Monday, April 23, 2018

Las penas del jaguar


ROBERTO NAVIA GABRIEL

Marcos Uzquiano quería convertirse en tigre cuando era niño. Su abuela le había revelado el secreto que guardaban las profundidades de la selva. Era muy fácil: revolcarse en un lodo amasado con hojas amarillas y pintitas negras como la piel del felino. Ser ese animal para defenderlo de los cazadores que él sabía que existían y que con sus armas malditas los mataban para descuerarlos.

El niño Marcos lo intentó y nunca pudo conseguir la metamorfosis. Quizá algo falló en ese intento, quizá no anotó con exactitud la pócima que le habría permitido transformarse en un jaguar que cuando era niño lo conocía con el nombre de tigre. Pero creció y con los años encontró otra forma de luchar por la vida de esos animales que en Bolivia viven en una angustia eterna. Marcos no se convirtió en un tigre, pero sí en un guardaparques y en director del Parque Nacional Madidi. Desde ahí viene atacando a los traficantes que incentivan la cacería para arrancarles los colmillos que en el mercado chino tienen la triste fama de que, supuestamente, sirven para curar enfermedades que la medicina científica no sabe tratar, y como potenciador sexual, lo que hace que al otro lado del mar  los colmillos se vendan a precios abismales. 

En otro rincón de la Amazonia, Jesús tiene un cráneo en su casa. Un cráneo que tiene dientes pero no los colmillos. Se los ha vendido a dos chinos que, ha dicho, le han pagado a precio de oro. Jesús se mueve en el bosque sin preocuparse por los mosquitos que muerden la piel, y siempre mira hacia arriba, porque dice que arriba está el peligro: en esos árboles de castaño de donde cuelgan los cocos de almendra que caen sin silbar y que cuando golpean la cabeza de un ser humano, según cuentan en la selva, es capaz de matar o de volverlo loco.

Jesús tiene miedo a los almendros, pero no a los jaguares. “He matado varios y lo volvería a hacer porque pagan bien por los colmillos”, dice, envalentonado, agarrando su arma de fuego que, como una melena de Sansón, pareciera que le da fuerza y coraje.

Jesús no sabe que hay leyes bolivianas que castigan con prisión la cacería del jaguar y la vulneración de animales silvestres. “Hasta este momento no me había enterado. Ahora que sé ya no pienso seguir matando al tigre, no quiero meterme en problemas”,  asegura. Jesús fuma con intensidad el charuto que ha armado con sus manos y ahora sabe que también teme a la cárcel. 

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De EL DEBER, 14/01/2018



Pleitesía para los Stones


BELÉN SUÁREZ PRIETO

Un grupo de amigos se va de su país huyendo de la presión impositiva. Son jóvenes aún, pero dentro ya de la edad adulta, no son unos niñatos. Son atractivos, alguno de ellos, con un enorme sex appeal. Son ricos. Son famosos. Son drogadictos.

Se van de su país para no pagar impuestos y se trasladan a la Costa Azul, primeros setenta, y se diseminan por la soleada Provenza, con sus familias, con sus amigos, con sus camellos… Hay mujeres bellísimas, no hace falta aclararlo.

Uno de ellos alquila una mansión. Se dedican a dar paseos en barco por la costa, que se les hacen tan cotidianos que aquellas rutas acaban siendo la calle principal de su deambular exiliado por el Mediterráneo.

Alguno de ellos se droga a manos llenas. Gastan enormes cantidades de pasta. Se han ido de su país para no pagar impuestos. Navegan por la costa mediterránea. Toman el sol. Follan mucho.

Descrita así, esta pandilla puede repelernos, con un punto de envidia; millonarios evasores tostándose al sol mediterráneo mientras consumen heroína y demás hierbas en abundancia…

Pero, mientras hacían esto, también construían esa catedral de la música popular, parían esa obra maestra de la cultura popular del siglo XX, el Exile on Main St.

Los Stones, en un raído sótano de un palacete provenzal, crean su mejor disco; británicos paliduchos, levantan ese monumento de la música negra, que culminan en California, una vez más California, siempre California, imprescindible para entendernos. De Europa a Estados Unidos en un viaje donde hubo de todo, pero, sobre todo, por encima de todo, hubo una confluencia de talento en estado de gracia que escupieron en abundancia para que, más de 40 años después de la publicación del disco, en 1972, haya quienes sigamos descubriéndolo y maravillándonos y estremeciéndonos y llorando y sintiendo que, tras franquear la puerta que nos abre “Rocks off”, ya no hay marcha atrás.

Ya no hay marcha atrás cuando de “Rocks off” se va hasta “Shine a light”, en un buen puñado de canciones mecidas por esas majestuosas voces negras femeninas. Ya no hay marcha atrás cuando, casi 40 años después de la publicación del disco, se edita de nuevo con las sobras de los primeros setenta añadidas y entre el material de desecho aparece esa piedra preciosa del lamento amoroso llamada “Following the river”.

La pareja indisoluble Jagger/Richards compone canciones inmensas, como si, blancos y flacos, hubieran nacido en el algodón de los campos extensos del sur; como si hubieran mamado la leche del góspel en los bancos de las iglesias. Nos narran lo de siempre como nunca, el amor y su consecuencia inevitable, el desamor; trufado todo, que es lo mismo, con el sexo, el alcohol, el baile...

