Thursday, May 25, 2017

En la fiesta de Caballero Bonald

JAVIER YUSTE

"Escribo una vez más la gran pregunta incontestable: ¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?". Recita Caballero Bonald en su intervención durante el homenaje que le ha dedicado la Residencia de Estudiantes bajo el título "¡Por Caballero Bonald! Con él, en la residencia". El poeta se muestra emocionado y agradecido ante un salón de actos repleto, no solo de lectores y admiradores, también de amigos (entre los que se encontraban Ana Belén, Víctor Manuel o el político Alfonso Guerra) y colegas. Desde el púlpito, con el sombrero bien calado para no dejar a la vista "unas lesiones cutáneas muy poco presentables", según sus propias palabras, Caballero Bonald lee el último párrafo de unos de sus libros y conmueve al público con su inconfundible dicción andaluza. No son versos porque, aunque la organización le sugirió la posibilidad de leer un poema inédito, afirma que ya no tiene, que no ha vuelto a escribir ninguno después de su último libro porque "la poesía es una visita inesperada, no se sabe cuándo llega ni cuándo se va, y todavía no ha llegado esa visita". Por eso lee un párrafo de uno de sus libros en el que se considera que él mismo está "muy bien expresado por su carácter testamentario". Antes de esto, el escritor da las gracias a todos los participantes, sobre todo a los poetas que han subido al estrado para leer un poema propio y otro del maestro: Clara Janés, Antonio Lucas, Aurora Luque, Carlos Pardo, José Luis Rey y Javier Rodríguez Marcos. "Que me hayan ofrecido su tiempo y su poesía me supone una satisfacción impagable. Ellos son realmente los que constituyen la máxima altura de la poesía española actual", asegura Caballero Bonald.


El acto arranca sin embargo por el final, por Examen de ingenios, el último escalón de la obra del poeta de Jerez de la Frontera, o al menos eso asegura él. Publicado recientemente por Seix Barral, se trata de una recopilación de cien perfiles de personalidades de la cultura en español con los que a lo largo de los años tuvo algún encuentro el autor. Un libro que, de Azorín a Juan Gelman, repasa las sucesivas generaciones literarias, la del 98, la del 27 y la del 50, así como a célebres artistas, bailaoras, actores, guitarristas… En la Residencia el encargado de presentar el libro es el académico Manuel Gutiérrez Aragón que, cómo todo el mundo, empezó a leer el libro directamente por el perfil de Camilo José Cela. "Aquí la tentación principal es ver como se retrata el retratista después de hacer los retratos", opina Gutiérrez Aragón. "Aunque Examen de ingenios rebosa ironía y mordacidad, tanta que tiene miedo de haberse pasado, también es cierto que hay mucha seriedad y un gran trabajo detrás. Son retratos implacables, pero también únicos e irrepetibles como somos todos los seres humanos. Todos los textos están hechos con una gran cercanía, pero una cierta distancia". Para el académico, se trata de una nueva entrega de memorias que demuestra que la literatura de Caballero Bonald ha ido creciendo con el tiempo.


Tras Gutiérrez Aragón desfilan los poetas por el escenario. Clara Janés primero leyó palabras de Bonald sobre temas importantes como la vida, la literatura ("una defensa sobre las ofensas de la vida"), la política o la cultura para seguidamente recitar su poema La casa de Mazandarán y Causus belli del jerezano. Antonio Lucas aseguró que Caballero Bonald "es uno de esos poetas cuyos poemas suelen durar más que las ciudades donde fueron escritos y cuyo sedimento irá haciendo poco a poco placas tectónicas hasta sumar montañas para nuevas generaciones". Por su parte, Aurora Luque afirmó que le había enseñado que "la literatura es una cuestión de lealtad, de tormentosa fidelidad a las palabras, de enamoramiento de las músicas difíciles del idioma, de ardiente respeto hacia los poetas solventes de los ayeres y del hoy, de erótica codicia hacia los que son los escondidos en las aulas infractoras de las gentes, de búsquedas siempre insaciadas".


Carlos Pardo recordó que leyó por primera vez al maestro con 17 años y que en sus versos encontró "la capacidad para que nombrar la realidad fuera también nombrar lo irracional, nombrar los sueños, las pesadillas y sobre todo acosar ese lugar de incertidumbre que es la propia conciencia". José Luis Rey habló en nombre de los poetas de Córdoba, donde Caballero Bonald es "muy leído y admirado" y, por último, Javier Rodríguez Marco agradeció con bastante gracia no haber sido uno de los retratados en Examen de ingenios. "En este libro yo he encontrado rastros de Pepe en los retratados", explica Rodríguez Marco. "De Bergamín dice que era insolente con los bienpensantes, cortés con los humildes e implacable con los dogmáticos y Caballero Bonald también es así".


Para acabar, José María Velázquez Gaztelu recordó que el flamenco siempre formó parte de la obra de Caballero Bonald y presentó un emocionante fin de fiesta con el cantaor David Lagos y el guitarrista Alfredo Lagos. 

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De EL CULTURAL, 23/05/2017


Imagen: José Manuel Caballero Bonald. Foto: José S. Gutiérrez

De parrilladas y parrilludos

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

En mi vida habré acudido a decenas de asados, churrascos, barbacoas, parrilladas, o como gusten llamar, con sazones que nunca me han impresionado más allá de lo que se torna de agradable sabor cualquier carne cocida sobre las brasas. Los historiadores aseguran que nuestros primitivos antepasados descubrieron, casi por puro azar que, asomar a la hoguera pedazos de las bestias cazadas, trinchándolos en palos, significó un cambio trascendental en la forma de alimentarse. Que el suplicio de comer carne cruda se transformase en auténtico placer, por acción del fuego, fue la primerísima revolución humana. En medio de tanto jolgorio y después de llenar el buche, era normal que los primeros hombres se fueran de putas. De ahí que algunos moteles tienen habitaciones que parecen cavernas: para rememorar tiempos inmemoriales. ¡Qué tal, eh!

Desde entonces, reina la carne en nuestras vidas. Como bien sabemos, el veganismo y otras modas son solo eso, desabridas creaciones de inadaptados o de tipos crudos, más bien. ¿Oyeron lo último?...que hay gente que se niega a practicar el fornicio con gente carnívora. Que yo soy frugívora y tú eres ovívoro, por tanto no somos compatibles. Sexo a la carta, señores, que nos estamos poniendo quisquillosamente sibaritas. ¡Miren por dónde! 

Volviendo a lo nuestro, como arriba decía, en cuestión de parrilladas jamás me había portado como un sibarita y menos considerarme como tal. Por lego o porque no me daba la gana, simplemente no me nacía tiznarme los dedos. En tanto años apenas aprendí un truco para encender el carbón y dice así: se toma una botella (el envase, no el trago) y alrededor se le atan unos periódicos doblados en tiras, a continuación se la rodea de carbones en forma de montañita y ¡zas! se quita la botella con calma jalando hacia arriba; enciéndase el cerillo y en cuestión de minutos seguro que prende un buen fuego. Utilizar papel empapado en aceite o parafina de las velas para avivar la lumbre es hacer trampa, y tampoco es ecológico, ya que estamos en tiempos verdolagas.

Me había acostumbrado a ejercer seriamente el papel de invitado toda vez que tocaba asistir a estos festines. Me encantaba apoltronarme debajo de una sombrilla, en medio de un jardín a ser posible. El rito de la parrilla exige buen tiempo y mejor estado de ánimo. Acomodado en mi sitio devoraba mi pedazo de carne sin mayor obstáculo que la premura del tiempo. No hay peor disgusto culinario que el asado frio. Carne enfriada y con el interior todavía rojo, se lleva el apetito a otra parte, un verdadero desastre que sabe a cualquier cosa. Cuantas veces habré pasado por tales circunstancias, maldiciendo secretamente al cocinero por sus supuestos fallos, mientras procuraba pasar el mal rato probando los choclos, las yucas hervidas, el arroz con queso, la ensalada u otras guarniciones. Aunque para ser justos, recuerdo que en otras ocasiones la sazón estaba en su punto y, con el acompañamiento de un tinto raspando el paladar, la experiencia resultaba gratificante. 

El último fin de semana, como quien no quiere la cosa tropecé con uno de esos felices acontecimientos. Habían convocado a parte de la familia a reunirse en Sipe Sipe, para celebrar el cumpleaños de una tía mayor, prima de mi padre. Más por gozar del ambiente de campiña y aire despejado me dejé llevar como un corderito, ni siquiera pregunté por el almuerzo que en su honor servirían, supuse que sería algún plato favorito de la agasajada. Fue bajar del vehículo y descubrir junto a la sombra de un espléndido molle tres parrillas a punto de ser calentadas. Aquí huele a banquete, me dije, mientras se me borraba del rostro el último rastro de pesimismo. Ahí, en una mesita baja, yacían los cacharros de un dedicado chef asador, desde cuchillos varios, trinches, pinzas y tablas de picar. En medio, maduraba ya la carne únicamente con sal gorda. Al lado estaban las tripas precocidas, los chorizos parrilleros y retazos de ubre para ser tostados. Un poco más allá, descansaba un pollo entero (para quien estuviera con dieta blanca) que en un tris fue adobado a base de mostaza y limón por las manos expertas del cocinero. 

El hombre se movía con tanta diligencia, risueñamente concentrado en la labor, que me figuré que era chaqueño (los más capos en estas lides), empezando por la pinta (sombrero y mandil de cuero) y terminando en el buen talante que nunca perdía. Sabiendo que me encontraba frente a un experto me propuse no despegarme de su lado, para sonsacarle algunos conocimientos y aprender de una puñetera vez los rudimentos de un asado decente. Que fuera pareja de una de mis primas allanaba el camino en mi tarea de espionaje. Mientras tanto me hacía al que ayudaba acarreando carbones, moviendo la brasa o alcanzándole los utensilios. Fue entonces que me reveló el primer truco: ¿cómo se extiende el carbón?, me dijo una vez que éste adquiría el color blanquecino característico. Se despliega como una camita, respondí. Sí, pero no tanto, repuso, mientras barría con un palo las brasas más calientes a los costados, dejando el centro parcialmente desnutrido. Tomé nota para la posteridad.

