Saturday, May 27, 2017

Carlos Mesa vs. Roland Barthes: El mestizaje en “La Sirena y el Charango”

WIM KAMERBEEK ROMERO

Para La Sirena y El Charango. Ensayo sobre el Mestizaje, de Carlos Mesa (2013), el concepto de mestizaje presupone su propio significado. Se trata de una hibridación inescapable que viene desde el periodo precolonial y que se asienta como eje discursivo recién en el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario entre 1952 y 1964. En principio, Mesa busca dotar de veracidad  a su discurso, construyendo su argumentación a partir de datos históricos por su carrera de historiador. Como él dice:

“(…) los historiadores tenemos la obligación de llamar la atención sobre un conjunto de elementos que están indicando claramente la intención de torcer la historia, de acomodarla a los tiempos que corren y, lo que es más grave, grabar en el inconsciente colectivo una fecha que nada tiene que ver con la verdad” (pág. 200)

Además de oponer la historia y los datos históricos a los “elementos” que indican la intención de “torcer la historia” y de “acomodarla a los tiempos que corren”, Mesa contrapone recurrentemente al Estado Plurinacional del Movimiento Al Socialismo, el reconocimiento a varias naciones étnicas y la conflictividad existente a, primero, un pasado donde el mestizaje era una identidad que abarcaba “los cuatros puntos cardinales del territorio” porque “nos sentíamos identificados como parte de una misma comunidad” (pág. 215) y segundo, al presente, cuando él entiende que la conflictividad solo puede ser solucionada por el reconocimiento al mestizaje, que es esencial a la nación boliviana. Como se verá más adelante, a pesar de que Mesa no es tan explícito respecto a su propia posición ideológica –lo que es distinto en autores como García Linera o Pedro Portugal cuando se trata de analizar al mestizaje- identifica que “los tiempos que corren”, es decir, la “centralidad indígena”, es una amenaza para su proyecto político de “unificar” a una nación, donde el reconocimiento al mestizaje es fundamento.

De esta manera, Carlos Mesa exnomina al proceso político acontecido en la Asamblea Constituyente que da lugar a la nueva Constitución Política del Estado en 2009, y logra naturalizar y despolitizar primero, el concepto de  nación boliviana –presentando el concepto de nación como libre de conflicto- y segundo, a la modernidad que habría alcanzado su punto máximo (no satisfactorio) durante el Nacionalismo Revolucionario. Así, Mesa justifica un orden para el mestizaje que por razones obvias, no es compatible con el proceso actual boliviano.





Sentido y Forma del Mestizaje

Si Roland Barthes entiende que el sentido, dentro del análisis semiológico, “postula un saber, un pasado, una memoria, un orden comparativo de hechos, de ideas, de decisiones” (Barthes, 2014: 209), en el caso de Mesa y su análisis sobre el mestizaje boliviano, se trata de  acudir a dos órdenes comparativos de hechos, tomados como aspectos que consideran una memoria larga: la primera respecto de la colonia, donde españoles y nativos –a pesar de vivir en sociedades separadas- logran mezclar las culturas que los definían, dando lugar a un mestizaje notorio en manifestaciones culturales o sociales, y la segunda, de principios de siglo XX, donde la sociedad boliviana, a pesar de la todavía fuerte división social entre blancos, cholos, indios y negros, reconoce finalmente al mestizaje, formando parte del discurso del gobierno del Nacionalismo Revolucionario (1952 – 1964).

