Taiñ Füchakecheyem en VESTIGIOS TEHUELCHES, página de Facebook


‘Ventajas de estar en la ruina’, de Emilio Losada

JOSE RASERO

Con nocturnidad y alevosía. Así he leído ‘Ventajas de estar en la ruina’ (Premio Andaluz de Poesía Villa de Peligros 2014) de Emilio Losada. Le tenía ganas. Y he visto escenas en blanco y negro. He vagado por una ciudad engañosa, mínima, tardía y desquiciante. La atmósfera de este poemario me ha envuelto de spleen, de mujeres, de amores, de taxis, de recuerdos, de maletas por hacer o deshacer, de huidas, de lecturas. También he observado la derrota: “…y alardear de derrota / ante otra hoguera sitiada / por la imberbe prole del éxito”. La fuerza que hay en la derrota. Dividido en tres partes, ‘El homónimo’, ‘Las Estampidas’ y ‘El último’ (un bellísimo poema de amor, no sé si imposible amor), pasean por sus hojas gentes que se lanzan a su abismo cotidiano, princesas y bribones en batín, viajeros y barmans de venta de carretera, referencias literarias como Nicanor Parra, Mallarmé, Baudelaire o Fernando Cañas, versos tan aparentemente libres que a veces se nos escapan de las páginas. Rupturas y encuentros. El observador – el yo poético de ‘Ventajas…’– no es inmutable, pero parece no participar. Hablemos con el culpable:

–Pessoa decía que ‘la vida no basta, por eso existe la literatura’. ¿Qué dice usted?
Y también dijo algo parecido en defensa del arte en general. Estoy completamente con el enorme Pessoa, como estoy completamente contra aquella afirmación de Wilde en el prólogo de El retrato de Dorian Gray: “Todo arte es completamente inútil”. ¿Cómo pudo soltar Wilde semejante memez? Ganas de tocar la moral, supongo. Desgraciadamente, hay mucho caranalga por ahí que piensa que el arte es absolutamente prescindible. Y, para mayor desgracia, ese tipo de personal tiene mucha mano. Así nos va. En Génova 13 algún iniciado debe tener a Wilde en un pedestal.

–Su poesía es muy visual. A veces ‘esa cámara’ se cuela hasta en las alcobas, pero no parece implicarse…
Ventajas está más cerca de la épica que de la lírica. La implicación es anecdótica. Se contempla, se sacan conclusiones subjetivas pero no se toma partido. Laconismo epicúreo elevado a su máxima potencia. Sucede lo mismo en mis novelas, hasta el momento escritas en primera persona. El yo narrativo de este poemario no tengo por qué ser yo, aunque muchas veces es cierto que servidor ha protagonizado la vivencia, como en el caso del último poema, o de Revival, o de Dernier cri. Aquí no hay Chinaskis, Bandinis ni Belanos. Aquí pasa sobre todo la vida de los demás, como en Escena urbana, poema definitorio del conjunto. Me da a mí que con este libro se identificaría más un neoyorquino que un europeo. Hace unos años me pateé a base de bien Nueva York. Una de las cosas que me impresionó es ver a gente llorando sin ningún pudor. En quince días vi a cuatro personas llorando desconsoladamente. Todos de muy diferente pelaje: un negro enorme, un ejecutivo WASP, una chica joven y una señora de mediana edad. El primero en el metro, los demás en plena calle. Y todo el mundo hacía la vista gorda. Aquí no tardaría en entrometerse el buen samaritano de turno. Me parece más humano dejar hacer, respetar el berrinche de cada cual, no cortar el desahogo. Hay que intervenir si vemos que alguien se va a lanzar a las vías del tren, pero ¿porque está llorando…? ¡Acabáramos!

–¿Se nos queda pequeño el lenguaje?
No, se nos queda grande. El lenguaje tiene tantas posibilidades que es imposible que una obra literaria sea perfecta en su conjunto. Algún poema corto, algún soneto puede ser perfecto. Punto. A Rico Occidente, de Jorge Guillén, ni le sobra ni le falta de nada; Viaje al fin de la noche, novelaza indiscutible, es imperfecta, pero sólo por una cuestión de extensión. Si se refiere usted a que si a veces es posible que nos quedemos sin palabras ante lo que vemos, pues evidentemente que sí. Hay un poema en el libro, Receso triste, que precisamente habla de esto. Se enumeran allí circunstancias inverosímiles, una por verso, pero no se intentan comprender, simplemente se sufren.

–¿Está devaluado el concepto de romanticismo?
Es escurridizo el romanticismo, pero creo que existirá siempre. Yo no sé si soy romántico. Es más, ¿qué es ahora el romanticismo? ¿Es romántico Manolo el del Bombo? Igual hasta María Dolores de Cospedal se considera romántica, ojo. Si la pregunta va por el libro, pues yo diría que éste es un poemario hiperrealista en un porcentaje elevado, pero muy, pero que muy romántico en lo referido a su adhesión a las causas perdidas. Enseñanzas de mi adorado Lou Reed, Satanás lo tenga en su gloria.
‘…como cada bendito día / desde que la razón / sucumbió al beso con lengua / del camino torcido’ –

¿Hay ventajas en la ruina?
Alguna. El tiempo libre, por ejemplo, que no es poco. Pero, ah, amigo, el tiempo libre no nutre ni paga el transporte ni el calor artificial ni los vicios ni las endodoncias. Aunque, eso sí, este tipo de ruina te permite enredarte un martes tonto por ahí hasta el amanecer y relacionarte con gente increíble: hampa, lumpen, poetas que nunca han escrito nada y que han leído menos, princesas de cuento, muñecas rotas con un pasado interesantísimo… La mayoría de la gente se pierde esa parte de la vida, casi siempre por cobardía. No digo que haya que meterse de cabeza en el ajo, pero morirse sin haber tonteado un poco con el wild side… ¡San Jean Genet sea por siempre alabado, claro que sí!

