Thursday, May 25, 2017

En la fiesta de Caballero Bonald

JAVIER YUSTE

"Escribo una vez más la gran pregunta incontestable: ¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?". Recita Caballero Bonald en su intervención durante el homenaje que le ha dedicado la Residencia de Estudiantes bajo el título "¡Por Caballero Bonald! Con él, en la residencia". El poeta se muestra emocionado y agradecido ante un salón de actos repleto, no solo de lectores y admiradores, también de amigos (entre los que se encontraban Ana Belén, Víctor Manuel o el político Alfonso Guerra) y colegas. Desde el púlpito, con el sombrero bien calado para no dejar a la vista "unas lesiones cutáneas muy poco presentables", según sus propias palabras, Caballero Bonald lee el último párrafo de unos de sus libros y conmueve al público con su inconfundible dicción andaluza. No son versos porque, aunque la organización le sugirió la posibilidad de leer un poema inédito, afirma que ya no tiene, que no ha vuelto a escribir ninguno después de su último libro porque "la poesía es una visita inesperada, no se sabe cuándo llega ni cuándo se va, y todavía no ha llegado esa visita". Por eso lee un párrafo de uno de sus libros en el que se considera que él mismo está "muy bien expresado por su carácter testamentario". Antes de esto, el escritor da las gracias a todos los participantes, sobre todo a los poetas que han subido al estrado para leer un poema propio y otro del maestro: Clara Janés, Antonio Lucas, Aurora Luque, Carlos Pardo, José Luis Rey y Javier Rodríguez Marcos. "Que me hayan ofrecido su tiempo y su poesía me supone una satisfacción impagable. Ellos son realmente los que constituyen la máxima altura de la poesía española actual", asegura Caballero Bonald.


El acto arranca sin embargo por el final, por Examen de ingenios, el último escalón de la obra del poeta de Jerez de la Frontera, o al menos eso asegura él. Publicado recientemente por Seix Barral, se trata de una recopilación de cien perfiles de personalidades de la cultura en español con los que a lo largo de los años tuvo algún encuentro el autor. Un libro que, de Azorín a Juan Gelman, repasa las sucesivas generaciones literarias, la del 98, la del 27 y la del 50, así como a célebres artistas, bailaoras, actores, guitarristas… En la Residencia el encargado de presentar el libro es el académico Manuel Gutiérrez Aragón que, cómo todo el mundo, empezó a leer el libro directamente por el perfil de Camilo José Cela. "Aquí la tentación principal es ver como se retrata el retratista después de hacer los retratos", opina Gutiérrez Aragón. "Aunque Examen de ingenios rebosa ironía y mordacidad, tanta que tiene miedo de haberse pasado, también es cierto que hay mucha seriedad y un gran trabajo detrás. Son retratos implacables, pero también únicos e irrepetibles como somos todos los seres humanos. Todos los textos están hechos con una gran cercanía, pero una cierta distancia". Para el académico, se trata de una nueva entrega de memorias que demuestra que la literatura de Caballero Bonald ha ido creciendo con el tiempo.


Tras Gutiérrez Aragón desfilan los poetas por el escenario. Clara Janés primero leyó palabras de Bonald sobre temas importantes como la vida, la literatura ("una defensa sobre las ofensas de la vida"), la política o la cultura para seguidamente recitar su poema La casa de Mazandarán y Causus belli del jerezano. Antonio Lucas aseguró que Caballero Bonald "es uno de esos poetas cuyos poemas suelen durar más que las ciudades donde fueron escritos y cuyo sedimento irá haciendo poco a poco placas tectónicas hasta sumar montañas para nuevas generaciones". Por su parte, Aurora Luque afirmó que le había enseñado que "la literatura es una cuestión de lealtad, de tormentosa fidelidad a las palabras, de enamoramiento de las músicas difíciles del idioma, de ardiente respeto hacia los poetas solventes de los ayeres y del hoy, de erótica codicia hacia los que son los escondidos en las aulas infractoras de las gentes, de búsquedas siempre insaciadas".


Carlos Pardo recordó que leyó por primera vez al maestro con 17 años y que en sus versos encontró "la capacidad para que nombrar la realidad fuera también nombrar lo irracional, nombrar los sueños, las pesadillas y sobre todo acosar ese lugar de incertidumbre que es la propia conciencia". José Luis Rey habló en nombre de los poetas de Córdoba, donde Caballero Bonald es "muy leído y admirado" y, por último, Javier Rodríguez Marco agradeció con bastante gracia no haber sido uno de los retratados en Examen de ingenios. "En este libro yo he encontrado rastros de Pepe en los retratados", explica Rodríguez Marco. "De Bergamín dice que era insolente con los bienpensantes, cortés con los humildes e implacable con los dogmáticos y Caballero Bonald también es así".


Para acabar, José María Velázquez Gaztelu recordó que el flamenco siempre formó parte de la obra de Caballero Bonald y presentó un emocionante fin de fiesta con el cantaor David Lagos y el guitarrista Alfredo Lagos. 

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De EL CULTURAL, 23/05/2017


Imagen: José Manuel Caballero Bonald. Foto: José S. Gutiérrez

De parrilladas y parrilludos

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

En mi vida habré acudido a decenas de asados, churrascos, barbacoas, parrilladas, o como gusten llamar, con sazones que nunca me han impresionado más allá de lo que se torna de agradable sabor cualquier carne cocida sobre las brasas. Los historiadores aseguran que nuestros primitivos antepasados descubrieron, casi por puro azar que, asomar a la hoguera pedazos de las bestias cazadas, trinchándolos en palos, significó un cambio trascendental en la forma de alimentarse. Que el suplicio de comer carne cruda se transformase en auténtico placer, por acción del fuego, fue la primerísima revolución humana. En medio de tanto jolgorio y después de llenar el buche, era normal que los primeros hombres se fueran de putas. De ahí que algunos moteles tienen habitaciones que parecen cavernas: para rememorar tiempos inmemoriales. ¡Qué tal, eh!