A continuación,  depositó dos enormes pedazos planos de carne (corte pollerita o faldón) en una parrilla a altura considerable para que se vayan asando lentamente. Luego, de un frasco extrajo una salsa de consistencia pastosa con la que en una sartén mezcló concienzudamente las tripas previamente picadas. La puso sobre las brasas y de rato en rato revolvía el mejunje, y al final añadió trozos de pan para que se retostaran. Como casi todos los invitados estaban puertas adentro y nosotros en el patio, nos zampamos las tripitas a modo de aperitivo. Rompí otro de mis prejuicios al degustar aquella maravilla, una inesperada delicatesen que me supo a endiablado manjar. Nada que ver con las apestosas tripitas callejeras que, desde sus humos, saben a boñiga, de pasto, pero boñiga. El secreto estaba en la delicadeza de la limpieza, puntualizaron los que sabían algo del asunto, pero yo sospeché que el sabor definitivo lo ponía aquella salsa casera que, ni con mucha insistencia, el taimado chef me quiso revelar qué ingredientes contenía. Aventuro que tenía algo de mantequilla aquella fórmula ultrasecreta pero lo demás se queda en la nebulosa. 

Un rato después, ya se sentían los efluvios olorosos en el aire. Era tiempo de volcar las presas. Pero antes, el chef me puso al corriente de otro detalle interesante: del dorso de las carnes salían algunas burbujas rojizas, señal inequívoca de que había que dar la vuelta. Dicho y hecho, el maestro de la parrilla sabía lo que decía. Aquel tipo amaba su faena como un consumado artista. Promediaban las trece horas cuando llegó el tiempo de servir. En bandejas se despachó la carne cortada, casi en tiras, rumbo al comedor para que los comensales se sirvieran con arroz cocido y ensalada de tomates y cebollas, aliñada con evocadoras hojas de quilquiña. Desde luego no podía faltar la enjundiosa llajua, nuestra picantosa alternativa al aburrido chimichurri argentino. 

Ah, mucho me congratulo de haber sido un comensal de primera fila. A tiempo de que daba una mano de charla, era recompensado a cada rato con trozos, de cortes finos, jugosos hasta el infinito, que incurría en el vicio de chuparme los dedos. Al fin y al cabo no estaba en la formalidad de una mesa. Nadie me movía de mi sitio, de pie al borde de las brasas, apreciando los distintos cortes y sus sutiles diferencias, ya sea porque el asado era de junto al hueso o de debajo de una grasita que resaltaba el sabor. Así estuvimos un par de privilegiados (el chef, fiel a la tradición, apenas probó bocado) ejercitando la mandíbula a la manera gaucha, aunque faltaba el vino, pero bien valían unos oportunos roncolas (con mucho hielo y rodajas de limón de la huerta adjunta) que algún alma caritativa nos suministraba para sosegar las bocas saladas de tan privilegiados gorrones. Con la tenue brisa que el molle nos brindaba a manera de abanico gigante ya podía desmoronarse el mundo de su frágil equilibrio. ¡Salud!

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 24/05/2017

Las pirañas y los «eitis», Je me souviens*

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Je me souviens de la época en que escribí Las pirañas. La comencé a mediados de la década de los ochenta –felices, década prodigiosa– y la acabé cuando la farra empezaba a oler a chamusquina.
Me acuerdo de que un año antes de empezar esas páginas había colgado mi toga de abogado para siempre, o casi, porque aún me costó unos años sacudirme los últimos pleitos.

Me acuerdo de que para mí fueron los años de mis primeros libros –Trieste, Seix Barral, Anagrama–, años de luces y de sombras.

Me acuerdo de que fueron años de euforias, de proyectos culturales que dieron en nada o en poca cosa, de espectáculos, de mucho aborrecer «lo muermo», de agitación, de crímenes, de arrebuches económicos, de negocios sucios, de especulación salvaje, y en los que «el más tonto hacía relojes de madera», eso se decía mucho. Lo mismo el «hay pasta en el aire, solo basta…» y aquí se amagaba un cuco gesto con la mano en forma de cazuela.

Me acuerdo de que el país se sacudía el pelo de la dehesa como podía y florecían los gastrósofos, los filarmónicos, los taurinos, los catadores, los philosophes, los morrofinos y los hedonistas bulliciosos.

Me acuerdo de que la Transición invitaba a dejar los viejos uniformes de campaña en la consigna del otro barrio y apuntarse a la arruga es bella, en lo ideológico o de la mano de un estilista rompedor, o mejor de las dos cosas.

Me acuerdo de que las ejecutivas regionales del partido en el Gobierno eran trampolines olímpicos para dar en le gloria de las eléctricas.

Me acuerdo de que unos iban ya de mano y ganaban, y otros perdían nada más salir a la pista porque ya venían con una perdigonada de mala suerte o de impericia en el ala.

Me acuerdo de que las euforias y el «vivir la vida a tope» se llevaron a unos cuantos por delante.

Me acuerdo de que fueron los años de la perica a cucharadas soperas, del jaco, de las andadas mayúsculas, las comilonas, el estreno de la política profesional que a la postre beneficiaba despachos profesionales de todas clases, desde los que luego se compraban billetes de lotería premiados para enjuagar dinero negro.

Me acuerdo de que los promotores-constructores neoliberales, y feroces, antiguos maoístas, ORT o LCR-LKI, te hacían pagar la mitad de la compra en negro con una desfachatez mayúscula. Así lo vi y así lo recuerdo. Los corruptos estaban en su apogeo, forrándose y nadie parecía darse cuenta.

Me acuerdo de la noche en que uno de los protagonistas de la novela entró en el bar de la tribu al grito de «¡He descubierto que el mal y el bien ya no existen!» y pidió, feliz, un gin-tonic bien tirado.

Me acuerdo de los guardias de seguridad de una autovía del norte amenazada por ETA que llegaban de madrugada, borrachos, a la zahúrda que les servía de entre blasfemias y carcajadas y se les caían las pistolas por las escaleras. Era una empresa pufo, de socios fantasma, como tantas otras.

Me acuerdo de que había político del partido en el Gobierno que en sus fiestas regalaba hachís envuelto en un sobre de la Dirección General de la Policía…

Me acuerdo de la llamada de Pere Gimferrer que leyó las primeras páginas de borrador cuando yo estaba terminando Tánger bar en una habitación del Monasterio de Leyre…

Je me souviens, también aquí. Sería mejor un escueto inventario de recuerdo como meteoritos que un sesudo tratado sobre aquellos años cuyo oro pinta el tiempo de mugre, y que alcanzó su culmen en los despropósitos de la Expo 92 de Sevilla.

No me acuerdo como si fuera ayer porque no quiero, porque prefiero que fuera hace más de veinticinco años, porque las barracas de aquella feria esperpética cuelgan el cartel de «Cerrado por defunción», «Liquidación por derribo» o «Cerrado», a secas.

* Ejercicio a la manera de Georges Perec

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 25/05/2017

Wednesday, May 24, 2017

Recuerdos de la Lickana

PABLO CINGOLANI

Tito Saire, Señor de Cuarzos. Tito Saire, el último atacameño. Tito Saire, el mejor cateador del mundo. Evocarlo es evocar mundos perdidos, mundos olvidados, mundos que alguna vez sangraron, parieron, tuvieron vida. ¿Acaso eso no es escribir? ¿Acaso también de eso trata o debería tratar la literatura?

Rompiendo vanos siete silencios, vuelvo a revivir a Tito Saire, montaraz de arenas, Tito Saire, mago de las cordilleras, Tito Saire, el último hombre que soñaba con piedras, sólo con piedras, y esta restitución –que supongo fértil, anhelo feliz-, no sólo lo restituye a él, y su presencia ensombrecida en San Pedro de Atacama, sino que atiza esos mundos que se eluden, esfumados en la noche del tiempo, sacrificados al puñal de la codicia, sumergidos en el mar lacerante del olvido.

Pero extraer del fango de la memoria a Tito Saire también me restituye a mí, que lo escribo, buscando en ese más allá de uno que es la escritura, que alguna estrella vuelva a encenderse en el camino, alguna ilusión resista y recrudezca y despierten, una vez más, esos cencerros que claman y gritan que aún seguimos vivos.

San Pedro de Atacama, a principios de los 90s del siglo pasado, no era como ahora: un centro turístico, lleno de hoteles, de camas mullidas, de observatorios espaciales y de comodidades. San Pedro de Atacama era lo que había sido siempre: un puñado de seres, un rejunte de almas, arrinconados en un oasis prodigioso situado entre el desierto y la cordillera.

Era chango: había estudiado historia. Sabía de la existencia del padre Le Paige y su museo y las momias intocadas y también -residiendo en La Paz- había visto en el Museo Nacional de Arqueología de Bolivia –gracias a la gentileza del finado y amigo Freddy Arce- las tabletas para el consumo de alucinógenos que enlazaban a las culturas del desierto con la gran civilización de Tiwanaku. También sabía de las políticas de “chilenización” forzada contra los pueblos indígenas que había impulsado Pinochet.