El autor
Emilio Losada nació en Barcelona en 1972, pero a los siete años se traslada con su familia a Sevilla. Desde los 80 compone y toca en grupos de rock, década en la que empieza a escribir poemas y relatos, algunos de los cuales son publicados en medio mundo al resultar premiados en diversos certámenes internacionales. Tiene publicadas dos novelas, La quintaesencia suave (RD Editores, 2008; I Premio Guadalquivir de Narrativa) y Los ángeles rasos (Bitiji, 2014; segundo puesto en el II Concurso Internacional de Novela Contacto Latino, Ohio, USA). En 2010 crea y actúa como secretario en el Premio de Relato Corto Lar Gallego de Sevilla. En 2014 gana el XXIX Premio Andaluz de Poesía Villa de Peligros con el poemario Ventajas de estar en la ruina. Recientemente funda la revista literaria La Antibiótica (dedicada en su número 0 al poeta Fernando Cañas), que dirige y coordina y en la que colabora con artículos, relatos y poesía.

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De CULTURAMAS, 08/03/2015


Tuesday, October 17, 2017

El invierno no pudo con la revolución

La lucha entre el proletariado y la burguesía, entre los sóviets y el Gobierno, iniciada en marzo, en octubre de 1917 estaban en su apogeo. “Rusia, que había salvado en un salto la distancia entre el Medievo y el siglo xx, ofrecía a un mundo asombrado dos revoluciones políticas y sociales en mortal combate”, escribió John Reed en su célebre libro “Los 10 días que estremecieron al mundo”, editado por Marea. A 100 años de aquellas jornadas, un fragmento de la mejor crónica que se escribió sobre la revolución.


JOHN REED

A finales de septiembre de 1917, vino a verme a Petrogrado un profesor extranjero de Sociología que se encontraba en Rusia. En los círculos intelectuales y de negocios había oído decir que la Revolución había empezado a ralentizarse. El profesor escribió un artículo sobre este tema y emprendió un viaje por el país, visitó ciudades fabriles y aldeas donde, para su sorpresa, la Revolución estaba claramente en ascenso. Oía hablar continuamente a los obreros y campesinos de lo mismo: “la tierra para los campesinos, las fábricas para los obreros”. Si el profesor hubiera estado en el frente, habría oído a todo el Ejército hablando de la paz.

El profesor se sentía intrigado, aunque no existían motivos para ello: ambas observaciones eran totalmente correctas. Las clases pudientes se hacían cada vez más conservadoras, y las masas iban radicalizándose más y más. Desde el punto de vista de los círculos rusos intelectuales y de negocios, la Revolución había llegado ya bastante lejos y estaba alargándose demasiado; era hora de poner orden. Este sentimiento predominaba también en los principales grupos socialistas “moderados”: los oborontsi, los mencheviques defensistas y los social-revolucionarios, que apoyaban al Gobierno Provisional de Kérenski.

El 27 (14) de octubre, el órgano oficial de los socialistas “moderados” dijo:
La revolución consta de dos actos: la destrucción del antiguo régimen y la construcción del nuevo. El primer acto se ha prolongado bastante. Es hora de pasar al segundo, y hay que efectuarlo lo más rápido posible, pues un gran revolucionario decía: “apresurémonos, amigos míos, a poner fin a la Revolución. Cuando se alarga demasiado, no se saborean sus frutos…”.

Sin embargo, las masas de obreros, soldados y campesinos estaban muy convencidas de que el primer acto distaba mucho de haber terminado. En el frente, los comités militares tenían choques constantes con los oficiales, que no podían acostumbrarse de ninguna manera a tratar a los soldados como a seres humanos; en la retaguardia, los miembros de los comités agrícolas, elegidos por los campesinos, eran encarcelados por sus tentativas de llevar a la práctica las disposiciones del Gobierno concernientes a la tierra; en las fábricas, los obreros tenían que luchar contra las listas negras y los lockout patronales. Es más, a los exiliados políticos que regresaban no se les permitía la entrada en el país al ser considerados ciudadanos “indeseables”; se daban casos incluso en que los que habían vuelto del extranjero a sus aldeas eran detenidos y encarcelados por actos revolucionarios cometidos en 1905.