Para desglosar el sentido “barthiano” en la obra del expresidente boliviano Carlos Mesa, La Sirena y el Charango publicada en el año 2013, es necesario dividirla en tres puntos, donde al mismo tiempo, el discurso que el autor pretende defender, es evidente. Es decir, considerando que el sentido de la obra y del discurso del mestizaje radica en una tensión entre una memoria que acude a la colonia, y otra que acude a lo que acontece en pleno siglo XX, hasta el Nacionalismo Revolucionario (1952 -1964) . En primer lugar, entre los capítulos “Independencia y República. Negación y Afirmación del Otro” y “La Marca”, el autor propone que el pasado boliviano aun no ha sido resuelto respecto de los elementos constituyentes del “imaginario social boliviano”, pero también que el Nacionalismo Revolucionario –a imagen de la Revolución Mexicana- habría logrado la uniformidad de la identidad boliviana en la sola aceptación del carácter mestizo de la nación, a pesar de las falencias que tal empresa implica al crear por ejemplo,  una clase campesina, que reúne la diversidad en un solo significado (Mesa, 2013: 33 – 39). Más allá, el autor refuerza lo de la conciliación que significaría el mestizaje, cuando recurre a la analogía de la “violación”, que se deduce, refiere al continente americano: “aun no hemos resuelto ese pasado de padre violador y madre violada y consentidora. Alguno de nuestros historiadores resolvió el asunto de un plumazo con la frase lapidaria de que “La esclavitud no tiene historia”” (pág. 50), para luego continuar con que la construcción de un futuro coherente, no debería residir en el de la uniformidad ni el nacionalismo de los 50, o que la presencia española de 300 años ha significado la generación de ideas y hombres, como Simón Bolívar y Andrés de Santa Cruz, en pocas palabras: el mestizaje o en todo caso, la aceptación del mestizaje, permite un nuevo futuro para Bolivia, que no sea ni la plurinacionalidad actual, ni el nacionalismo de siglo pasado. (pág. 50-51).

Si el primer argumento resulta explícito respecto de esa combinación de memorias entre distintos hechos en el pasado boliviano, y sus respectivas incidencias políticas en la historia política de Bolivia, la “Metáfora del Inca y el Porquerizo” (capítulo 2 de la segunda parte del libro)  es sugerente respecto de la visión del autor acerca del pasado prehispánico y español en Bolivia: si Atahuallpa fue el emperador del poderoso imperio inca, el futuro de dicho imperio no habría encontrado un destino concreto por las limitaciones en el desarrollo tecnológico; y luego, si Francisco Pizarro fue un español analfabeto, pero que al mismo tiempo, trajo consigo “cultura occidental, el hierro forjado, los caballos y los arcabuces” o incluso a “Aristóteles, a Platón, a Julio César, al derecho romano y a la cultura árabe” (pág 56 – 59); lo que queda es considerar la innegabilidad del progreso altoperuano gracias al descubrimiento español, es decir, que el mestizaje además de ser cultural, racial es también una hibridación socio-política considerable. 

En lo que queda respecto del sentido del discurso del mestizaje en el libro que se analiza, en el capítulo 3 “Los Dioses (Santiago-Illapa, Tunupa, Qesintu y Umantu-Las Sirenas)” el autor propone un mestizaje cultural demostrado en la fusión del cristianismo con formas religiosas propias del Alto Perú, dice “pretender que la espiritualidad andina está exenta de ese ingrediente fundamental del cristianismo colonial es simplemente una expresión de deseos, o una falsificación del pasado. La obsesión tan en boga  de cortar la historia como una mortadela y leerla e interpretarla por separado y reinventarla al gusto del consumidor político del momento, es una tarea perdida y busca destruir nuestra esencia”. (pág. 74)

