Sunday, September 24, 2017

Aquí vivió Evo Morales Ayma

ÁLEX AYALA UGARTE

LA CARRETERA es una recta infinita. En los bordes hay paja brava, maleza, arbustos, grietas, y en el horizonte, algunos cerros del color de una tubería oxidada. A izquierda y derecha aparecen y desaparecen algunas viviendas. La mayor parte del tiempo la superficie es pura pampa, a veces ocre, a veces blanquecina. Los postes de luz son lo más parecido a un árbol en varios kilómetros a la redonda. En un surtidor de gasolina, un motorista como los de las películas de Mad Max, con rastas interminables y la ropa salpicada por un polvo minúsculo, escudriña con unos ojos azules tan inquietantes y apocalípticos como el paisaje. En algunos tramos del viaje, las dunas amenazan con comerse el camino. Pero el sol no calienta: hace frío.

En esta tierra recóndita, a seis horas en coche desde La Paz, nació el presidente boliviano Juan Evo Morales Ayma. Un cartel en Isallavi, la comunidad campesina donde aprendió a pastorear camélidos, recuerda la fecha —26 de octubre de 1959— y un letrero con el fondo verde anuncia: “Casa Evo”. La construcción tiene unos siete metros de largo por tres de ancho, las paredes de adobe, el techo de paja, la puerta cerrada y las ventanas selladas, y es similar a las que hay en las inmediaciones.
Aquí, en esta casa, comienza un país.

Aquí creció el niño que dormía entre cueros de oveja y de llama; el niño que después vendería helados en Argentina, mientras su padre trabajaba en la recolección de caña; el niño que luego, como dirigente cocalero, tomaría prestados los zapatos de otros compañeros para asistir a las bodas de sus amigos; el niño que en uno de sus primeros discursos como primer mandatario diría: “Gracias al voto de ustedes, aimaras, quechuas, mojeños, somos presidentes”; el niño icono de la Bolivia indígena.

Aquí, sin que nadie lo intuyera, comenzó a finales de los años cincuenta un cambio de rumbo.

“En ese otro ambiente de allá estaba la cocina”, dice ahora Paulino Crispín Bonifacio, de 63 años, mientras apunta hacia otro lado.

“Antes, todo se cocinaba a leña”, ­añade luego, “y a veces se comía únicamente una vez al día. El desayuno era el almuerzo”.

Don Paulino, que se mueve a cámara lenta porque es temprano y no ha logrado aún desentumecer los músculos bajo el poncho verde, trabaja como guía del Museo de la Revolución Democrática y Cultural, en Orinoca, un pueblo cercano al que Evo se trasladó a los ocho años.

El museo es nuevo, ha costado alrededor de siete millones de dólares —­el equivalente a unos 24.360 sueldos mínimos bolivianos— y es una mole de cemento que nos acerca a la historia desde la mirada indígena, y a los más de 11 años de gobierno de Morales y el Movimiento al Socialismo.
En el interior de la estructura hay réplicas: de las enigmáticas cabezas del templete semisubterráneo de las ruinas prehispánicas de Tiahuanaco; de los montículos de piedra o apachetas que aún se usan en algunas montañas para honrar a las divinidades de la cosmovisión andina; de los dibujos de Felipe Guamán Poma de Ayala, un cronista quechua que se atrevió a denunciar los malos tratos de los españoles tras la conquista. Hay un cómic en blanco y negro, de los años setenta, que primero fue una radionovela que enumeraba las hazañas de los líderes rebeldes que se enfrentaron al colonialismo hace más de dos siglos. Hay varios titulares de prensa que resumen la lucha de los movimientos sociales en las últimas décadas. Hay salas sui generis: entre ellas, una dedicada a “la fiesta” y otra a la minería. Hay una estatua de Evo, un busto de Evo y un retrato de Evo hecho con quinua. Hay vídeos que reproducen las palabras de Morales con relación al deporte o al litoral perdido en la guerra del Pacífico. Hay un muro con sus diplomas que recuerda al consultorio de un médico. Hay un cristal donde está atrapado el famoso jersey a rayas con el que viajó por el mundo. Hay decenas de obsequios más o menos significativos que Evo ha recibido tanto fuera como dentro de Bolivia: matrioskas, rompecabezas, un portacedés de Cuba, un tótem de madera de Oceanía, un poemario chino, camisetas de equipos de fútbol y hasta unas pantuflas con los colores de la selección brasileña. Hay un panel informativo que dice: “El regalo, como gesto humano, es un acto que obliga moralmente a la reciprocidad”. Hay un centro de documentación y una biblioteca, y un sinfín de cajas de cartón que se utilizan como papeleras.
Para Joaquín Sánchez y Juan Carlos Valdivia, que se encargaron de darle un sentido a toda esta narrativa, el museo es un espacio con el que los bolivianos se identifican, donde pueden ver los instrumentos que tocan o sus sombreros típicos, donde se sienten protagonistas. Para sus detractores, sin embargo, es un elefante blanco que recibirá pocas visitas y un monumento a la evolatría. “¿Cuántos días al año pierde el presidente alimentando su ego?”, tuiteó, cuando se inauguró, el político opositor Samuel Doria Medina. La estructura abrió sus puertas en febrero y en los tres primeros meses de funcionamiento, según datos oficiales, hubo 1.272 visitas.

Frente al museo hay varias hileras de casas: algunas con luz, otras semiabandonadas y muchas de ellas sin baño. Entre hilera e hilera hay gallinas, un grupo de niños, un par de perros traviesos y algunos locales —­muy pocos— que ofrecen pollo a los comensales. Cuando Evo viene de visita, según los vecinos, suele pedir maíz tostado con charque, una carne seca que muchos agricultores llevan encima para matar el hambre.

