Monday, December 10, 2012

"LA VIOLENCIA LOS ESPANTÓ DE LA SELVA: La triste historia de los Nukak-Makú, la única etnia nómada de Colombia"

Armando Neira


Cae un chaparrón que todo lo nubla, que entristece la selva; 76 indígenas, entre ellos 27 niños, 14 micos y tres fogones de leña encendidos; los hombres hablan una lengua extraña. Están en la finca Aguabonita, de San José del Guaviare; allí fueron llevados tras su llegada el 26 de marzo de 2006; llegaron desnudos, exhaustos y muy asustados; venían huyendo desde Tomachipán, a nueve horas en lancha voladora por el rio Inírida.
¿Por qué los expulsaron de allí? ¿Qué fue lo que vio este grupo de inocentes indígenas?: es difícil hallar la respuesta, porque apenas algunos balbucean palabras en español, pero en sus miradas se adivina el terror; según se pudo entrever, les pasaron cosas incomprensibles.
La etnia Nukak-Makú es el último grupo nómada que existe en Colombia; a pesar del inexorable genocidio se aferran a su cultura; dedican sus jornadas en recorrer la manigua, llevando por equipaje su chinchorro para dormir, la cerbatana para cazar y los canastos para recoger los frutos de la selva, así han sido siempre. Muchos años atrás disponían de la selva entera, pero en los últimos tiempos, los colonos primero y después la guerrilla los fue cercando.
De acuerdo a una de las versiones, lo que les ocurrió no es para nada complejo, si lo miramos con los ojos de la “civilización”; ellos, que no conocen el concepto de la propiedad privada, estaban recolectando sus frutas, en un lugar de propiedad de unos colonos que los acusaron de robo; los terratenientes acudieron a las Farc, que en esa región fijan las leyes y dirimen los conflictos. Los guerrilleros no dudaron: entre unos indígenas y unos colonos de su base social, la escogencia era clara: los Nukak-Makú fueron expulsados, de lo que ellos creían, les pertenecía.
Otra versión es menos inocente: los indígenas encontraron con uno de los campamentos donde las Farc mantienen a sus secuestrados; esto se infiere de las palabras de algunos de los Nukak: “Hombres malos”, “armas”, “hombres amarrados y tristes”. Esto concuerda con testimonios, casi en secreto, de pobladores de Tomachipán, que dicen que en esa región están varios cautivos.
¿Puede servirle a alguien que un grupo Nukak-Makú tenga esta información? Para nada, porque la noción de punto fijo no existe para ellos; y para nadie en Colombia es una revelación que los secuestrados están cautivos en lo profundo de las tinieblas donde el sol no logra penetrar las copas de los arboles. Sin embargo, las Farc los persiguieron y los amenazaron con matarlos si no se iban. Los indígenas dejaron atrás esos territorios de sombras y salieron a las llanuras.
Los 76 indígenas emprendieron la huida; a pesar de estar acostumbrados a caminar a través de la selva, en esta ocasión la experiencia fue muy dolorosa porque iban con miedo y en pos de un destino incierto. La última etnia nómada del país y una de las pocas existentes en el planeta, de la noche a la mañana, se había transformado en un grupo más de desplazados del conflicto colombiano.
Entre los que llegaron a San José iba una mujer embarazada que tuvo a su bebe en el hospital. Según su cultura y la tradición, cuando una mujer va a dar a luz, se interna en la selva acompañada por sus compañeras y allí tiene a su bebé entre el follaje; nada más diferente y extraño para ellos del parto que se vivió esta vez.
Los habitantes de San José no sabían qué hacer y reaccionaron como lo hacen todos en la solidaridad: les dieron ropa, bebida, comida, como frijoles y lentejas, juguetes para los niños. Los Nukak-Makú son un grupo pacifista, ingenuo y agradecido, por eso recibieron todo, pero después no sabían qué hacer con todo ello.
El problema no sólo es para ellos, sino también para el Estado y la sociedad, que tampoco saben qué camino tomar. ¿Qué va a pasar a mediano plazo?: la respuesta es muy compleja porque lo más contraproducente puede resultar seguir brindándoles cuidados paternalistas; a la vuelta de la esquina es probable que pierdan su condición de nómadas y su principal activo cultural se extinguiría.
De todas maneras, este es un problema que lleva mucho tiempo; la extinción se hizo visible hace casi 20 años, cuando los Nukak-Makú tuvieron el primer contacto con los colonizadores del Guaviare.