Desde entonces, reina la carne en nuestras vidas. Como bien sabemos, el veganismo y otras modas son solo eso, desabridas creaciones de inadaptados o de tipos crudos, más bien. ¿Oyeron lo último?...que hay gente que se niega a practicar el fornicio con gente carnívora. Que yo soy frugívora y tú eres ovívoro, por tanto no somos compatibles. Sexo a la carta, señores, que nos estamos poniendo quisquillosamente sibaritas. ¡Miren por dónde! 

Volviendo a lo nuestro, como arriba decía, en cuestión de parrilladas jamás me había portado como un sibarita y menos considerarme como tal. Por lego o porque no me daba la gana, simplemente no me nacía tiznarme los dedos. En tanto años apenas aprendí un truco para encender el carbón y dice así: se toma una botella (el envase, no el trago) y alrededor se le atan unos periódicos doblados en tiras, a continuación se la rodea de carbones en forma de montañita y ¡zas! se quita la botella con calma jalando hacia arriba; enciéndase el cerillo y en cuestión de minutos seguro que prende un buen fuego. Utilizar papel empapado en aceite o parafina de las velas para avivar la lumbre es hacer trampa, y tampoco es ecológico, ya que estamos en tiempos verdolagas.

Me había acostumbrado a ejercer seriamente el papel de invitado toda vez que tocaba asistir a estos festines. Me encantaba apoltronarme debajo de una sombrilla, en medio de un jardín a ser posible. El rito de la parrilla exige buen tiempo y mejor estado de ánimo. Acomodado en mi sitio devoraba mi pedazo de carne sin mayor obstáculo que la premura del tiempo. No hay peor disgusto culinario que el asado frio. Carne enfriada y con el interior todavía rojo, se lleva el apetito a otra parte, un verdadero desastre que sabe a cualquier cosa. Cuantas veces habré pasado por tales circunstancias, maldiciendo secretamente al cocinero por sus supuestos fallos, mientras procuraba pasar el mal rato probando los choclos, las yucas hervidas, el arroz con queso, la ensalada u otras guarniciones. Aunque para ser justos, recuerdo que en otras ocasiones la sazón estaba en su punto y, con el acompañamiento de un tinto raspando el paladar, la experiencia resultaba gratificante. 

El último fin de semana, como quien no quiere la cosa tropecé con uno de esos felices acontecimientos. Habían convocado a parte de la familia a reunirse en Sipe Sipe, para celebrar el cumpleaños de una tía mayor, prima de mi padre. Más por gozar del ambiente de campiña y aire despejado me dejé llevar como un corderito, ni siquiera pregunté por el almuerzo que en su honor servirían, supuse que sería algún plato favorito de la agasajada. Fue bajar del vehículo y descubrir junto a la sombra de un espléndido molle tres parrillas a punto de ser calentadas. Aquí huele a banquete, me dije, mientras se me borraba del rostro el último rastro de pesimismo. Ahí, en una mesita baja, yacían los cacharros de un dedicado chef asador, desde cuchillos varios, trinches, pinzas y tablas de picar. En medio, maduraba ya la carne únicamente con sal gorda. Al lado estaban las tripas precocidas, los chorizos parrilleros y retazos de ubre para ser tostados. Un poco más allá, descansaba un pollo entero (para quien estuviera con dieta blanca) que en un tris fue adobado a base de mostaza y limón por las manos expertas del cocinero. 

El hombre se movía con tanta diligencia, risueñamente concentrado en la labor, que me figuré que era chaqueño (los más capos en estas lides), empezando por la pinta (sombrero y mandil de cuero) y terminando en el buen talante que nunca perdía. Sabiendo que me encontraba frente a un experto me propuse no despegarme de su lado, para sonsacarle algunos conocimientos y aprender de una puñetera vez los rudimentos de un asado decente. Que fuera pareja de una de mis primas allanaba el camino en mi tarea de espionaje. Mientras tanto me hacía al que ayudaba acarreando carbones, moviendo la brasa o alcanzándole los utensilios. Fue entonces que me reveló el primer truco: ¿cómo se extiende el carbón?, me dijo una vez que éste adquiría el color blanquecino característico. Se despliega como una camita, respondí. Sí, pero no tanto, repuso, mientras barría con un palo las brasas más calientes a los costados, dejando el centro parcialmente desnutrido. Tomé nota para la posteridad.

A continuación,  depositó dos enormes pedazos planos de carne (corte pollerita o faldón) en una parrilla a altura considerable para que se vayan asando lentamente. Luego, de un frasco extrajo una salsa de consistencia pastosa con la que en una sartén mezcló concienzudamente las tripas previamente picadas. La puso sobre las brasas y de rato en rato revolvía el mejunje, y al final añadió trozos de pan para que se retostaran. Como casi todos los invitados estaban puertas adentro y nosotros en el patio, nos zampamos las tripitas a modo de aperitivo. Rompí otro de mis prejuicios al degustar aquella maravilla, una inesperada delicatesen que me supo a endiablado manjar. Nada que ver con las apestosas tripitas callejeras que, desde sus humos, saben a boñiga, de pasto, pero boñiga. El secreto estaba en la delicadeza de la limpieza, puntualizaron los que sabían algo del asunto, pero yo sospeché que el sabor definitivo lo ponía aquella salsa casera que, ni con mucha insistencia, el taimado chef me quiso revelar qué ingredientes contenía. Aventuro que tenía algo de mantequilla aquella fórmula ultrasecreta pero lo demás se queda en la nebulosa. 