Nunca es tarde para bucear en el genio, nunca es tarde para enamorarse, nunca es tarde para el agradecimiento, a quienes nos han dado las posibilidades materiales y espirituales para disfrutar de la conmoción que provoca el arte, por el enorme privilegio de que disfrutamos sumergiéndonos en el Exile.

El miércoles 25 de junio, en el Santiago Bernabeu, rendiremos pleitesía a Sus Satánicas Majestades, por enésima última vez, por última enésima vez. Bisabuelo Jagger de la hija que tuvo mientras componía el Exile, recién viudo; superviviente a los cocoteros Richards tras haber tomado todo el opio de los campos de Afganistán. Cumpliendo, con Watts, presente en Provenza, y con Wood, y con tantos otros que se quedaron por el camino, antes o después, o que están en él, de las más diversas maneras, 50 años haciéndonos la vida más llevadera.

Lo tenían todo cuando construyeron el Exile: la erótica de la belleza, la erótica de la fama, la erótica del dinero… Pero tuvieron, por encima de todas ellas, la que ha hecho que estén en la historia, la única que la inmensísima mayoría podemos disfrutar de ellos y con ellos, sin posibilidad de volver atrás, porque supieron entender que si la poseían nos la tenían que regalar: la erótica del talento, inmenso y compartido.

Cause you always brought the best in me.

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De NEVILLE, 23/06/2014 

La piedra y el agua (Prólogo a URBS AETERNA)


PABLO CEREZAL

Escribir un poema es un acto solitario, algo parecido a lanzar una piedra al aire durante un paseo campestre que nadie, salvo el paseante, conoce ni comprende. La piedra, obvio, siempre cae. En demasiadas ocasiones lo hace en campo, yerto o florido, pero lejos de la vista. Sin embargo, a veces, la piedra rompe el reflejo de un río o un estanque cercanos.

Igual el río de la Historia, que recibió en su seno anécdotas que, al sumergirse, alumbraron coreografía de ondas expansivas. Estas, en su transcurso, han acabado afectándonos a todos, en mayor o menor medida. 

En el Monte Sacro de Roma, siglos atrás, una pequeña anécdota cayó en dicho río. Una más, pero que expandiría sus ondulaciones hasta alcanzar dimensiones de leyenda. En 1805, un joven venezolano pronunció, en aquel enclave, el juramento de romper las cadenas con las que, por entonces, oprimía la corona española a sus conciudadanos, allende los mares

Se llamaba Bolívar y la historia
Al sembrar en el monte esa otra gloria
Con una estirpe nueva alzó la frente

Con este terceto, cierra el soneto que Isaías Rodríguez dedica al Monte Sacro romano, rescatando del olvido las olas con que aquella anécdota desordenó los calendarios. De paso, de la contemplación solitaria e introspectiva del autor, nace un poema que, igualmente, se sumerge en el río de la poesía generando ondas de imprevisible alcance. Dejémoslas fluir, mientras.

Isaías Rodríguez llegó a Roma hace años, para dar continuidad a su dilatada labor diplomática. Pero puedo imaginar que su estancia en la capital italiana, además, intensificó su sentir poético. Porque lo que hallamos en estas páginas no es la mirada despreocupada del que está de paso, sino la observación sensible, profunda y solitaria de quien concibe la poesía como necesidad íntima, pero también como instrumento con que indagar en la biografía de la urbe. A modo de ejemplo: el mismo soneto al que corresponden los versos citados, nos recuerda en su inicio otra rebelión que también cambió la historia, la que los plebeyos romanos protagonizaron, en el mismo Monte Sacro, para ser considerados juez y parte de los designios del Imperio

Sigue aún en la colina junto al río
(Es el mismo lugar donde la plebe
Conquistó su justicia no tan breve
Y erigió un templo allí a su desafío)

Un único soneto para enlazar, desde lo íntimo, convulsiones sociales separadas por los siglos. Y es que el tiempo es concepto imprescindible en este poemario. El tiempo como transcurrir de las manecillas del reloj, por supuesto, pero también como instante detenido en las repercusiones que aún vivimos tal vez sin darnos cuenta, más tratándose de Roma, capital en el devenir sociocultural de Occidente. El tiempo se pasea por estos sonetos rescatando las rebeldías sociales de Bolívar y los plebeyos, pero también la grandeza artística de Miguel Ángel, las afrentas dictatoriales de los emperadores romanos, los desafíos filosóficos de Giordano Bruno, incluso las maneras cinematográficas de Fellini. Una poética con afán totalizador, con respecto a la ciudad cantada, y a los sentimientos que anidan en el ánima del autor.

No parece casual que se inaugure este volumen con un soneto dedicado a la Via Appia, arquetipo de las calzadas que la República romana construyó, piedra a piedra, con la intención de comprimir el tiempo y acercar a los pueblos. Ya, con este Via Appia, nos entrega el autor las llaves de la ciudad, para que deambulemos libremente por su cartografía.

El viaje continúa desplegando la magia con que Roma enamora a quien sabe mirarla, a quien, de inmediato, se sorprende cortejándola para conocerla mejor, independientemente del resultado del idilio. Amor en Roma sienta las bases de ese juego apasionado que encuentra en el siguiente soneto, Espía en Roma, un espejo en que el autor y la ciudad, entendida como ente vivo, son mutuamente observados. El amor como tablero de ajedrez en que disputan un pedazo de vida idénticos contrarios. La ciudad y las personas que la pueblan y, en ocasiones, la hacen palpitar

Tenía un color de abril, era morena
Su piel la habían tostado las colmenas
Su luz era mestiza: sombra y luna

Luz mestiza, como la propia metrópoli, acunada en mixtura de siglos y pueblos. Sombra y luna, como la propia urbe, impertérrita en su grandeza a los fulgores y penumbras que le ha tallado el transcurso de los siglos.