Aquella vez, Eduardo M., un jujeño de la capital provincial, tenía una empresa de “export-import” (un eufemismo que solía encubrir, esos días, actividades de contrabando) y si no hubiera sido por él y sus afanes, andá a saber dónde andaría. Resulta que tuve la idea de lanzarme a un viajecito delirante, una travesía imposible (para mí): cruzar el paso de Jama caminando. Eduardo, aparte de sus trajines, era un tipo culto: amigo de Tizón, recitaba impecablemente a Borges mientras fumaba y manejaba por los desiertos helados más altos del orbe. Me recogió, de milagro, como solía ser todo en la puna y en mi vida aquellos años, en Susques. Atravesamos Jama, la inmensidad profunda y sin atenuantes de Jama, en su camioneta color turquesa, y gracias a sus efectivos y evidentes buenos contactos con las gendarmerías de ambos países, terminó dejándome, sano y salvo, en San Pedro. Allí, en una pascana, me presentó a Tito Saire. Un hombre solo que comía marraqueta con sardinas. Eduardo aseguró, desde la puerta, a punto de marcharse rumbo a Iquique: este hombre, Pablo, tiene un tesoro. Son sus historias.

Cuando nos quedamos solos, uno con otro, nos miramos a los ojos un largo momento. Los míos son azules, ¿y qué vería Tito Saire allí adentro? ¿El recuerdo del mar? ¿Lapislázuli? Los suyos, sus ojos, eran tan negros que se confundían con la penumbra del boliche, negros halcones, portadores de una vista privilegiada, capaz de “ver” a decenas de kilómetros. Ya lo anoté: Tito Saire, el mejor cateador del mundo. No tuve mejor idea para romper el hielo que decirle:

‒ ¿Te molesta si fumo?

Me miró como si le hablase en nepalí. Luego, disparó:

‒ A mí, lo único que me molesta es la falta de audacia. Mirá pibe (sic, lo dijo así), si vos llegaste hasta aquí, y con el amigo Eduardo, por algo debe ser. Así que nada, si querís fumar, fuma. Si querís, hablar, habla de una vez. Si no, hablo yo. A mí me gusta hablar, ¿sabés?, aunque por estos lados, ya no hablo mucho, ¿con quién voy a hablar? Ya hablé con todos, todo lo que había hablar, hablé con los cactus todo lo que había que hablar, hablé hasta con el fuego, noche cerrada, una vez, tras que me atraparon los vientos Toconao al sur… -respiró profundo y sentenció: mejor vos fumá, que yo hablo.

Nunca en mi vida, recibí una bienvenida tan auspiciosa.

Nosotros, los que nacimos en la llanura, carecemos de algo esencial, constitutivo, forjador del ser-estar en las montañas: cultura minera. Ese reino natural nos está vedado. Hoy, como casi todo, minería es mala palabra. Ha mutado. Lo políticamente correcto la condena. Antes, ser minero era una especie de blasón, de estirpe, casi gloria. Ser minero era jugarse el pellejo, sacrificarse, no rendirse, ganar, perder, no rendirse. Dentro de la fauna de los mineros, el cateador era el león, era el puma de esos páramos donde el hombre sólo acudía si la audacia lo acompañaba. Ser minero era jugarse la vida en el intento, ser cateador era el que más se la jugaba. ¿Qué es un cateador? Pues el que busca, cata, caza a los minerales. Los huele, los ve, los oye, los siente, en suma: vive por ellos, su vida la teje así, mineralmente.

Vida mineral, vida minera, vida de piedra: tan dura como ella, tan secreta y tan motivante como son las piedras, cualquiera de ellas, todas las piedras. Ellos saben hablar con ellas, ellos las reconocen, saben de sus azares, sus pesares, sus revelaciones. Saben de su eternidad y, por eso mismo, saben mejor que nadie de lo que es efímero: la vida misma. De ahí que un cateador, uno bueno, es también medio mago, medio alquimista, y también medio poeta, medio filósofo. Saire, Tito Saire, sin vueltas, era uno de ellos.

Sobre el tema, dos anotaciones imprescindibles. Una, la lectura del libro del padre Barba. Lleva por título: El arte de los metales. El que sabe leer, encontrará allí, belleza infinita y poesía inagotable. Fue escrito en Potosí en el mil seiscientos. El otro apunte: hubo otro cateador memorable. Se llamaba Diego Almeyda, hijo de lusitano, pero nacido en Copiapó, otra frontera y tan minera como la meca potosina, en 1780. Octavio Oriel Álvarez Gómez, insigne historiador regional, habla de él como si fuera un santo. Dice de Almeyda que “el mismo enseñaba a sus seguidores; que a caballo ninguna mina se ha descubierto; por eso el cateador ha de tener la planta tan dura como la pezuña de la mula que carga los alimentos y la esperanza” (Cf. Atacama de Plata). Catear rima con caminar. Y Tito Saire, el mejor cateador del mundo, caminaba, caminaba, caminó toda su vida.

‒Yo soy chileno. Soy boliviano. Soy argentino. Depende la suerte y depende de cuando me conviene. A veces, el viento me tiraba al otro lado del Sanjuanito [NdelR: forma cariñosa en que Saire refiere al río San Juan del Oro, límite entre Argentina y Bolivia, por los lados de El Angosto y Esmoruco] y allí tenía que elegir entre ser como vos o ser boliviano, por si aparecía la “cana” y me fregaba, aunque –la verdad sea dicha- por ahí no aparecía nadie, casi nadie, nunca. A ver, dime, ¿quién se atreve a estos desiertos del demonio?

Medito mientras Saire me cuenta y me cuenta y me sigue contando de sus andanzas: no escribimos para aproximarnos, echar luz, sobre lo que somos. Lo hacemos porque seguimos confiando, sigue latiendo en nosotros, esa luz, esa esperanza en torno a lo que deberíamos ser. No, el que escribe. Todos nosotros.

El cateador es una especie de Colón de la minería. Va y descubre la veta. Va y encuentra el yacimiento. Carece de los recursos para explotarlo, entonces acude a un pueblo grande donde hay quien compra –Potosí, Copiapó, ya aludidos- y vende su información –trae pruebas- por una suma sustantiva, que se redobla, triplica o se eleva más aún si dichas conjeturas se convierten en certezas metálicas. Luego el cateador –una especie de Che Guevara de la prospección minera- va y se gasta su honorario en lo que venga, en lo que le viene en ganas: en putas –el cateador siempre es solo, no es concebible ser cateador y tener familia-, en vicios –trago, tabaco, morfina-, en armar parrandas y fiestas desmesuradas para los conocidos –el cateador es solo, no tiene amigos- y cuando se agotó el último peso, el último chelín, la última rupia de sus alforjas, vuelta a empezar: a caminar, la montaña –su familia, su amigo- lo espera.

Un día –cuenta Saire-, andaba por los lados de Pisiga, y encontré a unos hombres que venían en un jeep, humeando el pobre. Se pararon al divisarme viniéndome venir desde la nada –ellos también venían desde allí. Me ofrecieron agua. Acepté. Siempre tengo sed. Siempre tuve sed. Compartí el agua con mi mula, la única que me quedaba, la otra se había muerto, reventada, daba pena, cayendo vertical desde un peñasco. Cuando estaba bebiendo de la cantimplora, vi adentro del carro: había un par de negros. Negros de África. Me dijeron: nosotros no somos de África. Somos cubanos. Somos los sobrevivientes de la guerrilla del Che. Me dijeron: chico, ¿tú sabes quién es el Che? No, les dije. ¿Cómo no sabes, chico, quién es el Che? No, no lo sé. ¡Parece que vives aislado, chico! Y sí, les dije, ¿acaso no ven que esto es un desierto? Insistieron: ¿y tú, chico, no conoces al senador Allende? A ese, sí, a ese le conozco, les dije: le di la mano en un mitin que hubo en Antofagasta.

Prosiguió narrándoles, a los cubanos, y los bolivianos que también escapaban: Había encontrado una veta grande, linda, de oro puro, finísimo, y cuando alcé mi paga, me fui al mejor cabaret del puerto. Cuando desperté, pensé que lo soñaba, pero no, había un tumulto de gentes que estaban escuchándolo. Era vehemente el tipo. Decía que si lo votaban y era presidente, iba a nacionalizar la pesca, para que los peces sean de ellos, de los pescadores del puerto. Eso me gustó. Me hizo acordar a Cristo. Bajé a la calle, lo busqué, le tendí mi mano. Le dije: soy Tito Saire, el mejor cateador del mundo. El me respondió: soy Salvador Allende, candidato a la presidencia de Chile. Luego lo mataron –me dice a mí en ese bar herrumbroso de San Pedro de Atacama. Hasta hoy, puedo seguir sintiendo algo así como una tristeza inasible, recóndita, amarrada a esas palabras.

‒Yo soy del Loa. Soy catamarqueño. Soy tupiceño. Depende la suerte y depende de cuando me conviene‒ me aclara, por las dudas, Saire, y yo, la verdad, le creo al milímetro porque estoy respirando ese aire que la gente de la frontera, el pueblo de los límites, te arroja en el rostro para que sepas que tu mundo, ese pequeño mundo de ciudades con rascacielos y agua con solo abrir las canillas, no vale un peso, menos una piel de guanaco, menos que menos una mina de caolín, en esos confines que se asemejan tanto a la vida, y a la literatura además. Ahora que lo pienso a Saire, ahora que lo escribo a Saire, a Tito Saire, me viene un hombre a los dedos que anotan, los índices que teclean esta máquina sin vida, y anoto, por eso de andar entre cordilleras, por eso de sentirse libre entre las patrias cautivas, por ese querer comunicarlo: pienso en Felipe Varela. Le pregunto, por si acaso. Me responde, tan inesperado como solía ser todo, esos días, en la puna y en mi vida: ¿Felipe Varela? ¡A ese también lo conozco! Lo mataron injustamente también pero por cuestiones de arriería. Tenía 11 hijos. Llevaba vino desde La Rioja hasta Arica. Unos camioneros lo desgraciaron en el Tamarugal, vaya uno a saber por qué lo hicieron. Siempre me acuerdo de él cuando le rezo al “Linca”.