Los socialistas “moderados” solo tenían una respuesta para el multiforme descontento del pueblo: “Esperad a la Asamblea Constituyente, será convocada en diciembre”. Pero eso no los dejaba satisfechos. La Asamblea Constituyente estaba bien, pero había varios objetivos concretos por los que se había consumado la Revolución rusa, por los que los mártires revolucionarios yacían en las fosas comunes del Campo de Marte, y que debían cumplirse a toda costa, independientemente de que se convocase o no la Asamblea Constituyente: la paz, la tierra para los campesinos, el control obrero en la industria. La Asamblea Constituyente se posponía una y otra vez, quizá de nuevo hasta que el pueblo se tranquilizara y moderase sus demandas. De todas formas, ya habían pasado ocho meses desde el estallido de la Revolución y los resultados parecían poco visibles…

Mientras tanto, los propios soldados empezaron a resolver el asunto de la paz simplemente mediante deserciones, los campesinos incendiaban fincas señoriales y se apoderaban de las grandes haciendas, los obreros se rebelaban y abandonaban el trabajo… De ahí que los industriales, terratenientes y oficiales del Ejército ejercieran toda su influencia para impedir cualquier concesión democrática al pueblo.

La política del Gobierno Provisional oscilaba entre las pequeñas reformas y unas severas medidas de represión. Un decreto del ministro socialista de Trabajo ordenó a los comités obreros reunirse a partir de entonces fuera del horario laboral. En el frente, los “agitadores” de los partidos políticos de la oposición fueron detenidos, se cerraron los periódicos radicales y se empezó a aplicar la pena capital a aquellos que hacían propaganda revolucionaria. Se intentó desarmar a la Guardia Roja y los cosacos fueron enviados a las provincias para mantener el orden.

Estas medidas fueron respaldadas por los socialistas “moderados” y sus líderes en el Ministerio, que consideraban necesario cooperar con las clases privilegiadas. Las masas populares les dieron la espalda y se pasaron al bando bolchevique, que luchaba firmemente por la paz, la entrega de la tierra a los campesinos, la implantación del control obrero en la industria y la formación de un Gobierno obrero. La crisis estalló en septiembre de 1917. Kérenski y los socialistas «moderados», en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de la población, formaron un Gobierno de coalición junto con las clases privilegiadas. Como resultado, los mencheviques y los social-revolucionarios perdieron para siempre la confianza del pueblo.

La opinión de las masas populares respecto a los socialistas “moderados” está reflejada en un artículo publicado a mediados de octubre aproximadamente (finales de septiembre) en el periódico Rabochi Put (Camino Obrero) y titulado «Los ministros socialistas»:

[…] He aquí la lista de sus servicios:

Tsereteli: desarmó a los obreros con la ayuda del general Polovtsev, «apaciguó» a los soldados revolucionarios y aprobó la pena de muerte en el Ejército.

Skóbelev: comenzó intentando gravar con impuestos el 100% de los beneficios de los capitalistas y acabó tratando de disolver los comités de empresa de los obreros.

Avxentiev: encarceló a varios centenares de campesinos, miembros de los comités agrarios, y suspendió varias decenas de periódicos de los obreros y soldados.

Chernov: firmó el manifiesto del zar que ordenaba la disolución de la Dieta finlandesa.

Sávinkov: se alió con el general Kornílov y no entregó Petrogrado a este «salvador» de la patria solamente por razones que no dependían de Sávinkov.

Zarudni: con el visto bueno de Alexinski y Kérenski, encarceló a miles de obreros, marinos y soldados revolucionarios, y ayudó a poner en marcha el calumnioso «proceso» contra los bolcheviques, un insulto para el tribunal ruso igual que el proceso de Beilis.

Nikitin: se comportó como un vulgar policía con los trabajadores ferroviarios.

Kérenski: de este no diremos nada. Su lista de servicios es demasiado larga…

El Congreso de Delegados de la Flota del Báltico en Helsinki aprobó una resolución que comenzaba así:

[…] Exigimos el  traslado inmediato del aventurero político Kérenski de las filas del Gobierno Provisional de los «socialistas», ya que se trata de un individuo que nos cubre de oprobio y echa a perder la Gran Revolución, y con ella a todas las masas revolucionarias, con su desvergonzado chantaje político a favor de la burguesía…

Resultado directo de todo esto fue la creciente popularidad de los bolcheviques…

A partir de marzo de 1917, los bulliciosos aluviones de obreros y soldados que golpeaban las puertas del Palacio Táuride obligaron a la vacilante Duma Imperial a tomar en sus manos el poder supremo en Rusia, fueron precisamente las masas populares –obreros, soldados y campesinos– quienes determinaron cada viraje en el curso de la revolución. Derrocaron el Ministerio de Miliukov, y el sóviet de estos grupos proclamó ante todo el mundo las condiciones de paz rusas: “Ninguna anexión, ninguna compensación, y el derecho a la autodeterminación de los pueblos”. De nuevo, en julio, las masas proletarias aún sin organizar y alzadas espontáneamente volvieron a asaltar el Palacio Táuride para exigir que los sóviets tomaran el poder del Gobierno de Rusia.

Los bolcheviques, una pequeña secta política por aquel entonces, encabezaron el movimiento. Tras el desastroso fracaso de la insurrección, la opinión pública les dio la espalda y las multitudes que los seguían, privadas de sus líderes, retrocedieron al barrio de Viborg, una suerte de arrabal de Saint Antoine de Petrogrado. A continuación, se produjo una salvaje persecución de los bolcheviques: centenares de ellos, entre los cuales se encontraban Trotsky, Kollontái y Kámenev, fueron encarcelados; Lenin y Zinóviev tuvieron que ocultarse para no ser detenidos; los periódicos bolcheviques fueron cerrados. Los provocadores y los reaccionarios hicieron correr el rumor de que los bolcheviques eran agentes de los alemanes, y gente de todo el mundo llegó a creérselo.

