Monday, January 15, 2018

El destino de los hombres desnudos

HELENE VINARÓ

Conocí a un hombre que iba desnudo por el mundo. Se sentaba a fumar en los parques solitarios. Vibraba con cada anochecer. Por las noches miraba las estrellas y le pedía deseos a la luna cuando ésta brillaba en toda su redondez. 

Se revolcaba por la hierba y cuando comenzaba a llover, corría a la ventana y aspiraba el olor a gente que soltaban las aceras y las calles. 

Se detenía a ver el vuelo imposible de una futura mariposa, se conmovía al ver a una anciana descalza con un cabo de cigarro en la boca sin dientes, vendiendo la cajetilla hambrienta.

Realmente era una persona simple, se reía con frecuencia, caminaba torpe y como a todos le asaltaba el stress, el cosquilleo en el estómago, esa sensación de vuelo cuando divisamos a lo lejos un cabello escapado de la persona amada.

Era un hombre desnudo, como pocos, yo lo conocí, nació varias veces de entre mis piernas. 

Amaba en todo su derroche, sin dejar de ser egoísta con el sufrimiento ni con la alegría. 

Era una sombra que pasaba a veces por mi casa, llegaba lento, difuso, lejano y siempre se iba rápido.

Era realmente un hombre desnudo, un hombre con hambre y con sed, un hombre de orgasmos y madrugadas.

Los hombres desnudos no son de nadie, son del mundo, de los parques, de los olores, de las sensaciones, de los sufrimientos. 

Los hombres desnudos llevan el destino amarrados con cadenas a sus pies y lo arrastran a donde quiera que vayan. No son esclavos de nada, ni de nadie, no detiene su andar la impertinencia de un reloj, ni lo ata la última moda.

Mi hombre desnudo era así, su destino era inevitablemente el de partir, nadie sabe a dónde ( creo que él nunca lo supo).

Era simplemente un hombre desnudo, eso, sólo eso... mi hombre desnudo.



Joxean Artze (Recuerdos durmientes)

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

«Ha fallecido Joxean Artze, autor de la letra de Txoria Txori».

Más recuerdos durmientes, de final de los sesenta, de los setenta, de mis primeros versos... Las lagunas de memoria, los fogonazos... Cada vez son más los que se van de regreso.

Ese disco lo he rescatado de un archivador que tiene el nombre de Speak memory, por el título del libro de Nabokov. Artze, 1969, más Recuerdos durmientes que han estado esperando en la oscuridad de una caja archivadora que lo sacará de él para escribir de la vida de otro.

Los Artze con su txalaparta que acababa de ser rescatada de la leyenda folklórica. Eran un mito, uno de los mitos del arte vasco identitario, y no solo por haber participado en el grupo Ez dok amairu. Acudir a alguno de sus conciertos era algo ritual, religioso.

Ese disco estuvo en varios sitios, en un piso del barrio de San Juan que acabó intervenido por la BPS, en mayo de 1969, y en otro de la calle San Saturnino nº 1-3º de Pamplona en el que  anduve vivaqueando unos años. Luego se lo fue tragando la sombra. Y ahora hace tanto tiempo que no tengo un «tocadiscos» para ese 45 rpm, que no puedo escucharlo. Ya sé que  está Youtube, pero no es lo mismo... Canguelo, Rabelais: los dicterios de los más borrachos: Hâtons ! Je mouille, j'humecte, je bois. Et le tout de peur de mourir.

El concierto de txalaparta de los hermanos Artze se celebró a las 7 de la tarde en un lateral del Museo de Navarra. En el programa figuraba como «Música primitiva vasca». Fue multitudinario bajo la vigilancia de un contingente de la Policía Armada. Lo recuerdo por el zarandeo y los empellones que me llevé por parte de un energúmeno uniformado por saltarme una tapia para acceder al concierto. El ambiente estaba más que caldeado, habían empezado las broncas entre artistas, organización y policía, y aquella misma noche el concierto en el Labrit de Luc Ferrari terminó de mala manera. El día anterior ETA había hecho estallar una bomba que dañó el monumento al general Sanjurjo y otra estallaría al día siguiente en una de las puertas del Gobierno Civil.

A Joxean Artze le conocí en alguno de los tumultos del hampa artística y literaria que solía organizar desde Bilbao José Luis Merino y nos convocaba en un sitio y en otro. Llegué a verle en Usurbil. Fue uno de los participantes, en 1978, en 21, aquella antología con voluntad fundacional que montó Merino con los de Hórdago, aunque el que figurar como responsable erratas incluidas fuera Flanagan. Su colaboración de varias páginas como las de la ilustración resulta poco menos que ininteligible, pero muy intensa, muy de la época. Nada que ver con poemas hermosos que hemos ido conociendo más tarde.  ¿Quién se acuerda? Detrás de 21 vino 23 y detrás nada, se acabaron los encuentros, los tumultos y al final hasta las amistades. El mundo de las garrotas en alto y del desconocerse. Hoy sería imposible montar una antología como esta, y no solo porque serían otros los autores. No he podido encontrar el ejemplar de 23 que guardaba. Las cosas se escapan.


