Saturday, December 16, 2017

Georges Bataille: una poética del erotismo

ROSARIO HERRERA GUIDO

He querido hablar,
y como si las palabras llevasen el peso de mil sueños,
suavemente, como fingiendo no ver,
mis ojos se han cerrado.
Georges Bataille

I
Como se sabe, durante un tiempo nada despreciable, la vida del filósofo y escritor francés Georges Bataille oscila entre el horror a la lenta muerte de su invidente padre y la esporádica demencia de su madre. Un pendular entre la muerte y la locura cuyos rasgos creen vislumbrar algunos de sus críticos, tanto en sus textos literarios como en sus escritos filosóficos y científicos.

Al margen de interpretaciones psicoanalíticas silvestres, la poética deviene de la imposibilidad del lenguaje de decir el ser, el decir imposible, y lo erótico desde su libro más sistemático, una violación del yo puro, pues se encuentra irremediablemente amenazado de muerte (Bataille, El erotismo, Barcelona, Tusquets, 1982). Una finitud expulsada por la ciencia ilustrada moderna, cuya luz enceguece o incendia las alas de Ícaro, por un exceso de luz, que impide ver la oscuridad, donde están las preocupaciones más claves y acuciantes: el grito, las lágrimas, la angustia y la risa. Y el horror, lo asocia al origen del arte, a partir de sus reflexiones en torno a la pintura rupestre de la cueva de Lascaux, que se encuentra en Francia, donde la caza y la agonía de un bisonte provocan la erección del sexo de su cazador. (Bataille, Las Lágrimas de Eros, Barcelona, Tusquets, 1981).

Frente a la búsqueda hegeliana de la luz vertical, trascendental y homogénea, cual delirio de la razón, Bataille elige la horizontalidad, que oculta la bajeza material y heterogénea: la obscenidad para la ficción y las costumbres para la teoría, que se manifiestan en el sacrificio, la pérdida, el azar y el erotismo. Un goce concebido como la culminación de la sexualidad humana, que transgrede el tabú, permitiendo que la infracción y el interdicto vayan de la mano.

En el principio —para Bataille— todo era continuidad en ser. Pero al individuarnos surge la pulsión erótica de continuarnos en el ser, hasta en la muerte. El erotismo, que viola la discontinuidad de cada persona, es el germen principal de la angustia, la zozobra ante la violación del interdicto, que al desgarrar los límites para fusionar a los seres, obliga a perder la integridad. El fundamento erótico de lo sagrado y lo sacro de la experiencia erótica es horizontal, frente a un sistema vertical de prohibiciones que es a su vez condición de posibilidad del erotismo.

Ya Michel Foucault, en su agudo homenaje a Bataille (Foucault, “Prefacio a la transgresión”, Dits et écrits I, París, Gallimard, 1994:233-250), la eleva a una de las categorías fundamentales: el “interdicto”, cual experiencia del límite que el sujeto extrae de sí mismo, como la muerte de Dios en Nietzsche. Transgredir —advierte Bataille— no es oponerse al límite o negarlo, sino afirmarlo. La transgresión no es del orden de lo subversivo, la dialéctica o la revolución. La transgresión afirma el límite como ilimitado. Una desmesura que solo se comprende a partir de la muerte de Dios, donde la transgresión se lleva a cabo como un gesto poético de profanación, en un mundo en el que lo sagrado ya no tiene sentido. Porque solo la muerte de Dios suprime el límite de lo ilimitado.

Pero la supresión de lo ilimitado no es la supresión del límite, es experiencia del límite, la finitud, “el reino ilimitado del límite”. En las experiencias poéticas del límite la existencia finita, que ya no está limitada por el límite de lo ilimitado, es conducida hacia su propio límite: su desaparición. Porque el erotismo es la experiencia poética de la disolución del sujeto. La experiencia erótica del límite en el pensamiento de Bataille es —para Foucault— el principal motivo por qué hay que alejarse de la fenomenología, la filosofía dialéctica, el hegelianismo y el marxismo, que pretenden recuperar la función fundadora del sujeto, por la que encontró la posibilidad de otro pensamiento: una poética del erotismo del lenguaje, un lenguaje sin sujeto.

II
Georges Bataille es un incendio de poéticos excesos en cuya escritura se puede desbordar lo que la modernidad ilustrada calificó de locura, en franca dicotomía con la luz de la razón moderna. Su exuberancia incandescente que aspira a mantener y superar un deseo insatisfecho, una tensión que llega al colmo de la risa, cuando decide prenderse fuego junto con su obra, acompañado de todos los santos.

La obra de Bataille es una lúcida y poética reflexión sobre la cascada de pesadillas que tortura a las inteligencias más penetrantes, que termina por develar al hombre, asomado al abismo, imponiéndose las más grandes empresas sin que ninguna arda a la temperatura de su fiebre. Sus textos desnudan una inquietud ética, una Ética de la Inquietud, que se impone un objeto ilimitado, restando cualquier fin moral que destiña al ser: “Si hago un último esfuerzo, y voy hasta el límite de la posibilidad humana, arrojo a la noche los que, por una cobardía inconfesable, se han detenido a medio camino” (Bataille, La experiencia interior, Madrid, Taurus, 1984:207-208).

El pensamiento de Bataille es una exigencia vital en la que ni todo lo sagrado excede a lo que se busca, pues el resultado nunca se encuentra en el mismo nivel, pues el querer jamás coincide con el ser: esta es la ética del héroe, una voluntad poética que, como diría Nietzsche, “a más bebe más sed le da”. No es necesario llagar hasta el corazón del universo para darse cuenta que en todo exceso hay una falla, que lejos de mostrar que la búsqueda es nimia muestra el sentido del juego, en el que se tiran los dados solo por el placer y el dolor de jugar, sin que Dios esconda los dados cargados que cuiden nuestro andar por la tierra, pues eso significaría abandonar el oscuro objeto del deseo, o esperar soluciones del cielo para no actuar en consecuencia.

Ni la condena a muerte —dice Bataille­— consigue que renuncie al deseo de arder, porque se encuentra comprometido con la violencia, la autonomía y la libertad, experiencias por las que todavía se puede arriesgar la vida, soportar la soledad, después de haber abandonado a Dios y al bien (¿o la conveniencia?), hasta descubrir la verdad más grande: evitar la servidumbre, el estatismo y el familiarismo.

Con Bataille estamos ante una filosofía que se excede y que coloca su objeto más allá de la razón, sin temor a extraviarse por el sendero poético del lenguaje y sabiendo que es necesario perderse para encontrarse, dado que el poder de la voluntad está en seguir escalando la cima, aunque la cumbre sea infinita; una exigencia que es la consumación de quien se atreve a subir, a condición de no subordinar el ascenso a ninguna causa moral, política o religiosa.