Cuarta botella de pisco: Saire sabe hablar tanto como sabe beber. Ahora me cuenta una historia de pirquineros, una historia proletaria, una memoria que le contaba tal cual su abuela atacameña, la historia de tres ciudades: hace mucho pero mucho tiempo, los antiguos, osaron desafiar a los dioses con sus pecados y sus vanidades, y los dioses –Saire me mira fijo-, los dioses, Pablo, no son cojudos: los castigaron. Eran tres ciudades. Sodoma, Gomorra y no me acuerdo –y se ríe, se ríe a mares, el Saire, de su propio chiste. Río con él. Prosigue: “El Linca” les debe haber mandado un rayo a cada una, un vendaval, algo, la cosa fue que el castigo divino les cayó encima, los pueblos se desvanecieron para los ojos humanos, desaparecieron.

Atardece en San Pedro de Atacama. Pasa Lautaro Núñez por el ventanuco de barro y cortinas de nylon del bar. Lo reconozco por sus cabellos blancos, largos y lacios: parece Jeremías. El antropólogo, me dice Saire, que trabajaba con el padrecito. Luego, empuja el pisco, y sigue contando: de las tres ciudades, una de ellas se perdió para siempre, en la cordillera, nadie sabe su nombre, ni nadie quiere recordarlo. Otra de las ciudades se ocultó, no se perdió. Astuta era. Ciertos días del año aparece, en lo alto del cerro Quimal –Saire señala un lugar impreciso, más allá de las botellas y el ventanuco donde vimos caminar a Lautaro- ¿no la ves, Pablo? –me provoca Saire y yo me siento en las nubes, junto a él, tomando pisco y hablando de lo mismo que estamos hablando, aquí abajo: ciudades perdidas en el medio del desierto. Como en el Gobi, Como en Arabia. Como en Atacamak.

Cuando la veas, Pablo, la verás, si la ves, envuelta en una luz de fuego, diáfana, transparente, verás sus edificios de piedra, verás sus árboles –que aquí, como verás, no tenemos ni uno-, verás sus cultivos que florecen, verás a sus antiguos moradores –verás mi rostro en la mayoría de ellos: son mis parientes-, verás que ellos también eran poetas –yo, para pendejearme, le había leído, en el medio de la conversa, el Itaca de Kafavis, que llevaba, siempre, esos días, arrugado en mi billetera-, si te animas, prosigue Tito: sentirás sus anhelos, sus deseos, sus ansias…

Y –pregunto, borracho- ¿Cuáles eran esas ansias?

Y –responde Saire, borracho también- llegar al mar, comer piures, tomar vino de Tacama, revolcarse en la playa, y mandar todo al carajo, huevón, ¿acaso no podemos soñar con eso? –me dice el hombre que le dio la mano a Allende en el puerto de Antofagasta. Y sí, proclamo, y termino de preguntar: y con la tercera ciudad, ¿qué sucedió?

Nada.
Nada, contesta Saire.

Extrañamente –suspira- la tercera ciudad sobrevive. Es Toconao, que en lengua kunza, en nuestra lengua,  significa ciudad perdida, rinc6n perdido...

Saire en kunza, el idioma olvidado de los atacameños, se traduce como viento. Maisairi (sigo a Núñez en su Cultura y conflicto en los oasis de San Pedro de Atacama, ma=hallar, encontrar; sairi=lluvia) era el nombre de su abuelo, el chamán, el que invoca la lluvia, el que la alienta y la hace suceder en esos desiertos donde no llueve nunca. Toconao era como el Vaticano de los atacameños, los antiguos dueños del erial. Su abuela, Ramona, era una mujer valerosa, mercader de congrio seco, la comida que hizo vivir a las salitreras. Abuelo y abuela se conocieron en Cobija cuando aún era puerto de Bolivia. Procrearon 14 hijos, sólo la mitad vivieron. El padre de Tito fue minero en Caracoles, pirquinero nomás –me aclara el susodicho. La madre era un ave rara: era mapuche, vino de cautiva, vino de esclava a ser prostituida en las minas de plata. Tata Tito -su padre se llamaba igual que él-, la liberó de ese yugo, escaparon, enamorados, hechizados por la tierra, y la trajo con él hacia ese oasis, este oasis, llamado San Pedro de Atacama. Elvira Lincopán se llamaba mi madre, mi abuelo la conoció, antes de morir le dijo: niña, estos cerros, estas arenas, también son tuyas. Saire, con su dedo tembloroso, señala un lugar, impreciso, a la distancia. Una tumba, un destino, un sosiego.

La noche ya cayó. Es un vendaval de estrellas –las veo cuando salgó afuera a hacer aguas. Vuelvo a la mesa, bosque de botellas, y deseo, sólo deseo, saber qué significa, para él, para Saire, ese nombre: el “Linca”, tan citado.

‒El Lincancabur‒afirma con certeza y señala, sin dudar, al este. De allí venía yo, de allí vinimos con Eduardo, el contrabandista que recitaba a Borges. La sombra del volcán, de ese volcán majestuoso a cuyos pies descansa la laguna verde de arsénico puro –pura belleza envenenada- se proyectaba en ese preciso y decidido momento sobre nuestra mesa, sobre Tito y sobre mí, sobre nosotros mismos.

‒Por eso, nosotros mismos, todos nosotros, le decimos a nuestra tierra: la Lickana, el país del volcán, la nación de nuestro pueblo. Somos chilenos, somos bolivianos, somos argentinos, pero siempre y por sobre todas las cosas: somos atacameños. Mi abuelo me dijo, antes de partir hacia la cumbre del “Linca”, donde van a parar nuestros muertos: nunca te olvides, Tito, vos eres atacameño. Nunca te olvides. Nunca me olvido.

Hizo una pausa: todos los volcanes de la tierra dejaron de respirar. Culminó:

‒Soy el mejor cateador del mundo. Soy atacameño, soy lickan antay, el pueblo del volcán‒ y se dejó dormir, suavemente, Tito Saire, sobre la mesa. Era una piedra, era un guerrero, era un minero, durmiendo sobre una mesa de pino canadiense que olía a pisco, a limón, a memorias. Lo acompañé. A la mañana siguiente, fuimos juntos a tomar una sopa de cordero y papa kuti que preparaba doña Lola, la más veterana de las cocineras –había dos más- en el mercado del pueblo.

Mientras comíamos y resucitábamos y nos restituíamos al mundo tal cual lo conocemos, Tito Saire, octogenario, me dijo algo que no olvidaré jamás:

‒Lo mejor de las resacas es compartirlas.

Por eso lo escribí, Por eso, también, escribo.


Imagen: Volcán Licancabur, San Pedro de Atacama.
Fotografía de Douglas Fernandes.

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De PLUMAS LATINOAMERICANAS, 20/01/2017

'Gangster Warlords', un valioso aporte a la literatura sobre crimen organizado en Latinoamérica

MICHAEL LOHMULLER

El nuevo libro del periodista Ioan Grillo sobre crimen organizado en Latinoamérica ofrece un fascinante recorrido por cuatro organizaciones criminales, proporcionando un profundo análisis y narraciones de primera mano que ayudan a entender mejor las “guerras del crimen” en la región.

En su más reciente libro, “Gangster Warlords: Drug Dollars, Killing Fields, and the New Politics of Latin America” [“Caudillos criminales: dinero de las drogas, campos de muerte y la nueva política de América Latina”], Ioan Grillo explora “el paso de la Guerra Fría a una serie de guerras del crimen que sumen a Latinoamérica y el Caribe en un río de sangre” (Lea un fragmento del libro aquí).

La pregunta central que orienta la investigación de Grillo acerca de lo que ha permitido que el crimen y la violencia hayan crecido en América Latina desde el final de la Guerra Fría es: “¿Por qué el continente americano está inundado de sangre en los albores del siglo XXI?”.

Para responder esta pregunta, Grillo —amigo de InSight Crime y antiguo colaborador de nuestro sitio web— tiene varias explicaciones. Entre ellas se encuentra el colapso de las dictaduras militares y las fuerzas guerrilleras en la región, que dejaron como resultado arsenales de armas y combatientes en busca de empleo. Además, en las democracias emergentes de la región abundan la debilidad y la corrupción, lo que ha impedido que se establezcan sistemas de justicia efectivos y que se imponga el Estado de derecho.

Estas condiciones fueron propicias para el surgimiento de los criminales, que de ser simples narcotraficantes se convirtieron más tarde en un “extraño híbrido entre gerente del crimen, estrella de rock criminal y general paramilitar”. Grillo intenta explicar estas híbridas organizaciones criminales “siguiéndole el rastro a los nuevos campos de batalla del continente americano”.

Para ello, “Gangster Warlords” dedica cuatro extensos capítulos al estudio de casos específicos que representan “diferentes estilos de personajes y organizaciones de la región.” Estos son: el Comando Vermelho de Brasil, el Shower Posse de Jamaica, la Mara Salvatrucha (MS13) de Centroamérica y Los Caballeros Templarios de México.

La intención de los cuatro estudios de caso escogidos es demostrar que el surgimiento simultáneo de las “milicias del crimen” en diferentes países “no es casualidad” sino “una tendencia regional, un producto de circunstancias históricas”.

Sin embargo, antes de adentrarse en los estudios de caso, Grillo hace referencia a un debate pertinente: la discusión acerca de cómo entendemos los conflictos posteriores a la Guerra Fría en Latinoamérica, y cuál debería ser la respuesta de los gobiernos.

Es decir, las “guerras del crimen” de la región no son guerras tradicionales o conflictos armados declarados, sino más bien un “una mezcla de crimen y guerra.” Dentro de “esta mezcla de crimen y guerra”, afirma Grillo, “los criminales armados a menudo alcanzan sus objetivos de una manera más efectiva de lo que lo hacen las grandes fuerzas gubernamentales”.