En la plaza principal del pueblo, Moisés Villca —sombrero de ala, cabello con canas, ojos pequeños— dice que todo ha mejorado desde que el presidente hizo asfaltar el camino. “Antes, en la época de lluvia, tardábamos varios días en llegar a las ciudades con nuestros productos”, recuerda. Y a continuación comenta que las heladas y las sequías destrozan a menudo una parte de sus cosechas.
A cinco minutos de Orinoca en auto, Raymundo Villca descansa en una habitación desprolija, tumbado sobre un colchón delgado, con el cuerpo encogido. Su esposa dice que está enfermo, que apenas se mueve, que necesita ayuda. No sabemos si esta escena —que queda lejos del circuito turístico— es una casualidad o un patrón que se repite en otros hogares. Nosotros hemos llegado aquí un día de junio porque nos dijeron que su hijo se llama como el presidente.


(Vitoria, 1979). Fue fundador Pie Izquierdo, primera revista boliviana de no ficción y Premio Nacional de Periodismo de Bolivia en 2008. Obtuvo la primera beca Michael Jacobs para periodistas de viajes en 2015. Tiene tres libros publicados: 'Los mercaderes del Che', 'La vida de las cosas' y 'Rigor mortis'.

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De EL PAÍS SEMANAL, 23/09/2017

Fotografías: Patricio Crooker 

Saturday, September 23, 2017

La casa de la infancia del Che

Ramón Díaz Eterović

Es temprano cuando abordamos con el escritor Bartolomé Leal un destartalado bus que nos llevará a Alta Gracia, ciudad ubicada a 39 kilómetros de Córdoba, en la que Ernesto Che Guevara pasó varios años de su infancia por voluntad de sus padres que buscaban una cura para el asma que lo acompañaría hasta el último de sus días. Alta Gracia es una ciudad tranquila y hermosa, con abundantes parques y naranjos que crecen en las veredas. Sus casas, antiguas y nuevas, delatan el buen pasar de la mayoría de sus vecinos; y muchas de ellas son verdaderas joyitas arquitectónicas que invitan a ser observadas con atención. La ciudad, además de un casino moderno y amplio, tiene varios atractivos históricos que atrae a los turistas; entre ellos una antigua estancia jesuítica y la casa donde vivió el compositor Manuel de Falla cuando salió al exilio después de la derrota de los republicanos en la Guerra Civil Española de 1936.
 
Al finalizar el viaje, descendemos del bus y caminamos una decena de cuadras hasta llegar a la Casa del Che, construida el año 1911 por la Compañía de Tierras y Hoteles. En esa casa vivió el pequeño Ernesto, desde 1935 hasta 1937, y de 1939 a 1943. La casa, pintada de blanco, tiene una terraza en la que se ve una escultura del Che niño, sentado sobre una baranda de concreto. La escultura muestra a un niño de pantalones cortos y con una mirada profunda que parece estar observando más allá del jardín.

La casa cuenta con una docena de habitaciones en la que se presenta una pequeña y ordenada muestra de fotos y objetos que recorren distintos momentos de la vida del guerrillero. Es una exposición que respeta la intimidad de la casa, sus rincones hechos para la vida familiar, los objetos que sobreviven acariciados por los años y los rayos del sol. En la primera sala están sus objetos de la infancia. Dos triciclos, una cama pequeña, juguetes, un escritorio de madera, y sobre éste las primeras lecturas del Che: Mark Twain, Edmundo De Amicis y Emilio Salgari, entre otros autores que alentaron el hábito lector que lo acompañó toda su vida. Todos publicados en la colección Robin Hood, con sus características portadas amarillas. “La madre es quien le enseña a leer porque no puede ir a la escuela (…) a partir de entonces se convierte en un lector voraz” –señala Ricardo Piglia en su ensayo “Ernesto Guevara, rastros de lectura”.
En otra de las salas, que lleva el nombre de su amigo Alberto Granados, encontramos una réplica de la moto que el Che usaría en su viaje por Latinoamérica, incluyendo parte del sur de Chile. Cuesta imaginar que un vehículo tan reducido haya podido transportar a dos personas por caminos de tierra y senderos perdidos en los mapas. En un recorte exhibido en una de las paredes de la pieza, leemos una noticia del Diario Austral de Temuco que dice: “Dos expertos argentinos en leprología recorren Sudamérica en motocicleta”. En esta misma sala se encuentra una parte de las cenizas de Alberto Granados. En otras habitaciones del museo, encontramos fotos que muestran al Che junto a varios líderes mundiales: Salvador Allende, Mao, Nasser. También algunos de sus cuadernos de viajes, lapiceras gastadas por el tiempo, una vieja mochila, cartas, documentos, su carné de médico. Llama la atención la letra diminuta y ordenada con la que escribía en sus cuadernos; y desde luego, su afán de registro, de estricta contabilidad de los hechos cotidianos.

En lo que alguna vez fue el baño de la casa, la foto de un Che de pocos años, sentado en su bacinica de loza, nos devuelve el tono familiar de la exposición. Es un niño, parece feliz y mira desafiante el ojo de la cámara. Un rato más tarde entramos a la cocina, dedicada al recuerdo de doña Rosario, la mujer que conoció a Ernesto Guevara cuando éste tenía cuatro años y ya sufría sus devastadores ataques de asma. Sobre una pared, los recuerdos de la nana: “Muchas veces lo llevé en mis brazos hasta su cama, porque no podía caminar (…) Él era un niño generoso, cuando compraba golosinas no eran sólo para él, sino para sus amigos y para los que trabajaban en la casa…”

Cerca del mediodía, la visita llega al patio de la casa. Un Che de bronce y a tamaño natural está sentado en un escaño. Parece disfrutar el habano que fuma. Unos pájaros se posan sobre las ramas de un árbol. Decimos adiós al Che y su casa de la infancia. No hay nada más por apreciar en el lugar y sus alrededores, salvo la tranquilidad del barrio que se huele en el aire.
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De INMACULADA DECEPCIÓN (blog de Hugo Vera Miranda)