Bataille es como Nietzsche, un filósofo del mal, que atrae porque le da al infierno su auténtico valor: “La exuberancia es belleza”, como para William Blake. Bataille, consecuente con su apuesta por la libertad, odia al bien, para entregarse a la refinada búsqueda del mal, a una (po)ética (mal)dita, (mal)dicta, (mal)dicha, que (mal)dice los enunciados del imperativo categórico kantiano, pues quiere alcanzar lo prohibido, tocar lo sagrado, para lograr la santidad. Porque si el sometimiento se ejerce en nombre del bien, solo el mal puede transgredir el tabú.

Para acceder a semejante negación es necesario el exceso, un golpe de suerte, la oposición del bien y el mal, con una audacia que puede violentar el juego, y que la lógica no puede resolver, porque necesita ser lo suficientemente (mal)dita y temeraria para no dar ni un paso atrás, o ser sustituida por la vida misma. La auténtica vía para tratar el problema de la virtud, que gira alrededor de la suerte, está en el juego, que además de responder mejor que el poder, logra llegar al alma de lo imposible, sin prejuzgar ni prevenir algún resultado. Porque la suerte solo se alcanza jugando, aceptando que el porvenir solo se cumple en la libertad.

Para Bataille, no podemos definirnos más que como indefinidos y excesivos jugadores, que lanzados como dados a la mesa de la inmanencia, logramos reímos de sabernos risibles; cualquier otra posibilidad sería vacía. Lo señala Bataille: “La definición traiciona el deseo. Apunta a una cumbre inaccesible. La cumbre se hurta a la concepción. Es lo que es, nunca lo que debe ser. Cuando se la asigna, la cumbre se degrada a la comodidad de un ser, se refiere a su interés. Esto es, en la religión, la salvación —de uno mismo o de los otros (Bataille, Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte, Madrid, Taurus, 1984:121).

Pero la filosofía del exceso solo es para el hombre total, que se realiza gracias a una poética total, como la de El nacimiento de la tragedia, en la que Nietzsche integra las artes del tiempo (la música, la literatura y la danza) y el espacio (la arquitectura, la escultura y la pintura) en la escena trágica, donde el hombre mismo es una estética de la existencia. La puesta en escena del hombre total rompe con el ser fragmentado, que procede de la necesidad de actuar, especializarse, subordinado a cada instante a un resultado práctico, útil, anulando el carácter total del ser. Porque quien actúa sustituye su deseo por un fin particular, fragmentando la realidad y fragmentándose, pues todo actuar es limitado, especializado. La existencia total —­­para Bataille— solo deviene superando el “estado de acción”, que hace del hombre un militante, un amante o un poeta, un ser inconcluso que limita sus deseos, y que aprovecha útilmente el tiempo para ir hacia un fin prefijado, al que a falta de un nombre más adecuado, llama vida.

Para poder mantenerse en el deseo de totalidad es preciso negar el obrar, con el fin de conseguir esto o aquello, pues a la vida total solo se llega si se desplaza e incluso si se anula el objetivo. La totalidad solo se desborda a través de negaciones infinitas de lo particular (lo fragmentario). La libertad no es la lucha contra una opresión particular, sino el ejercicio positivo de la libertad, siempre del lado del mal, de una poética del erotismo del lenguaje, el decir imposible, la risa, el arte y la fiesta. Pues “Nadie vio nunca a nuestra existencia en el tiempo otra solución que la fiesta. ¿Una apacible felicidad que no acaba jamás? Solo una alegría que estalla tiene fuerza para liberar” (Bataille, Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte, Madrid, Taurus, 1984:173-174).

La totalidad es una exuberancia, un deseo vacío que se consume por consumirse, sin una tarea precisa que cumplir, en bien de la ciudad, una iglesia, un partido, cuyas metas nos mantienen muy atareados en un solo trozo del mundo. Solo después de excedernos hasta la muerte, podremos decir con Bataille: “Me gusta esta frase de un explorador —escrita en los hielos—, cuando moría: ‘No lamento el viaje’ ” (Bataille, Sobre Nietzsche. Voluntad de suerte, Madrid, Taurus, 1984:161).

La búsqueda de la totalidad nos coloca más allá de un solo sentido, que plantea la apertura del sinsentido que somos, insuperable, pero que se enmascara con la acción, el objetivo, el fin último. Porque no hay un sentido definitivo, un significante que defina nuestro ser con un significado, pues somos pluralidad imposible de suprimir. Más allá una lógica enana que rechaza lo falto de sentido, es posible concebir que nuestro sinsentido está en que somos libres de sentido, polisémicos, tan locos como Dios: poéticos. Con Bataille se trata de olvidarse del sentido y entregarse al sinsentido, para desatar todos los nudos del juicio —que es meta y actividad— hasta llegar a ese ser total que se angustia, desespera, que es rebelión desnuda, cuestionamiento de la certeza, imperio de la razonable sinrazón. Porque la pregunta de Descartes “¿Estoy dormido o estoy despierto?”, acompañada de Bataille, la tengo que responder así: Estoy despierta y sigo soñando. Y a la ética kantiana, que no deja ningún lugar para el deseo y la pasión, es preciso recordarle, como lo hace Bataille, que: “Nadie imagina un mundo en el que la ardiente pasión dejara de turbarnos definitivamente… Por otra parte, nadie considera la posibilidad de una vida desligada por siempre de la razón” (Bataille, Las lágrimas de Eros, Barcelona, Tusquets, 1981:35).

Bataille es una experiencia desamparada, a cuyo cráter se asoma solo quien sabe que ya ha agotado todas las posibles vivencias, y que no hay más vigor ni más virtud (vir, fuerza), que para desordenar el aparente orden, donde las únicas reglas del juego se resumen en el desacuerdo, el disenso, la polémica y la crítica. Ya no hay más voluntad de poder, solo queda la voluntad de suerte, tirar los dados a la mesa del azar, porque la vida es una fiesta inmotivada, como en Ecce Homo, una orgía perpetua que trasciende cualquier fin moral, político o religioso.

Hay que dar un paso hacia una desrealización del mundo, rumbo a la poesía, que con sus desquiciadas palabras nos hace entrar en trance y perder el hilo de Ariadna, para saber que la vida es un juego laberíntico, que no puede ser puesto en función de… pues tendríamos que suspender el vuelo y obligar al alma a arrastrase cual reptil. Estar a merced de la suerte significa la alegre aceptación de la locura que a cada cual nos toca, para aceptar nuestro clamor en el desierto, en cuyo silencio se pierde el grito, y donde cada instante no está motivado. Pues Bataille no busca una salida porque no la hay; su único recurso es la suerte: que se juega en el límite entre la conciencia luminosa moderna y el poético inconsciente romántico.