Nos adentramos en la Roma del autor, en un viaje que este ha querido de afuera hacia dentro. Urbs Aeterna recorre la ciudad en sentido inverso a como lo haría cualquier turista, ajeno a la falta de atención con que estos recorren caminos con la única intención de ocupar su tiempo y las memorias de sus cámaras digitales. El poeta, sí, es verdaderamente digital, ya que con sus dedos va acariciando la ciudad en círculos concéntricos. 

Un paseo íntimo por Roma. Porque una cosa es caminar anonadado entre los grandilocuentes vestigios del pasado, y otra hacerlo con el paso pausado y meditado de quien, más que deslumbrarse ante la belleza, deja penetrarse por la misma sintiendo, también, el frío que habita los rincones de sombra. 

Y llegar, desde las afueras, hasta el corazón de la urbe, con la calma cristalina de un río. El agua, en este volumen, tiene no poca importancia. Así, en el acercamiento inicial a la ciudad, contemplamos su calmo caminar sobre las arcadas de los acueductos. Para estos 

El agua fue un lenguaje

El agua como lenguaje, y como vehículo de expresión de este pasear solitario al que aludimos y en que, el transcurrir del tiempo, ese otro torrente, construye la historia

Como ejércitos toscos derrotados
Los acueductos sostienen soledades
Que en la penumbra parecen nimiedades
De un tiempo que del tiempo ha desertado

El agua como lenguaje, también como vehículo histórico. Y el Tíber como caudal minucioso con que el tiempo esculpe la memoria de la urbe

La presencia del agua ha sido clave
Para que en la memoria el tiempo grabe
Su belleza y su arte en cada gota

Con este acercamiento a la ciudad, es obvio que los sonetos que, después, irán glosando los más renombrados monumentos romanos, no abandonan el espectáculo íntimo del sentir solitario, lejos del mundanal ruido. 

Entender una ciudad es, sin duda, vivirla. No vivir en ella, sino vivirla a ellaY la Roma de Urbs Aeterna es la de un autor que, imagino, ha debido atravesar un período de inmersión en sus más íntimos sentimientos hacia la ciudad, más teniendo en cuenta que la forma poética que utiliza, para cantarla, es la del soneto. Una composición perfecta en su melodía, cuando acierta, pero compleja por lo férreo de su estructura. Ceñir el sentir lírico a los endecasílabos del soneto, a sus parejas de tercetos y cuartetos, a su rima exacta, es, desde luego, una arriesgada apuesta. Pero, por no salir del agua, tan importante aquí, ha de ser harto gratificante encontrar la manera exacta de nadar en su corriente sin desordenarle el cauce. El lector, después, leerá y sentirá la fluidez musical de los versos, llevado por un ritmo que no admite interrupción, y tal vez finalice la lectura sin reparar en la complejidad de la escritura. Ahí la magia de la poesía, en su fluidez.

A este respecto, no podemos obviar, tampoco, que los sonetos de Urbs Aeterna se contemplan en el espejo de su delicada traducción italiana, para re-conocerse. Abordar dicha traducción, con fidelidad al sentir poético y obediencia a la estructura del soneto, ha de ser ardua labor. Pero, a la vista del resultado, también gratificante.

Si bien es legítimo abandonarse al delicado discurrir de los versos, no se debe ignorar la complejidad que su elaboración entraña. Urbs Aeterna es poemario que reclamará segundas y subsiguientes lecturas. En ellas será donde comience a aflorar el alma detrás del verso, la vivencia íntima del poeta, que al fin es la que ha cincelado las corrientes que se animan en el cauce estricto del soneto. Toda obra artística que aborda de manera inmediata nuestros sentidos, esconde en su interior el esfuerzo denodado del creador, y el autor de este volumen lo confirma en más de una ocasión, como en el segundo terceto de San Pietro in Víncoli

Allí en San Pietro in Víncoli, aquí en Roma,
Miguel Ángel colérico se asoma
En la furia domada de Moisés

Sensación, soledad y creación, conviven en estos versos que, ceñidos a la exactitud de la lírica clásica, nos regalan un paseo muy especial por Roma.

Como un metrónomo, la exactitud del verso marca el flujo de música acuática que supone este paseo por una metrópoli que aúna lo culto y lo popular: Roma, ciudad abierta. Como un astrónomo rima planetas en sus mapas interestelares, estos versos dibujan la galaxia de una urbe que viene del ayer y camina hacia el siempre: Roma, ciudad eterna. Esa Roma de la que todos, en mayor o menor medida, tenemos noticia. Ahora, leyendo Urbs Aeterna, es muy probable que aprendamos a amarla gracias a una mirada nueva, a una voz que la canta sin tapujos y nos recuerda que

Sigue siendo esta Roma muy cercana,
Contradictoria siempre ¡Tan pagana,
Que el gran milagro ha sido no cambiarla!

Este, tal vez, sea el pequeño milagro que contienen estos sonetos, la piedra que Isaías Rodríguez ha lanzado al aire con la premeditada intención de verla sumergirse en el Tíber, pero sin el ánimo de variar el recorrido de sus aguas.