Friday, September 22, 2017

Ni de noche ni de día

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

No saben cuánto les agradezco la compañía. Más aún cuando la lavadora emite su sonido moderno semejando una nave extraterrestre, mientras la familia hace sobremesa provocando el choque de las tazas de té con los platillos, el tenedor raspando la vajilla, el corte de un bistec nocturno con cebolla y ajo, la cerveza cayendo espumosa dentro el vaso, la ensalada de tomate sopeada con pan, la televisión encendida vuelta zumbido. Como si fuese yo mismo quien degustara lo servido en la mesa, me detengo frente a la pandereta y pego mi oído sin que me importe su dureza ni la pintura blanca sobre mi cara, intentando abarcar al máximo el aroma salobre de la cocina del otro lado. Durante el verano, dejo la ventana un poco más abierta para escuchar con claridad sus proyectos y problemas, un canto que me permite alcanzar el sueño tranquilo y mantener alejada la miseria. Mientras esté la luz encendida o sienta el murmullo de sus voces, profundo será mi respiro, equilibrada permanecerá mi alma y las ramas del árbol parecerán haberse detenido justo frente a mis ojos.

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De EVOLUCIÓN DE LA ESPECIE (blog del autor), 07/03/2017

Leche negra de la muerte: Paul Celan

JACINTA ESCUDOS

Una noche de abril de 1970, un hombre camina por la Avenida Emile Zolá de París. Mientras lo hace, recuerda su reciente viaje a Israel, hecho a fines del año pasado. Era su primera visita y, esta noche lo sabe, también fue la última. A su regreso se mostró tan jubiloso de haber conocido la tierra de sus ancestros que hasta pensó en irse a vivir allá. 

Piensa también en Samuel Beckett. Franz Wurm, un amigo poeta, le había invitado a ir a conocerlo, pero se negó. No le parecía correcto ir a visitar a alguien sin anunciarse. Pensar en Beckett lo lleva a recordar a su hijo, Eric, de 14 años. Habían quedado de ver juntos una puesta en escena de Esperando a Godot, pero un día antes canceló la cita con su hijo.

Desde 1967 ya no vivía ni con él ni con su mujer y se fue a vivir solo a aquel apartamento de la Avenida Emile Zolá. Recuerda el 67 como un mal año. Fue acusado de plagio. Pero el 67 también fue bueno si piensa en la cantidad de poemas que escribió y en el viaje a Alemania para dar una conferencia en la Universidad de Freiburg-im-Brisgau, entre cuyos asistentes se encontraba nadie menos que Martin Heidegger.

Al llegar al puente Mirabeau, se detiene. Se queda un rato ahí asegurándose de que no haya nadie en las cercanías, nadie que vaya a entorpecer su plan. Se asoma a ver las aguas del río Sena. De noche el agua se mira negra, una leche negra hacia la cual Paul Celan se lanza. Una leche negra en la cual espera ahogarse, él, que ha sido un excelente nadador desde su adolescencia.

No hay certeza de la fecha exacta en que ocurrió aquel salto. Se cree que pudo haber sido en la noche del 19 de abril o en la madrugada del día 20. Irónicamente el 20 de abril era el día del cumpleaños de Hitler, el ser que extendería un manto de dolor y muerte sobre Europa y que tocaría millones de vidas, entre ellas la de Paul Celan y su familia. 

Paul Antschel nació en la región de Bucovina en 1920, entonces parte de Rumania (y que hoy en día es parte de Ucrania). Su padre era judío sionista e insistió en que su hijo recibiera educación en hebreo. Pero su madre, aunque también judía, era amante de la literatura alemana, hablándose en casa nada más que alemán. Para Celan (que adoptaría ese apellido como un anagrama de Antschel), el alemán sería su lengua materna, en el legítimo sentido de la palabra. 

En 1938, la expansión de Hitler era incontenible y los Antschel tenían un mal presentimiento. Sus padres discutieron sobre qué hacer con ciertos ahorros que conservaban. El padre quería guardarlos por si tenían que planear una huida súbita. La madre y Paul, hijo único, querían que fueran utilizados en la universidad del muchacho. Así, Paul Celan hace su primer viaje por Europa. Pasa por Berlín donde percibe la gravedad de la situación y el peligro que representa el nazismo. Comenzó a estudiar medicina en Tours, Francia, pero al año siguiente retornó a Rumania donde estudia literatura y lenguas románicas. Cuando estalló la guerra, los soviéticos ocuparon su ciudad natal de Czernowitz en 1940. Al año siguiente, la ciudad fue recuperada por tropas rumanas y alemanas. 

En la toma de la ciudad, los rumanos asesinaron aproximadamente a 700 judíos. Éstos fueron obligados de inmediato a usar un brazalete con la estrella amarilla en su brazo. Hay toque de queda. Se alambran zonas de la ciudad que son convertidas en guetos. Los nazis obligan a los judíos a mudarse ahí.

Hay deportaciones a los campos de concentración todos los fines de semana. Un amigo rumano, Valentin Alexandrescu, les ofrece refugio a los Antschel en su fábrica de detergentes y cosméticos. Paul Celan intenta una noche de sábado durante la cena, convencer a sus padres de aceptar aquel refugio. Pero la madre se resiste a pesar de ver vagones llenos de judíos que son llevados a algún lugar de Polonia sin volver más. Celan alista un par de cosas e insiste en que estará esperándolos allá. Sale convencido de que al verlo partir, sus padres lo seguirán. Pero los padres nunca llegan al refugio. El lunes comprueba que su domicilio ha sido clausurado y que ellos fueron enviados a un campo en Trasnistria, donde cumplirán trabajos forzados picando canteras. El padre muere de tifoidea. Su madre, debilitada e incapaz de cumplir con el trabajo, es eliminada de un tiro en la nuca. Celan es enviado a un campo de trabajo forzado en Moldavia, y logra sobrevivir.