Solo nuestra parte poética y maldita puede conducirnos hacia la libertad, el abandono, la negación de la servidumbre, pues no hay más consuelo en el reposo que anula la pasión, solo el encuentro detonante y desgarrado entre (nos)otros, que al comunicarnos mata, porque somos abismales, inacabados, como el lenguaje: “La comunicación exige un defecto, una ‘falla’; entra, como la muerte, por un defecto de la coraza. Pide una coincidencia de dos desgarraduras, en mí mismo y en otro” (Bataille, El culpable, Madrid, Taurus, 1981:39).

Bataille es una invitación al caos, como la incitación de la Gaya Ciencia, que rompe las órbitas de los astros, por el goce desbordante de descentrar al yo a través del otro, haciéndonos cósmicamente responsables, sin necesidad de descargar las penas en Dios, pues el solo suponer su muerte, desde Nietzsche, es una victoria sobre nosotros mismos. Ya que sin Dios no se puede esquivar la suerte, la búsqueda de lo indecible, la experiencia imposible, el límite de lo inalcanzable, el deseo incalmable del amor, pues no somos más que dos agujeros que nos derramamos sin colmarnos: “[…] ardía de amor. Me sentía limitado por las palabras. Me agotaba de amor en el vacío, como frente a una mujer desnuda y deseable, pero inaccesible. Sin siquiera poder expresar un deseo” (Bataille, Lo imposible, México, Premia, 1979:152).

El pensamiento de Bataille puede ser una de las más peligrosas filosofías, porque sugiere —como la voluntad de poder— un peligro para la vida, un reto a vivirla. Pero, ¿qué otra forma habría de hacer filosofía para Bataille? Ninguna otra, pues se trata de una experiencia interior amenazante, donde el mar se funde con la tierra en una impensable hecatombe. Estamos ante una filosofía que no tiene sentido discutir, porque se extralimita, nos enriquece y nos arruina, pues propone la renuncia al estar del Estado, a la existencia, segura, el familiarismo y la comodidad.

Ponerse a jugar y en juego es entregarse a un discurso que se excede, que va más allá del saber absoluto, el sistema y el mismo lenguaje, y que llega a maldecir hasta la poesía, por impotente, en su ilimitada búsqueda de lo indecible: lo imposible, la continuidad en ser, la comunicación… No es juego solipsista; somos eslabones interminables que nos continuamos unos en otros la experiencia del éxtasis, el límite de lo sagrado, lo erótico. Porque lo que está en juego es la comunidad, que es una comunicación maldita, transmitida por contagio a través de una epidemia maliciosa, para la que no hay cura, ni refugio para el miedo, a menos que se acepte renunciar a la azarosa cumbre del deseo. Probar la suerte es experimentar el límite del absurdo, donde se puede ser ángel o demonio, según la intensidad de la transgresión del universo.

III
El erotismo —advierte Bataille— que es transgresión y violencia, irracionalidad y disolución, se opone al mundo del trabajo, el orden, el interdicto y la razón, que pesar de que parecen ser dos polos irreconciliables, van de la mano. El hombre va y viene de uno a otro polo con su vida desgarrada, puesto que el trabajo es parte de su sustento, y la violencia un exceso propio de su ser: “De forma general, sucede que humanamente la suma de energía producida es superior a la suma necesaria para la producción. De ahí esa continua excesiva plenitud de energía” (Bataille, Lo imposible, México, Premia, 1979:67), que debe ser derrochada en la transgresión.

Los seres humanos no pueden obedecer eternamente, porque su energía no consigue liberarse en su totalidad en la razón, en el orden y el trabajo. Por ello, son exceso imposible de reducir; una violencia tan irracional como la naturaleza. El exceso emerge cuando la violencia se impone sobre la razón; en el momento en que la transgresión rebasa al interdicto, aunque nunca lo desapareceré, porque no habiendo noción de lo prohibido ya no tiene ningún papel el erotismo, conservándolo, según el momento hegeliano dado por el verbo aufheben (superar conservando). Como lo plantea Bataille: “La necesidad de quebrantar por lo menos una vez la prohibición, aunque sea santa, no por eso reduce a la nada su principio. Aquel que mentía torpemente, que, al mentir, pretendía que ‘la única cosa atroz’ era ‘la mentira’, tuvo hasta la muerte la pasión por la verdad (Bataille, La literatura y el mal, Madrid, Taurus, 1981:105).

La fascinación del erotismo, que es búsqueda de la continuidad, está en el atentado contra la interdicción, contra el orden y a favor de la violencia, que es un suplicio, el éxtasis, o la misma escritura caótica de Bataille, que comprometida con el erotismo —la poesía— llega a una experiencia límite, que va contra los cánones políticos del orden del lenguaje —comprometido con la razón institucionalizada.

Tomando el potlach como principio de la economía general que, como el psicoanálisis es antieconómico, podemos pensar, más allá de una economía del trabajo —sin excluir ésta— que una parte de la energía excedente se derrocha en el lenguaje, que no tiene ninguna utilidad, porque sobrepasa nuestros límites, pues es un desgaste, pérdida, desecho, destrucción, y que nos permite el poder de volvernos a extralimitar. El potlach es como la obra de arte, que no sirviéndole para nada al artista, ya no le pertenece más y la entrega a la colectividad, como un reto, como una invitación a que responda con un derroche mayor.

Gaston Bachelard nos comparte, en alguna de sus obras de poética, que hay una especie de complejo en el lector, que siempre se plantea: “¡Ojalá yo hubiera escrito esto! ¡Yo podría decir esto con mayor fuerza!” Un deseo —dice Bachelard— por la que se puede sostener que todos somos escritores, poetas, pintores, pues participamos del exceso del artista, el sacrificio y el asesinato de lo real. Aquí está también el deseo de plenitud, de continuidad en ser, como un fantasma, incitándonos a perseguir lo imposible. En cuya persecución nos encontramos por añadidura con la cultura. Lo aprecia Bataille: “Porque generalmente, en el sacrificio o el potlatch, en la acción (en la historia) o la contemplación (el pensamiento), lo que buscamos es siempre aquella sombra —que por definición no sabríamos alcanzar— que llamamos vanamente la poesía, la profundidad o la intimidad de la pasión. Forzosamente nos engañamos, puesto que queremos, a toda costa, alcanzar esta sombra” (Bataille, La parte maldita, Barcelona, Edhasa, 1974:117).