Sin embargo, el Gobierno Provisional fue incapaz de corroborar estas acusaciones; los documentos que pretendían demostrar la existencia de un complot alemán resultaron falsos y los bolcheviques fueron puestos en libertad uno tras otro sin comparecer ante los tribunales, con una fianza nominal o sin ella, de modo que solo quedaron recluidas seis personas. La impotencia e indecisión del Gobierno Provisional, cuya composición cambiaba sin cesar, era demasiado evidente para todos. Los bolcheviques proclamaron de nuevo la tan querida consigna de las masas:

“¡Todo el poder a los sóviets!”, y no se limitaron a guiarse por los intereses de su propio partido, ya que en aquel momento la mayoría de los sóviets era de corte socialista “moderado”, sus enemigos mortales.

Lo que resultó más potente fue que adoptaron los deseos más simples e inmediatos de los obreros, soldados y campesinos, y estructuraron su programa en base a ellos. Mientras los mencheviques defensistas y los social-revolucionarios llegaban a acuerdos con la burguesía, los bolcheviques se ganaron rápidamente a las masas. En julio fueron perseguidos y despreciados; en septiembre, los obreros de la capital, los marinos de la Flota del Báltico y los soldados habían abrazado ya su causa casi por completo. Las elecciones municipales de septiembre en las grandes ciudades fueron reveladoras: solo un 18 % de los elegidos eran mencheviques y social-revolucionarios frente al 70 % en junio…

Existía un fenómeno inexplicable que intrigaba al observador extranjero: el Comité Ejecutivo Central de los Sóviets, los comités centrales del Ejército y la Marina y los comités centrales de varios sindicatos –especialmente los de los trabajadores ferroviarios y de Correos y Telégrafos– eran francamente hostiles a los bolcheviques. Todos estos comités centrales habían sido elegidos a mediados del verano e incluso antes, cuando los mencheviques y los eseristas contaban con un enorme número de partidarios, y ahora, en cambio, demoraban y torpedeaban las nuevas elecciones por todos los medios. Por ejemplo, según el estatuto de los Sóviets de Diputados de Obreros y Soldados, el Congreso de toda Rusia debía celebrarse en septiembre, pero el comité ejecutivo central (cec) no quería convocarlo, alegando que faltaban dos meses nada más para la apertura de la Asamblea Constituyente y, para entonces, como insinuaban, los sóviets tendrían que abdicar. Mientras tanto, en todo el país los bolcheviques conquistaban un sóviet local tras otro, así como las secciones de los sindicatos, y su influencia iba fortaleciéndose en las filas de los soldados y marinos. Los sóviets campesinos seguían siendo conservadores, ya que en los distritos rurales atrasados la conciencia política se desarrollaba lentamente y el Partido Social-Revolucionario había sembrando agitación entre los campesinos durante toda una generación… Pero incluso entre los campesinos comenzó a formarse un núcleo revolucionario. Esto se hizo patente en octubre, cuando se escindió el ala izquierda de los social-revolucionarios y se formó una nueva tendencia política: el partido de los social-revolucionarios de izquierda.

Al mismo tiempo, empezaron a dejarse sentir en todas partes síntomas de la reanimación de las fuerzas reaccionarias. Por ejemplo, en el Teatro Troitsky de Petrogrado, la representación de la comedia Los pecados del zar fue interrumpida por un grupo de monárquicos que amenazaban con linchar a los actores por «el ultraje al emperador». Determinados periódicos comenzaron a suspirar por el “Napoleón ruso”. En los medios de la intelectualidad burguesa nació la costumbre de llamar al Sóviet de Diputados de Obreros “sóviet de diputados perros”.

El 15 de octubre tuve una conversación con un gran capitalista ruso, Stepan Gueorgevich Lianozov, “el Rockefeller ruso”, kadete por sus convicciones políticas.

La Revolución –dijo– es una enfermedad. Tarde o temprano las potencias extranjeras tendrán que intervenir en nuestros asuntos como intervienen los médicos para curar a un niño enfermo y ponerlo en pie. Claro, esto sería más o menos impropio, pero todas las naciones deben comprender hasta qué punto son peligrosos para sus propios países el bolchevismo e ideas tan contagiosas como la «dictadura del proletariado» y la «revolución social mundial»… Por otro lado, es probable que no sea necesaria tal intervención. El transporte se ha venido abajo, se cierran las fábricas y los alemanes avanzan. Tal vez el hambre y la derrota despierten el sentido común en el pueblo ruso…

Kianozov afirmaba con énfasis que los comerciantes e industriales no podían tolerar de ningún modo la existencia de los comités de empresa ni resignarse con cualquier participación de los obreros en la dirección de la industria.

En lo que a los bolcheviques se refiere, habrá que deshacerse de ellos por uno de los dos métodos. El Gobierno puede evacuar Petrogrado, declarando entonces el estado de sitio y el comandante militar de la circunscripción se ocupará de estos señores prescindiendo de formalidades legales… O si, por ejemplo, la Asamblea Constituyente manifestase, tendencias utópicas, podría ser disuelta por la fuerza de las armas…

Se acercaba el invierno, el terrible invierno ruso. En los círculos industriales y comerciales me decían: «El invierno fue siempre el mejor amigo de Rusia; tal vez ahora nos libre de la revolución». En las frías trincheras, los desdichados ejércitos sufrían hambre y morían sin ningún entusiasmo. Los ferrocarriles se paralizaban, escaseaban los víveres los víveres y se cerraban las fábricas. Las masas desesperadas gritaban bien alto que la burguesía atentaba contra la vida del pueblo y provocaba la derrota en el frente. Riga fue entregada inmediatamente después de que el general Kornílov declarase públicamente: «¿No deberemos sacrificar Riga para restituir el sentido del deber de nuestro país?».