Un rato después, ya se sentían los efluvios olorosos en el aire. Era tiempo de volcar las presas. Pero antes, el chef me puso al corriente de otro detalle interesante: del dorso de las carnes salían algunas burbujas rojizas, señal inequívoca de que había que dar la vuelta. Dicho y hecho, el maestro de la parrilla sabía lo que decía. Aquel tipo amaba su faena como un consumado artista. Promediaban las trece horas cuando llegó el tiempo de servir. En bandejas se despachó la carne cortada, casi en tiras, rumbo al comedor para que los comensales se sirvieran con arroz cocido y ensalada de tomates y cebollas, aliñada con evocadoras hojas de quilquiña. Desde luego no podía faltar la enjundiosa llajua, nuestra picantosa alternativa al aburrido chimichurri argentino. 

Ah, mucho me congratulo de haber sido un comensal de primera fila. A tiempo de que daba una mano de charla, era recompensado a cada rato con trozos, de cortes finos, jugosos hasta el infinito, que incurría en el vicio de chuparme los dedos. Al fin y al cabo no estaba en la formalidad de una mesa. Nadie me movía de mi sitio, de pie al borde de las brasas, apreciando los distintos cortes y sus sutiles diferencias, ya sea porque el asado era de junto al hueso o de debajo de una grasita que resaltaba el sabor. Así estuvimos un par de privilegiados (el chef, fiel a la tradición, apenas probó bocado) ejercitando la mandíbula a la manera gaucha, aunque faltaba el vino, pero bien valían unos oportunos roncolas (con mucho hielo y rodajas de limón de la huerta adjunta) que algún alma caritativa nos suministraba para sosegar las bocas saladas de tan privilegiados gorrones. Con la tenue brisa que el molle nos brindaba a manera de abanico gigante ya podía desmoronarse el mundo de su frágil equilibrio. ¡Salud!

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 24/05/2017

Las pirañas y los «eitis», Je me souviens*

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Je me souviens de la época en que escribí Las pirañas. La comencé a mediados de la década de los ochenta –felices, década prodigiosa– y la acabé cuando la farra empezaba a oler a chamusquina.
Me acuerdo de que un año antes de empezar esas páginas había colgado mi toga de abogado para siempre, o casi, porque aún me costó unos años sacudirme los últimos pleitos.

Me acuerdo de que para mí fueron los años de mis primeros libros –Trieste, Seix Barral, Anagrama–, años de luces y de sombras.

Me acuerdo de que fueron años de euforias, de proyectos culturales que dieron en nada o en poca cosa, de espectáculos, de mucho aborrecer «lo muermo», de agitación, de crímenes, de arrebuches económicos, de negocios sucios, de especulación salvaje, y en los que «el más tonto hacía relojes de madera», eso se decía mucho. Lo mismo el «hay pasta en el aire, solo basta…» y aquí se amagaba un cuco gesto con la mano en forma de cazuela.

Me acuerdo de que el país se sacudía el pelo de la dehesa como podía y florecían los gastrósofos, los filarmónicos, los taurinos, los catadores, los philosophes, los morrofinos y los hedonistas bulliciosos.

Me acuerdo de que la Transición invitaba a dejar los viejos uniformes de campaña en la consigna del otro barrio y apuntarse a la arruga es bella, en lo ideológico o de la mano de un estilista rompedor, o mejor de las dos cosas.

Me acuerdo de que las ejecutivas regionales del partido en el Gobierno eran trampolines olímpicos para dar en le gloria de las eléctricas.

Me acuerdo de que unos iban ya de mano y ganaban, y otros perdían nada más salir a la pista porque ya venían con una perdigonada de mala suerte o de impericia en el ala.

Me acuerdo de que las euforias y el «vivir la vida a tope» se llevaron a unos cuantos por delante.

Me acuerdo de que fueron los años de la perica a cucharadas soperas, del jaco, de las andadas mayúsculas, las comilonas, el estreno de la política profesional que a la postre beneficiaba despachos profesionales de todas clases, desde los que luego se compraban billetes de lotería premiados para enjuagar dinero negro.

Me acuerdo de que los promotores-constructores neoliberales, y feroces, antiguos maoístas, ORT o LCR-LKI, te hacían pagar la mitad de la compra en negro con una desfachatez mayúscula. Así lo vi y así lo recuerdo. Los corruptos estaban en su apogeo, forrándose y nadie parecía darse cuenta.

Me acuerdo de la noche en que uno de los protagonistas de la novela entró en el bar de la tribu al grito de «¡He descubierto que el mal y el bien ya no existen!» y pidió, feliz, un gin-tonic bien tirado.

Me acuerdo de los guardias de seguridad de una autovía del norte amenazada por ETA que llegaban de madrugada, borrachos, a la zahúrda que les servía de entre blasfemias y carcajadas y se les caían las pistolas por las escaleras. Era una empresa pufo, de socios fantasma, como tantas otras.

Me acuerdo de que había político del partido en el Gobierno que en sus fiestas regalaba hachís envuelto en un sobre de la Dirección General de la Policía…

Me acuerdo de la llamada de Pere Gimferrer que leyó las primeras páginas de borrador cuando yo estaba terminando Tánger bar en una habitación del Monasterio de Leyre…

Je me souviens, también aquí. Sería mejor un escueto inventario de recuerdo como meteoritos que un sesudo tratado sobre aquellos años cuyo oro pinta el tiempo de mugre, y que alcanzó su culmen en los despropósitos de la Expo 92 de Sevilla.

No me acuerdo como si fuera ayer porque no quiero, porque prefiero que fuera hace más de veinticinco años, porque las barracas de aquella feria esperpética cuelgan el cartel de «Cerrado por defunción», «Liquidación por derribo» o «Cerrado», a secas.

* Ejercicio a la manera de Georges Perec

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 25/05/2017

Wednesday, May 24, 2017

Recuerdos de la Lickana

PABLO CINGOLANI

Tito Saire, Señor de Cuarzos. Tito Saire, el último atacameño. Tito Saire, el mejor cateador del mundo. Evocarlo es evocar mundos perdidos, mundos olvidados, mundos que alguna vez sangraron, parieron, tuvieron vida. ¿Acaso eso no es escribir? ¿Acaso también de eso trata o debería tratar la literatura?