                                                                                PROLOGO
                                                                           (La pietra e l’acqua)


Scrivere una poesia è un atto solitario, qualcosa come lanciare una pietra in aria durante una passeggiata campestre che nessuno, tranne il camminatore, conosce o comprende. La pietra, ovvio, cade sempre. In molte occasioni cade su terreno spoglio o fiorito, ma lontano dalla vista. Tuttavia, a volte, la pietra rompe il riflesso di un fiume o di un laghetto nelle vicinanze.

Nello stesso modo, il fiume della Storia ha accolto aneddoti in suo seno che, nell’andare a fondo, hanno illuminato una coreografia di onde espansive. Questi nel loro trascorrere, hanno finito per influenzare tutti noi, in maggior o minor misura.

Sul Monte Sacro di Roma, secoli fa, un piccolo aneddoto è caduto in detto fiume. Un altro ancora che, però, avrebbe esteso le sue ondulazioni fino a raggiungere dimensioni da leggenda. Nel 1805, un giovane venezuelano pronunciò, in quell’enclave, il giuramento di rompere le catene con cui, la corona spagnola, all’epoca, opprimeva i suoi concittadini, oltremare

Si chiamava Bolívar e la storia
Nel seminar sul monte quell’altra gloria
La fronte alzò con una stirpe nascente

Con questa terzina, si chiude il sonetto che Isaías dedica al Monte Sacro romano, riscattando dall’oblio le onde con cui quell’aneddoto mise in disordine i calendari. Per inciso, dalla contemplazione solitaria e introspettiva dell’autore, nasce un poema che, ugualmente, s’immerge nel fiume della poesia generando onde di imprevedibile portata. Lasciamole fluire, nel frattempo.

Isaías Rodríguez è arrivato a Roma anni fa, per dare continuità alla sua lunga attività diplomatica. Posso, anche, immaginare che il suo soggiorno nella capitale italiana abbia, inoltre, intensificato il suo sentire poetico, perché ciò che troviamo in queste pagine non è lo sguardo distratto di chi si trova di passaggio, bensì l’osservazione sensibile, profonda e solitaria di chi concepisce la poesia come necessità intima, ma anche come strumento con cui indagare nella biografia dell’urbe. Per fare un esempio: il medesimo sonetto a cui corrispondono i versi citati, ci ricorda nel suo inizio un’altra ribellione che ha cambiato la Storia, quella in cui i plebei romani sono stati protagonisti sullo stesso Monte Sacro, per essere considerati giudici e parte dei disegni dell’Impero

Ancor è lì la collina vicino al fiume
(È lo stesso luogo dove la plebe
Conquistò la sua giustizia non così breve
E vi eresse un tempio per il suo certame)

Un unico sonetto per unire, dall’intimo, convulsioni sociali separate dai secoli. In realtà il tempo è un concetto imprescindibile in questa raccolta. Il tempo inteso come il trascorrere delle lancette dell’orologio, certamente, ma anche come istante sospeso nelle sue ripercussioni che ancora viviamo, forse, senza rendercene conto, e ancor più trattandosi di Roma, capitale nel divenire socioculturale d’Occidente. Il tempo passeggia in questi sonetti riscattando le ribellioni sociali di Bolívar e dei plebei, ma anche la grandezza artistica di Michelangelo, gli oltraggi dittatoriali degli imperatori romani, le sfide filosofiche di Giordano Bruno, perfino stili cinematografici come quelli di Fellini. Una poetica col desiderio totalizzante, sia rispetto alla città cantata, sia rispetto ai sentimenti che si annidano nell’animo dell'autore.

Non sembra casuale che questo volume venga inaugurato con un sonetto dedicato alla Via Appia, archetipo della strada che la Repubblica romana costruì pietra per pietra, con l’intento di comprimere il tempo e di avvicinare i popoli. Infatti, con Via Appia, l’autore ci consegna le chiavi della città per farci deambulare liberamente attraverso la sua cartografia.

Il viaggio continua manifestando la magia con cui Roma seduce chi sa guardarla, chi, immediatamente, si sorprende nel corteggiarla per meglio conoscerla, indipendentemente dal risultato dell’idillio. Amore a Roma dà inizio a quel gioco appassionato che trova nel seguente sonetto, Spia a Roma, uno specchio in cui l’autore e la città, intesa come entità vivente, sono reciprocamente osservati. L’amore come scacchiera dove identici opposti si disputano un pezzo di vita. La città e le persone che la popolano e, a volte, la fanno palpitare

Aveva il color d’aprile, era bruna pari
La sua pelle l’avevan dorata gli alveari
La sua luce era di ombra e luna

Luce meticcia, come la metropoli stessa, cullata in una mescolanza di secoli e popoli. Ombra e luna, come la città medesima, imperterrita nella sua grandezza ai bagliori e penombre che il trascorrere dei secoli le hanno scolpito.

Ci addentriamo nella Roma dell’autore, in un viaggio che costui ha voluto dall'esterno verso l’interno. Urbs Aeterna percorre la città in senso inverso a come lo farebbe qualsiasi turista, estranea alla mancanza di attenzione con cui questi percorrono le strade con l’unico intento di occupare il loro tempo e la memoria delle loro fotocamere digitali. Il poeta, sì, è veramente digitale, perché con le sue dita va accarezzando la città in cerchi concentrici.

Una passeggiata intima per Roma. Perché una cosa è camminare basiti tra le magniloquenti vestigia del passato, e altro è farlo con passo lento e meditato, di chi, più che rimanere abbagliato davanti alla bellezza, si lascia penetrare dalla medesima sentendo, anche, il freddo che abita gli angoli di ombra. 