A los estadounidenses les habría parecido increíble que la lucha de clases pudiera alcanzar tal punto. Pero yo personalmente tropecé en el Frente Norte con oficiales que preferían la derrota militar a la colaboración con los comités de soldados. El secretario de la sección de Petrogrado del Partido Kadete me decía que la ruina económica formaba parte de una campaña de descrédito de la Revolución. Un diplomático aliado, cuyo nombre prometí no revelar, lo confirmó a partir de sus propios datos. Conozco varias minas de carbón cerca de Járkov que fueron incendiadas o anegadas por los propietarios, fábricas textiles moscovitas donde los ingenieros abandonaron el trabajo e inutilizaron las máquinas, oficiales de ferrocarriles capturados por los obreros en el momento en que estropeaban las locomotoras…


Una parte considerable de las clases pudientes prefería los alemanes a la Revolución –e incluso al Gobierno Provisional– y no vacilaba en decirlo. Vivía en casa de una familia rusa y el tema casi constante de las conversaciones en torno a la mesa era la llegada de los alemanes, portadores de «la legalidad y el orden». Una vez tuve que pasar la tarde en casa de un comerciante moscovita; mientras tomábamos el té, preguntamos a las once personas sentadas a la mesa a quién preferían: «a Guillermo o a los bolcheviques». La proporción fue de diez contra uno a favor de Guillermo…

Los especuladores se aprovechaban de la ruina general, amasaban fabulosas fortunas y las dilapidaban en fantásticas bacanales o corrompiendo a los funcionarios del Gobierno. Escondían los víveres y el combustible o los enviaban secretamente a Suecia. Durante los primeros cuatro meses de la Revolución, por ejemplo, se robaba casi abiertamente de la reserva de víveres de los depósitos municipales de Petrogrado, de modo que la provisión de grano para dos años se redujo hasta el punto de no alcanzar para alimentar a la ciudad durante un mes… Según el comunicado oficial del último ministro de Abastecimientos del Gobierno Provisional, el café se compraba en Vladivostok al por mayor a dos rublos la libra y el consumidor lo pagaba en Petrogrado a 13 rublos. En todos los comercios de las grandes ciudades había toneladas enteras de víveres y de ropa, pero solo los ricos podían adquirirlos.

En una ciudad de provincias conocí a una familia de comerciantes formada por especuladores, o marodiori (merodeadores), como los llaman los rusos. Tres hijos se habían librado del servicio militar pagando grandes sumas de dinero. Uno de ellos especulaba con víveres. Otro vendía el oro robado en las minas del Lena a misteriosos compradores de Finlandia. El tercero había adquirido la mayor parte de las acciones de una fábrica de chocolates y vendía el chocolate a las cooperativas locales a condición de que estas lo proveyeran de todo lo necesario. De este modo, mientras el pueblo recibía un cuarto de libra de pan negro al día por su cartilla de racionamiento, él tenía en abundancia pan blanco, azúcar, té, caramelos, galletas y mantequilla… Y, sin embargo, cuando los soldados en el frente no podían pelear más debido al frío, al hambre y a la extenuación, los componentes de esta familia clamaban indignados: “¡Cobardes!” y “se avergonzaban de ser rusos”. Para ellos, los bolcheviques, que acabaron por descubrir y requisar las grandes reservas de comestibles que ellos habían ocultado, eran meros “saqueadores”.

Bajo toda esta podredumbre externa conspiraban secreta y muy activamente las tenebrosas fuerzas del antiguo régimen, que no habían cambiado desde la caída de Nicolás II. Los agentes de la famosa Ojranka seguían actuando a favor y en contra del zar, a favor y en contra de Kérenski y, básicamente, a favor de cualquiera que les pagase… Organizaciones clandestinas de toda especie actuaban en la sombra, como, por ejemplo, las Centurias Negras, que trataban de restaurar la reacción de una u otra forma.

En este ambiente de corrupción general y de monstruosas verdades a medias, solo una nota se dejaba oír día tras día, el sonido del creciente coro de los bolcheviques: “¡Todo el poder para los sóviets! Todo el poder para los verdaderos representantes de millones de obreros, soldados y campesinos. Pan, tierra, fin de la insensata guerra, fin de la diplomacia secreta, de la especulación, de la traición… ¡La Revolución está en peligro y con ella la causa general del pueblo en todo mundo!”.

La lucha entre el proletariado y la burguesía, entre los sóviets y el Gobierno, iniciada ya en los primeros días de marzo, se acercaba a su apogeo. Rusia, que había salvado en un salto la distancia entre el Medievo y el siglo xx, ofrecía a un mundo asombrado dos revoluciones políticas y sociales en mortal combate.