Grillo sostiene que estas organizaciones criminales basan su poder en el control de ciertos territorios y amenazan la naturaleza fundamental del Estado, “no tratando de tomárselo por completo sino dominando algunas de sus partes y debilitándolas”. En ciertas áreas, estos grupos criminales “se inmiscuyen en el monopolio estatal de la violencia —o, más precisamente, en el monopolio de la guerra y la administración de justicia”. Sin embargo, a diferencia de los grupos insurgentes o terroristas, los criminales latinoamericanos están motivados principalmente por incentivos económicos, no por objetivos políticos o sociales.

Por lo tanto, Grillo se interesa por entender “cómo estos criminales ejercen el poder, cómo hacen la guerra y cómo operan como fuerzas políticas y combativas”, así como los móviles de los “irracionales niveles de violencia” y la manera cómo podrían detenerse.

La búsqueda de respuestas a estas preguntas lleva a Grillo a un interesante viaje por algunas de las zonas más peligrosas de Latinoamérica. Excelente escritor y narrador, Grillo combina a la perfección fascinantes entrevistas con delincuentes, policías y otros actores de la región con conceptos teóricos y contextos históricos.

El resultado es una discusión interesante y llena de matices sobre múltiples aspectos, organizaciones y personas relacionadas con el auge de la criminalidad en Latinoamérica.

Desde las favelas brasileñas, pasando por las guarniciones jamaiquinas, hasta sus reportajes sobre el terreno durante el apogeo del movimiento paramilitar en Michoacán, México, Grillo habla con influyentes y experimentados actores criminales de la región.

Se trata de personas —como los miembros iniciales de Comando Vermelho en Brasil y los socios del conocido criminal jamaiquino Michael Christopher “Dudus” Coke— que fueron testigos de primera mano de la evolución del crimen en sus respectivas comunidades. Sus aportes son de un gran valor para el análisis de Grillo, y le permiten al lector entender las perspectivas de los actores criminales regionales y las razones o autojustificaciones de sus conductas.

En los estudios de caso de las organizaciones criminales seleccionadas, Grillo identifica varios paralelos en la manera como operan los grupos criminales latinoamericanos.

Básicamente, Grillo sostiene que a estos diversos grupos los unen sus intentos de controlar territorios y emprender este nuevo tipo de conflicto. Como resultado, para Grillo resulta más adecuado considerar a los hombres armados de la región más como milicias que como meros pandilleros.

Grillo introduce entonces el concepto de “caudillo criminal” (“gangster warlord”), término que considera mejor para explicar los híbridos líderes criminales de la región, como “Dudus” Coke de Jamaica o Heriberto Lazcano de Los Zetas. Es decir, aunque estos hombres son criminales que dirigen bandas, son más que simples narcotraficantes, al mando de las milicias que gobiernan sus feudos, “protegen las fronteras de sus dominios, asesinan a los enemigos armados que entran a su territorio, cobran ‘vacunas”, realizan juicios, respaldan a los políticos y realizan trabajos sociales”. Estos caudillos criminales, sin embargo, controlan ciertos aspectos de su país, y le dejan al gobierno la provisión de electricidad y otros servicios.

Grillo sostiene que, para poder detener las actividades de los caudillos criminales de Latinoamérica, los gobiernos deben entender realmente cuál es el problema, aunque puede resultar doloroso admitir que los criminales desafían al Estado y su monopolio sobre la violencia. Por eso, Grillo termina su libro haciendo recomendaciones con respecto a tres áreas donde los gobiernos deberían tratar de mejorar sus acciones: reforma a la política de drogas, construcción de sistemas de justicia y transformación de los guetos. Si bien estas recomendaciones no son novedosas, son conclusiones pragmáticas y razonables derivadas de años de trabajo de Grillo en Latinoamérica y le aportan a “Gangster Warlords” la necesaria nota de optimismo con respecto al futuro.

En general, “Gangster Warlords” es una excelente obra que presenta una mirada macro sobre las tendencias políticas y socioeconómicas, y que a la vez incluye condiciones locales, para proporcionar una imagen completa de la oleada criminal en Latinoamérica después de la Guerra Fría. Quienes pretendan tener una mejor comprensión de las condiciones que permitieron el surgimiento de los grupos criminales en Latinoamérica, y sobre la manera de entender y responder a los “caudillos criminales” y a las milicias criminales de la región, descubrirán que esta obra es un recurso muy valioso.

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De INSIGHT CRIME, 25/02/2016

Tuesday, May 23, 2017

Ya es bastante invierno

JORGE MUZAM

Por aquí ya es bastante invierno, le digo por mensaje a Pablo Cingolani. Llueve con murmullo persistente. Ha nevado en las cumbres. Las escampadas tienen rumor de viento norte. El musgo se apodera de las piedras, de los estanques, de los troncos viejos. El río Ñuble vuelve a adquirir la prestancia y el rugido de un río sureño. Despierto temprano, incluso en día domingo, es una conducta propiamente campesina que suele acompañar toda la vida. Café para espabilar mirando por la ventana el Malalcura, comprobar que sigue en su sitio. Que la historia previa no fue una ilusión ni menos un sueño de Monterroso. Mis ingredientes para vivir suelen ser imaginarios. Posibilidades y recuerdos que interactúan en una novela inédita, incongruente, circense por defecto. La soledad fantasmagórica de la cordillera exalta mis quijotismos. Si tan solo Doré pudiera dibujarme. Mi cabeza es un Saturno anillado de esqueletos, cañones sin pólvora, generales rusos dubitativos.

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De CUADERNOS DE LA IRA (blog del autor), 11/05/2017

Biarritz, pasos perdidos

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Hace ya un año que tengo que pasar un día a la semana por Biarritz por motivos no del todo agradables ni propios del flâneur. Es más, el flâneur escapa de esas residencias de ancainos que en realidad son morideros de los que si nos libramos es de milagro o por haber reventado antes: Je voudrais pas crever... A veces me asomo al mar, salpicado de surfistas, otras deambulo por calles solitarias, de silencio,  flanqueadas de villas muy hermosas, en estilos neo-vasco, modernista, paliego-pomposo, cortijero andaluz... que están cerradas la mayor parte del año y hablan de un pasado cada vez más remoto y más convencionalmente novelesco, poblado de personajes que parece salidos, y a veces lo hacen, de alguna novela de Patrick Modiano. Los nombres de esas casas son vascos, rusos, franceses, ingleses... Hace treinta años (1987) utilicé alguna de ellas como decorado de una novela La caja china que tardó muchos años (demasiados) en ser publicada y que no he vuelto a abrir.  Unas semanas atrás di con  esa Villa Cocodrilo, pero no llevaba la cámara. Hoy he acudido con ella y una mujer mayor que estaba tirando un paquetón de periódicos a la basura, me ha preguntado si buscaba algo. Cuando le he señalado el nombre de la villa ha exclamado con una pronunciación graciosa: «¡Ah, le cocodrilo!» y se ha vuelto A su casa a carcajadas. Ignoro qué historia puede haber detrás de ese nombre tan exótico: un excéntrico, un original, un rico americano...

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 20/05/2017

Monday, May 22, 2017

Svengali

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES

Gema rarísima, de desconcertante belleza. Svengali, película de 1931, dirigida por Archie Mayo y producida por los estudios Warnes Brothers bajo el sistema Vitaphone. Protagonizada por John Barrymore y una adolescente Marian Marsh (la dueña de esa mirada adorable e insana de la imagen), está basada en la novela de George du Maurier de nombre Trilby, publicada a fines del siglo XIX a modo de folletín y considerada, una vez convertida en libro, como el primer best seller de la historia. Sin la resonancia de otros clásicos del cine de la época como Drácula o Frankenstein, la base de la historia es el mito de Pigmalión -señor maduro educa y se enamora de joven sencilla- recreado ahora en clave gótica, con elementos del expresionismo alemán (decorados deformes, luces y sombras generadoras de angustias, ángulos peculiares incitando al abismo), en los días de la bohemia parisiense. Svengali (Barrymore) es un profesor de música excéntrico, desastrado, inestable, manipulador, que se gana la vida haciendo clases, en su mayoría a mujeres solitarias, parloteando un francés con acento germano de toque malévolo. Cuando conoce a una joven de nombre Trilby (Marsh), modelo nudista tan despreciada socialmente como él, utiliza su habilidad para hipnotizarla y así manejarla a su arbitrio. La escena en que Svengali ejerce su poder a distancia sobre su víctima, con sus ojos convertidos en dos bolas luminosas, cruzando ventanas, tejados y calles, es una de las más recordadas del film. Gracias a los poderes mentales de Svengali, Trilby se convierte en una exitosa cantante lírica. Junto con ello, la vida de la muchacha se va ligando a la del músico de una manera indeleble, mientras un pintorcillo insufrible intenta impedirlo. La obra causó (y sigue causando) la molestia del gremio de los psiquiatras por darle a la hipnosis una fama ligada a los chapuceros y a las ferias de diversiones, por sobre la práctica médica dedicada al bienestar mental de los pacientes. Vi esta cinta por primera vez una madrugada de fines de los ochenta, en la señal cultural del canal del estado, tiempos en que uno podía toparse con estos programas en la televisión abierta. Vaya insomnio que me provocara.

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De EVOLUCIÓN DE LA ESPECIE (blog del autor), 21/05/2017

Friday, May 19, 2017

La paz, carajo

ROBERTO BURGOS CANTOR

Ante la agitación de los días, algunos escritores volvemos a la pregunta sobre la identidad. Tal interrogante angustia cuando percibimos las maneras distintas de recibir, asumir, discutir, los hechos que influyen en la construcción no terminada del país.

Un pasado insepulto impide soñar y levantar el futuro. Las explicaciones de una anomalía así pretendemos encontrarlas en sentencias de antiguos gobernantes que se erigen en oráculos del desprecio, o la impotencia, o las ansias de un pedazo de mármol.

O quienes se pretenden sobrevivientes del latín, repiten con solemnidad, interpretaciones de bromas de la literatura, como los de García Márquez o Borges.