Rompiendo vanos siete silencios, vuelvo a revivir a Tito Saire, montaraz de arenas, Tito Saire, mago de las cordilleras, Tito Saire, el último hombre que soñaba con piedras, sólo con piedras, y esta restitución –que supongo fértil, anhelo feliz-, no sólo lo restituye a él, y su presencia ensombrecida en San Pedro de Atacama, sino que atiza esos mundos que se eluden, esfumados en la noche del tiempo, sacrificados al puñal de la codicia, sumergidos en el mar lacerante del olvido.

Pero extraer del fango de la memoria a Tito Saire también me restituye a mí, que lo escribo, buscando en ese más allá de uno que es la escritura, que alguna estrella vuelva a encenderse en el camino, alguna ilusión resista y recrudezca y despierten, una vez más, esos cencerros que claman y gritan que aún seguimos vivos.

San Pedro de Atacama, a principios de los 90s del siglo pasado, no era como ahora: un centro turístico, lleno de hoteles, de camas mullidas, de observatorios espaciales y de comodidades. San Pedro de Atacama era lo que había sido siempre: un puñado de seres, un rejunte de almas, arrinconados en un oasis prodigioso situado entre el desierto y la cordillera.

Era chango: había estudiado historia. Sabía de la existencia del padre Le Paige y su museo y las momias intocadas y también -residiendo en La Paz- había visto en el Museo Nacional de Arqueología de Bolivia –gracias a la gentileza del finado y amigo Freddy Arce- las tabletas para el consumo de alucinógenos que enlazaban a las culturas del desierto con la gran civilización de Tiwanaku. También sabía de las políticas de “chilenización” forzada contra los pueblos indígenas que había impulsado Pinochet.

Aquella vez, Eduardo M., un jujeño de la capital provincial, tenía una empresa de “export-import” (un eufemismo que solía encubrir, esos días, actividades de contrabando) y si no hubiera sido por él y sus afanes, andá a saber dónde andaría. Resulta que tuve la idea de lanzarme a un viajecito delirante, una travesía imposible (para mí): cruzar el paso de Jama caminando. Eduardo, aparte de sus trajines, era un tipo culto: amigo de Tizón, recitaba impecablemente a Borges mientras fumaba y manejaba por los desiertos helados más altos del orbe. Me recogió, de milagro, como solía ser todo en la puna y en mi vida aquellos años, en Susques. Atravesamos Jama, la inmensidad profunda y sin atenuantes de Jama, en su camioneta color turquesa, y gracias a sus efectivos y evidentes buenos contactos con las gendarmerías de ambos países, terminó dejándome, sano y salvo, en San Pedro. Allí, en una pascana, me presentó a Tito Saire. Un hombre solo que comía marraqueta con sardinas. Eduardo aseguró, desde la puerta, a punto de marcharse rumbo a Iquique: este hombre, Pablo, tiene un tesoro. Son sus historias.

Cuando nos quedamos solos, uno con otro, nos miramos a los ojos un largo momento. Los míos son azules, ¿y qué vería Tito Saire allí adentro? ¿El recuerdo del mar? ¿Lapislázuli? Los suyos, sus ojos, eran tan negros que se confundían con la penumbra del boliche, negros halcones, portadores de una vista privilegiada, capaz de “ver” a decenas de kilómetros. Ya lo anoté: Tito Saire, el mejor cateador del mundo. No tuve mejor idea para romper el hielo que decirle:

‒ ¿Te molesta si fumo?

Me miró como si le hablase en nepalí. Luego, disparó:

‒ A mí, lo único que me molesta es la falta de audacia. Mirá pibe (sic, lo dijo así), si vos llegaste hasta aquí, y con el amigo Eduardo, por algo debe ser. Así que nada, si querís fumar, fuma. Si querís, hablar, habla de una vez. Si no, hablo yo. A mí me gusta hablar, ¿sabés?, aunque por estos lados, ya no hablo mucho, ¿con quién voy a hablar? Ya hablé con todos, todo lo que había hablar, hablé con los cactus todo lo que había que hablar, hablé hasta con el fuego, noche cerrada, una vez, tras que me atraparon los vientos Toconao al sur… -respiró profundo y sentenció: mejor vos fumá, que yo hablo.

Nunca en mi vida, recibí una bienvenida tan auspiciosa.

Nosotros, los que nacimos en la llanura, carecemos de algo esencial, constitutivo, forjador del ser-estar en las montañas: cultura minera. Ese reino natural nos está vedado. Hoy, como casi todo, minería es mala palabra. Ha mutado. Lo políticamente correcto la condena. Antes, ser minero era una especie de blasón, de estirpe, casi gloria. Ser minero era jugarse el pellejo, sacrificarse, no rendirse, ganar, perder, no rendirse. Dentro de la fauna de los mineros, el cateador era el león, era el puma de esos páramos donde el hombre sólo acudía si la audacia lo acompañaba. Ser minero era jugarse la vida en el intento, ser cateador era el que más se la jugaba. ¿Qué es un cateador? Pues el que busca, cata, caza a los minerales. Los huele, los ve, los oye, los siente, en suma: vive por ellos, su vida la teje así, mineralmente.

Vida mineral, vida minera, vida de piedra: tan dura como ella, tan secreta y tan motivante como son las piedras, cualquiera de ellas, todas las piedras. Ellos saben hablar con ellas, ellos las reconocen, saben de sus azares, sus pesares, sus revelaciones. Saben de su eternidad y, por eso mismo, saben mejor que nadie de lo que es efímero: la vida misma. De ahí que un cateador, uno bueno, es también medio mago, medio alquimista, y también medio poeta, medio filósofo. Saire, Tito Saire, sin vueltas, era uno de ellos.