¡Qué sorprendente vitalidad revelaba la Revolución rusa después de tantos meses de hambre y desilusiones! La burguesía tenía que haber conocido mejor su Rusia. Ahora muy pocos días separaban a Rusia del pleno desarrollo de la «enfermedad» revolucionaria…

Lanzando una mirada retrospectiva, antes de la Insurrección de Noviembre Rusia parece un país de otro siglo, casi increíblemente conservador. Hubo que adaptarse muy rápido al nuevo ritmo acelerado de la vida. Las relaciones políticas rusas se desplazaron inmediata y totalmente a la izquierda hasta el punto de que los kadetes fueron puestos al margen de la ley como «enemigos del pueblo», Kérenksi se convirtió en «contrarrevolucionario», los líderes socialistas «moderados» Tsereteli, Dan, Liber, Gots y Avxéntiev resultaron demasiado reaccionarios para sus propios seguidores y hasta hombres como Víktor Chernov y Maxim Gorki se encontraron en el ala derecha…

Aproximadamente a mediados de diciembre de 1917, un grupo de líderes eseristas hizo una visita privada al embajador inglés, Sir George Buchanan, suplicándole que no hablase a nadie de esta visita porque los consideraban «demasiado derechistas».

«¡Hay que ver –dijo Sir George–, hace un año mi Gobierno me dio instrucciones de no recibir a Miliukov porque tenía fama de izquierdista peligroso!».

Septiembre y octubre son los peores meses del año ruso, y lo son particularmente en Petrogrado. Del cielo nublado y gris cae sin cesar y durante todo el día, un día cada vez más corto, una lluvia que cala hasta los huesos. Hay por todas partes un barro espeso, resbaladizo y pegajoso, amasado por pesadas botas y más peligroso que nunca tras el total desmoronamiento de la administración municipal. Desde el golfo de Finlandia sopla un viento cortante y húmedo y una bruma fría envuelve las calles. De noche –por motivos de economía o por miedo a los zepelines– solo permanecen encendidas unas pocas y macilentas farolas; los domicilios particulares solo tienen electricidad de 6 a 12, las velas cuestan unos 40 centavos la unidad y es casi imposible conseguir queroseno. Desde las 3 de la tarde hasta las 10 de la mañana se vive a oscuras. Se dan infinitos casos de atracos y robos. En las casas, los hombres hacen guardias de noche por turnos, armados con escopetas cargadas. Así se vivía bajo el Gobierno Provisional.

Los víveres escasean más cada semana que pasa. La ración de pan se redujo de una libra y media a una libra, luego a tres cuartos de libra, media libra y un cuarto de libra. Al final, llegó una semana en la que no dieron nada de pan. De azúcar correspondían dos libras al mes, pero estas dos libras había que conseguirlas y no era común hacerlo. La tableta de chocolate, o la libra de unos caramelos insulsos, costaba de siete a diez rublos, o sea, un dólar por lo menos. La mitad de los niños de Petrogrado no probaba la leche; en muchos hoteles y casas particulares no la veían durante meses enteros. Aunque era temporada de fruta, las manzanas y peras se vendían en las calles casi a un rublo cada una…

Para conseguir leche, pan, azúcar y tabaco había que hacer largas colas de horas bajo una lluvia constante. Al volver a casa de un mitín que se había prolongado toda la noche, vi cómo, en la puerta de una tienda, había comenzado a formarse una cola, principalmente de mujeres; muchas de ellas llevaban en brazos niños de pecho… Carlyle dice en su Revolución Francesa que los franceses se distinguen de todos los demás pueblos del mundo por su capacidad para permanecer en las colas. Rusia comenzó a adquirir esta capacidad bajo el reinado de Nicolás el Bienaventurado, ya en 1915, y desde entonces las colas aparecieron de forma intermitente hasta que en el verano de 1917 se convirtieron en la cosa más natural. ¡Imaginad lo que suponía para aquellas personas vestidas de cualquier manera quedarse paradas días enteros en las calles de Petrogrado, endurecidas y blanqueadas por la helada del terrible invierno ruso! Yo escuchaba las conversaciones en las colas del pan. De entre la sorprendente bondad de la gente rusa surgían de vez en cuando amargas notas de descontento…

Por supuesto, los teatros estaban abiertos todas las noches, incluyendo los domingos. Karsávina actuaba en un nuevo ballet en el Mariinski y todos los rusos amantes de la danza acudían a verla. Shaliapin cantaba. En el Alexandrinsky, Meyerhold había reestrenado el drama de Alekséi Tolstoi La muerte de Iván el Terrible. Y de este espectáculo recuerdo especialmente a un cadete del Cuerpo de Pajes Imperiales con uniforme de gala que, en todos los entreactos, permanecía de pie de cara al palco imperial vacío, del cual habían arrancado ya todas las águilas. El Teatro Krivoe Zerkals (Espejo Torcido) presentaba una suntuosa versión de Reigen, de Schnitzler.
El Hermitage y todas las demás galerías de pintura habían sido evacuadas a Moscú; pero en Petrogrado seguían celebrándose exposiciones de arte todas las semanas. Multitudes de mujeres de los medios intelectuales frecuentaban asiduamente las conferencias de arte, literatura y ensayos filosóficos. Los teósofos disfrutaron de una temporada particularmente animada. El Ejército de Salvación, admitido en Rusia por primera vez en la historia, fijaba en todas las paredes anuncios de reuniones evangélicas que pasmaban y divertían al mismo tiempo al público ruso…