¿Qué somos? Si acaso somos.

¿Qué fuimos? Si lo supimos.

¿Qué seremos? Si de verdad alienta un deseo.

Parecería que todo sirve para separarnos más. Entretenidos en el juego macabro de matarnos, nos encanta confundir, engañar, aprender trucos.

Los encuentros primigenios, sociedades de culturas diversas, fueron unificadas con la imposición de una fe traída, una lengua impuesta, y el inmisericorde despojo de cuanto tuvimos.

Después las fusiones violentas con quienes arrastrados a la fuerza, sufrieron la crueldad y las acomodadas clasificaciones espirituales.

Liberados del coloniaje, los procesos independentistas generaron más diferencias. Caudillos fracasados se conformaron con fechas y banderitas, himnos de rataplán, escudos con figuras que el implacable tiempo desmiente. Un canal que nos robaron. Un gorro. Un cóndor que se extingue después de arrancarle un dedo a Alejandro Obregón para que no lo pintara.

El hombre de la gloria dijo, aquí cerca, en la lucidez dolorosa que ofrece el Caribe: si mi muerte contribuye. Y nada. La muerte si contribuye a la soledad de los vivos. Pero aún no lo dejan descansar en paz. ¿De dónde ese vicio de confundir la historia que sucedió, su inexorable límite temporal, con un designio que amarra el posible futuro?

Parece que tantas dificultades no resueltas nos hacen aptos para ser continuistas de los empeños fáciles, odiar, vengar, lucrarse, sin escrúpulos para los privilegios, activistas del interés personal.
Un escrutinio de los días, a lo mejor muestra una incapacidad para rodear y apoyar las empresas grandes, generosas, de virtud evidente que con su bondad unen, llaman al futuro.

Así la paz.

Pero no: a pelear por los tres pesos, el subsidio. ¡Jerarquiza compadre!

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De BAÚL DE MAGO (EL UNIVERSAL), 19/05/2017

Imagen: Wilfredo Lam/La mañana verde

Thursday, May 18, 2017

MÉXICO: LA VORÁGINE

ADOLFO GILLY

“Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, dice el inolvidable inicio de La vorágine, aquella novela que hace casi un siglo (1924) publicó el colombiano José Eustasio Rivera, inmortal desde entonces.

La violencia que en México nos envuelve sin ley y sin piedad se desencadenó como un turbión que recorre tierras, aguas, aire, todo el territorio de la nación, cuando la casta gobernante –Ellos, como los llama el pueblo– se jugó a los azares del mercado financiero mundial, por definición sin otra ley que la ganancia, lo que era el corazón y el alma de la Constitución de 1917: el artículo 27, piedra angular de toda la estructura jurídica alzada por los constituyentes de aquellos años de fuego.

Este artículo, en su versión de 1917, establecía la propiedad originaria, inalienable e indivisible de la nación sobre el suelo y el subsuelo de todo su territorio. Esta estructura jurídica conceptual era heredera explícita de las Ordenanzas de Aranjuez, dictadas en 1783 por Carlos III, rey de España, según las cuales las minas en el subsuelo de la Nueva España podían ser concedidas para su explotación a particulares, pero sin separarse del Real Dominio. La nación mexicana fue la heredera universal de los derechos de la corona, y así los reivindicó en su constitución.

El artículo 27 indicaba esta propiedad originaria como un elemento constitutivo de la soberanía nacional, y así lo invocó el presidente Lázaro Cárdenas en 1938 como sustento jurídico inalienable de la expropiación petrolera y la reforma agraria ejidal. En esta arquitectura jurídica y conceptual suelo y subsuelo son propiedad de la nación, mientras el campesino ejidatario detenta la tenencia y el capitalista sólo la concesión, mientras renta agraria y renta minera tocan a la nación.

Era el sustento material y jurídico de la soberanía nacional –esta es nuestra casa y esta es nuestra ley– y una de las condiciones para su ejercicio sin hipotecas ni restricciones, por la comunidad nacional como un todo y por el Estado que a esa comunidad pertenece y se debe.

§

Desde el sexenio de Miguel de la Madrid esta arquitectura jurídica fue destruida para abrir paso al Gran Dinero, al capital financiero entonces emergente como la parte más dinámica y poderosa de los capitales nacionales: industriales, comerciales, agrarios. Desde los años 70 del siglo XX una corriente de economistas de izquierda –entre ellos Ernest Mandel, conocedor de México– estaba planteando este surgimiento poderoso de un capital financiero mexicano por entonces aún en embrión.

El terremoto del 19 de septiembre de 1985, que paralizó al gobierno federal mientras el pueblo salía al rescate de su propia gente entre las ruinas, fue como una rebelión de la naturaleza con el escenario del pacto diabólico de ese dinero sin tierra y sin ley que se convertiría desde el sexenio sucesivo en amo y señor del territorio de esta nación que no es suya, sino del muy antiguo pueblo mexicano.

La narcoindustria produce esencialmente para el mercado internacional. Allí están sus enlaces, sus grandes consumidores, su amplio mercado y sus finanzas. Su ámbito de trasformación de dinero ilegal en capitales legales está sobre todo en la opacidad del sistema financiero internacional, en cuyo mundo se mueven y pertenecen las finanzas mexicanas. Como submundo ilegal y poderoso necesita, igual que en Italia, en España o en Estados Unidos, una cobertura protectora en los mundos de la política y de la seguridad. Son múltiples los estudios y más aún las investigaciones noveladas que describen este universo.

Nuestro colega el Astillero habló en estos días, por televisión, de la gran descomposición nacional en que este entrelazamiento entre narcoindustria, finanzas, mercados y política nos ha sumido. Habló también de la subordinación de buena parte del periodismo a las imposiciones, las exigencias y los espacios de ese poder, siempre presente e invisible como una gran desgracia, como decía Pablo Neruda en aquellos entonces.

No podemos ubicar el corazón de esta vorágine de violencia y desintegración solamente en la corrupción que prolifera en el mundo de la política. Este es, por hoy, un mundo subordinado al del gran dinero y, sobre todo, al gran dinero que no puede decir su nombre, a las finanzas clandestinas que se funden, casi invisibles, en la gran corriente financiera legitimada por las leyes, la economía, los capitales y las costumbres.

La corrupción es un subproducto, no un origen de la vorágine que nos arrastra. El capital financiero, al cual la vertiginosa revolución tecnológica, uno de cuyos productos es la digitalización, ha dado los instrumentos para tomar el mando de la economía, la política, la comunicación, los proyectos educativos y, last but not least, las tecnologías, las doctrinas, el destino y el uso de los ejércitos y las fuerzas armadas. Hoy su empresa es subordinar los vastos mundos de la vida a su comando y a sus fines ciegos e impersonales. Y no es perversión, sino la forma y el destino del Gran Dinero en el cambio de época que estamos viviendo en este siglo XXI.

¿Qué estaba indagando Javier Valdez cuando lo mataron? ¿Se había aventurado en este infierno de relaciones perversas en crecimiento, en el cual se cruzan los feminicidios, el tráfico de seres humanos, las innumerables fosas clandestinas? ¿Había empezado a tocar, como antes lo había hecho, regiones sensibles de ese universo opaco y poderoso?

No sabemos. Mientras tanto un espeso velo sigue cubriendo a los responsables y los ejecutores de Ayotzinapa, de Atenco, de Nochixtlán, de toda la doliente geografía de las desaparecidas y los desaparecidos y las fosas clandestinas en el territorio nacional.

De estas dimensiones, de estos peligros, es el desafío que enfrentó Javier Valdez con calma, paciencia y osadía. Nos lo ha heredado. Seámosle fieles, cada uno y cada una al modo que le digan su leal saber y entender, su oficio y su alma. Y por sobre todo tratemos de conocer y de comprender, no tanto la visible y terrible apariencia, sino sus secretas y extensas esencia y presencia.

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De LA JORNADA, 17/05/2017

Imagen: Junto con un mensaje, los arreglos florales dedicados al periodista Javier Valdez, asesinado el pasado lunes, fueron trasladados frente a la catedral de Culiacán/Foto Carlos Ramos Mamahua


Las pirañas (vuelta)

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Ayer me dijeron que Las pirañas era «un libro de referencia». No me dijeron para quién ni de qué. Ahora mismo sigo viviendo la resaca de su relectura y corrección después de más de veinte años de no haberlo abierto. ¿Por qué? Pues tal vez por miedo a lo que iba a encontrarme en su interior, que para mí no tiene gracia alguna, a rememorar episodios desdichados en lo privados sobre todo y a no querer enfrentar el mayor error de mi vida: no haberme ido para siempre del lugar en el que vivía y donde di por concluida la novela: los extramuros de la ciudad en la que nací, escenario a su vez de la novela Un infierno con jardín.  Tal vez eso haya sido el mayor motivo de desasosiego de esta reedición: lo irremediable y el dolor que le acompaña. Ni siquiera lo abrí cuando tradujeron algunas páginas al polaco, ahora que me acuerdo; y sé  que  está en esa lengua porque la traductora me lo dijo.

No sé quiénes pueden ser sus lectores hoy, cuando el tiempo es otro y los lectores, cuando los hay, también. Los pozos negros son igual de malolientes que entonces, pero me temo que más profundos. ¿Aquel desbarre es la madre de este? No lo sé.  Lo que sí sé es que los cambios sociales también alcanzan a la literatura y la golpean de lleno, y aquello que fue celebrado y aplaudido cuando apareció por primera vez es desdeñado por ilegible casi, unos años después, además de haber caído en el olvido: títulos, autores… «dolor de papeles que  ha de llevar el viento». Me pregunto cómo podrá leer esas páginas un lector, una lectora que esté en la veintena, en la treintena, en… y que era un niño cuando aquella novela hizo  ruido, al menos durante un tiempo. ¿Qué reconocerá, qué le resultará familiar o extraño, qué repulsivo, qué ridículo…? No voy a decir que no me importe la opinión o la lectura de gente de mi generación, pero sí que es la de gente más joven la que hoy me interesa.