Lo del sentido parece hasta aquí resuelto porque se han combinado dos hechos en el pasado boliviano, el de la colonia, donde la influencia mutua entre dos sociedades separadas como la de españoles e indios, dieron como resultado  un proceso de mestizaje que resultaba inevitable y por tanto, de carácter inescapable para los bolivianos, y el Nacionalismo Revolucionario, que resultaría en un estado de aparente cohesión porque se habría logrado –junto a la inclusión de indígenas, aunque transformados en “campesinos”-  la superación de la República de Bolivia en sus inicios, por su herencia colonial, hacia la uniformidad de la identidad boliviana. Sin embargo, lo de la uniformidad de la identidad boliviana –en estrecha relación con lo acontecido en la Revolución Mexicana- tiene una fuerte influencia en el significado de nación en todo el debate académico que se analiza en esta investigación: da la impresión que lo que se entiende por el concepto de nación, que se asemeja bastante a lo de la uniformidad de la identidad boliviana,  resulta similar al de una comunidad por sobre cualquier diferencia y en esto, lo de la cohesión, identidad boliviana, por sobre las diferencias étnicas en lo plurinacional funcionan como forma. Que contiene ciertas consideraciones.

Silvia Rivera discute esta forma de presentar al mestizaje en su libro “Violencias (re) encubiertas en Bolivia”, denominándola como “amalgama”. En palabras de Rivera, el mito sobre la amalgama tiene una referencia al proceso de mestizaje en Estados Unidos como fundador de la cultura “gringa”, de convivencia armoniosa entre distintas culturas,  que teóricamente, se replica en Bolivia como el caso de Hugo San Martín al definir lo cholo como “amalgama cultural” que se encuentra entre lo incaico y una versión criolla de lo occidental (San Martín en Rivera, 2010: 68), lo que no dista demasiado de Franz Tamayo. Para la autora, lo de la amalgama, trata de “(…) la celebración del mestizaje como fusión de razas y culturas continúa siendo, en nuestro país, una camisa de fuerza que para la comprensión del fenómeno, puesto que se ve al tercero (el mestizaje) como algo totalmente nuevo: sumatoria y superación de los rasgos que oponen a los otros dos” (Rivera, 2010: 68).

No obstante, lo mestizo como amalgama en el caso boliviano, tiene un origen más preciso: la cuestión indígena en la literatura boliviana, desde la fundación misma de la República de Bolivia, ha intentado pensar la cuestión nacional desde un enfoque donde lo indígena era abiertamente rechazado. Lo que significa desde aquí, que el proyecto de nación a cargo de las élites económicas y políticas desde siglo XIX buscaba de cualquier manera, eliminar lo indígena porque querría decir atraso, pero también alguna forma de segregación. Javier Sanjinés explica lo anterior cuando analiza el origen del discurso del mestizaje de Franz Tamayo en su Creación de la Pedagogía Nacional de 1910: si bien las élites de la época, influidas por doctrinas liberal-positivistas, buscaban aproximar al indígena por cuestiones físicas-estéticas a los suecos , lo que se buscaba tácitamente, era la eliminación de este “obstáculo” a través de una forma de desarrollo físico y mental, lo que está explícito en el libro de Tamayo, donde solo a través de la educación se podría llegar a una voluntad de carácter nacional. El nuevo mestizo –y no el cholo, porque esa sería la antítesis del nuevo boliviano- según Tamayo, también resultaría una suerte de amalgama, donde la energía del indio se sumaría a la inteligencia del blanco (Sanjinés, 2014: 50-56).