_____
De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 12/01/2018


Chuquiago. Deriva de La Paz

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Contento y agradecido. Agradecido a su editora, Pilar Rubio porque ha creído en ese libro de patiperreo urbano por una ciudad que me seduce como ninguna hasta ahora; y contento porque salga en España la edición de un libro que se publicó el año pasado en Bolivia, con éxito, y que fue desdeñado aquí por motivos poco claros.

Para la edición española se han hecho las correcciones pertinentes porque el lector no es el mismo: no le vas a explicar a un paceño obviedades y a un español no puedes dejarle in albis con detalles importantes que le resulten incomprensibles por desconocidos.  Confío en ese libro porque su editora confía en él y porque está escrito con la pasión que contagia una ciudad y un mundo, La Paz, Bolivia, del que me siento inseparable. Espero que haya resultado, como me decían con sorna inútil hace años, «un libro muy tuyo».

Escribe la editora:
«Si hay una ciudad amada en las geografías vitales de Sánchez-Ostiz, sin duda es esta Chuquiago, el nombre aymara de la capital boliviana, a la que va y viene desde 2004. Una ciudad de barrocos excesos, de realidades inabarcables, de acumulativa humanidad que impregna sus calles como trazadas a cordel. Recuerda el autor que Gómez de la Serna la hubiera bautizado como cataclismática. Así son estas derivas por sus laberintos callejeros en medio de un griterío inacabable donde bulle la vida de sus habitantes, así como la de un puñado de personajes inolvidables. Aquí la realidad es pura fantasía, nos recuerda el autor, «¿para que inventarse mundos imaginarios si están en La Paz?». Pura vida.»

_____
De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 15/01/2018



Friday, January 12, 2018

Reflexiones con Grieg

PABLO MENDIETA PAZ

Ha ocurrido otra vez. El otro día me sobrevino una angustia indescifrable. Suele ocurrirnos a todos los mortales cuando el misterio y la vida se estrechan la mano. Busqué quietud en todas partes y no la hallé más que en un rincón apenas iluminado sosteniendo un libro entre mis manos y escuchando una bella melodía de Grieg. A veces pienso que la muerte asoma de rato en rato para ayudarnos a vivir.

_____
Imagen: Edvard Munch, 1893

Thursday, January 11, 2018

Papeles (Documentos)

PAZ MARTÍNEZ

Suele ser sencillo vivir: comer, dormir, pasear, comer, dormir, mear, comer, volver a dormir, encontrar con quien follar... Así a diario hasta que te encuentras con los papeles. Los papeles son la muerte, la desaparición, el limbo entre lo humano y lo administrativo porque, ya se sabe, si no apareces en los papeles, estás muerto aunque hables con el funcionario. 

Leía esta mañana, antes de venirme pacasa, porque tengo casa, que una familia zimbabueña se había quedado a vivir en el aeropuerto de Bangkok. Los tipos salieron de "vacaciones", venían a Barcelona vía Kiev y, por el camino, Rajoy les denegó el visado (lo hizo personalmente. Dijo algo así como: "Nho, a eshtosh nho lesh deish elh vishado qhue shon negrosh y nho thienen nhada ehn qhué invertirh") Se quedaron en Kiev, esperando que fuese un error, esperando que los papeles se equivocasen, que les dejasen ver lo crecidita que está la Sagrada Familia. Tontitos míos, el papel es algo inanimado y jamás se equivoca. Si está escrito es una true y así, durante tres mesacos, deambularon por la capital de Ucrania Kiev parriba, Kiev pabajo, hasta que caducó el permiso. Les deportaron a Bangkok y allí se quedaron otros 3 meses idénticos, volviendo a Kiev y, a portes pagados, los devolvieron a Thailandia. Pudiera parecer que, estos 8 (4 adultos y 4 niños) recorrieron mundo, el pasaporte así lo decía, pero no, conocieron taquillas, banquitos, dispensadores de plásticos, baldosas y muuuuuchos papeles. Al contrario del iraní Mehran Karini (en la que se basó la peli de Tom Hanks) que estuvo viviendo 6 preciosos años en el Charles de Gaulle, tuvieron la suerte de que Mugabe, el presidente de Zimbabue, se indispusiese un poco al quitarle la silla. Aprovecharon para pedir asilo político y una de Acnur, que debía ser nueva, se sentó a su lado, les escuchó y abrió su maletita de piel de oveja merina con algunos folios en blanco, algunos timbres y, lo realmente importante, un sello de confirmación. A día de hoy, esperanzados por sus nuevos papeles, esperan que alguien (Kiev o así) los acoja en su seno y tener un baño para ellos solos. 