Sobre el tema, dos anotaciones imprescindibles. Una, la lectura del libro del padre Barba. Lleva por título: El arte de los metales. El que sabe leer, encontrará allí, belleza infinita y poesía inagotable. Fue escrito en Potosí en el mil seiscientos. El otro apunte: hubo otro cateador memorable. Se llamaba Diego Almeyda, hijo de lusitano, pero nacido en Copiapó, otra frontera y tan minera como la meca potosina, en 1780. Octavio Oriel Álvarez Gómez, insigne historiador regional, habla de él como si fuera un santo. Dice de Almeyda que “el mismo enseñaba a sus seguidores; que a caballo ninguna mina se ha descubierto; por eso el cateador ha de tener la planta tan dura como la pezuña de la mula que carga los alimentos y la esperanza” (Cf. Atacama de Plata). Catear rima con caminar. Y Tito Saire, el mejor cateador del mundo, caminaba, caminaba, caminó toda su vida.

‒Yo soy chileno. Soy boliviano. Soy argentino. Depende la suerte y depende de cuando me conviene. A veces, el viento me tiraba al otro lado del Sanjuanito [NdelR: forma cariñosa en que Saire refiere al río San Juan del Oro, límite entre Argentina y Bolivia, por los lados de El Angosto y Esmoruco] y allí tenía que elegir entre ser como vos o ser boliviano, por si aparecía la “cana” y me fregaba, aunque –la verdad sea dicha- por ahí no aparecía nadie, casi nadie, nunca. A ver, dime, ¿quién se atreve a estos desiertos del demonio?

Medito mientras Saire me cuenta y me cuenta y me sigue contando de sus andanzas: no escribimos para aproximarnos, echar luz, sobre lo que somos. Lo hacemos porque seguimos confiando, sigue latiendo en nosotros, esa luz, esa esperanza en torno a lo que deberíamos ser. No, el que escribe. Todos nosotros.

El cateador es una especie de Colón de la minería. Va y descubre la veta. Va y encuentra el yacimiento. Carece de los recursos para explotarlo, entonces acude a un pueblo grande donde hay quien compra –Potosí, Copiapó, ya aludidos- y vende su información –trae pruebas- por una suma sustantiva, que se redobla, triplica o se eleva más aún si dichas conjeturas se convierten en certezas metálicas. Luego el cateador –una especie de Che Guevara de la prospección minera- va y se gasta su honorario en lo que venga, en lo que le viene en ganas: en putas –el cateador siempre es solo, no es concebible ser cateador y tener familia-, en vicios –trago, tabaco, morfina-, en armar parrandas y fiestas desmesuradas para los conocidos –el cateador es solo, no tiene amigos- y cuando se agotó el último peso, el último chelín, la última rupia de sus alforjas, vuelta a empezar: a caminar, la montaña –su familia, su amigo- lo espera.

Un día –cuenta Saire-, andaba por los lados de Pisiga, y encontré a unos hombres que venían en un jeep, humeando el pobre. Se pararon al divisarme viniéndome venir desde la nada –ellos también venían desde allí. Me ofrecieron agua. Acepté. Siempre tengo sed. Siempre tuve sed. Compartí el agua con mi mula, la única que me quedaba, la otra se había muerto, reventada, daba pena, cayendo vertical desde un peñasco. Cuando estaba bebiendo de la cantimplora, vi adentro del carro: había un par de negros. Negros de África. Me dijeron: nosotros no somos de África. Somos cubanos. Somos los sobrevivientes de la guerrilla del Che. Me dijeron: chico, ¿tú sabes quién es el Che? No, les dije. ¿Cómo no sabes, chico, quién es el Che? No, no lo sé. ¡Parece que vives aislado, chico! Y sí, les dije, ¿acaso no ven que esto es un desierto? Insistieron: ¿y tú, chico, no conoces al senador Allende? A ese, sí, a ese le conozco, les dije: le di la mano en un mitin que hubo en Antofagasta.

Prosiguió narrándoles, a los cubanos, y los bolivianos que también escapaban: Había encontrado una veta grande, linda, de oro puro, finísimo, y cuando alcé mi paga, me fui al mejor cabaret del puerto. Cuando desperté, pensé que lo soñaba, pero no, había un tumulto de gentes que estaban escuchándolo. Era vehemente el tipo. Decía que si lo votaban y era presidente, iba a nacionalizar la pesca, para que los peces sean de ellos, de los pescadores del puerto. Eso me gustó. Me hizo acordar a Cristo. Bajé a la calle, lo busqué, le tendí mi mano. Le dije: soy Tito Saire, el mejor cateador del mundo. El me respondió: soy Salvador Allende, candidato a la presidencia de Chile. Luego lo mataron –me dice a mí en ese bar herrumbroso de San Pedro de Atacama. Hasta hoy, puedo seguir sintiendo algo así como una tristeza inasible, recóndita, amarrada a esas palabras.

‒Yo soy del Loa. Soy catamarqueño. Soy tupiceño. Depende la suerte y depende de cuando me conviene‒ me aclara, por las dudas, Saire, y yo, la verdad, le creo al milímetro porque estoy respirando ese aire que la gente de la frontera, el pueblo de los límites, te arroja en el rostro para que sepas que tu mundo, ese pequeño mundo de ciudades con rascacielos y agua con solo abrir las canillas, no vale un peso, menos una piel de guanaco, menos que menos una mina de caolín, en esos confines que se asemejan tanto a la vida, y a la literatura además. Ahora que lo pienso a Saire, ahora que lo escribo a Saire, a Tito Saire, me viene un hombre a los dedos que anotan, los índices que teclean esta máquina sin vida, y anoto, por eso de andar entre cordilleras, por eso de sentirse libre entre las patrias cautivas, por ese querer comunicarlo: pienso en Felipe Varela. Le pregunto, por si acaso. Me responde, tan inesperado como solía ser todo, esos días, en la puna y en mi vida: ¿Felipe Varela? ¡A ese también lo conozco! Lo mataron injustamente también pero por cuestiones de arriería. Tenía 11 hijos. Llevaba vino desde La Rioja hasta Arica. Unos camioneros lo desgraciaron en el Tamarugal, vaya uno a saber por qué lo hicieron. Siempre me acuerdo de él cuando le rezo al “Linca”.