Para Bataille, lo aclaraba en Madame Edwarda: “[…] el exceso no puede fundamentarse filosóficamente en función de que el exceso excede al fundamento” (Bataille, Madame Edwarda, México, Premia, 1979:36). Porque estamos ante el ser que desborda los límites. De aquí que no podemos acceder al lenguaje excesivo más que a través de la poesía, el imposible decir, que se encuentra más allá, donde asistimos a la disolución de las palabras, o su consumación por la vía de la experiencia silenciosa: una poética del erotismo del lenguaje.

Pero decir lenguaje para referirse a la poesía es un error de principio, porque el lenguaje (ese que se dice articulado) no puede alcanzar los límites de lo imposible, más que renunciando a designar el mundo, aceptando ser pura evocación, interioridad del lenguaje, alma de la lengua. Porque: “[…] la comunicación íntima no utiliza las formas exteriores al lenguaje, sino fulgores solapados análogos a la risa (los trances eróticos, la angustia sacrificial, la evocación poética…” (Bataille, El culpable, Madrid, Taurus, 1981:159). De aquí que, la comunicación que se quiere transparente, certera, verdadera y total, padece de un residuo imposible de asimilar, una falla insuperable, tan imposible como la continuidad de los amantes, pues solo consiguen una parte del ser del amado y por instantes.

Bataille sabe, como lo sospechan Sócrates y Cratilo, que las palabras no permiten una mejor comprensión del mundo, ya que no salvan el abismo que se abre entre las palabras y las cosas, entre los interlocutores, que aunque aspiren no pueden alcanzar una objetividad ideal para el conocimiento, pues no son más que una fascinación exasperada hasta el colmo, el único recurso ilusorio de comunicarnos, de rescatar nuestro ser hecho jirones por el vendaval de la discontinuidad.

Porque el lenguaje es un juego a muerte, equilibradamente loco, una boda del cielo y el infierno, donde la presencia y la ausencia se unen en un orgasmo sin fin. Por ello se puede recurrir a Dios para acentuar su vacío, o apelar a una economía anti-económica que es un puro derroche improductivo, el vital erotismo que culmina en la muerte, o a una literatura que se suicida para poderse realizar hasta sus últimas consecuencias, en una escritura que es contraescritura y una filosofía que puede llegar a ser antifilosófica y maldita. Lo declara Bataille: “[…] Si fuese preciso concederme un lugar en la historia del pensamiento sería, según creo, por haber vislumbrado los efectos, en nuestra vida humana, del ‘desvanecimiento de lo real discursivo’, y por haber sacado de la descripción de esos efectos una luz evanescente: esta luz deslumbra, pero anuncia la opacidad de la noche; no anuncia más que la noche” (Bataille, La experiencia interior, Madrid, Taurus, 1984:205).

_____
De REVISTA LEVADURA (México), 20/06/2016

Imagen: André Masson, 1936 (para SACRIFICIOS, libro de Georges Bataille)

Thursday, December 14, 2017

Comandante Osama

CHRISTIAN JIMÉNEZ KANAHUATY

El Comandante Osama nació en 1956,  y por un tiempo vivió en Oruro. Pasó sus primeros años, aquellos que lo marcaron para siempre, entre las minas y la recolección de botellas de vidrio que luego serían vendidas a cambio de unas monedas. Los carritos de metal eran sus juguetes. La hoguera encendida en las noches y el kerosene que siempre faltaba en casa. Un padre que luego se supo que tenía otra familia en Cochabamba. El Comandante Osama dice que conoció a esa otra familia cuando él tenía diez años. Se fue a buscar al padre como un Juan Preciado que se desplaza de un campamento lleno de hombres a punto de morir por la enfermedad y la pobreza y se adentra en un valle lleno de futuro. Cochabamba luego de la revolución nacional de abril de 1952 era un lugar próspero, ligado al poder político nacional y lleno de actividad intelectual al interior de la universidad pública y en los bares y restaurantes cercanos se hablaba con igual pasión del fútbol y de la política.

En los albores de la década del sesenta el Comandante Osama no la tuvo fácil. Estudió en un colegio fiscal que se niega a dar el nombre, trabajó como cargador en el mercado. Luego trabajó como electricista y al final, consiguió trabajar como operario de maquinarias en la fábrica de calzados Manaco. Su padre había muerto a finales de los noventa. La familia que tuvo jamás aceptó la presencia del Comandante Osama, lo creían un fracasado. En comparación de sus hermanos que habían logrado ser bachilleres e ingresar a la carrera de Derecho, el Comandante Osama era la demostración de que el pasado siempre te persigue. Así que ya para aquellos años en los que la década de los noventa hizo que la ciudad de Cochabamba cambiara y dejara poco a poco su pasado de ciudad jardín para convertirse en una ciudad con pretensiones de modernidad, llena de cemento y grandes construcciones, el Comandante Osama dejó de visitarlos y empezó su consumo de marihuana y alcohol.

Intentó convivir con una compañera del trabajo, pero luego de breves meses, ella lo dejó. No pudo soportar que él no deseara nada de la vida. Para entonces algo había cambiado en el Comandante Osama. “Yo no leía. No veía mucha televisión. Aunque me gustaban las películas de acción, pero nada más. Así que mi vida era una pérdida de tiempo”. Pero algo pasó. Algo cambió y él tuvo su oportunidad de ver más allá: “Lo que pasa es que en las noticias ya habían cosas que estaban cambiando. Los campesinos salían a las calles. Mis hermanos mineros también estaban en la calle. Yo reconocía a algunos dirigentes que ya eran viejos y a sus hijos que habían crecido y me veía a mí y yo pensaba que yo no había tenido tanta suerte”. El Comandante Osama habla de la suerte como algo negativo porque piensa que de haber seguido en el campamento minero tarde o temprano hubiera ingresado al socavón y su vida hubiera seguido la línea fijada por la historia; habría conocido el sindicalismo trotskista, hubiera sido dirigente, hubiera, quizás logrado construir una familia. Pero no. Él tuvo que ir en busca del padre y se miró a sí mismo en una ciudad que no lo incluía y a la que él mismo no sentía como propia. Así que decidió emprender el regreso. Pero cuando estuvo a punto de irse descubrió que los años no habían esperado por él. Era el principio del nuevo siglo y nuevas revueltas sucedían. El dos mil había empezado con bloqueos de caminos en La Paz y un levantamiento cocalero. Pero esos momentos sólo revelaron el umbral por el que el Comandante Osama transitaría años después; al año siguiente el comandante Osama organizó la resistencia primero en la Avenida Blanco Galindo y luego, en la Avenida Aroma,  en plena guerra del Agua. Aunque Oscar Olivera no lo recuerda, el Comandante Osama dice que Olivera hizo bien al gestionar la creación de la Coordinadora del Agua. Y aun ríe cuando recuerda que en los días conflictivos de ese abril de 2001, vecinos y estudiantes universitarios que deseaban sumarse a la lucha contra el ejército pedían hablar con la señora Coordinadora. “Ellos creían que la Coordinadora era una mujer”, “Era complicado decirles en mis palabras que la Coordinadora éramos todos. Que no se trataba de sólo enfrentarnos con el gobierno, se intentaba frenar el alza del precio al agua, la privatización del recurso hídrico, como se dice, y luego para evitar que la empresa privada se apropie de lo nuestro”.