Si el sentido barthiano de lo mestizo en el libro de Carlos Mesa, conjuga un orden comparativo de hechos, entre la Colonia española, el Nacionalismo Revolucionario y algunas veces el imperio incaico, la forma “barthiana” del mestizaje boliviano en el mismo texto, resulta un tanto más caótica. Roland Barthes entiende por forma, el significante del mito, como “una imagen rica, vívida, espontánea, inocente, indiscutible” (Barthes, 2014: 210). Esta imagen del mestizaje radicaría entonces entre procesos de aculturación que dan lugar a una nueva identidad social, sea como producto de dos sociedades opuestas, como en la colonia, o por la reunión de diferencias en un solo concepto, como el mestizaje durante los años del primer Movimiento Nacionalista Revolucionario. De cualquier manera, lo que debe considerarse en tanto que se analiza la forma del mestizaje en el libro de Carlos Mesa es su carácter totalizante: el mestizaje se encuentra en varias manifestaciones, desde culturales, raciales/étnicas o sociales –lo que el autor confunde en varios pasajes del libro-  y se manifiesta en cualquier evento de mayor conmoción para la historia boliviana. Para Mesa, lo mestizo vendría a ser entonces la esencia de lo boliviano. El autor es enfático cuando, respecto a la correcta pero nada exitosa “lectura del pasado” que habría realizado la revolución de 1952 con el eje discursivo del mestizaje y la castellanización de la educación boliviana, va emergiendo un discurso de tinte “indianista radical” de la mano de Fausto Reynaga, que cuestiona el paradigma de lo mestizo y el mestizaje, y que perjudica de sobremanera a Mesa y su esencialismo: lo del indianismo sería una lectura a medias, porque está basada en prejuicios sobre quien fuera “originario” y quien fuera “no-originario”, lo que pone en peligro a la identidad boliviana. El discurso de “indianismo radical” influye años después en Evo Morales porque –tal como escribe Mesa- las “corrientes fuertemente indigenistas” en el gobierno, incorporan la idea de la “naciones dentro de una nación” y potencian el descrédito del mestizaje, en una población donde el 50% se identifica como mestiza, pero no con un gobierno de tinte indigenista (pág. 39- 43).  Mesa confunde indigenismo con indianismo. 

Hasta aquí, el libro de Carlos Mesa es altamente sugerente respecto de las razones para la conformación del mestizaje como identidad política: el sentido radica en que es un dato histórico inescapable, desde el imperio incaico hasta la Revolución Nacional boliviana de 1952, mientras que por forma se entiende una suerte de esencia de lo boliviano, aunque con las consideraciones necesarias que hacen de ésta una cuestión caótica: que es una suerte de “amalgama”, y que la conflictividad boliviana solo podría solucionarse a través del reconocimiento del carácter mestizo del país. Para Mesa, aceptar la esencia boliviana prometería un nuevo escenario para Bolivia, la superación de la Revolución Nacionalista de 1952 que no reconocía diferencias a partir del mestizaje, así como la superación del Estado Plurinacional actual, que es escisivo porque estaría basado en el concepto de “naciones dentro de una nación”.

Concepto y Significación del Mestizaje

En el esquema desarrollado por Roland Barthes en su libro Mitologías, el concepto viene a ocupar el lugar del significado en el esquema que él desarrolla para explicar la conformación del mito. Es un significado de orden segundo, que supera al significado en el esquema de la lengua.  Barthes entiende por concepto un algo determinado, “(…) es a la vez histórico e intencional; es el móvil que hace proferir el mito”, así como que es una “(…) cadena de causas y efectos, de móviles e intenciones. Está lleno de una situación” (Barthes, 2014: 210). En La Sirena y el Charango, el concepto del mestizaje se presenta como superación al conflicto, después de que Carlos Mesa combina lo histórico del sentido con lo problemático de la forma, como se vio anteriormente. Para el autor, la esencia boliviana tiene una potencialidad histórica porque significa la superación del conflictivo clima político boliviano, algo así como que si alguna vez el país habría encontrado una identidad, era gracias a la categoría “mestizo” hace más de medio siglo atrás.