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 15/05/2017

Wednesday, May 17, 2017

Fawcett: una historia

PABLO CINGOLANI

De esta historia, ya me estaba olvidando. Brad Pitt acaba de estrenar su película sobre Percy Harrison Fawcett, el celebrado explorador británico. Siempre quisimos hacer una película sobre el mismo legendario personaje.

Fue mi amigo Pablo Castillo, un bibliófilo de cepa y que desde hace añares publica maravillas como editor de EUDEBA, una de las más prestigiosas editoriales argentinas, quien me obsequió el libro de memorias de Fawcett, la segunda edición conocida en castellano, la editada en Madrid el año 74. Ya vivía en La Paz, en Bolivia y recuerdo que “Paco” al entregarme el texto, me dijo que a mí me iba a servir más que a él, abandonado en su biblioteca.

Entendí el sentido del mensaje apenas me puse a leer esa obra singular, compilada y adaptada por Brian, el hijo menor de Fawcett, al que la historia le debe, al menos, el reconocimiento de haber encendido la llama del poderoso recuerdo que envuelve y atesora su padre. El motivo es uno solo: el libro está tan bien escrito, es tan vivido y atrapante, que uno no cede en su lectura de principio y a fin.

El imán, el núcleo de la atracción, es uno solo: la infinita sed de aventuras que anima al protagonista de esas páginas y cómo ese amor por el misterio y lo desconocido no mengua con el paso de los años y lo impulsa y lo anima hasta el final, hasta el desenlace del destino, su destino.[1]

Entendido así, Fawcett se volvió para mí una fuente infinita de inspiración, un faro en medio de las montañas, más cuando el propio Fawcett, en su estancia en La Paz, había dicho que aquí “se puede sentir plenamente la proximidad de los lugares salvajes”.[2] Nada más cierto.

El año 2000 armamos una expedición en su memoria, siguiendo sus pasos desde la Cordillera de Apolobamba hasta la selva profunda. Volvimos a lanzar al mundo, desde Bolivia, su famosa foto icónica: la que le tomaron en uno de los balcones de la Casa Franck, allá en Pelechuco. Al año siguiente, volvimos a la selva, tras otra historia dentro de la historia: la del desaparecido agrónomo noruego Lars Hafskjold y la de los no menos desaparecidos Toromonas.

La noticia empezó a rodar. Una escritora española utilizó nuestra historia para componer otra, la suya, y su novela fue en éxito de ventas en España y en otros sitios. Al principio, nosotros no entendíamos lo que significaba eso hasta que un día la escritora habló por teléfono con uno de los nuestros, el antropólogo y escritor Álvaro Díez Astete, y le confesó que sí, que se había inspirado en nosotros y que sí había usado nuestra historia y nuestras investigaciones para escribir su texto. ¿Victoria moral? No sé, ¿a quién le importa?

Pasaron otras cosas (buenas): Rob Hawke, un joven periodista de la Universidad de Essex, vino hasta Bolivia a terminar su tesis, The Making of a Legend. Colonel Fawcett in Bolivia y Rob sí, nos lo dijo desde el principio: que nuestra historia lo había inspirado y que eso lo decidió a escribir su tesis. Mantuvimos contacto con Rob varios años hasta que un día me contó que estaba viviendo en la Isla Madre, en la República Dominicana, y luego lo perdí en el espacio cibernético. Rob escribió cosas buenas sobre nosotros, no como alguna prensa que nos trataba de alucinados y de fantasiosos. Igual que a Fawcett.

Otro día, más de diez años atrás, circa 2004, sucedió esto: mi amigo Gastón Ugalde, El Artista, causas y azares de la vida, terminó de amigo de Sir Richard Branson, el mismo de Virgin records y el de los futuros viajes a Marte o al carajo. El multimillonario inglés, el mismo. Un día, siempre otro día, el Gastón, volviendo desde Londres, me dijo: Pablo, arma algún proyecto para presentarle a Branson.

Con Gastón, ideamos y realizamos N cantidad de proyectos y N+N cantidad de otros proyectos, quedaron en papel y en el olvido. Branson era dueño de Red Bull, ese brebaje tóxico que mi amigo consumía a mares, y Gastón deliraba con una publicidad del veneno en el Salar de Uyuni. Un reciclaje de una idea que habíamos soñado hacer con el poeta chileno Raúl Zurita pero que tampoco llegamos a concretar.

Le dije a Gastón: a mí Red Bull me importa una mierda. Vamos con Fawcett. La película de Fawcett. Mejor: una  película + una serie de documentales que recreen, una a una, las 6 expediciones que Fawcett realizó en Bolivia, la forja de la leyenda, como clamaba en su tesis, nuestro amigo Rob. Gastón se entusiasmó. Era un proyecto serio y multidimensional, bien visto. Abría infinitas puertas, tantas como el propio Fawcett fue capaz de abrir. Dale: escribimos el proyecto –¡en inglés!- y en otro viaje a la vieja Inglaterra, Gastón se lo presentó al multifacético sir Richard.

Branson fue claro: el proyecto era muy bueno, valía un millón de dólares pero a él, en lo particular, no le interesaba. ¿Cómo le iba a interesar sumergirme en los confines de la Tierra cuando el platudo estaba pensando aventurarse en los confines del espacio? Nada, a archivarlo.


Sigo la secuencia cronológica. Otro día pero de 2010, creo que en una de las librerías del aeropuerto de Ezeiza, compré el libro del norteamericano David Grann: La ciudad perdida de Z. La última expedición en busca de El Dorado, el libro que inspiró a Brad Pitt a hacer su película. Z fue el nombre en clave que Fawcett le puso, en su brújula, a la ciudad-refugio que esperaba encontrar en el medio de la Amazonía. Se perdió, siguiendo sus rastros, en 1925.

La obra de Grann es el típico libro que un periodista de The New Yorker o The New York Times Magazine puede escribir. Un atractivo pastiche, muy bien escrito, donde refrita mil y una historias, amputándolas y manipulándolas a cada rato, para lograr ese texto que “el público” –como ellos lo llaman- ama. Uno de ellos, uno que amó ese libro, fue sin dudas el bueno de Pitt. Al final, entre sus notas, volví a encontrar a nuestro buen amigo Hawke: Grann cita su The Making of a Legend en relación a algo que Nordenskiöld dijo sobre Fawcett. Vale la pena transcribirlo: “El distinguido antropólogo sueco Erland Nordenskiöld, que había conocido a Fawcett en Bolivia, admitió que el explorador inglés  era “un hombre sumamente original, absolutamente audaz”, pero que adolecía de una “imaginación ilimitada”. Está dicho. La vida sigue. Bien por Rob.

Otro día, que no fue ninguno de los anteriores pero lo recuerdo como si fuera hoy, leí en internet la noticia de que Brad Pitt estaba empezando a rodar una película sobre Fawcett basada en el libro de Grann.

Recuerdo que me empecé a cagar de risa y lo llamé por teléfono a Gastón: Hermano, ¿te acordás del proyecto sobre Fawcett que le llevaste a tu amigo Branson y que se lo pasó por el forro? Sí, respondió el Gastón con su voz de cactus. Bueno, no es lo mismo pero va en la misma dirección, ¿sabés quien anunció que empezó a hacer una película sobre Fawcett? No, respondió el cactus. Brad Pitt, le dije, y me seguí cagando de risa.

El año pasado, para estas fechas, volví con mi amigo Felipe Hartmann por los lados de Apolobamba, allí donde efectivamente se empezó a forjar la leyenda Fawcett, en medio de esas montañas “infinitamente abruptas” como sentenciaban los informes de los funcionarios coloniales españoles.

Recuerdo que picamos algo de comida con “Fepo” en un imponente mirador natural del caminejo que hoy une Pelechuco con Queara (y con Puina) y que se abre a la inmensidad de la selva amazónica, hacia Mojos, hacia la senda que el propio Percy Harrison, el audaz, el considerado como uno de los más grandes (y últimos) exploradores del siglo XX, como “el más espeluznante” de todos.[3]

Tanto Felipe como yo habíamos caminado ese tramo de camino que enlaza los Andes con la Amazonía. Recuerdo que fue allí, en esa formidable pascana y evocando tantas cosas, que surgió la idea de levantar un monumento a la memoria de Fawcett, uno que valga la pena, uno como contaba otro inglés, tan aventurero como Fawcett, que había en las Islas Canarias.[4]

El monumento a Fawcett seguiría, a la vez, las líneas maestras esbozadas por el poeta Jaime Sáenz en su poema-cauce a don Emilio Villanueva, el arquitecto inmortal, y el proyecto de monumento en su memoria. Proclama Sáenz en su visión-profecía:

Si yo fuera presidente, no sé qué haría. Pero le haría un monumento arriba, en la altura, en la vertiente del Huayna-Potosí, pues allí el viento brama con fuerza.

Si yo fuera presidente, sería arquitecto y levantaría una torre de piedra en pleno altiplano,

con una azotea tan grande como una plaza, en la que ardería gigantesca fogata  a manera de faro.

Subiría a la torre y predicaría el respeto por nuestros grandes hombres.[5]

Fawcett no fue boliviano, pero casi. Amó este país que forjó su destino y su leyenda.

Las montañas de la cordillera de Apolobamba han resistido como uno de los últimos santuarios del mundo donde se respira esa “estéril belleza de la desolación”[6] que tanto incita, que tanto seduce, que tanto imanta a todos aquellos que creen, que siguen creyendo, que la aventura humana sigue viva “aquí abajo”[7], en esos otros mundos pero que están en este mundo, como el mundo salvaje de Apolobamba, donde Percy Harrison Fawcett encontró esa inspiración, esa huella, esa decisión que lo impulsó a seguir su búsqueda el resto de su vida.