Osama no ha perdido la claridad de la demanda. No ha dejado que los años y sus miedos venzan a la esperanza de aquellos años, porque mientras más habla de esos momentos en que abril era el tiempo de la revolución, se nota en su voz que para él fue como volver a la vida. El Comandante Osama luego de la victoria de abril sobre la empresa internacional regresó a la fábrica, pero encontró represalias. Le bajaron el sueldo, le quitaron el seguro médico. Tuvo que renunciar. Hubiera podido seguir así un tiempo porque después de todo no dependía nadie de él. Pero pensó que lo mejor era renunciar y así lo hizo; pagó el alquiler de ese mes y se fue de la ciudad. Agosto de dos mil uno lo encontró viviendo en la ciudad de El Alto. Primero vivió en Villa Horizonte I, un barrio minero. Allí trabajó como electricista y después como taxista. Estuvo afiliado a la organización vecinal y recibió capacitaciones: Le enseñaron cómo hacer lectura de coyuntura política, le dieron clases de historia boliviana; le enseñaron los funcionamientos del capitalismo. Junto a muchos otros jóvenes y personas adultas él asistía a esas reuniones con la sed de los años lejos de todo conocimiento. Eran los momentos en que los primeros resultados del levantamiento zapatista recorrían América Latina y podía uno sentir esperanza, eran también los momentos posteriores a las revueltas de Argentina, era el tiempo previo a la guerra del gas.

En Bolivia nadie sabía lo que sucedería aquel octubre de dos mil tres. Lo que se sabía era que el neoliberalismo entraba en su faceta más crítica y que Bolivia no quedaría al margen. Fue imposible predecir cómo se resolvería la historia. Mientras tanto el Comandante Osama ya no se encuentra viviendo en Nuevos Horizontes I. Ahora vivía en la zona de Los Andes muy cerca de la Universidad Pública de El Alto (UPEA). A veces vendía libros usados con algunos amigos. En ocasiones vendía marihuana. Algunos meses volvía al taxi, pero ya no estaba solo.  Había encontrado una nueva pareja. Una mujer de su edad que vendía comida en la Feria 16 de Julio. Un poco antes de que decidieran vivir juntos llegó octubre. La Guerra del Gas lo encontró revisando periódicos para entender por qué pasaba eso. La venta de gas a Estados Unidos por medio de puertos chilenos había detonado una serie de reclamos de varias organizaciones y sindicatos. Uno de los motivos era que el precio de la venta del gas sólo beneficiaba a los compradores, otro de los factores tuvo que ver con la detención de un alcalde de una provincia aymara de La Paz; este alcalde había dado la orden de practicar justicia comunitaria contra un ladrón. La justicia ordinaria al enterarse de este hecho, ordenó la captura del alcalde, en su tercer día de retención, las juntas vecinales se levantaron pidiendo su libertad y el reconocimiento de la justicia comunitaria como parte del orden jurídico estatal. Un tercer factor fue el incumplimiento al pliego de peticiones de los campesinos. El gobierno había firmado algunos acuerdos tras el último conflicto y al no cumplirlos, la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB) organizó marchas y paralizó las vías que conectan Oruro con La Paz. En ese contexto el gobierno del entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada despliega un operativo militar para detener a los insurgentes. En el enfrentamiento mueren dos campesinos. Esto desata la velocidad del enfrentamiento. Y empiezan a ocurrir enfrentamientos militares contra campesinos y vecinos de El Alto. La ciudad de El Alto se encontró sitiada desde el nueve de octubre hasta el amanecer del 18 de octubre. Los militares entendían que uno de los focos de resistencia era esa ciudad, porque era la primera que se había levantado contra el gobierno, la primera que había dado su negativa a la venta del gas, la primera que estaba organizándose con la herencia de la lógica minera para resistir al gobierno que ya había ordenado que se corten el suministro de agua, electricidad y gas en esa ciudad. Así que el Comandante Osama organizó a los suyos: amigos y vecinos. Les indicó que debían poner vigilancia en cada esquina. Por las noches montaron vigilia por turnos. Pero también ollas comunes. La comida se prepararía y repartiría colectivamente; el Comandante Osama también propuso que debían hacer caer las pasarelas de la Avenida Juan Pablo II y de la Avenida 6 de marzo para que los militares con sus camiones y tanques no entraran en El Alto. Así se hizo. Esa fuerza descomunal quedó registrada en algunas fotografías y en algunos videos. Un grupo de no más de quince personas haciendo caer estructuras de concreto. El Comandante Osama propuso que un grupo de vecinos fuera hasta Senkata (la planta de distribución de gas) para apropiarse de ella y hacerse cargo de la distribución. Y aunque la medida parecía oportuna, no se la tomó en cuenta. No se pudo entrar en Senkata. Pero la movilización continuó y el Comandante Osama perdió a Alex (el amigo con el que pasó largas horas en esas capacitaciones había sido alcanzado en la cabeza por una bala militar). El Comandante Osama tuvo miedo de que le pasara lo mismo a él o a su pareja y decidió actuar de otro modo. Por las noches hizo su labor de inteligencia y su labor de resistencia. Y aunque murieron más de sesenta personas a lo largo de todo ese enfrentamiento y se registraron más de 500 heridos y un número indeterminado de desaparecidos, el Comandante Osama no perdió a alguien cercano otra vez. Cuando el conflicto terminó con la renuncia de Sánchez de Lozada y la convocatoria a una Asamblea Constituyente, la convocatoria a un referéndum vinculante sobre la política energética y la derogación de la Ley del Gas, el Comandante Osama sufrió otra pérdida. La pareja que tenía le dijo que ya no podía más. Quería irse de la ciudad. Ella había perdido a más amigos y familiares que él y no podía seguir viviendo en esa ciudad; pero el Comandante Osama no deseaba dejar El Alto, así que terminaron. Ella ahora vive en Santa Cruz, muy cerca del Plan 3000.  