El sentimiento de culpa que esto supuso para Celan lo acosará el resto de su vida. Nunca se perdonará a sí mismo el haber salido sin sus padres y luego, haber sobrevivido a la guerra. Esto supone además un rompimiento brutal con la poesía que escribía pero asímismo, un conflicto idiomático que también lo acompañará de por vida. Es un judío que habla y escribe en alemán, la lengua de su hogar y de su madre, pero también, la lengua de los verdugos de sus padres y de los asesinos de miles de judíos. Estos conflictos, más lo vivido durante la guerra, se resumen en su poema cumbre “Todesfuge”, “Fuga de muerte”:

Leche negra del alba te bebemos de noche
te bebemos al mediodía
la muerte es un maestro de Alemania
te bebemos en la tarde y de mañana
bebemos y bebemos
la muerte es un maestro de Alemania
sus ojos son azules
te alcanzan sus balas de plomo
te alcanzan sin fallar.

Esa desubicación de ser un poeta rumano, de origen judío, escribiendo en alemán, que a esas alturas es además políglota (habla también hebreo, yiddish, rumano, ruso, ucraniano, inglés y francés), le hace decidir viajar primero a Austria y luego a Francia. 

En Viena conoce a la poeta Ingeborg Bachmann, con quien tiene una relación sentimental bastante complicada. Después de separarse de ella, viaja a París donde conoce a la artista Gisèle Lestrange con quien contrae matrimonio, a pesar de la oposición de la familia de ella. El primer hijo de ambos muere. Dos años después, tienen a su segundo hijo, Eric. 

Entre Paul y Gisèle se desarrollará una abundante correspondencia de poco más de 700 cartas en los siguientes 19 años. Seis años después de casado, Celan retoma la relación con Bachmann y aunque eso fue motivo de agrias disputas entre los Celan, finalmente Gisèle terminó aceptando la relación.


Las acusaciones de la viuda de su amigo Yvan Goll, de que Celan plagió poemas de su esposo, le ocasionaron un crisis nerviosa a Paul. Intentó suicidarse tratando de acuchillarse el corazón. A partir de entonces, su equilibrio emocional pareció no recuperarse. Entre 1962 y 1969 estuvo internado durante 3 largos períodos en clínicas psiquiátricas. En otra ocasión, atacó a Gisèle con un cuchillo. Luego de este hecho, fue internado durante 7 meses en una clínica, de noviembre del 65 a junio del 66. Después de su salida, el matrimonio acordó la separación.

El 1º. de mayo de 1970, un pescador cuyo nombre no aparece registrado en ninguna parte, encontró un cuerpo atascado en un remanso del río Sena, cerca del suburbio parisino de Courbevoie, once kilómetros río abajo del Puente Mirabeau. Era el cuerpo de Paul Celan. 

Durante esos 10 días, mientras su cuerpo navegaba a razón de poco más de un kilómetro diario por el Sena, nadie extrañó su ausencia ni se preguntó dónde estaría el poeta. 

Cuando las autoridades revisaron sus pertenencias, buscando indicios sobre lo ocurrido, leyeron una escueta anotación en su agenda de bolsillo, “depart Paul”, partida de Paul, marcada el 19 de abril. Sobre su escritorio, la biografía de Hördelin que estaba leyendo y en su billetera los dos boletos de entrada para la función de Esperando a Godot, a la que desistió de ir con su hijo Eric.

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De ESPACIO FÍLMICA, JACINTARIO (blog del autor), 10/03/2008

Imagen: Art Spiegelman

Thursday, September 21, 2017

Drinking With Stalin on Christmas: An American in Moscow at the Dawn of the Cold War

PART ONE OF THE LIFE AND TIMES OF JAMES B. CONANT

JENNET CONANT

Almost a year before the first atomic bomb was ready, James B. Conant and Vannevar Bush, the two scientific leaders of the secret Manhattan Project, wrote Secretary of War Henry Stimson in September of 1944 expressing their grave concerns about the alarming situation that would result if no US policy was developed before the weapon was used in combat. “We cannot emphasize too strongly the fact that it will be quite impossible to hold essential knowledge of these developments secret once the war is over.” They emphasized that progress in the new field of nuclear weapons would be so rapid in some countries that “it would be extremely dangerous for this government to assume that by holding secret its present knowledge we should be secure.”

They advocated sharing the new scientific information and reaching an international agreement on the future control of nuclear weapons. They warned if the United States was the first to unleash this indiscriminate destruction on the world, it would set a dangerous precedent and precipitate an arms race. They would never be safe again.

Their warning was ignored. Now with North Korea moving relentlessly toward nuclear conflict, threatening to deliver its deadly weapons to targets in South Korea, Japan and the Pacific coast of the United States, the all-out nuclear war they feared may be close at hand.

No one can say that they did not see this day coming.
–Jennet Conant

The following is from Jennet Conant’s Man of the Hour: James B. Conant, Warrior Scientist.
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Christmas Eve, 1945. Moscow was blanketed under a thick coat of snow. There were almost no cars about. His driver eased down ruined streets that made it look like a country still at war. The winter blizzards had begun before the rebuilding had gotten under way, and now it would have to wait for the thaw. Unfinished buildings stood frozen in time. Stores looked dark and uninviting, and appeared to offer little for sale. Even so, huge numbers of people gathered outside the shops and still more filled the crowded sidewalks, all carrying parcels. Most were poorly dressed, covered heads bent against the swirling white.