Alzar un monumento a Fawcett, allí en esas soledades irredentas, sería, como quiso el poeta, alzar un faro que inspire a millones de seres humanos que buscan lo mismo.

Río Abajo, mayo de 2017


ANEXO
Lo que anotó Hawke sobre nuestras expediciones:


“Until recently, Fawcett’s name had been gathering dust inside subchapters of various Bolivian history books. A renaissance has been led by an Argentine journalist –cum-explorer, Pablo Cingolani. Cingolani, an adopted Paceño, has completed two multipurpose expeditions with government backing into the Madidi/Caupolicán forests of north-west Bolivia. He led an 11 strong group of Bolivians and Argentines who deliberately recreated the route of Colonel Fawcett’s 1910/11 expeditions to the River Heath. They aimed to complete Fawcett’s work by reaching the absolute source of the Heath, and to bring medical supplies to isolated settlements. The results were very interesting. Many regions opened up for the exploitation of rubber had since been reclaimed by the jungle. The San Carlos barraca, at which Fawcett had stayed, no longer existed. The trail was no longer usable by mules, so they had to carry everything by hand. Cingolani discovered Madidi to be a “black hole in the geography of the world where things have gone backwards,” and travel had actually become more difficult. The attempt to reach the Heath’s source at 2600 metres was called off due to injury, shipwreck and climatic reasons.104

As in Fawcett’s day they found remote backwaters plagued by disease, and border conflicts. The populated Peruvian side shows signs of spilling onto the Bolivian side, threatening the precious Madidi National Park. La Prensa accused the Peruvian loggers and farmers of deliberate aggression and invasion,105 but Cingolani dismisses this. He claims the lone border post erected by Fawcett has naturally worn away, so that no one knows where the border is anymore, highlighting the need for improved access and communication on the Bolivian side.

A side project of Cingolani´s, is an endeavour to find evidence of the alleged reappearance of the Toromona tribe. Villagers of San Fermín had reported the sight of two naked Indians, and various anthropologists recognise the possibility of the tribe, who had fled both the conquistadors and the caucheros, relocating to the immense, untouched hinterlands of the Madidi. The recent ‘revival’ of the Naua’s in Brazil, a tribe unseen since 1920, has lent validity to the view that the Toromonas are still in existence.106 The story of a Norwegian agronomist, Larsen Hafsjkold, who went looking for “Bolivia’s ethnographic enigma”,107is eerily similar to that of Colonel Fawcett. In 1997, aged 37, the experienced and hardy Scandinavian, received a lift along the Río Colorado, then set off alone with the promise of returning months later. Despite the efforts of Madidi Park Guards and a private detective, nothing has been heard of him since. Cingolani hopes to shed light on this mystery on his next expedition, which will also attempt to locate ruins of an ancient city, San Jose de Paititi, and continue to encourage a public awareness of Bolivia’s forgotten lands.

Cingolani’s endeavours have been reflected by a renewed worldwide interest in Fawcett. Surviving daughter Joan Fawcett is notoriously protective of his estate. There have been negotiations over a possible Hollywood film. When financial backing is assured Misha Williams’ play, “AmaZonia”, will appear on stage in London. With full access to Fawcett’s log books and letters, Williams promises dramatic new information that will, at last, truthfully explain the mystery of “this heaven sent story.”

An Indiana Jones book has been written with Fawcett in mind,108 plus there was a rerun of Exploration Fawcett by Phoenix Press in July 2001. Several interactive web sites retell and serialise his exploits, including the comprehensive Great Web of Percy Harrison Fawcett (www.phfawcettsweb.org), which has the ultimate goal of solving the ongoing mystery.

Even the Bolivian tourist industry is starting to realise Fawcett’s market value. He appears in several travel guidebooks, and there are trails and campsites and waterfalls named in his honour. However, Fawcett remains a wayward hero for historians and foreign travellers, still unknown to the majority of Bolivians”.

104  Technician Pedro Aramayo was surprised Fawcett did not climb to the outright source, claiming it was “not technically difficult.” In 1996, the Heath Sonene Expedition reached the source. [page 30]

105  La Prensa 1/12/2001, 2a. – Claimed Hito 27 had been taken down. The government sent the army, claiming of invasion and Peruvians burning land and stealing tractors. Cingolani’s article in Pulso (31/8/2001- 25-28) gives a more intelligent view.

106  Cingolani & Laleos, 66/7. In 1920 disappearance/extinction announced by FUNAI of Naua Indias Brazil. in 2000, La Nación of Buenos Aires, reported 250 to have reappeared.
107  Cingolani & Laleos, 58. Quote from Álvaro Diez Astete

108  Indiana Jones and the Seven Veils by Rob MacGregor, Bantam Books 1991. Here’s a taste: “Fawcett’s writing have turned up…. Percy paints a tantalising picture of a lost city and a mythical red headed race who may be the descendents of ancient celtic druids. No-one leaves alive….”  

Tomado de Rob Hawke: The Making of a Legend. Colonel Fawcett in Bolivia. S/d. [2002?] Bajado de internet.



[1] El primer escrito que publiqué sobre Fawcett destacaba esto mismo y por eso lo titulé Un retrato de Fawcett. Vivir no es necesario; la aventura es necesaria. Se publicó en el suplemento Ventana del periódico paceño La Razón el domingo 10 de octubre de 1993.
[2] La cita completa no tiene desperdicio: “… La Paz, con sus tranvías, sus plazas, alamedas y cafés, es, en esencia, una ciudad moderna. Extranjeros de todas las naciones llenan sus calles. Se puede sentir plenamente la proximidad de los lugares salvajes. En medio de las levitas y sombreros de copa de los hombres de la ciudad se ven los Stetsons raídos y las botas de los exploradores; pero por alguna razón las suelas alambradas de estos zapatos no se ven discordantes al lado de los escarpines de altos tacones de las damas elegantes. Los mineros y exploradores son tipos cotidianos, pues la explotación de minas es la razón de vivir de la sierra boliviana y, de vez en cuando, se ve el rostro demacrado y amarillento de alguno que ha regresado recientemente de más allá de las montañas, del infierno humeante de las vastas soledades en que nosotros nos íbamos a sumergir”. Se refiere a La Paz del año 1906, cuando arribó al país. Ver Percy Harrison Fawcett: A través de la selva amazónica. Rodas, Madrid, 1974, págs. 55-56.

[3] Vale la pena rememorar toda la cita, porque es de película. Dice Fawcett en sus memorias: “De todos los caminos espeluznantes que yo encontré en los Andes bolivianos, el de Queara a Mojos es el peor. Las cuestas eran tan empinadas que casi se hacían infranqueables y en muchos lugares los torrentes aumentados por las lluvias habían arrastrado secciones enteras, teniendo que salvar nosotros grandes quebradas. Durante esta excursión perdimos la mitad de nuestras veinticuatro mulas de carga en diversos accidentes. Fue una gran suerte que no muriera nadie del destacamento. Había pasos tan angostos que, aunque los animales iban por la orilla del sendero, la carga de la mula chocaba con las rocas salientes y la lanzaba al precipicio. Una de ellas cayó desde cien pies de altura al abismo, donde quedó tendida entre dos rocas, muerta, con las cuatro patas al aire y rodeada de las astilladas cajas de provisiones. Otra cayó desde cien pies y quedó cogida con su carga entre dos árboles. Allí pendía muy alto sobre el suelo, indiferente a todo, hasta el punto de mordisquear todo lo que estuviera a su alcance. Como nos podíamos libertarla, nos vimos obligados a matarla a tiros”. Percy Harrison Fawcett: Óp. Cit., pág. 247.

Una vez, intentamos llegar a Mojos en pleno verano. Éramos sólo tres personas y una de ellas demoraba su caminata más de la cuenta por lo cual se alteraban los tiempos de marcha y los sitios de los campamentos. En medio de fuertes lluvias, los campamentos terminaban convirtiéndose en sitios anegados o peor: parte de torrentes imprevistos y deslizamientos de barro. Así estuvimos tres o cuatro días andando, durmiendo mal o sin dormir. Me adelanté para intentar, sin éxito, apresurar a los hombres. Llegando a un lugar que se llama Pajonal, empecé a divisar nubes tan negras que anunciaban una tormenta colosal. Apenas tuvimos tiempo para armar el campamento cuando empezó la lluvia. Duró dos días seguidos. Era el acabose. No tenía sentido continuar en esas condiciones. Retornamos a Queara. El ascenso fue igualmente duro. Pero en Queara estaban mis amigos, los Kuno, que me recibieron con un buen pijcho.

[4] “En las Islas Canarias se levantaba una enorme estatua de bronce, de un caballero que señalaba, con su espada, el Oeste. En el pedestal estaba escrito: “Volveos. A mis espaldas no hay nada”. R. F. Burton: 1001 Nights, II, 141. Tomado de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: Cuentos breves y extraordinarios. Losada, Buenos Aires, 1973.

[5] Prosigue Sáenz: “Bajaría de la torre y pediría a Dios que se les recoja a los arquitectos no-arquitectos, con esa idea que se hacen del progreso y que ya parece chiste./ Con esos grotescos edificios que no tiene nada que ver con nosotros los bolivianos y que ya parecen cajas destempladas./ Después de todo hacen mal en creer que la arquitectura se hace por la pura pichanga./ La cuestión en comprender el significado de lo boliviano y trabajar por la patria. Y esto no es fácil ni difícil; es posible”. Jaime Sáenz: Emilio Villanueva en Vidas y muertes, Ediciones Huayna Potosí, La Paz, 1986, pág. 137.

[6] T.E. Lawrence: Los siete pilares de la sabiduría.

[7] Pierre Drieu La Rochelle: Se prohíbe la salida en Diario de un hombre engañado.



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Fotografía: Percy Fawcett