Cuarta botella de pisco: Saire sabe hablar tanto como sabe beber. Ahora me cuenta una historia de pirquineros, una historia proletaria, una memoria que le contaba tal cual su abuela atacameña, la historia de tres ciudades: hace mucho pero mucho tiempo, los antiguos, osaron desafiar a los dioses con sus pecados y sus vanidades, y los dioses –Saire me mira fijo-, los dioses, Pablo, no son cojudos: los castigaron. Eran tres ciudades. Sodoma, Gomorra y no me acuerdo –y se ríe, se ríe a mares, el Saire, de su propio chiste. Río con él. Prosigue: “El Linca” les debe haber mandado un rayo a cada una, un vendaval, algo, la cosa fue que el castigo divino les cayó encima, los pueblos se desvanecieron para los ojos humanos, desaparecieron.

Atardece en San Pedro de Atacama. Pasa Lautaro Núñez por el ventanuco de barro y cortinas de nylon del bar. Lo reconozco por sus cabellos blancos, largos y lacios: parece Jeremías. El antropólogo, me dice Saire, que trabajaba con el padrecito. Luego, empuja el pisco, y sigue contando: de las tres ciudades, una de ellas se perdió para siempre, en la cordillera, nadie sabe su nombre, ni nadie quiere recordarlo. Otra de las ciudades se ocultó, no se perdió. Astuta era. Ciertos días del año aparece, en lo alto del cerro Quimal –Saire señala un lugar impreciso, más allá de las botellas y el ventanuco donde vimos caminar a Lautaro- ¿no la ves, Pablo? –me provoca Saire y yo me siento en las nubes, junto a él, tomando pisco y hablando de lo mismo que estamos hablando, aquí abajo: ciudades perdidas en el medio del desierto. Como en el Gobi, Como en Arabia. Como en Atacamak.

Cuando la veas, Pablo, la verás, si la ves, envuelta en una luz de fuego, diáfana, transparente, verás sus edificios de piedra, verás sus árboles –que aquí, como verás, no tenemos ni uno-, verás sus cultivos que florecen, verás a sus antiguos moradores –verás mi rostro en la mayoría de ellos: son mis parientes-, verás que ellos también eran poetas –yo, para pendejearme, le había leído, en el medio de la conversa, el Itaca de Kafavis, que llevaba, siempre, esos días, arrugado en mi billetera-, si te animas, prosigue Tito: sentirás sus anhelos, sus deseos, sus ansias…

Y –pregunto, borracho- ¿Cuáles eran esas ansias?

Y –responde Saire, borracho también- llegar al mar, comer piures, tomar vino de Tacama, revolcarse en la playa, y mandar todo al carajo, huevón, ¿acaso no podemos soñar con eso? –me dice el hombre que le dio la mano a Allende en el puerto de Antofagasta. Y sí, proclamo, y termino de preguntar: y con la tercera ciudad, ¿qué sucedió?

Nada.
Nada, contesta Saire.

Extrañamente –suspira- la tercera ciudad sobrevive. Es Toconao, que en lengua kunza, en nuestra lengua,  significa ciudad perdida, rinc6n perdido...

Saire en kunza, el idioma olvidado de los atacameños, se traduce como viento. Maisairi (sigo a Núñez en su Cultura y conflicto en los oasis de San Pedro de Atacama, ma=hallar, encontrar; sairi=lluvia) era el nombre de su abuelo, el chamán, el que invoca la lluvia, el que la alienta y la hace suceder en esos desiertos donde no llueve nunca. Toconao era como el Vaticano de los atacameños, los antiguos dueños del erial. Su abuela, Ramona, era una mujer valerosa, mercader de congrio seco, la comida que hizo vivir a las salitreras. Abuelo y abuela se conocieron en Cobija cuando aún era puerto de Bolivia. Procrearon 14 hijos, sólo la mitad vivieron. El padre de Tito fue minero en Caracoles, pirquinero nomás –me aclara el susodicho. La madre era un ave rara: era mapuche, vino de cautiva, vino de esclava a ser prostituida en las minas de plata. Tata Tito -su padre se llamaba igual que él-, la liberó de ese yugo, escaparon, enamorados, hechizados por la tierra, y la trajo con él hacia ese oasis, este oasis, llamado San Pedro de Atacama. Elvira Lincopán se llamaba mi madre, mi abuelo la conoció, antes de morir le dijo: niña, estos cerros, estas arenas, también son tuyas. Saire, con su dedo tembloroso, señala un lugar, impreciso, a la distancia. Una tumba, un destino, un sosiego.

La noche ya cayó. Es un vendaval de estrellas –las veo cuando salgó afuera a hacer aguas. Vuelvo a la mesa, bosque de botellas, y deseo, sólo deseo, saber qué significa, para él, para Saire, ese nombre: el “Linca”, tan citado.

‒El Lincancabur‒afirma con certeza y señala, sin dudar, al este. De allí venía yo, de allí vinimos con Eduardo, el contrabandista que recitaba a Borges. La sombra del volcán, de ese volcán majestuoso a cuyos pies descansa la laguna verde de arsénico puro –pura belleza envenenada- se proyectaba en ese preciso y decidido momento sobre nuestra mesa, sobre Tito y sobre mí, sobre nosotros mismos.