Es curioso todo esto, sobre todo cuando pasas página y ves las casas que tienen los gatos en el aeropuerto de Madrid. Ellos sí que saben, sin papeles ni nada.

_____
Foto: Julia Sclafani/Deportados

el exilio y la voz propia

PABLO CEREZAL

a Álvaro Suite... profundidad, abrazo, talento y emoción 

Hace ya siglos, paseando las callejas de tenderete y soroche de La Paz, en compañía de Miguel Sánchez-Ostiz, conversábamos conviniendo que lo primordial para un escritor, la máxima cima que este puede alcanzar, es lograr una voz propia. Para Miguel, que ha alcanzado los diversos ochomiles del arte literario, tal afirmación era una obviedad, pero para mí era un sueño. Las únicas cimas a mi alcance eran las de las viviendas que, como suspendidas del vacío, desordenan las paredes de esa ciudad vertical que es la metrópoli boliviana.

Todavía me quedan lejos las cimas de lo literario, a pesar de mis dedos como garfios desgarrando el teclado, a diario. Busco mi voz propia, con denuedo. Pero la literatura sigue siendo una novicia a la que deseo violar, con mi sexo de gramática errónea, contra el altar del pensamiento único (analmente, a ser posible, para incrementar así el efecto políticamente incorrecto de la infamia). Al final, todo queda en un ejercicio onanista de sílabas tartamudas y metáforas sin gracia. Además, si algún día alcanzo esa cima de la voz propia, lo único que contemplaré, desde tal altura, será mi soledad andina. Los lectores que no tengo habrán quedado lejos, comiendo raviolis de lata en el campo base.

Pienso que si un escritor necesita una voz propia, igual la necesita un músico... más, en el caso de ser, además, cantante.

El pasado año tuve la fortuna de asistir a un recital de Enrique Bunbury, debidamente acompañado de "sus" Santos Inocentes. Llegaba hasta Madrid, el aragonés errante, para presentar su nueva obra, Expectativas, y lo hacía cargado con la maleta de lo imprevisible, como hace siempre el artista que ha encontrado su voz propia. Porque, reincidiendo en lo literario, creemos conocer bien a un autor, cuando amamos el amarillo costumbre de sus páginas, sólo para que este nos sorprenda con un nuevo volumen en que se reinventa de amarillo hiedra. Pero, entre líneas, seguimos escuchando el caudal áureo de su voz inconfundible, como un regato de orín renovado y valiente. Igual ocurre con los buenos músicos. Igual en el caso de Bunbury, que aparenta cambiar de piel, en cada nuevo disco, cuando sólo desordena el ropero. También en cada nueva gira.

Así lo hizo, de nuevo, en Madrid, el pasado 8 de enero (ya saben, escribo con retraso, por llevar la contraria a la urgencia de los días). Del nuevo disco sólo sonaron cinco temas. El resto que cumplimentaron las dos horas de show emergieron de otras épocas, de trabajos anteriores, como lo harían los buques del Triángulo de las Bermudas si algún día fuesen rescatados de las profundidades: vestida de alga sin relojes su armazón, sí, pero renovada en fabulosos brillos al contacto con la luz de un nuevo sol.

En escena, aquellas canciones perdieron el óxido del tiempo sonando infinitamente nuevas, distintas, extrañas incluso hasta el punto de confundir a parte del público. Pero sonaron magistrales, y fueron pespunteando las costuras de tempo y compás que, en un vuelo nada improvisado, descubría a los espectadores el elegante modelo de alta costura en que se convirtió el recital. Ni siquiera la acústica errónea del local pude deslucir aquella pasarela de prodigios.

Enrique Bunbury, es obvio, ya ha alcanzado la cima de su propia voz, y su espectáculo con Los Santos Inocentes, apuntalado en una milimétrica escenografía de luminotecnia sobria y exacta, permitió al personal degustar en toda su amplitud la literatura con que la prosa firme del grupo engarza la lírica de este poeta de los escenarios que, vestido de blanco inmaculado, como de traje primera comunión o de piel náufrago fronterizo, ejerce de chamán que acompaña, con su voz como caudal de monedas sin cruz, las de quienes, entre el público, celebran un viaje hacia las propias emociones tan revelador como el que se supone al de la ayahuasca. Una especie de exilio voluntario, mínimo, pero necesario, como todos, de tanto en tanto.