Over 27 million Soviet citizens died defeating the Nazis, nearly a third of the country’s former wealth was gone, but Russia was already on the rebound. There were children everywhere. Babies—so many babies—bundled up within an inch of their lives against the bitter cold. Despite its tired appearance, the capital was alive and teeming with humanity. James Conant was a Yankee from hardy New England stock, but he had to admit he was impressed with the Russians. They were a tough race, tested by war, insurrection and an unforgiving climate. “There is no foolishness in this nation,” he wrote in his diary. “Nothing soft.”

As the embassy car approached the gates of the Kremlin, Conant peered up at the gloomy fortress-like complex on the Moskva River that was the seat of the Soviet government. Situated in the heart of old Moscow, bordered by the Red Square to the east, and Alexander Garden to the west, it consisted of four palaces, four cathedrals, and some twenty towers enclosed within red turreted walls. The famous citadel had been the imperial residence of the czars for centuries, its opulent interior structures torn down and rebuilt on an ever-grander scale by a succession of monarchs until the Revolution of 1917. Even the Bolsheviks had been unable to resist the urge to glorify their rule. When Vladimir Lenin finally made it his headquarters, he stripped the golden eagles of the old regime from the towers and replaced them with the gleaming red stars of the new Communist order. Now the Russian dictator Joseph Stalin called the Kremlin home, and had chosen the savior’s birthday to hold a reception in honor of his victorious allies. Since the atheist Soviet state had banned Christmas as a bourgeois tradition, however, the timing was not nearly as ironic for their host as it was for his guests.

The dinner was held in a cavernous banquet hall. America’s secretary of state, James Francis Byrnes, and Great Britain’s foreign minister, Ernest Bevin, took their places on either side of Stalin, each flanked by a 12-man delegation. The Soviet commissar of foreign affairs, Vyacheslav Molotov, was also in attendance, along with various members of the politburo. The Russians aimed to impress: there were boats of caviar, smoked sturgeon, guinea hen, beef, and lamb and other delicacies, arrayed like a flotilla of silver down the long table, along with oceans of booze—champagne, wine, brandy, and, of course, vodka. As soon as the guests were seated, the toasts began. According to custom, each course was preceded by a toast and a tumbler of vodka, which courtesy required be responded to in kind, toast for toast, drink for drink. One after another, the official toasts were drunk—to their nations, peoples, armies, leaders, and innumerable government functionaries present that night. As each ponderous speech of welcome and good wishes had to be translated by an interpreter, even the short toasts seemed long. Conant, unused to so much alcohol, found it hard to relax. If one of the Russian officials were to drink to his health, he doubted his vodka-soaked brain would be able to formulate a suitable reply.

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The hastily improvised Moscow Foreign Ministers Conference was Byrnes’s last-ditch effort at atomic diplomacy. For months, the Soviet leaders had done everything they could to frustrate his attempts to use America’s monopoly on the bomb as leverage in the peace talks. The failure of Byrnes’s gunslinger-style tactics at the Foreign Ministers Conference in London that fall had been an embarrassment. The negotiations had been fruitless. Rather than treat the bomb with the respect and fear Byrnes expected, the Russians had ridiculed the metaphorical bulge in his jacket in social gatherings while refusing to address it seriously in formal sessions. Stalin had feigned indifference, and issued a statement saying that it was only a weapon to frighten the weak-willed. Molotov, a master at subterfuge and delay, adopted the same line, and delighted in denigrating the bomb at every turn.

President Harry Truman was losing faith in Byrnes, who had been dubbed Roosevelt’s “assistant president” by the press, a title that did not sit well with his new boss. Even an old soldier like Henry Stimson, the outgoing secretary of war, warned that the bomb was a game changer, and it was a mistake to use it as a lever of pressure to extract internal political changes and the granting of individual liberties. Such changes took time, and the United States could not afford to delay reaching an agreement on the bomb. “If we fail to approach them now,” Stimson argued, “and merely continue to negotiate with them, having this weapon rather ostentatiously on our hip, their suspicions and their distrust of our purposes and motives will increase.”

Desperate to reach some sort of compromise, and in the process score a diplomatic triumph that would redeem his reputation, Byrnes decided to take a more conciliatory approach. He would journey to the Soviet capital and take his case directly to Stalin. With luck, the home turf advantage would make the Russians more amenable to the need for international action so that this unprecedented form of power did not become a postwar threat to the world.

In Moscow, however, things did not go much better. Molotov was as obstructionist as ever. He persisted in making flip remarks about America’s atomic ace in the hole, clearly aimed at letting Byrnes know the Soviet Union would not be cowed into making political concessions. As in the Potsdam and London conferences, no member of the Soviet delegation showed any interest in discussing the bomb, or the proposed resolution for the creation of a United Nations commission to control atomic energy. The Soviets never demanded the sharing of the atomic “secret,” or objected to the need for an inspection system—something that would not be popular in the United States, let alone in Russia—to police all military and industrial plants to prevent abuses and safeguard against any nation clandestinely stockpiling weapons.

Conant had felt it was imperative the Soviets should know about this radical new method of decisive warfare, and was surprised to find there were no technical questions, no arguments. Although his arrival in Moscow had been covered at length in the local press, not a single Soviet scientist had sought him out. Molotov, during the course of a dinner at which he was host, had suggested that perhaps the great American chemist, who was also president of a great American citadel of learning (Harvard), should address the University of Moscow on the subject of atomic energy. The following day, however, Molotov withdrew the invitation, stating that he had no authority to make such an offer and was “only trying to be pleasant.” If Byrnes had been hoping the presence of the illustrious atomic pioneer at the negotiations would spark debate about the future of the bomb, his ploy fizzled. Conant felt like he might as well have stayed home for all the good he had done. He never suspected that the reason behind the Soviet’s apparent disregard was to prevent any chance of an inadvertent leak by Russian scientists that might alert the US delegation that they were feverishly at work on an atom bomb of their own.