Como suele suceder en estos casos, la pequeña vida cotidiana de la ciudad seguía su curso, esforzándose todo lo posible por ignorar la Revolución. Los poetas escribían versos, pero no sobre la Revolución. Los pintores realistas pintaban escenas de la historia medieval rusa, de cualquier cosa excepto de la Revolución. Las señoritas provincianas llegaban a Petrogrado a estudiar francés y canto. Por los pasillos y vestíbulos de los hoteles se paseaban jóvenes oficiales, elegantes y alegres, presumiendo de sus bashliki (capucha) escarlatas con ribetes dorados y de sus elaborados sables caucásicos. Al mediodía, las damas de los funcionarios de segundo orden alternaban tomando el té, y llevaban en sus manguitos un pequeño azucarero de plata, de oro o adornado con joyas y medio panecillo; estas damas soñaban en voz alta con el regreso del zar, con la llegada de los alemanes o con cualquier otra cosa que pudiese resolver el acuciante problema de los siervos… Una vez, la hija de un conocido mío volvió al mediodía a su casa presa de un ataque de histeria porque ¡la cobradora del tranvía la había llamado «camarada»!

A su alrededor, toda Rusia intentaba dar a luz un mundo nuevo. Los siervos, tratados antes como bestias y con unos salarios míseros, comenzaban a adquirir cierta independencia. Un par de zapatos costaban más de cien rublos y, como el sueldo medio no pasaba de treinta y cinco rublos al mes, las criadas se negaban a estar en las colas y gastar su calzado. Pero eso no era todo. En la nueva Rusia, todos –tanto hombres como mujeres– tenían derecho a voto; surgieron periódicos obreros que hablaban de cosas novedosas y sorprendentes; aparecieron los sóviets y los sindicatos. Hasta los izvoshtchiki (cocheros) tenían su sindicato y su representante en el Sóviet de Petrogrado. Los criados y camareros se organizaron y renunciaron a las propinas. En todos los restaurantes había carteles que decían: «Aquí no se admiten propinas» o «Si un trabajador tiene que servir la mesa para ganarse el pan, eso no es motivo para que se lo ofenda con la limosna de una propina».

En el frente, los soldados libraban su propia batalla contra sus oficiales y aprendieron a autogobernarse mediante sus comités. En las fábricas, los comités de empresa, organizaciones intrínsecamente rusas, adquirían experiencia y fuerza y comprendían su misión histórica en la lucha contra el viejo orden. Toda Rusia aprendía a leer y, efectivamente, leía libros de política, de economía o de historia; la gente leía porque quería saber… En todas las ciudades, en la mayoría de los municipios y en el frente, cada facción política publicaba su propio periódico, y a veces varios. Miles de organizaciones imprimían centenares de miles de folletos políticos, inundando con ellos las trincheras y las aldeas, las fábricas y las calles de las ciudades. La sed de educación, reprimida durante tanto tiempo, se abrió paso al mismo tiempo que la Revolución con una fuerza espontánea. Durante los primeros seis meses de la Revolución, se enviaban cada día del Instituto Smolny toneladas, camiones y trenes llenos de publicaciones dirigidas a todos los confines del país. Rusia absorbía la sustancia de aquel material con la misma insaciabilidad con que la arena seca absorbe el agua. Y no se trataba de fábulas, no era historia falsificada ni diluida por la religión, no era ficción barata y corruptora, sino teorías sociales y económicas, filosofía, obras de Tolstoi, Gógol y Gorki…

Luego se conquistó la palabra. Rusia se vio inundada de semejante torrente de discursos que, en comparación, «la avalancha de locuacidad francesa» de la que habla Carlyle se queda en un riachuelo. Conferencias, debates, discursos en los teatros, circos, escuelas, clubs, salas de reuniones, sóviets, locales sindicales, cuarteles… Mitines en las trincheras del frente, en las plazas de las aldeas, en los patios de las fábricas. ¡Qué asombroso espectáculo ofrece la fábrica Putílov cuando de sus muros sale un compacto torrente de cuarenta mil obreros para oír a los socialdemócratas, eseristas, anarquistas, a quien sea, hablar de lo que sea, el tiempo que dure! Durante meses enteros, todas las esquinas de Petrogrado y de otras ciudades rusas se convirtieron en tribunas públicas constantes. Surgían debates y mitines espontáneos en los trenes, en los tranvías, en todas partes…


Y los congresos y conferencias de toda Rusia a los que acudían personas de los dos continentes: congresos de los sóviets, de las cooperativas, de los zemstvos,de las nacionalidades, del clero, de los campesinos, de los partidos políticos; la Conferencia Democrática, la Conferencia de Estado de Moscú, el Consejo de la República Rusa… En Petrogrado se celebraban de forma constante tres o cuatro congresos a la vez. Las tentativas de limitar el tiempo de los oradores fracasaban estrepitosamente en todos los mitines y gozaban de la plena posibilidad de expresar todos sus sentimientos e ideas…

Viajamos al frente del XII Ejército, cerca de Riga, donde los hombres descalzos y extenuados se morían de hambre y de enfermedades entre la inmundicia de las trincheras. Al vernos, se levantaron a nuestro encuentro. Tenían los rostros demacrados; a través de los agujeros de la ropa azuleaban las carnes y la primera pregunta fue: «¿Han traído algo para leer?».