E giungere, da fuori, fino al cuore dell’urbe, con la calma cristallina di un fiume. L’acqua, in questo volume, ha non poca importanza. Così, nel suo avvicinarsi iniziale alla città, contempliamo il suo calmo incedere sopra gli archi degli acquedotti. Per questi

L’acqua fu un linguaggio

L’acqua come linguaggio, e come veicolo di espressione di questo passeggiare solitario al quale alludevamo, e in cui il trascorre del tempo, quell’altro torrente, costruisce la storia

Come esercito di toschi sconfitto e placato
Gli acquedotti sostengono solitudini
Che nella penombra sembrano scempiaggini
Di un tempo che dal tempo ha disertato

L’acqua come linguaggio, ma anche come veicolo storico. E il Tevere come flusso minaccioso con cui il tempo scolpisce la memoria dell’urbe

La presenza dell’acqua è stata chiave 
Ché il tempo nella memoria fosse trave
E rifletta il movimento in ogni goccia

Con questo approccio alla città è ovvio che i sonetti che, in seguito, glosseranno i più celebri monumenti romani, non abbandoneranno lo spettacolo intimo del sentire solitario, lontano dal rumore mondano.

Capire una città è, senza dubbio, viverla. Non viverci, ma viverla nella sua interezza. E la Roma di Urbs Aeterna è quella di un autore che, immagino, ha dovuto attraversare un periodo d’immersione nei suoi più intimi sentimenti verso la città, ancor di più tenendo conto che la forma poetica ch’egli utilizza per cantarla, è il sonetto. Una composizione perfetta nella sua melodia, quando concorda, e complessa per la sua ferrea struttura. Legare il sentire lirico agli endecasillabi del sonetto, alle sue coppie di terzine e di quartine è, senz’altro, una scommessa rischiosa. Ma per non uscire dall’acqua, qui così importante, deve essere molto gratificante trovare il modo esatto di nuotare nella sua corrente senza mettere in disordine il suo flusso. Il lettore, dopo, leggerà e sentirà la fluidità musicale dei versi, guidati da un ritmo che non ammette interruzione, e forse porterà a termine la sua lettura senza accorgersi della complessità della scrittura. Ecco la magia della poesia, nella sua fluidità.

A questo proposito, non possiamo ignorare che i sonetti di Urbs Aeterna vanno contemplati nello specchio della sua traduzione italiana, per ri-conoscersi. Accostare detta traduzione con fedeltà al sentire poetico e con obbedienza alla struttura del sonetto, deve essere un arduo lavoro, ma considerato il risultato, anche molto gratificante.

Sebbene sia legittimo abbandonarsi al delicato scorrere dei versi, non bisogna trascurare la complessità che la sua realizzazione implica. Urbs Aeterna è una raccolta di sonetti che esigerà una seconda e successive letture. È in queste che comincerà ad emergere l’anima dietro al verso, il vissuto intimo del poeta, vale a dire ciò che, in fondo, ha forgiato le correnti che animano il rigoroso canale del sonetto. Ogni opera artistica che tenta di entrare in immediato contatto con i nostri sensi, cela al suo interno lo strenuo sforzo del suo creatore, e l’autore di questo volume lo afferma in più di un’occasione, come nella seconda terzina di San Pietro in Vincoli

Lì a San Pietro in Vincoli, qui a Roma,
Michelangelo collerico sporge la sua chioma
Nella furia domata del Mosè

Sensazione, solitudine e creazione, convivono in questi versi che, avvolti nella precisione della lirica classica, ci regalano una passeggiata molto speciale per Roma.

Come un metronomo, la precisione del verso marca il flusso di musica acquatica che presuppone questa passeggiata in una metropoli che coniuga il colto e il popolare: Roma città aperta. Come un astronomo rima pianeti nelle sue mappe interstellari, questi versi disegnano la galassia smisurata di un’urbe che viene dall’ieri e si dirige verso il sempre: Roma, città aperta. Quella Roma di cui tutti, in misura maggiore o minore, abbiamo notizia. Ora leggendo Urbs Aeterna è molto probabile che impariamo ad amarla grazie a uno sguardo nuovo, a una voce che la canta senza inganni e ci ricorda che

Questa Roma continua ad essere molto vicina
Contraddittoria sempre, così pagana!
Che il gran miracolo è stato non cambiarla

Questo, forse, è il piccolo miracolo contenuto nei suoi versi, la pietra che Isaías ha lanciato con l’intenzione premeditata di vederla andar giù nel Tevere, ma senza il proposito di cambiare il corso delle sue acque.