Conant had lost count of how many times they had drained their glasses when Molotov, who was acting as master of ceremonies, rose slowly to his feet. Raising a freshly filled glass, a broad grin on his round, bespectacled accountant’s face, he proposed to the assembled party that they had all had enough to drink to allow them to “speak of secret matters.” Turning to Conant, he said mischievously, “Here sits a man who perhaps is carrying a bit of the atomic bomb in his waist-coat pocket, with which he could blow us all to tiny pieces—”

Before he could finish, Stalin jumped to his feet and broke in angrily, “Comrade Molotov, this is too serious a matter to joke about.” After the sharp rebuke of his unruly foreign minister, Stalin explained that although he was no scientist himself and had absolutely no knowledge of physics, he was not prepared to make light of Conant’s work. He then addressed the issue of the bomb for the first time. He praised Conant and his fellow atomic scientists for their achievement in creating the weapon that had brought the war to a close. They had rendered “a great service,” he continued in his hoarse voice. “We must now work together to see that this great invention is used for peaceful ends.” On that solemn note, he raised his glass in honor of the quiet, silver-haired American chemist. “Here’s to Professor Conant.”

Molotov, whose expression never altered, stood in grim silence. No one dared look in his direction. In the Politburo, survival depended on accurately reading and responding to the generalissimo’s moods, and anyone who earned his displeasure could expect there to be consequences. After an awkward pause, Conant stood. Holding his glass aloft, he thanked Stalin for his kind remarks, and gamely acknowledged Molotov’s “humorous remarks,” though in truth he was rather floored by his cavalier attitude. Adding that he felt sufficiently emboldened by their sentiments, and by the “molecular energy of the excellent wine,” he offered a toast of his own, addressed to his Russian counterparts at the table. “I have no atomic energy in my pocket,” he began a bit sheepishly. “But I can say that the scientists of Russia and those of the other countries represented here tonight worked together to win a common victory. I trust they may cooperate equally effectively in the tasks of peace which lie ahead.”

After the coffee was served, and Conant rose to leave, Stalin detained him for a moment. The Soviet leader was much shorter and broader in person than Conant had imagined: not more than five foot four inches tall, he resembled “a shrewd but kindly and humble old peasant.” Speaking through an interpreter, Stalin repeated his earlier congratulations and again expressed his hope that the bomb could be used only for peaceful purposes and not for war. Then, referring to Conant’s generous toast, he said, “Those were fine words, but were they sincere?”

Later, a few of the Americans and British gathered at Spaso House, the grand neoclassical manor that served as the US embassy, to share their impressions of the astonishing moment when history appeared to have suddenly changed course. Stalin had publicly humiliated his longest-serving deputy at a state dinner, signaling a decisive—if rather impulsive—change in attitude. While the generalissimo could be capricious, he knew what he was doing. Whether his displeasure with Molotov was genuine or staged was hard to tell. But the significance of the moment was not lost on anyone. The 66-year-old Soviet despot, the most powerful and dangerous postwar ruler, was finally ready to incorporate nuclear weapons into his worldview. “There in the banquet hall of the Kremlin, we saw Stalin abruptly change Soviet policy,” recalled Charles Bohlen, a State Department aide and subsequent ambassador to Russia. “From that moment on, the Soviets gave the atomic bomb the serious consideration it deserved.”

It was the moment they had all “pinned their hopes” on—a sign that the Russians were prepared to cooperate. Stalin’s remarks indicated a willingness to work with the United States and Britain to control atomic energy and promote peace through international agreement. The Soviet experts in both delegations fairly hummed with excitement as they analyzed the various interpretations and implications of what had happened. Byrnes saw it as a cause for optimism. He immediately began making plans for the British-American—and now Soviet—resolution calling for the creation of an Atomic Energy Commission to be presented at the upcoming meeting of the United Nations General Assembly in London in January. He would even make arrangements, on his return to Washington, to make a nationwide radio broadcast reporting on the success of his trip.

Conant was not as quick to celebrate. Even in the convivial atmosphere that prevailed by the end of the boozy evening, he had picked up on some troubling undercurrents. When they had finished dinner, they were escorted from the banquet hall to another room to watch a short film. It was purportedly about the war with Japan, but focused exclusively on the Soviet contribution to victory, even though the Red Army did not join the battle until August 9, 1945, the same day the second atomic bomb laid waste to Nagasaki. There was no hint that the United States and Britain had played any role except for a brief mention of Pearl Harbor and, in the closing minutes, a fleeting glimpse of a Japanese and Russian general signing a treaty aboard the US battleship Missouri. Almost as an afterthought, an image of General Douglas MacArthur flashed by seconds before the end of the film. Irritated, Conant dismissed it as pure propaganda.

When the lights went up, he observed that many members of the American and British delegations were also indignant. Afterward, he could not help wondering at the Soviet’s motive in showing them such a “crass nationalistic movie.” Was it intended as an “intentional insult?” If so, what were the Russians playing at? “And no one, literally no one, is on a basis with Russian officialdom to say, ‘That was a bit thick, you know,’” he noted in his diary, adding, “This little episode shows a lot.”

Equally disquieting was the Soviets’ refusal to grant them permission to make Stalin’s tribute to Conant and the atomic scientists public. It was a matter of protocol: what was said in the Kremlin, stayed in the Kremlin. Stalin’s recognition of America’s technical prowess could not be reported to the world. Despite all the talk of friendship between their two countries, the Iron Curtain was as tightly shut as ever. At the time, Conant was chiefly annoyed by the fact that there seemed to be no channel by which they could communicate their frustration to their hosts. Someone cynically suggested the best way to get word out would be to write down a list of their complaints and toss it in the wastebasket—it was certain that the next morning their message would be read in Molotov’s office in the Kremlin.