En 1988 irrumpió en Calamar otro asentamiento urbano del Guaviare, un grupo similar de 50 personas. La diferencia en aquel entonces era que no se trataba de un grupo mixto, sino de sólo mujeres con sus niños; como en este ocasión, arribaron desnudas, hambrientas y a punto de desfallecer; fue la primera vez que el país tuvo conocimiento de los Nukak-Makú.
De los 58 grupos indígenas identificados en Colombia, el último que había entrado en contacto se remontaba casi a dos siglos. El deslumbramiento fue mutuo, pues ellos también estaban sorprendidos al ver los carros, oír la radio, mirar televisión. Desde Bogotá, el gobierno nacional envió un grupo de especialistas para buscar una explicación.
Fue muy difícil porque la lengua que hablaban era incomprensible hasta para los astrólogos más avezados. El impacto de la noticia tuvo repercusión mundial; unos misioneros estadounidenses se comunicaron con las autoridades y manifestaron que conocían de esta etnia y entendían algo de su lenguaje y su cultura, pues años atrás habían estado con ellos tratando de evangelizarlos.
Las mujeres dieron a entender que buscaban a sus hombres y que iban en dirección al occidente porque una de sus ancianas había tenido un sueño en el que les indicaba que siguieran hacia allá. El gobierno entendió entonces que se trataba de una comunidad nómada y que lo mejor era regresarlas al sitio de donde habían partido para que ellas fijaran su destino; las llevaron en un avión hasta Mitú, en Vaupés, y de allí a lo profundo de la selva en donde se sabía que había otro grupo de la familia Makú.
Sin embargo, meses más tarde, las mujeres con sus niños volvieron a aparecer, peo en esta ocasión, en Mitú; seguían buscando a sus hombres; habían hecho la ruta bordeando el rio Vaupés; nunca se supo el destino de ellas, pero la experiencia sirvió para que los Nukak-Makú entendieran que si bien en otras culturas había hombres malos, igual había otros buenos.
La historia de que las habían cuidado, de que las habían llevado a volar y de que les habían dado de comer, corrió entre ellos y decidieron salir definitivamente.
Lamentablemente lo que encontraron fue una realidad atroz: primero fue su encuentro con las Farc, luego con el cultivo de la coca, que se iba extendiendo como una plaga y, finalmente con los paramilitares que llegaron a expulsar a la guerrilla. Entre unos y otros, los Nukak-Makú quedaron atrapados; todos sacaron provecho de su inocencia: los propietarios de los cultivos detectaron que para esta etnia no había concepto del dinero, por lo que los alistaron de raspachines; los pusieron a recolectar hojas de coca y a cambio les daban galletas y gaseosa.
Luego los encargaron de cortar los arboles para quemarlos y sacar ceniza para el proceso de la cocaína. Como los Nukak-Makú son obedientes, lo único que había qué hacer, era enseñarles qué debían hacer.
En este proceso, los Nukak-Makú se fueron integrando a la sociedad de la peor manera posible; cada uno de sus sitios de movilidad se fue tiñendo de sangre que causaban los guerrilleros o los paramilitares.
Andar desnudos y con el pelo rapado para ellos eran dos cosas de suprema sabiduría; viven así porque andan por la selva y lo peor para ellos es la ropa ya que se humedece y en una caminata de tres días el cuerpo se llena de llagas. Y se cortan el pelo con las mandíbulas de las pirañas, pues en la selva estorba y se hace inmanejable.
Pero esa actitud tan natural e inocente para ellos, se convirtió en un señalamiento peligroso, que hizo que varias niñas desnudas de los Nukak fueran violadas. Los niños eran tomados por campesinos que los creían seres inferiores y se los llevaban con la pretensión cristiana de educarlos.
El proceso de extinción de esta etnia no ha tenido freno, la violencia no da tregua. La última página de esta historia se está escribiendo en San José del Guaviare: son 76 indígenas, el grupo más numeroso que se conoce; si desean seguir su rumbo, se encontrarán con que todo está colonizado y es propiedad privada.
Están cercados por una selva talada y los potreros no son su hábitat. Su mundo está en la selva, en donde pueden caminar libres y dormir donde les coja la noche. Lo peor es que ahora varios están enfermos, pues en su contacto con la civilización, se encontraron con la gripa y la tuberculosis, enfermedades mortales para ellos por lo desconocidas, pues jamás desarrollaron una defensa inmunológica.
Tal vez por eso es la tristeza de ahora, porque la tos les interrumpe su conversación en esa lengua tan extraña. Una conversación que no logra ahuyentar su profunda soledad.

Fuente: Revista Semana, 2006


Foto: Indígena Nukak-Makuk

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