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Prólogo a URBS AETERNA, de Julián Isaías Rodríguez Díaz, Roma, febrero 2018

Versión en italiano de Marcela Filippi Plaza


El trino de las balas


ANTONIO ORTEGA

Quizá sea Langston Hughes (Joplin, Misuri, 1902-Nueva York, 1967) el mejor de los escritores negros del llamado Renacimiento de Harlem, pues supo captar la sensibilidad, la angustia, el dolor y la esperanza de su raza en una escritura alimentada por un gran sueño aplazado. Escritos sobre España reúne artículos, crónicas, memorias y poemas surgidos de su estancia de seis meses en suelo español, en 1937 y en plena Guerra Civil, como corresponsal de varios periódicos, entre ellos el Afro-American de Baltimore. Tanto los poemas como las prosas muestran los horrores de la guerra, la indigencia de una sociedad quebrada, la lucha y la vida de los voluntarios negros, pero también el gusto por vivir, el humor ante la adversidad, su música solidaria: "muerte y risas" en una contienda en la que era posible "que las balas sonaran como el trino de los pájaros". El ágil estilo directo de sus prosas, su sucesión de historias, peripecias, anécdotas, entrevistas y retratos, contrasta con la sensibilidad amarga de unos poemas vehementes, sonoros y de intensa emoción, desde La canción de España, Barcelona: ataque aéreo o Madrid hasta Desde España a Alabama o Luz de luna en Valencia: Guerra Civil. A pesar de cierta tópica folclórica y romántica, asociada a los gitanos, los toros y el flamenco, lo sobresaliente es su tono exhortativo y de reivindicación, sus mecanismos anafóricos y musicales, sus sinestesias y efectos visuales, capaces de hacer crecer la fuerza y dramatismo de lo que "Era más real / Que lo que jamás había visto / En las películas". Para Hughes la guerra fue un conflicto alegórico, una lucha entre el bien y el mal. Pero hubo un hecho que no encajaba en esta disposición de contrarios, las tropas africanas al servicio de Franco. Tanto en Los moros del general Franco como en el poema Carta de España se expresan la angustia y la desesperación ante quienes eran víctimas de su propia opresión.

James Yates fue uno de los 100 voluntarios negros entre los más de 3.000 norteamericanos de la Brigada Abraham Lincoln. En De Misisipi a Madrid relata el camino que le llevó hasta una España en guerra. Un libro mayor de cuentas que levanta en cada asiento el día a día, los hechos que resumen su peripecia vital, la lista de personajes señalados por la historia que recorren sus páginas, pues fue chófer, entre otros, de Hemingway y Langston Hughes. Más narrador que historiador, se mueve episódicamente, con modestia y sin dramatismos, arropado por ese "enorme sentimiento de fraternidad" hacia todos los que le acompañaron en una guerra en la que, paradójicamente, escapó del racismo de su país. A pesar de ser un relato personal, estas memorias llegan más allá de la historia, allí donde el "yo" y el "nosotros" se entretejen, y Misisipi se desdobla en un Madrid asediado. Tanto Hughes como Yates hicieron de la honestidad su compromiso, un fondo de defensa que, "En las brillantes fronteras del mañana", es tan necesario.

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De EL PAÍS, 19/11/2011



Friday, April 20, 2018

Recuperar

DANIEL AVERANGA MONTIEL

Ana Pérez, la hija de Raúl Pérez, el hermano de Elizardo que replicó la experiencia de Warisata en Caiza, nos dio, allá en 2004, en las aulas de la UMSA, una lección que se compara a la que recibí de Bosé Yacu, en 2002, cuando la conocí en Puerto Tujuré.

Ana, quien era por entonces una de las últimas testigos de la experiencia de Caiza, nos contó todo lo que había visto en su infancia, ayudando a su padre con las iniciativas culturales y educativas de Caiza. En cierto momento, cuando describió el fin de la experiencia de Warisata (y, por ende, la que sucedería en Caiza, meses después) en manos de conspiradores gubernamentales, los cuales difamaron a los Pérez al extremo de la humillación, no pudo aguantar llorar por ello; el recuerdo la agobiaba al extremo de nublar sus recuerdos. Sin mesianismo ni dejos de superioridad, nos contó (estábamos en segundo año de Ciencias de la Educación) sobre cómo la confluencia entre su naturaleza de ciudad y la de los comunarios de Caiza, se fue concretando en una sola naturaleza para ella, y que por ello le parecía injusto que todo hubiera salido como salió: el gobierno de entonces defenestró lo que no entendía y eso, ya de principio, constituyó un error fatal para la continuidad educativa que iniciara en Warisata.

En tanto Bosé Yacu, una de los últimos sobrevivientes de la nación Pacahuara, muerta ya en 2013, fue alguien a quien conocí por sorpresas del destino en una reservación Chacoba de Puerto Tujuré, entre cuatro casitas apartadas del testimonio gubernamental y humano, en 2002; la conocí gracias a tres amigos Movimas, y si bien aprendí poco de esa lengua tan sonora y mágica como riachuelo en medio de la selva, sí ellos pudieron traducirme algunas de sus palabras.

A lo que voy, tanto tiempo después del encuentro que tuve con aquellas protagonistas, es que ambas coincidían en dos sencillas, pero profundas, enseñanzas: todo lo puede el bien, la unión y la solidaridad, pero de nada sirve sentir todo eso, si aún conservamos complejos en nuestros interiores.

La experiencia de Bosé Yacu era de nostalgia e impotencia eclipsadas por la resignación, ya que el exilio que vivió junto a su familia, a finales de la década de los sesenta, fue irreversible, como si el destino estuviera escrito, como si todo destino fuera una cadena de eslabones continuos, mas no circulares. No reflejaba tristeza en cómo contaba lo sucedido, había una paz sin rencores en la forma en la que enlazaba las palabras y, mientras mis amigos me traducían lo que ella contaba, salió la siguiente frase: “Los Chacoba son nuestros hermanos, todos deberíamos ser como ellos”.