Despite all the “unfavorable evidence” he accumulated during his eleven days in Moscow, Conant remained convinced that the Russians would eventually see reason. Logic dictated that continuing their wartime alliance was the best way to proceed in the interdependent postwar years. If they did not act together to stop the manufacture of atomic bombs before it became widespread, the means of atomic destruction could find its way into the hands of an unexpected and reckless enemy.

In a speech he gave in late November, which was reprinted in the Boston Globe shortly before he departed for Moscow, Conant had predicted the Russians would soon get the bomb, giving a rough forecast of between five and fifteen years. He cautioned that the time estimate meant little, as the United States’s monopoly on this power was only temporary. There was “time, but not too much time,” to evolve a plan for the exchange of scientific knowledge and the creation of an international inspection system. Without inspection there was no way to ensure their protection. Without it no one was safe. Conant startled his audience with this ominous injunction: “There is no defense against a surprise attack with atomic bombs.”

One thing has been as clear as daylight to me ever since I first became convinced of the reality of the atomic bomb; namely, that a secret armaments race in respect to this weapon must at all costs be avoided. If a situation were to develop where two great powers had stacks of bombs but neither was sure of the exact status of the other, the possibility of a devastating surprise attack by the one upon the other would poison all our thinking. Like two gunmen with itchy trigger fingers, it would only be a question of who fired first. Under such circumstances, the United States might be the loser.

Conant’s estimate was slightly off. Exactly four years and one month after Hiroshima, the Soviet Union would explode an atomic bomb, and two countries would be locked in a cold war struggle.

Years later, looking back on that extraordinary Christmas Eve in Moscow, Conant found it hard to believe that as 1945 came to a close, he could have had such faith in the future. He had hoped that the difficulties would disappear and they could proceed to work out a plan to preserve the peace instead of continually preparing for war. “My ascent into the golden clouds of irrational hope can only be explained by my honest appraisal of the worldwide catastrophic consequences of a failure to attain international control,” he later reflected. “Some scheme just had to work. And who is prepared to say my basic belief was wrong?”

He wrote those lines in 1969. Toiling over his memoir, safely ensconced in his wood-paneled study in Hanover, New Hampshire, he observed the perilous state of the world, “with American and Soviet aircraft and missiles poised to strike on a moment’s notice.” America was more vulnerable than ever before, and Conant had lost much of his old certainty, but none of the cold, clear-eyed Yankee pragmatism. A chemist, statesman, educator and critic, he had had within his grasp all the elements to help forge the new atomic age. Supremely confident, he had acted upon his convictions to shape the kind of world he wanted to live in. He was, first and foremost, a defender of democracy. He had helped design and manufacture weapons of mass destruction in two world wars to protect liberty. He had fought for an open and fluid society, for a fairer system of higher education, for free discussion, a competitive spirit, and a courageous and responsible citizenry. He had occupied the presidency of Harvard as a bully pulpit, and had never hesitated to take daring stands on contentious issues, applying his reason, morals, and high ideals on matters of national import. As a “social inventor,” his term for the half century spent in public service, he had tried to find new formulas to keep alive the precarious American political experiment known as democracy.

As a war scientist, however, he knew he had much to answer for. Atomic energy’s “potentialities for destruction” were so awesome as to far outweigh any possible gains that might accrue from America’s technical triumph in the summer of 1945. Writing as an old man, he acknowledged that these new weapons of aggression had added to the frightful insecurity of the world, and he did not think future generations would be inclined to thank him for it. Yet the nuclear standoff had continued for years—no mean accomplishment given the number and variety of armed conflicts—which suggested that the stakes had become too high and the risks too great. Perhaps there might still be time to moderate the vicious arms race, though that remained for history to decide. “The verdict of history,” he wrote, “has not yet been given.”

From Man of the Hour: James B. Conant, Warrior Scientistby Jennet Conant, courtesy Simon & Schuster. Copyright 2017, Jennet Conant.

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De LITERARY HUB 

Jeanne Moreau/Elegía y nostalgia de una mujer francesa

JAVIER RIOYO

No había crecido con la canción francesa, esa música pertenecía a la generación de la posguerra europea. No tuve nostalgia de esas canciones hasta bastante tarde, cuándo nos dimos cuenta que la vida iba en serio. Mi adolescencia soñaba con francesas, por supuesto, pero se llamaban Francoise Hardy, Silvie Vartan o France Gall. Después soñamos con Brigitte Bardot al desnudo. Hasta que llegaron las miradas, los botines, las piernas y los labios de Jeanne Moreau en un cine club de finales de los sesenta. Ahí cambió nuestro imaginario erótico. Las chicas de Salut les copains eran nuestras deseadas novias. Jeanne Moreau era la personificación d”e la amante. Empecé a tener sueños lúbricos con Celestine, con aquella sirvienta turbadora, parisina en provincias capaz de conturbar a los perversos burgueses o a los primitivos campesinos. El erotismo era eso. Una mujer treintañera que paseaba sobre unos botines en una burguesa casa de la campiña francesa. Su negro vestido de femme de chambre, la osadía de su mirada, su sonrisa insinuante, su boca centro de deseos y misterios —“como un pozo en lo hondo del hechizo”— con aquellos ojos de retadora inteligencia y aquella voz tan alejada de cánones femeninos. Todo como una epifanía dónde comenzaba mi nuevo imaginario del erotismo.