El texto de La Sirena y el Charango presenta variadas formas para establecer un concepto del mestizaje, que significa ya una forma de politizar el tema. El autor parte analizando el discurso de aquellos que son contrarios a su proyecto, sobre  la naturaleza violenta del descubrimiento de América: para ellos, el encuentro entre los conquistadores españoles y el imperio incaico es equivalente a una relación entre un padre violador y una madre que es víctima  y por esto, un clima de vergüenza y resentimiento impiden la construcción de la sociedad boliviana. Para Mesa, esta es una historia que “no cuadra” pero la “mayoría de los habitantes andinos están persuadidos de que fue así”. En palabras del autor, “(…) El resultado: sentimos odio, resentimiento y vergüenza por ese pasado. Así, es muy difícil que podamos construir como sociedad una idea de seguridad, optimismo y perspectivas positivas hacia el futuro, porque el pasado tiene una carga que recordamos con profundo malestar.” (pág. 55); y luego agrega en la tercera parte del libro, en el capítulo “A la Sombra del Modelo Colonial Español”, que para la construcción de una nación –entre iguales y aun en las diferencias, como Mesa escribe- es necesario adecuar el texto constitucional al siglo XXI, reconciliando la tradición occidental boliviana y la indígena, y no así a través de distintas categorías ciudadanas, como indígenas y no indígenas (pág. 143). Para Mesa, esto solo se  habría logrado durante la Revolución Nacional boliviana en 1952, porque la presencia del Estado –como nunca antes- era total, y al mismo tiempo que articulaba occidente y oriente bolivianos, rescataba a través del mestizaje lo indomestizo que de alguna manera, cuestionaba lo heredado por la colonia española (pág. 145).

De esta manera, Mesa suma otra forma a la significación del mito del mestizaje en La Sirena y el Charango: el mestizaje significaría la reconciliación del presente con el pasado pero también y sobre todo, el mestizaje significa modernidad. Según Barthes, el significado del mito, puede permitirse múltiples significantes (Barthes, 2014: 212), como se ve, a la característica del mestizaje como esencial para la nación boliviana como forma en términos de Barthes, se suma otra: la modernidad como reconciliación de pasado y presente que, aunque el libro de Mesa menciona a la Constitución Política del Estado y ya no al propio Censo del año 2012, esto revela aun más la intención del autor: demostrar al lector que el mestizaje es inherente a Bolivia, y que su reconocimiento lograría reconciliar las diferencias que el país se encuentra debido a, según Mesa, la creación de dos categorías distintas de ciudadanía, la indígena y la no-indígena. El concepto al que Mesa acude, para la significación del mestizaje es entonces la cohesión social boliviana: el momento donde lo político en Bolivia habría resuelto el “gran desafío” boliviano es el mestizaje porque uniforma a una sociedad plagada de diferencias.

El anhelo de cohesión y uniformidad en lo nacional no es un dato reciente, como concepto o significado mitológico, ha sido presentado en otros tiempos  de la historia boliviana. Ximena Soruco explora este detalle desde la literatura nacional, como en el caso de Nataniel Aguirre y su obra Juan de la Rosa, donde el protagonista es un criollo con una “ascendencia indígena dubitativa”, mestizo, que se ubica entre el desprecio a los españoles/criollos de la época por su ambigua posición frente a la independencia boliviana, y el supuesto carácter subversivo y separatista de los indígenas por la instauración de las “Republiquetas” en este periodo, y que encarna, Juan de la Rosa,  un proyecto nacional que solo podría lograrse gracias a una “nueva raza”, donde se excluye a lo indígena (Soruco, 2012: 85); o como en el caso de Antonio Díaz Villamil y su obra La niña de sus ojos, que guarda estrecha relación con el discurso del principal referente ideológico del Movimiento Nacionalista Revolucionario, Carlos Montenegro en “Nacionalismo y Coloniaje”,  en la primera mitad del siglo XX: se trata de la unificación de la nación que se enfrenta a la “antinación”, donde lo mestizo encarna esa cohesión que lleva implícitamente un proyecto pedagógico al indígena. En el desenlace de la novela de Diaz Villamil, la protagonista Domy, hija de una chola y educada en un centro religioso, es profesora en una comunidad indígena, en matrimonio con un criollo (Soruco, 2012: 174 – 176).