En la explicación complementaria de Bosé Yacu y de su esposo Buca (más joven que él) estaba la aparente rivalidad entre los Pacahuara y los Chacoba antes de la década de los cincuenta. Los Pacahuara habían “ganado” ciertas contiendas por terrenos en los cuarenta, y los Chacoba habían aceptado dicha victoria, pues el territorio “ganado” era sagrado. No obstante, los Pacahuara, que para mediados del siglo veinte superaban los veinte mil, fueron reducidos drásticamente por los traficantes de caucho y por otras fuerzas represivas, incluso las del gobierno de esos años. Los Chacoba, que vivían a orillas del Río Negro (casi en la frontera entre Pando y Beni), atestiguaron la matanza y a veces se involucraron para proteger a sus “rivales”, los Pacahuara.

Ya para finales de los sesenta, tras iniciativas externas, se pudo rescatar solo a una familia de las nueve que quedaban con vida de la Nación Pacahuara: la familia de Bosé Yacu. Los demás habían sido asesinados sin clemencia por los siringueros.

Dejando de lado esa rivalidad limítrofe, Bosé Yacu sabía que, muy adentro del dolor, había la esperanza, que estaba dentro de la relación entre su nación originaria y la de los Chacoba. Creo que a veces hay que aceptar que uno está dentro del mismo planeta y que cumple un rol, quizá predeterminado por fuerzas superiores a las que conocemos, llamémosla Dios, Pachamama u otras más, y no obstante, es posible que lo que nos une, como afirmaba Bosé Yacu, sea una hermandad superior a la de la sangre. Nada más.

Y a esto me refiero con lo que Ana Pérez nos contó sobre Caiza: dejar de lado los complejos es también unirse más al destino inevitable del ser humano, que es una hermandad posible.

Quizá suena a dogma, pero aún creo que, a través de la sinceridad, podemos evitar más pérdidas significativas si recordamos, rescatamos y retribuimos el legado de ciertos protagonistas olvidados de nuestra historia (ergo: Leandro Nina Quispe).

Bosé Yacu ya no nos acompaña desde 2013, su pueblo es un recuerdo, su lengua, mucho más; y pocos recuerdan el legado de Ana Pérez.

Quizá es tiempo, repito, de recuperar estos legados.


[1] Educador y escritor orureño/alteño. Le gusta polemizar, a veces.

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De INMEDIACIONES, 18/04/2018

Fotografía: Niños de Warisata

Un muro de los lamentos boliviano


HUÁSCAR SANDOVAL BAUER

He tenido la oportunidad de leer algunos comentarios que tan acertadamente me dejaron algunos amables lectores. Algunos de los artículos que tuve la audacia de compartir con todos ustedes, no tienen la pretensión de ser sesudos análisis de la realidad nacional, son solo estados de ánimo y observaciones que hago en mi cotidiano caminar, por eso agradezco sus comentarios, a favor y en contra.

Me considero solo un opinador, es más, un “opinador callejero”. También me dicen que soy poco propositivo, y es verdad. En este país, y en este momento, proponer algo que vaya en contra de los designios del oficialismo, es exponerse a que te descalifiquen de entrada, te etiqueten de vende patria, neoliberal, imperialista, derechista, colonialista y una serie de sandeces mas.

Hace poco me trataron de euro céntrico, porque critico algunos aspectos de nuestra “sagrada” cultura popular  y nuestra mestiza identidad, como si ambas cosas fueran compartimientos estancos de una mala construcción. Hoy la palabra “cultura” se ha trivializado, se ha convertido en un simple concepto antropológico descriptivo, no significa ya un alto concepto de valor, un ideal consciente inherente a la humanidad. En cuanto a la identidad, es un proceso en permanente construcción, susceptible a cambios, incluso de humor, yo no creo que exista una identidad acabada y definitiva.

Hecha esta pequeña aclaración, vamos a lo nuestro. Apelando a mi vena judeo cristiana, mi primera propuesta es que el Estado Plurinacional de Bolivia, encargue a una empresa China, sin licitación, por supuesto, la construcción de un “muro de los lamentos”, dada la extensa experiencia que en este tipo de construcciones tienen los chinos.

Este muro atravesaría el país de sur a norte y de este a oeste. Conocida  nuestra invariable vocación para el lamento, pienso que sería de gran utilidad para todos nosotros. Allí los opositores podrían quejarse del autoritarismo, la prepotencia, la arrogancia y la soberbia del gobierno. Los oficialistas llorarían por el 21F y la ingratitud de este pueblo, que no reconoce el sacrificio y los desvelos del “jefazo”, para hacer de nuestro país una nueva Suiza.

Nosotros, los ciudadanos de a pie, podríamos moquear sin remordimientos por lo que pudimos hacer y no hicimos, por la corrupción que nos tiene el alma gangrenada, porque en nuestro país la sociedad no condena la corrupción, la envidia… Y así, podríamos bailar y lamentarnos hasta morir, al son del “Lamento boliviano” de los Enanitos Verdes o del “Wa ya yay” de los Kjarkas .

¿Están viendo? No dejo de lamentarme, para eso somos buenos. Ojala, y todo lo dicho anteriormente, no sean más que los desvaríos de este opinador. Que la sociedad civil reaccione ante tanta desvergüenza y cinismo de quienes nos gobiernan, ante tanto político impresentable, de oposición y oficialismo, ante tanto apologista de izquierda y derecha que solo quieren vernos la cara de boludos…

Debemos empezar por nosotros mismos, dejar de ser serviles y obsecuentes con el poder, dejar de sentirnos victimas de poderes humanos o divinos. Solo entonces, cuando dejemos de victimizarnos y lamentarnos, asumamos nuestras culpas, nuestros defectos y virtudes, podremos mirar de frente el futuro y esperar mejores días.