Los síntomas externos y visibles del cambio eran numerosos, pero aunque en las manos de la estatua de Catalina la Grande, frente al Teatro Alexandrinski, había una bandera roja, aunque en todos los edificios públicos también ondeaban banderas rojas, a veces desteñidas, y los escudos y águilas imperiales habían sido arrancados o tapados en todas partes, aunque en vez de custodiar las calles la feroz gorodovoi (la policía urbana) ahora lo hacía una milicia civil bondadosa y desarmada, todavía pervivían muchos anacronismos extraños.

Por ejemplo, la Tabel o Rangov –tabla de rangos– que Pedro el Grande había impuesto a toda Rusia con mano férrea conservaba todo su vigor. Casi todo el mundo, comenzando por los escolares, seguía llevando el uniforme antiguo con las águilas imperiales en los botones y en el cuello. A eso de las cinco de la tarde las calles se llenaban de hombres de edad con uniforme y portafolios. Al volver a casa de su trabajo en los enormes ministerios que parecían cuarteles y en otras instituciones oficiales, tal vez calculaban la rapidez con la que la mortalidad entre los jefes los acercaba al ansiado rango de asesor colegiado o de consejero privado, con la perspectiva de una jubilación digna con pensión completa y, quizá, con la Orden de Santa Ana al cuello…

Al senador Sokolov le sucedió algo curioso cuando, en plena Revolución, se presentó un día de paisano en la reunión del Senado. ¡No le permitieron tomar parte en la reunión porque no llevaba la librea obligatoria como parte del servicio del zar!

Ante este panorama de efervescencia y disgregación de la nación entera se desarrolló el levantamiento de las masas populares rusas…

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De ANFIBIA, 10/2017 

Potosí o todos somos Alicia

MAURICIO RODRÍGUEZ MEDRANO

Mi Alicia Quispe vive en una canchamina, cerca del Cerro Rico de Potosí. Hoy hace viento y ella arrastra algunas piedras. "Son restos de la mina”, dice. "Algo podré vender”. Alrededor hay unos niños que juegan con un perro muerto y unos mineros caminan borrachos y cantan una morenada.

De la soledad y el amor. De la soledad y el engaño. De la soledad y el alcohol Caimán. De la soledad y de mujeres extraviadas o raptadas en el altiplano.

Ander Izagirre nació en el País Vasco y es periodista independiente. Y publicó con la editorial El Cuervo: Potosí. Una larga crónica que cuenta la historia de Alicia Quispe (nombre ficticio). Ella es niña y trabaja en la mina de forma clandestina, junto a su madre y su tía. Pero también es la historia del departamento más pobre de Bolivia.

"Todas somos Alicia”, me dice Alicia. Le falta la mano izquierda, que la perdió cuando una piedra cayó sobre ella. "Era más niña”, dice. "Por falta de plata no me llevaron al médico y mi mano empezó a oler mal”. Al cabo de dos semanas tuvieron que amputarla. Alicia tiene 13 años y el rostro paspado. "Aquí debo ser invisible”, me dice. "Nadie debe saber que trabajo”. 

"Es difícil describir el infierno”: así debió pensar Ander cuando se propuso la tarea de escribir Potosí. Le llevó siete años entre idas y venidas a Bolivia. En su casa tenía una pared llena de papeles de colores, como un laberinto: la historia de Potosí entre anotaciones y entrevistas.

El padre de Alicia, Roberto Quispe, tiene el mal de la mina: silicosis. Está en cama, un colchón de paja en el suelo, dentro de una casa de calaminas. "Diez años de trabajo y soy más pobre”, dice Roberto. "Yo vengo de Sepultura y mi familia aún vive allí”. Luego respira con dificultad y tose sin parar.

El mérito de Ander: escribió una de las mejores crónicas (no ficción) de Bolivia, aunque no sea boliviano (algo así hizo Malcolm Lowry con Bajo el volcán o Alison Spedding con Catre de fierro).

Es una escritura directa y en función a su personaje. Alicia es Potosí. Alicia es Bolivia. Alicia es ironía. Alicia es patriotismo. Alicia es la pobreza de un Estado que dice luchar contra la pobreza.

Alicia vende mineral en la plaza 10 de noviembre a extranjeros que se sacan fotos frente al Palacio de la Moneda. "Con esto como sopas Maruchan y puedo comer”, dice. "Cada dos días como”.

Esconde el brazo que tiene un muñón en vez de mano. "no quiero que me tengan pena”, dice.

"Quiero que me den lo justo”.

Ander dice que la historia de Potosí es la historia de Bolivia; un país que sobrevive por la exportación de materias primas, con una falsa industrialización y falsas promesas de igualdad. Es decir, no importa el color o la tendencia del partido que suba al poder: siempre responderá a sus allegados (a su grupo ya sea indígena, ya sea blanco o mestizo) y no al común de la gente.

Alicia se compra una sopa Maruchan. El agua que hierve está llena de minerales y es amarilla.

"Igual es rica”, dice. "En Potosí sólo hay agua blanca para los blancos”. Se refiere a la clase media de la ciudad (que es lo mismo decir trabajadores que ganan al mes mil bolivianos y serían de clase baja en cualquier otra ciudad del país).

Y escribe Ander: "Dejo a Alicia en la cancha, junto a los raíles que se dirigen a la boca oscura de la montaña. Esta noche entrará en la mina. Y eso -quién va a discutírselo- es por su bien”. 

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De LETRA SIETE (PÁGINA SIETE (La Paz), 15/10/2017