El concepto de mestizo que Carlos Mesa presenta en La Sirena y el Charango mantiene cercanía con el concepto de mestizo en otras épocas en la historia boliviana: el mestizaje es un proyecto de nación, aunque en la argumentación de Mesa, el sujeto político que va a llevar a cabo dicha empresa no está del todo delimitado  pero tiene sus enemigos: aquellos que “viven en el pasado”. Por otra parte, si se trata de la significación como irrupción del mestizaje en el campo discursivo boliviano, o sea el mito mismo, debe considerarse que para Barthes, la función del mito no es ocultar algo, sino deformar una verdad (Barthes, 2014: 213). Los elementos que se han descrito, ayudan ya a describir al mestizaje en el debate académico respecto a la inclusión de la categoría “mestizo” en la pregunta 29 del más reciente Censo de Población y Vivienda en Bolivia, como mito, porque existen aspectos históricos que son incluidos a la hora de presentarlo al debate.

La significación del mestizaje contiene entonces –siguiendo a Carlos Mesa y combinando los elementos que se han extraído de su libro- la esencia de lo boliviano, que es una combinación de elementos en la Colonia y lo indígena, sobre todo culturales y que es el momento más lúcido de articulación entre identidades  sociales notablemente distintas entre sí. El mestizaje desde esta óptica, es lo más cercano a la identidad nacional boliviana porque reconciliaría diferencias étnicas en el territorio boliviano, como el reconocimiento de lo mestizo y sus consecuencias demuestran, durante el gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario entre 1952 y 1964. Pero además, significaría la reconciliación entre una innegable tradición occidental y una indígena, lo que es equivalente a una añorada modernidad en el Estado. Esto determina entonces que el mestizaje defendido por Carlos Mesa, es de tipo nacional (Claros, 2016). Se aferra a una esencia y concibe que existe una identidad nacional sobre otras a las que si bien no niega, las supedita, a una universal que viene a ser la boliviana. Irónicamente, se trata de dos categorías de identidades: una boliviana, esencial y mestiza, y una étnica.

Desde aquí, la función de deformación del mestizaje es algo parecido a lo que  la forma que refiere a la modernidad, la que se vio unas líneas atrás, sugiere: se trata de uniformar las tensiones, para dar paso a un nuevo escenario social, en armonía entre las distintas identidades sociales. Así, el mestizaje de Carlos Mesa, es la continuación del proyecto pedagógico a cargo de Tamayo en 1910, y lucharía contra la antinación -en términos de Carlos Montenegro- aunque con una sutil diferencia: esta vez la antinación es el lugar donde se han creado dos categorías de ciudadanos que resaltan sus diferencias entre indígenas y no-indígenas.

Mestizaje natural y despolitizado: la nación boliviana de Carlos Mesa

La significación del mestizaje que defiende Carlos Mesa busca la creación de un nuevo orden: se trata de modernizar al Estado a través del reconocimiento de su noción más básica, su esencia mestiza. El significado de nación que opera en la argumentación de Mesa es la de una comunidad que ha superado sus conflictos internos, lo que permite visibilizar un nuevo Estado en el que existen dos niveles de autoidentificación: una principal, boliviana y mestiza, y otra secundaria, que es étnica. En la última parte de La Sirena y el Charango, el autor revela su concepto de nación al decir que:

“El futuro que nos toca tiene poco que ver con el futuro que se vislumbró desde las almenas del fin del siglo XX. El nuevo siglo nos ha deparado desgarramientos insospechados pero necesarios, bocanadas de odio y rencores inevitables que se deben quebrar desde abajo, desde su propia entraña. Es necesario reconstruir un imaginario colectivo en el que todos nos miremos sin miedos ni atavismos, en lógica de los privilegios sea desterrada, en la que podamos sembrar un sentido de Nación, más allá de la región, más allá de la etnia, más allá de lo popular, pero con ellos, a través de sus andamiajes, sin negar ninguna de esas características que nos identifican con lo más íntimo de cada uno de nosotros”
                                                                                                                                        (pág. 221)

Según la teoría de Barthes, la motivación es el uso de una analogía junto a la nueva significación (que se había definido previamente en este análisis). Lo que se busca es la reinserción de la significación en un contexto dado (Barthes, 2014: 217- 220). Esto quiere decir que al hacer uso de la analogía junto a la significación, lo que se intenta lograr es la interpelación del lector: hacer que la significación del mito pueda ser más accesible para el consumidor del mito, el lector en este caso. Esta analogía en la argumentación de Mesa es referirse al contexto en el que se escribe este libro, y al hacerlo, presenta un escenario futuro, libre de cualquier conflicto. Así, funda el carácter natural y despolitizado del mestizaje.