‒Por eso, nosotros mismos, todos nosotros, le decimos a nuestra tierra: la Lickana, el país del volcán, la nación de nuestro pueblo. Somos chilenos, somos bolivianos, somos argentinos, pero siempre y por sobre todas las cosas: somos atacameños. Mi abuelo me dijo, antes de partir hacia la cumbre del “Linca”, donde van a parar nuestros muertos: nunca te olvides, Tito, vos eres atacameño. Nunca te olvides. Nunca me olvido.

Hizo una pausa: todos los volcanes de la tierra dejaron de respirar. Culminó:

‒Soy el mejor cateador del mundo. Soy atacameño, soy lickan antay, el pueblo del volcán‒ y se dejó dormir, suavemente, Tito Saire, sobre la mesa. Era una piedra, era un guerrero, era un minero, durmiendo sobre una mesa de pino canadiense que olía a pisco, a limón, a memorias. Lo acompañé. A la mañana siguiente, fuimos juntos a tomar una sopa de cordero y papa kuti que preparaba doña Lola, la más veterana de las cocineras –había dos más- en el mercado del pueblo.

Mientras comíamos y resucitábamos y nos restituíamos al mundo tal cual lo conocemos, Tito Saire, octogenario, me dijo algo que no olvidaré jamás:

‒Lo mejor de las resacas es compartirlas.

Por eso lo escribí, Por eso, también, escribo.


Imagen: Volcán Licancabur, San Pedro de Atacama.
Fotografía de Douglas Fernandes.

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De PLUMAS LATINOAMERICANAS, 20/01/2017

'Gangster Warlords', un valioso aporte a la literatura sobre crimen organizado en Latinoamérica

MICHAEL LOHMULLER

El nuevo libro del periodista Ioan Grillo sobre crimen organizado en Latinoamérica ofrece un fascinante recorrido por cuatro organizaciones criminales, proporcionando un profundo análisis y narraciones de primera mano que ayudan a entender mejor las “guerras del crimen” en la región.

En su más reciente libro, “Gangster Warlords: Drug Dollars, Killing Fields, and the New Politics of Latin America” [“Caudillos criminales: dinero de las drogas, campos de muerte y la nueva política de América Latina”], Ioan Grillo explora “el paso de la Guerra Fría a una serie de guerras del crimen que sumen a Latinoamérica y el Caribe en un río de sangre” (Lea un fragmento del libro aquí).

La pregunta central que orienta la investigación de Grillo acerca de lo que ha permitido que el crimen y la violencia hayan crecido en América Latina desde el final de la Guerra Fría es: “¿Por qué el continente americano está inundado de sangre en los albores del siglo XXI?”.

Para responder esta pregunta, Grillo —amigo de InSight Crime y antiguo colaborador de nuestro sitio web— tiene varias explicaciones. Entre ellas se encuentra el colapso de las dictaduras militares y las fuerzas guerrilleras en la región, que dejaron como resultado arsenales de armas y combatientes en busca de empleo. Además, en las democracias emergentes de la región abundan la debilidad y la corrupción, lo que ha impedido que se establezcan sistemas de justicia efectivos y que se imponga el Estado de derecho.

Estas condiciones fueron propicias para el surgimiento de los criminales, que de ser simples narcotraficantes se convirtieron más tarde en un “extraño híbrido entre gerente del crimen, estrella de rock criminal y general paramilitar”. Grillo intenta explicar estas híbridas organizaciones criminales “siguiéndole el rastro a los nuevos campos de batalla del continente americano”.

Para ello, “Gangster Warlords” dedica cuatro extensos capítulos al estudio de casos específicos que representan “diferentes estilos de personajes y organizaciones de la región.” Estos son: el Comando Vermelho de Brasil, el Shower Posse de Jamaica, la Mara Salvatrucha (MS13) de Centroamérica y Los Caballeros Templarios de México.

La intención de los cuatro estudios de caso escogidos es demostrar que el surgimiento simultáneo de las “milicias del crimen” en diferentes países “no es casualidad” sino “una tendencia regional, un producto de circunstancias históricas”.

Sin embargo, antes de adentrarse en los estudios de caso, Grillo hace referencia a un debate pertinente: la discusión acerca de cómo entendemos los conflictos posteriores a la Guerra Fría en Latinoamérica, y cuál debería ser la respuesta de los gobiernos.

Es decir, las “guerras del crimen” de la región no son guerras tradicionales o conflictos armados declarados, sino más bien un “una mezcla de crimen y guerra.” Dentro de “esta mezcla de crimen y guerra”, afirma Grillo, “los criminales armados a menudo alcanzan sus objetivos de una manera más efectiva de lo que lo hacen las grandes fuerzas gubernamentales”.

Grillo sostiene que estas organizaciones criminales basan su poder en el control de ciertos territorios y amenazan la naturaleza fundamental del Estado, “no tratando de tomárselo por completo sino dominando algunas de sus partes y debilitándolas”. En ciertas áreas, estos grupos criminales “se inmiscuyen en el monopolio estatal de la violencia —o, más precisamente, en el monopolio de la guerra y la administración de justicia”. Sin embargo, a diferencia de los grupos insurgentes o terroristas, los criminales latinoamericanos están motivados principalmente por incentivos económicos, no por objetivos políticos o sociales.

Por lo tanto, Grillo se interesa por entender “cómo estos criminales ejercen el poder, cómo hacen la guerra y cómo operan como fuerzas políticas y combativas”, así como los móviles de los “irracionales niveles de violencia” y la manera cómo podrían detenerse.

La búsqueda de respuestas a estas preguntas lleva a Grillo a un interesante viaje por algunas de las zonas más peligrosas de Latinoamérica. Excelente escritor y narrador, Grillo combina a la perfección fascinantes entrevistas con delincuentes, policías y otros actores de la región con conceptos teóricos y contextos históricos.

El resultado es una discusión interesante y llena de matices sobre múltiples aspectos, organizaciones y personas relacionadas con el auge de la criminalidad en Latinoamérica.