Bunbury añade tonalidades a su paleta de sonidos, inventando un lienzo que reordena el presente de sus himnos pretéritos con texturas de tiempo venidero. Croupier desmedido y feroz, baraja su dicción de melodías con los arpegios hieratismo frágil de Jordi Mena, el sutil galopar ritmos de Robert Castellanos, los fulgores en que ciega timbres Santi del Campo y, cómo no, la pasmosa vitalidad riff y elegancia de Álvaro Suite. Bunbury pasea su vocalización por los horizontes atmósfera cero de Jorge Rebenaque, y acuna su cuerpo al compás fronterizo de Quino Béjar, mientras replica contra el público la musculatura con que redobla métricas Ramón Gacías. Bunbury, el músico/artista, se rodea de una banda de artistas/músicos a los que, en vez de hacer sombra, permite sean la sombra que engrandezca su perfil de épica y amianto. Mucho más que un concierto de rock: un viaje, un breve exilio... todo un espectáculo, o sea.

El músico ha encontrado su voz propia, está claro, y yo me pregunto si no tendrá que ver con su permanente exilio. Sí, eso es algo que no le comenté a Miguel, mientras resudábamos las pendientes de La Paz, pero que siempre pensé: el exilio puede que sea el primer paso para encontrar la voz propia, lejos de todos aquellos que te la equivocan dándote la razón o llevándote la contraria... amigos, familia, defensores, detractores y aledaños... eso que aún nos empeñamos en llamar patria. Más allá de las voces que moldean nuestra sintaxis. Remotos de ese griterío que nos enmudece la pronunciación. Así, tal vez le sea más fácil encontrar la voz propia al poeta, el escritor, el músico, el artista. Y pienso en el propio Miguel, tantas veces autoexiliado en Bolivia, o en Juan Goytisolo que, en Marruecos, hizo del exilio patria. También, claro, en Bunbury, vagabundo de exilios más o menos largos por tierras americanas.

Yo, hoy, extraño ese exilio de dos horas que ofrecen Bunbury y Los Santos Inocentes en cada nuevo concierto. Me siento frente al teclado, de nuevo, para equivocar pensamientos, y añoro, de paso, mis exilios bolivianos, marroquíes... sus noches de verbo fácil. Que por aquellas tierras escribía mejor, creo.
 
Pero, aun dudando de estos dedos que equivocan la noche con su taconeo de teclas y tabaco, por si acaso, escribo... escribo y sigo buscando mi voz propia.

Fotografía: ©Jose Girl

_____
De POSTALES DESDE EL HAFA (blog del autor), 11/01/2018 

Y sin embargo seguimos leyendo

JORGE MUZAM

Andan pitíos bulliciosos inspeccionando árboles resecos. Abejorros seduciendo malvas rosas. Azucenas amarillas vestidas para una licenciatura de estrellas. Las cerezas negras se deshidratan lentamente en los árboles. No hay suficientes pájaros que den cuenta de tanto festín. 

Hoy descendieron nubes japonesas. Aspersores de frescura humedecieron avellanos y mañíos. Atardeciendo un bote de agua coronó el Alico. Pasan camionetas pregonando cajones de tomates. Circula brisa con aroma a flor de castaño. Ríos y esteros arrastran la voluptuosidad del deshielo. Lo sabemos por el rumor de ogro que masculla a lo lejos. Los grillos abren su función a las once de la noche. Las ranas a medianoche.

Hemos despejado parte de las ruinas del incendio que consumió nuestra vieja casona. Levantamos palos para una nueva vivienda donde cobijar lo esencial. Perder mi biblioteca, mi bar de mentes lúcidas, las viejas fotografías irrecuperables, es quizá lo único que lamento en lo personal. Más me duele que se haya perdido el sueño de hogar pagado en cuotas por mi madre a lo largo de 40 años. El pasillo donde jugueteaba Tatón, el ordenado archivo de Romina y las únicas prendas nuevas de ropa con que pudo contar después de tanto esfuerzo mal pagado.

El resto es una fruslería que se recupera, que se prescinde, que se omite para siempre.

Hemos vuelto a leer. Valdevenito supo captar la ausencia de letras de este circunstancial Fahrenheit y nos envió los primeros libros. Martín nos ha obsequiado una colección de Fontanarrosa. Gestos que valoro y agradezco. Serán los textos pioneros de la nueva biblioteca de Alejandría proyectada en el valle de Alico. Los libros también afloran desde la virtualidad como nubes recargadas de signos mágicos. Hoy simplemente Auster. Historias de sus auditores radiales que le llegaron desde cada rincón de Estados Unidos. Pálpitos de vida, amalgama de lo diverso, lo insólito y lo desquiciado, sufrimiento a raudales, humor y ternura. Las palabras en la radio se las lleva el viento. Por eso Auster decide seleccionar, para que la eternidad de la palabra escrita sirva como constancia de esas vidas que tramontaron el siglo como hojas navegando en río turbulento.

_____

De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 21/12/2018

Imagen: Henri-Edmond Cross, 1899