Como se ha descrito antes, el sentido del mestizaje nacional de Carlos Mesa, postula ya un orden temporal del que forman parte el pasado prehispánico, colonial y el Nacionalismo Revolucionario. A este orden temporal, La Sirena y el Charango opone tácitamente un escenario futuro, donde la conflictividad no existe pero sí la inclusión de los sectores que no son representados al momento de escribir el libro, es decir, en el debate académico respecto a la inclusión de la categoría mestizo en la pregunta 29 del Censo de Población y Vivienda del año 2012. Al hacer esto, Carlos Mesa debe remitirse al presente porque solo así es que motiva al mestizaje nacional que presenta al lector. De esta manera, Mesa puede hacer creíble su proyecto.

La motivación de acuerdo a la teoría de Barthes, en La Sirena y el Charango, comprende poner en evidencia que el proyecto supuestamente inclusivo del Movimiento Al Socialismo es igual a lo que Mesa denomina “La Centralidad Indígena”, que -además de ser el nombre de uno de los capítulos de la tercera parte del libro-  representa una incomodidad notable para el autor y su proyecto de mestizaje. Al analizar la nueva Constitución Política del Estado aprobada en 2009, Carlos Mesa dice “La línea maestra general de la Constitución tiende a privilegiar lo indígena en todas sus expresiones, incluyendo el de la protección de sus lugares sagrados (artículo 30, 7), lo que no está dicho para los lugares sagrados de las otras creencias que se practican en el país” (pag. 138). La intención radica en presentar el proyecto de indigeneidad estatal como excluyente, retórico y sumamente contradictorio. La analogía –relación de similitud entre dos términos- de la significación del mestizaje buscaría comparar el contexto que Mesa describe al momento de escribir su libro con un pasado que es reivindicado constantemente por el gobierno del Movimiento Al Socialismo. En suma, la motivación del mestizaje de Carlos Mesa, de interpelar al lector a través de una analogía, implica presentar al presente como oscuro, conflictivo y un “regreso al pasado” que tiene como consecuencia un futuro incierto para la nación de Mesa. Cuando el autor se propone hacer un análisis sobre la nueva Constitución Política del Estado en Bolivia, se inclina por mostrar el proceso previo –de la Asamblea Constituyente- como un proceso violento, contradictorio y sobre todo improductivo. El reconocimiento a lo indígena no ha solucionado los problemas que aquejan históricamente al país. Como Mesa dice:

“(…) queda también claro que la comunidad boliviana no indígena no encuentra una respuesta de integración y de sentido de pertenencia desde el discurso estatal obsesivamente indígena, andino y aymara. El gobierno de Morales perdió el rumbo en uno de sus desafíos más importantes, el de cerrar definitivamente la brecha de la sorda confrontación que cruza tres niveles; el étnico, el de las regiones y el del espacio urbano y el espacio rural”           
(Mesa, 2013: 129)

Del párrafo anterior se extrae el concepto de nación de Carlos Mesa, como libre de conflicto y de plena identificación para sus integrantes. A pesar de lo plurinacional  que el texto de la Constitución Política del Estado pregona, al reconocer la categoría de “indígena originario campesino” y 36 idiomas oficiales, según el autor, el énfasis en lo étnico no ayuda a resolver los problemas que se encuentran en tres niveles. Así, el proyecto de nación de Mesa, de unificación, presenta cuáles son los problemas que no son resueltos –lo étnico, lo regional y la brecha entre lo urbano y lo rural- a pesar de la retórica.