_____
Fotografía: EL ALTO DIGITAL, octubre 2003

El tiempo

MAURIZIO BAGATIN

“Siempre hay tiempo para tener más tiempo” - Augusto Roa Bastos - 

Los hombres libres tienen siempre tiempo a disposición… pasear, hablar y hablar paseando, medio filosófico de maduración, medio biológico de crecimiento, medio poético de vivir - inocencia perdida con la última pincelada de Basil Hallward - nuestro destino y el tiempo, sin instrucciones ni fecha de vencimiento, a veces correr hacia dónde, a veces retroceder con la memoria; tiempos históricos y tiempos biológicos: el dátil que no dio fruto a su plantador, la mariposa que no verá el mañana. El tiempo es la historia que se fija en las huellas del carbono. Física y necesidad y voluntades en Benjamín Button, en La máquina del tiempo, en aquel viaje de Fogg y Passepartout… todo es tiempo relativo: ¡no es lo mismo pasar un minuto sentado sobre un calefón encendido que sentado en las piernas de una veinteañera!                                                                                                                                                                 
Mi abuela decía que hay más tiempo que vida…y yo me preocupaba en crecer a tiempo, en llegar a tiempo, en vivir sin destiempo…                                                                                                                      
A un niño le falta siempre tiempo para jugar, un adolescente no tiene nunca tiempo para ayudar, el joven lo ocupa durmiendo - ¡la vida dura dos días y uno lo pasamos durmiendo! - los mayores quieren más tiempo para trabajar, los viejos desean aún tiempo para poder vivir.                             

Tiempo, reloj de arena, días y noches infinitesimales, eternidad… ayer vivido… hoy viviendo… mañana por vivir. El tiempo, mito de los mitos, contenedor que en su vida acoge y nutre el devenir, se multiplica en la ilusión de las formas… divino para los egipcios, provincial en Heidegger, modernité gracias a Baudelaire… coagulado en lo posmoderno, antropoceno gracias a nuestra huella contemporánea. Tiempo antiguo, tiempo moderno… efímero y traicionero, bellaco y oportuno. Tardinero, coitoso. Puntual.                                                                                                                                                               
Tiempo, tiempo cuántico y tiempo logarítmico…la imperceptible venustidad del aleteo del colibrí, de la gota que consume la roca… no es el tiempo en faltarnos, somos nosotros que faltamos al tiempo, incapaces de saciarlo y de llenar los espacios interminables. Incapaces de percibirlo y de hacernos percibir, o captar su metáfora espléndida: extensio animae.                                                          

¿Qué es el tiempo? Nada. No puedes verlo, no puedes tocarlo, y sin embargo es tan grande que ni siquiera puedes destruirlo.
Noviembre 2017           




ANNALS OF GASTRONOMY/Let Me Count the Ways of Making Borscht

OLIA HERCULES

During my childhood in Ukraine, my family had only one way of making borscht. Place oxtail in a heavy pot with cold water and aromatics. Simmer for hours until the meat is tender and the stock rich and viscous. Add the skimmed fat to a frying pan to soften the smazhennia, a Ukrainian sofrito of diced onions and finely julienned carrots, until the natural sugars are drawn out. Then comes the acidity: juicy tomatoes in the summer; fizzy, funky fermented tomato purée in the winter; and, always, some julienned beetroot—not too much, and only the light-colored borshevoy buriak, which grow in the sandy soils of southern Ukraine. (“How can one use this ghastly red beetroot—it dies the potatoes red, everything red!” my late grandmother Lusia would say with deadly seriousness.) Boil large chunks of potato and red kidney beans in the broth until soft, but cook shredded cabbage only briskly, to retain a slight crunch. Season with dense homemade sour cream, salt-cured pork pounded with garlic and salt, or, if you’re old-school, umami-rich powders made from pulverized sun-dried tomatoes and gobies, a bull-faced fish found in the Sea of Azov. The soup must be thick, so the spoon stands up straight. Garnish with handfuls of dill, fermented in winter. Rye sourdough or garlic pampushky bread, and often whole spring onions and hot red chilies in the summer, are to be bitten into between each spoonful.

It wasn’t until I reached adulthood that I realized that borscht could be made another way. I was just out of graduate school and working as an assistant Russian literary translator. My main work was on classics—Pushkin’s “The Captain’s Daughter,” Platonov’s “The Foundation Pit”—but my mentor also translated smaller articles on the side, and when he didn’t have enough time to take on new assignments he would send them my way. One day, an unusual one arrived in my in-box: a study, conducted by a Russian academic, on the history of borscht. I don’t remember all the details of the article, and my translation has been lost to time, but one description stayed with me: borscht in the early nineteenth century, made for the Russian tsar, consisted of three stocks blended together—one of veal, another of morel mushrooms, and a third of goose and dried prune, with sour cherries used for acidity instead of tomatoes, which were not yet common in Russian cooking. This sounded like the most luxurious foundation of a borscht I could imagine—both worlds apart from my family’s version and somehow similar, a balance of meaty and sour and sweet.

In the years since, I’ve become a chef and cookbook author, and in researching varieties of borscht I’ve discovered an astounding range of preparations. The soup is eaten everywhere in Eastern Europe, from the formerly Prussian Kaliningrad, where Russia now meets Poland, all the way through the Caucasus, and extends into Iran and Central Asia, finishing somewhere out by the eastern island of Sakhalin, near Japan, or the Kamchatka Peninsula, near Alaska.

In Poland, for instance, they cook a soup in the Ukrainian style, but also make a thinner Russian one and a gorgeous Christmas version, an elegant and clear bright-red consommé with delicate dumplings called uzska (ears), filled with porcini or wild mushrooms and sauerkraut. For sourness, apples are often added to the stock, just as unripe Mirabelle plums and apricots are used in some parts of Ukraine and Romania. In deep winter in Poland, Ukraine, and the Baltics, zakwas, a fermented liquid made with beets and other aromatics, is the foundation of choice. In Moldova, where maize is king, a fermented starter is sometimes made with polenta and bran water infused with sour cherry leaves or even young cherry branches, to cut through a fatty pork stock. Georgians and Azerbaijanis, as always, put their own delicious spin on things, adding either fresh, chopped red chili or hot chili flakes and lots of chopped fresh cilantro and dill.