Desde las favelas brasileñas, pasando por las guarniciones jamaiquinas, hasta sus reportajes sobre el terreno durante el apogeo del movimiento paramilitar en Michoacán, México, Grillo habla con influyentes y experimentados actores criminales de la región.

Se trata de personas —como los miembros iniciales de Comando Vermelho en Brasil y los socios del conocido criminal jamaiquino Michael Christopher “Dudus” Coke— que fueron testigos de primera mano de la evolución del crimen en sus respectivas comunidades. Sus aportes son de un gran valor para el análisis de Grillo, y le permiten al lector entender las perspectivas de los actores criminales regionales y las razones o autojustificaciones de sus conductas.

En los estudios de caso de las organizaciones criminales seleccionadas, Grillo identifica varios paralelos en la manera como operan los grupos criminales latinoamericanos.

Básicamente, Grillo sostiene que a estos diversos grupos los unen sus intentos de controlar territorios y emprender este nuevo tipo de conflicto. Como resultado, para Grillo resulta más adecuado considerar a los hombres armados de la región más como milicias que como meros pandilleros.

Grillo introduce entonces el concepto de “caudillo criminal” (“gangster warlord”), término que considera mejor para explicar los híbridos líderes criminales de la región, como “Dudus” Coke de Jamaica o Heriberto Lazcano de Los Zetas. Es decir, aunque estos hombres son criminales que dirigen bandas, son más que simples narcotraficantes, al mando de las milicias que gobiernan sus feudos, “protegen las fronteras de sus dominios, asesinan a los enemigos armados que entran a su territorio, cobran ‘vacunas”, realizan juicios, respaldan a los políticos y realizan trabajos sociales”. Estos caudillos criminales, sin embargo, controlan ciertos aspectos de su país, y le dejan al gobierno la provisión de electricidad y otros servicios.

Grillo sostiene que, para poder detener las actividades de los caudillos criminales de Latinoamérica, los gobiernos deben entender realmente cuál es el problema, aunque puede resultar doloroso admitir que los criminales desafían al Estado y su monopolio sobre la violencia. Por eso, Grillo termina su libro haciendo recomendaciones con respecto a tres áreas donde los gobiernos deberían tratar de mejorar sus acciones: reforma a la política de drogas, construcción de sistemas de justicia y transformación de los guetos. Si bien estas recomendaciones no son novedosas, son conclusiones pragmáticas y razonables derivadas de años de trabajo de Grillo en Latinoamérica y le aportan a “Gangster Warlords” la necesaria nota de optimismo con respecto al futuro.

En general, “Gangster Warlords” es una excelente obra que presenta una mirada macro sobre las tendencias políticas y socioeconómicas, y que a la vez incluye condiciones locales, para proporcionar una imagen completa de la oleada criminal en Latinoamérica después de la Guerra Fría. Quienes pretendan tener una mejor comprensión de las condiciones que permitieron el surgimiento de los grupos criminales en Latinoamérica, y sobre la manera de entender y responder a los “caudillos criminales” y a las milicias criminales de la región, descubrirán que esta obra es un recurso muy valioso.

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De INSIGHT CRIME, 25/02/2016

Tuesday, May 23, 2017

Ya es bastante invierno

JORGE MUZAM

Por aquí ya es bastante invierno, le digo por mensaje a Pablo Cingolani. Llueve con murmullo persistente. Ha nevado en las cumbres. Las escampadas tienen rumor de viento norte. El musgo se apodera de las piedras, de los estanques, de los troncos viejos. El río Ñuble vuelve a adquirir la prestancia y el rugido de un río sureño. Despierto temprano, incluso en día domingo, es una conducta propiamente campesina que suele acompañar toda la vida. Café para espabilar mirando por la ventana el Malalcura, comprobar que sigue en su sitio. Que la historia previa no fue una ilusión ni menos un sueño de Monterroso. Mis ingredientes para vivir suelen ser imaginarios. Posibilidades y recuerdos que interactúan en una novela inédita, incongruente, circense por defecto. La soledad fantasmagórica de la cordillera exalta mis quijotismos. Si tan solo Doré pudiera dibujarme. Mi cabeza es un Saturno anillado de esqueletos, cañones sin pólvora, generales rusos dubitativos.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 11/05/2017

Biarritz, pasos perdidos

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Hace ya un año que tengo que pasar un día a la semana por Biarritz por motivos no del todo agradables ni propios del flâneur. Es más, el flâneur escapa de esas residencias de ancainos que en realidad son morideros de los que si nos libramos es de milagro o por haber reventado antes: Je voudrais pas crever... A veces me asomo al mar, salpicado de surfistas, otras deambulo por calles solitarias, de silencio,  flanqueadas de villas muy hermosas, en estilos neo-vasco, modernista, paliego-pomposo, cortijero andaluz... que están cerradas la mayor parte del año y hablan de un pasado cada vez más remoto y más convencionalmente novelesco, poblado de personajes que parece salidos, y a veces lo hacen, de alguna novela de Patrick Modiano. Los nombres de esas casas son vascos, rusos, franceses, ingleses... Hace treinta años (1987) utilicé alguna de ellas como decorado de una novela La caja china que tardó muchos años (demasiados) en ser publicada y que no he vuelto a abrir.  Unas semanas atrás di con  esa Villa Cocodrilo, pero no llevaba la cámara. Hoy he acudido con ella y una mujer mayor que estaba tirando un paquetón de periódicos a la basura, me ha preguntado si buscaba algo. Cuando le he señalado el nombre de la villa ha exclamado con una pronunciación graciosa: «¡Ah, le cocodrilo!» y se ha vuelto A su casa a carcajadas. Ignoro qué historia puede haber detrás de ese nombre tan exótico: un excéntrico, un original, un rico americano...

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 20/05/2017