A partir de esa camarera todo fue distinto. Nos marcó Jeanne Moreau. Nos marcó por culpa de aquél español que nos introducía en otros misterios, en películas y erotismos con los cuerpos de Catherinne Deneuve, Delphine Syerig, Stephanne Audran, Silvia Pinal o Angela Molina. Inquietantes, claros y oscuros objetos de nuestros deseos. Ya fueran burguesas de doble vida, seductoras cojas o chicas andaluzas burlando a burgueses mayores. Hubo, sí, más mujeres, más erotismos, más francesas pero ninguna consiguió remover nuestra sensualidad como aquella de la primera aparición de Jeanne Moreau. Después de la enigmática Celestine, Jeanne Moreau, siguió encendiendo nuestras ensoñaciones del amor abierto en Jules et Jim, de la frialdad turbadora en un ascensor con las música de Miles Davis de fondo, en los amores primarios con campanadas a medianoche, jugando con José Luis de Vilallonga o como la madame de burdel en Querelle. Además estaba su voz, esa voz grave que parecía forjada para enamorar inquietando, su voz como torbellino, como música de sirenas pasadas por el alcohol. La vida imaginada a su lado seria cualquier cosa menos convencional. Querer conocerla fue una obsesión que tardó décadas en llegar. Antes de mis dos encuentros conocí la envidia de boca de dos amigos que la conocieron. Uno fue amante, el otro rendido a su conturbadora belleza. Cuándo José Luis de Villallonga publicó la segunda parte de sus memorias no perdí ocasión para que el escritor, aristócrasta y actor, me hablara de Jeanne Moreau. Le gustaba hacerlo, confesaba su amor por ella, al parecer correspondido en su perfecta representación de amante que deja huella y sigue su camino. Con otro amigo, Feliciano Fidalgo, se entraba en la adoración por una mujer que sabía vivir y beber. De amar, Feliciano no podía hablar con la experiencia de Vilallonga.

El tercer hombre que me habló de ella fue José Luis Barros, el doctor ilustrado y seductor y uno de los mejores amigos de Buñuel. Con Barros intenté conocerla e invitarla a participar en un documental que estaba rodando sobre Luis Buñuel. Barros y una nieta de Buñuel hicieron de intermediarios, ella dijo estar interesada pero no pudo ser por estar en un rodaje, una película para televisión con Depardieu y Fanny Ardant sobre la vida de Balzac. Era justo antes del fin de siglo, ya tenía más de setenta años e interpretaba a la madre de Depardieu/ Balzac. Siempre odié esa película, culpable de que mi antiguo mito erótico no pudiera contarme cosas de su amigo Buñuel. No pudo ser, me tuve que conformar otra vez con su imagen fetiche de Celestinne. Pocos años después, en el bar del hotel Meurice —al que me había invitado Paco López Canís, excelente gourmet, a cuenta de una marca de coches francesa que dirigía una española— la encontré en el bar. Estaba con una amiga. Hablaban, bebían y reían al margen de las miradas de los ricos y elegantes clientes de ese mítico bar. Yo, que ni era elegante ni francés ni rico, me quedé paralizado. Allí estaba mi actriz, mi fetiche de décadas. Con ella estaba otro de los mitos franceses de la canción y del cine, Juliette Grecó. En ese momento me convertí en un adolescente, en un atrevido admirador que no podía dejar pasar la ocasión.

Juliette Grecó me transportaba al existencialismo, al film noir, a la canción francesa. Al día siguiente, desde las últimas entradas de gallinero, la oí, y casi la vi, despedirse de su vida de artista en el Chatelet. Nunca me parecieron tan vivas sus hojas muertas. Y Jeanne Moreau, su contemporánea, su amiga, su semejante en vidas, hombres, películas y voz de nocturnidades, me llevaba a mi erotismo adolescente. Una era la posguerra, otra nos daba besos desde la nueva ola hasta la posmodernidad. Fueron amables, me escucharon, poco, y me despidieron suavemente. Jeanne Moreau me contó que pronto iría a Madrid, que allí podríamos hablar y que Buñuel era mi mejor carta de presentación. Contento me fui cantando “le tourbillon de la vie” hasta mi bar de la Rue Delambre. Había conseguido una dirección de Jeanne Moreau para mandarle mi documental de Buñuel.

No había pasado un año cuándo recibí una llamada para ofrecerme una entrevista con Jeanne Moreau en Madrid. Nervioso, cómo aquél adolescente que veía películas francesas, no quise atender que era una entrevista promocional de una película olvidable. Pero nunca olvidaré aquella tarde en el Ritz, en compañía de compañeros del programa Estravagario y con la presencia de Josianne Balasko, en que conseguí pasar unas horas con Jeanne Moreau. Sobre todo hablamos de Buñuel, de su timidez y de la capacidad del aragonés para seducir y disimular. Me confesó que lo había adorado. No tuvieron ninguna historia de amor porque la otra Jeanne, la Rucar, se enceló con la relación de su marido con la Moreau. También hablamos de su íntima Margarite Duras y de algunos hombres de su vida. Yo le confesé mi pasión juvenil por ella. No la molestó. Me prometió mandarme un cd con sus canciones, fue muy amable con el documental me dijo que podríamos ser amigos. Cumplió su promesa, escribió y me mandó dedicado un cd con sus canciones. Siente no poder presumir de cartas del tiempo de las lilas pero sí conservo mi memoria y unas palabras por mail. La nostalgia ya no es lo que era. El erotismo tampoco.

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De DE OTROS MUNDOS (blog de Triunfo Arciniegas), 18/09/2017 

Vuelve septiembre

MAURIZIO BAGATIN

Siempre, como rueda de un carro cargado de letanías, siempre, el reloj de arena, implacable y silencioso. Septiembre, musa de flores blancas de ciruelos y de minifaldas de infarto: solamente Thomas Mann, el de La muerte en Venecia, comprenderá su belleza.

En mis antípodas, el recuerdo de la idea tardía, de los años y de la edad… de la primavera del jacarandá alucinado de color, del ceibo estupefaciente frente a las mujeres… y de la soledad. 

Tu calendario farsante y falsado tu ritmo: siete tu étimo, irrequieto por el verano encima y del otoño que te madura; un buen vino te espera en la puerta, al dilúculo un cuadro de Magritte y un gallo catalán cantando: siembras y cosechas de nuestra tierra ebria y de la eternidad.
septiembre 2017 


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Fotografía: Lene Pieters, Pretoria