Beef, well-marbled and on the bone, is one of the most cited sources for stock-making, but pork stocks seem to have the most variations, with versions made of anything from simple fresh cuts to smoked ribs, ham hocks, and sausages in Hungary and Poland to crunchy pork ears in Ukraine. Lacking pork or beef, you can always use a wiry rooster; its tough meat might stick between your teeth, but its bones will help to create the most flavorsome of broths. The only thing I haven’t encountered to date is a seafood-based borscht. Maybe one exists in Kamchatka, home to the world’s largest crabs and other oceanic delicacies? If you have a recipe, please, do speak up.

More surprising than the many carnivorous varieties is the overwhelming number of vegetarian recipes, born of scarce times when people had to make do without meat. Root vegetables like celeriac, parsnip, and turnips were often used to give flavor and body, and dry mushrooms were popular in forest-dense areas. In spring, across Eastern Europe, those heavy tubers would be swapped for young beet tops, sorrel, wild garlic, nettles, soft herbs, spring onions, or garden peas, all of which would contribute to a widespread creation of a completely different, gentler soup called green borscht. It is fresh and zingy, enriched with a garnish of chopped hard-boiled eggs. Ice-cold bright-red beetroot consommé, originating in Lithuania, but also popular today in Poland, is garnished with chopped radishes and cucumbers to add the crunch and kefir or buttermilk for that desired sour note. For sweetness, among those who managed to escape the U.S.S.R., even ketchup has been adopted with glee.

Variations are dictated by the land, weather, and local traditions, but also by circumstance: people from different cultures intermarry; families are both willingly and forcibly moved. In my sixteen years in the U.K., I have often heard stories that begin with “I’m Czech, but my Crimean Jewish grandmother . . . ”; “Our borscht in Mennonite Manitoba by way of western Ukraine is . . . ”; “My Iranian dad loved this version of my Russian mother’s borscht . . . ” In recent years, my own father started grating ginger into his borscht, convinced that my five-year-old son, who is half Thai, might prefer it with an Asian twist. It turned out that dad’s gingery addition did not spoil the soup. It just added a subtle hint of warmth, so appealing that I, too, now add some to my pot. I still, however, always seek out the paler “candy” beets, fearful of what babushka Lusia would say if she ever saw that my borscht potatoes were dyed that screaming purple-red.

_____

Babushka Lusia’s Ukrainian Winter Borscht
Serves four.
4-5 lbs. oxtail
2 onions
3 large carrots
1/2 celeriac or 2 stalks of celery
4 allspice berries, roughly crushed
10 peppercorns
2 bay leaves
2 beetroots, peeled (preferably the pale variety, but the red kind will do)
1/2 small green cabbage, sliced
14-oz. can chopped tomatoes
14-oz. can red kidney beans
4 medium potatoes, peeled
1 clove garlic
1/2 bunch dill, chopped
Sour cream or crème fraîche to serve (optional)

  1. Fill a large pot with cold water. Halve one onion and add it to the pot. Roughly chop two carrots and the celeriac and add them, along with the allspice, peppercorns, and bay leaves. Add the oxtail and a good pinch of salt.
  2. Bring the water to the boil. Skim the froth and discard it. Turn the flame to low and simmer the stock for two to three hours, until the meat separates easily from the bone.
  3. While the stock is simmering, peel and finely dice the other onion. Roughly grate the remaining carrot. Cut the beetroot into matchsticks.
  4. Skim some of the beef fat with a ladle off the top of the stock and pour it into a large frying pan. Turn the heat to medium and wait for the fat to start sizzling. Add your onion and sauté it gently, stirring from time to time, until it softens and starts to caramelize. Then add the carrot and cook for about five minutes. Season with salt and taste—it should be well-seasoned.
  5. Add the beetroot to the pan and cook for a few minutes. Finally, add the tomatoes, cook for a couple of minutes, and taste. If it tastes too sour, add a pinch of sugar.
  6. Drain the beef stock into a large bowl. Reserve the oxtail, but discard the rest. Pour the stock back into the pot with the oxtail.
  7. Add the contents of the frying pan to the stockpot with the potatoes and cook for seven minutes over medium-high heat. Then add the cabbage and cook for another three minutes. The potatoes should be soft and the cabbage al dente. Finally, grate the garlic straight into the pot and give it a vigorous stir.
  8. Serve the borscht with plenty of chopped dill, some sour cream on the side, and some good-quality bread for dipping. The soup will taste even better the next day.
_____
  • Olia Hercules is the author of two cookbooks, “Mamushka” and “Kaukasis: A Culinary Journey Through Georgia, Azerbaijan & Beyond.”


_____
De THE NEW YORKER, 07/12/2017

Imagen: Growing up eating a Ukrainian version of borscht, rich with oxtail meat and beets, I knew nothing of the soup’s astounding variations.
Photograph by Joe Woodhouse


Tuesday, December 12, 2017

Anatomía de un batán

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Retorno a los primeros años. No guardo muchos recuerdos de la casa antigua del pueblo en que vivíamos. Un par de habitaciones austeras, una pequeña huerta de viejos durazneros y manzanos donde se llevaba la flor el frondoso ciruelo que año tras año se cargaba de frutos amarillos hasta reventar sus brazos. En medio del patio, al lado de un moribundo duraznero, yacía una azulosa y aparatosa roca donde mi madre solía machacar todo tipo de granos, tubérculos, ajíes y demás insumos para la cocina.

Siendo el mayor de los hijos, desde muy chico aprendí a bambolear la media luna –es justo decir que muchas veces se me cayó el pesado armatoste para un lado- y me encantaba ese ruidito de los locotos y tomates siendo aplastados, pero que a veces sufría el contraataque de un salpicón directo a la cara o a los ojos para padecer el ardor que apenas se iba con abundante agua. De ahí que tenía la precaución de usar un cuchillo para raspar e ir juntando la pasta resultante en vez de hacerlo a mano pelada como acostumbran las curtidas mujeres del campo. La llajua, esa potente salsa, con ramitas de suico, desde luego, era mi gran tarea a la hora del almuerzo.  

En todo pueblo valluno, nunca falta un batán cerca de una cocina o fogón de leña, hasta en la vivienda más humilde se puede encontrar una roca plana para tales menesteres. Como tampoco debe faltar en los poblados amazónicos, su contraparte, el tacú o mortero de madera. Las mujeres campesinas son tan diestras en su manejo que pueden pasarse horas sentadas en un banquito efectuando la molienda ancestral de granos de maíz, el ají colorado para el picante de gallina, el choclo para las humintas, el maní crudo para una rasposa pero suculenta sopa. Qué no se puede moler en un artefacto tan útil como este. Recuerdo, como si fuera ayer mismo, que tenía la costumbre de juntar las durísimas habas tostadas y, a veces porotos,  para pulverizarlos hasta donde se podía y luego al llevarme a la boca todavía podía sentir el picor de los locotos impregnado en la superficie.