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De INMEDIACIONES, 20/04/2018

Wednesday, April 18, 2018

Singing in the rain with Vítězslav Nezval


OLGA KERZIOUK

This year marks the centenary of the establishment of Czechoslovakia as an independent state. Today we also commemorate the 60th anniversary of the death of one of the new country’s most notable poets, Vítězslav Nezval. He belonged to the generation which found its voice as Czechoslovakia itself was finding its place on the international stage in culture as well as politics.

Many of the young poets of the First Republic were members of the left-wing avant-garde, in general strongly influenced by modern French poetry. They had made their acquaintance with it through Karel Čapek’s outstanding anthology of translations Francouzská poezie nové doby (Prague, 1920; Cup.410.f.663 ), and it would leave a lasting imprint on Nezval’s own development; in particular he was strongly influenced by Guillaume Apollinaire.

It was in this decade that the Poetist movement evolved as modernity’s recreational counterpart to Constructivism. Its leading figures included the writer on art and architecture Karel Teige (1900-51), who summed up its nature as ‘easy-going, mischievous, fantastic, playful, non-heroic, and erotic’, a spirit which Nezval gleefully evoked in polythematic poems such as Podivuhodný kouzelník (‘The Marvellous Magician’, 1922) and Akrobat (‘Acrobat’, 1927).
The dancer Milca Mayerová posing as one of the letters of the alphabet, and the cover of Nezval’s Abeceda (Prague, 1926) Cup.409.b.5.

Nezval, as the son of a musical and art-loving schoolmaster from Moravia, had displayed a talent for music early in life and was far more at home in artistic circles than at Charles University, where he studied philosophy but never graduated. His companions in Prague’s cafés and studios included not only Teige but also Jindřich Štyrský, Jaroslav Seifert and Toyen (Marie Cerminová), and in 1922 they bonded together to found the avant-garde group Devětsil (literally ‘nine forces’, the Czech name of the butterbur plant, but with an implicit reference to the nine founding members of the group). They frequently collaborated on artistic and typographical projects; Nezval’s poem Židovský hřbitov (‘The Jewish Cemetery’), for example, featured six original lithographs by Štyrský and typographic design by Teige.
Above: Lithograph by Jindřich Štyrský from Židovský hřbitov (Prague, 1928) Cup.410.g.577. Below: the author’s signature from the flyleaf.

It was natural that Nezval’s interests should lead him to visit France, where he made contact with many of the most significant figures in the Surrealist movement, including André Breton and Paul Éluard. As a result of this a specifically Czechoslovak Surrealist group was established in 1934; Nezval had already translated Breton’s Surrealist Manifesto in 1930, and he went on to edit the group’s journal Surrealismus. His collections from this period, such as Praha s prsty deště (‘Prague with Fingers of Rain’; Prague, 1936; Cup.408.zz.27) reflect this influence, while a later collection, Absolutní hrobař (‘Gravedigger of the Absolute’; Prague, 1937; X.989/38352), was strongly influenced by the paintings of Salvador Dalí and might be said to be his most Surrealist work.
Cover of Surrealismus (Prague, 1936) RF.1999.b.2.

Initially the young Poetists had been eager for more extreme political action than that advocated by President Masaryk and his followers, and had identified with the international Marxist and proletarian movements. Nezval subsequently rejected André Breton’s doctrine, and returned to a less experimental poetic style which was linked to his staunch support for Communism. Unlike his contemporary Jaroslav Seifert, for example, who left the party in 1929 and went on to become one of the signatories of Charter 77 , Nezval remained loyal to it and from 1945 to 1950 even headed the propagandistic film department at Czechoslovakia’s Ministry of Information. He also composed an effusive poem in praise of Stalin, which makes uncomfortable reading when one considers the worst excesses of the era following the Communist takeover of 1948.


However, when his writings of this nature have been justly forgotten, it is perhaps for his evocations of Prague itself, its people, buildings and landscapes, that Nezval will be remembered. He portrays in loving detail its shop-windows at Christmas-time, its office girls waiting for a tram, its bridges, chimneys, markets and acacia-trees, and Prague in the midday sun, ‘beautiful as the mystery of love and improbable clouds’. And, summing up the quirky contradictions of Poetism, here is one of the best-loved poems from his collection Sbohem a šáteček (‘A Farewell and a Handkerchief'; 1933), ‘Pocket Handkerchief’:

I’m taking off today; I feel like crying—
Just time to wave my handkerchief, I see;
If all the world were one great gaudy poster,
Cynic, I’d tear it, throw it in the sea.

Just like a fish, this vale of tears absorbed me,
Its image, broken thirty times, composed;
Now leave me, skylark, your great glorious error,
If I must sing, I’d sob a bit, one knows.

The kerchief flutters down; the city opens—
Grotesquely, at the tunnel’s mouth, it breaks;
A pity death’s not just a long black journey,
From which, in some unknown hotel, I’d wake.

You whom I loved like Andrea del Sarto,
Turn a silk kerchief for fair women’s eyes;
And, if you know death’s just a leap, a moment—
Don’t flinch, now—Good day, goshawk!—up one flies!
(Translation © Susan Reynolds, 2011.)

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De EUROPEAN STUDIES, blog de la BRITISH LIBRARY, 06/04/2018

Imagen: Portrait of Nezval by Josef Šíma from Menší růžová zahrada (Prague, 1926) YA.1997.a.5557