Un batán que se aprecie completamente consta de tres piezas: la roca madre, la chancadora o trituradora (increíblemente he olvidado su denominación popular) y el mork’o, esa bola pétrea que debe caber en un puño para faenas más menudas y precisas: una mano hábil martaja el charque a buen ritmo antes de destinarlo a la sartén. Los chuños y las papas runas deben aplastarse uniformemente para espesar un buen caldo. Las anaranjadas papalisas han de ser machacadas para sazonar la sopa y servirse con cilantro picado que se me hace agua la boca. La llajua de maní tostado es otra cosa, como infaltable maridaje de anticuchos cuyo olor tortura desde lejos.

Mírenlo ahí,  sobriamente levantado en un rincón del patio. Un retazo de pueblo incrustado en la ciudad. Un anacronismo que resiste incólume el paso del tiempo. Para lo que haga falta. Ni un ejército de licuadoras, procesadoras de alimentos y multifuncionales robots de cocina podrán suplir sus sencillas funciones. Y, sobre todo, jamás podrán imitar el inconfundible sabor a piedra. Que es el sabor de la nostalgia o lo que se le parezca.

_____
De EL PERRO ROJO (blog del autor), 13/07/2016

Rise of the Roypublicans

CHARLES M. BLOW

If Alabama voters on Tuesday elect Roy Moore to the Senate, the Donald Trump-diseased party once known as the Republicans may as well call themselves Roypublicans.

There will be no way to shake the stench of this homophobic, Islamophobic, sexist, racist apologist and accused pedophile. He is them, and they are him. Any pretense of tolerance and egalitarianism, already damaged by a Republican history of words and deeds, will be completely obliterated.

There will be no way to simply say that Moore is the abominable outgrowth of Alabama voters’ anger.

Moore has been fully endorsed by the Republican “president” of the United States, the leader of his party, and is now fully supported by the Republican National Committee. Last week, R.N.C. Chairwoman Ronna McDaniel told CNN: “The president has said we want to keep this seat Republican. The R.N.C. is the political arm of the White House, and we want to support the president’s agenda.”

The pre-Trump Republican Party is dead; The zombie Trump party now lives in its stead, devoid of principle, feasting on fear and rage, foreign to moral framing.

Trump was the gateway to the Roypublicans.

When supposedly religious conservatives were able to look past Trump’s bullying, his clear lack of religious conviction, his appearance in pornos, his lying, his provocations to violence, his adultery, his three marriages and his professed — taped — propensity for sexual assault, they became blind to bawdiness. That was when the hands that toted the Bibles stopped toeing its line.

Now, unmoored from any fundamental morality, Republicans have a situation where a professed horndog is boosting an accused pied piper.

Republicans have surrendered the moral high ground they thought they held, and have dived face-first into the sewer.

The Trump agenda is the Republican agenda: hostility to women and minorities, white supremacy and white nationalism, xenophobia, protectionist trade policies, tax policies that punish the poor and working class and people living in blue states.

Trump is a white man on a white stallion fighting to preserve white culture and white power. People who support this point of view and cheer the Trump charade forgave his failings because they believed so deeply in his mission.

Even the orchestration of Trump’s weekend appearances was replete with the symbolism of racial disdain.

Does Trump not believe that observers register the compounding offense of showing up to deliver a speechat the opening of a civil rights museum — already offensive because of Trump’s history, rhetoric and policies — a day after holding a political rally for a man who holds forth the days of slavery as halcyon days?

When asked by one of the only African-Americans in attendance at a September campaign event in Florence, Ala., what Trump means when he says, “Make America Great Again,” Moore responded in part:

“I think it was great at the time when families were united, even though we had slavery, they cared for one another. People were strong in the family.”

Yes, that’s an actual quote.

United, strong families in which people cared for one another, huh?

As one Southerner to another, Roy Moore, let me tell it to you the way the old folks used to tell it to me: Let me learn you something.

Slavery was no respecter of the family. Mothers were frequently, and without warning, sold away from children and vice versa. When marriage among slaves was allowed it only existed at the so-called masters’ discretion, as partners could easily be sold away from each other.

And sexual harassment, sexual assault and even rape were routine acts of horror visited upon the bodies of enslaved women and girls, often by the so-called masters who were married.

See folks, this is how racism’s reasoning works: It requires a revisionist view of history, with stains removed and facts twisted. It strips away ancestral horror so that the legend of the lineage can be told as hagiography.

The sheer audacity of this historical lie, the depth of the deceit, is galling and yet it is clear that fabulists and folklorists have so thoroughly and consistently assaulted the actual truth, that this bastard truth has replaced it for those searching for an easy way out of racial responsibility.

If you can’t deal with it, lie about it.

Slavery was unfortunate, but tolerable. It was brutal, but people were happy. Enslavers were wrong, but their families were strong. These are all lies racists tell.

The same thing is happening with Roy Moore. These Republicans are willing to sacrifice Moore’s then-teenage accusers, because they believe in his fundamentalist zealotry.

That is a defining feature of these modern Republicans: contorted moral rationalization.

Polls in Alabama are tight, but Moore is seen to have momentum. The Republican Party is approaching a moment of reckoning, which traditional Republicans are dreading. Other Republican voters remain defiant.

If Roy Moore is elected to the United States Senate, Trump will solidify his position as the author of the rewritten conservative. He will have led to the rise of the Roypublicans.

_____
De THE NEW YORK TIMES, 11/12/2017

Imagen: Roy Moore at a rally in Fairhope, Ala., last week. Credit Emily Kask for The New York Times

Monday, December 11, 2017

Honestidad poética

JORGE MUZAM

La poesía no es fanfarria, ni plumas de pavo real, ni galardones, ni insoportables poetas borrachos con aires de divos. La poesía no es únicamente Neruda ni soñadores inútiles jugando a la ruleta rusa. No es creerse distinto, ni incomprendido, sino sentirse parte del todo complejo. La poesía es tan dolorosamente usual, tan dichosamente rutinaria, que no hay que escarbar demasiado, porque rebuscarla conduce a un precipicio artificioso, a un profundo pozo de insipidez.

En esencia, la poesía es honestidad, sólo honestidad.

_____
De CUADERNOS DE LA IRA, 12/2016

Fotografía: Joel-Peter Witkin/Head on a Stick-What is Poetry When We See So Little, 2002