La analogía de la significación del mestizaje de tipo nacional, que revela un presente de confrontación por sobreponer lo étnico sobre otros problemas y que no supera el pasado a pesar de la retórica “maximalista”, como escribe Mesa en algunos párrafos de la tercera parte del libro, no está compuesta únicamente por la oposición del autor con el proyecto de la indigeneidad estatal, sino también por la oposición del autor con tendencias políticas que considera contrarias al liberalismo, que a estas alturas de La Sirena y el Charango se deja ver como la ideología de Carlos Mesa. El autor aísla al mestizaje de lo indígena y lo occidental –como momento superior a éstas dos porque las reconciliaría, como se vio anteriormente- y al indigenismo/indianismo indistintamente, por ser ideologías “radicales”, y contrarias a la democracia. Al explicar lo acontecido entre 1984 y 1992 en Bolivia, acerca de una convergencia entre indianismo y marxismo de donde el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera y el líder indígena Felipe Quispe son representantes más conocidos, Carlos Mesa exhibe el peligro que acecha al liberalismo y al republicanismo al decir que la presencia de García Linera como ideólogo del “comunitarismo andino”  (convergencia entre indigenismo y marxismo), determina un híbrido de “valores esencialistas del indigenismo” que pervive en una Constitución “de raíz liberal republicana” y a la vez “de tendencia socializante y estatista” (Mesa, 2013: 152). Es notable que a continuación, utilice el argumento de “dos repúblicas” durante el “exitoso Estado colonial” para describirlo como método del proyecto del Movimiento Al Socialismo (pág. 152-153) pero también que dentro de esta argumentación, se trata de comparar la indigeneidad estatal con el Estado colonial, por excluyente. Se muestra así que Carlos Mesa considera a las corrientes indianistas-marxistas como una “vuelta al pasado” por su amenaza al liberalismo y porque al encontrarse inmersas en la estructura de gobierno, ponen en riesgo la idea la nación boliviana.

Esta motivación, que es básicamente mostrar al presente como una radicalización del pasado republicano boliviano, que no resuelve los problemas que aquejan al país para por fin tener un Estado inclusivo, da pie a la naturalización del mestizaje que Carlos Mesa propone en su libro. Para Roland Barthes, la naturalización trata de un “habla excesivamente justificada” que “no es leída como móvil sino como razón” (Barthes: 2014: 223). Convertir al mito en natural quiere decir que en esta etapa, transforma su carácter histórico en naturaleza, donde el significante funda al significado. Según Barthes, el mito se presenta así como “inocente” pero también, se permite ser leído como un “sistema de hechos”, las intenciones del mito no están jamás ocultas, sino naturalizadas (pág. 224).Para Mesa, el sistema de hechos ya no tiene mucho que ver con lo político, sino con las manifestaciones culturales que para el autor, son el mejor síntoma del mestizaje y de su proyecto de nación: las fiestas religiosas son una reconciliación de costumbres locales y españolas. Para dar solidez a este argumento, el autor recurre a explicar que este fenómeno es frecuente en el ámbito rural que además es, donde se concentra el voto y respaldo a la indigeneidad estatal de Evo Morales. En primera instancia, se trata de deslegitimar al proyecto de “centralidad indígena”, para luego, interpelar al lector a través de un análisis minucioso sobre el propio presidente Morales  quien, para Mesa, es el mejor representante del mestizaje nacional.

Como en este libro y en su intervención en Mesa Redonda. Nación y Mestizaje, que será analizado más adelante, Carlos Mesa tiende a concentrarse en explicar a la colonia como un hecho que a pesar de ser violento, significa una primera formación del país que ahora se conoce como Bolivia. Al hacerlo, trata de reconciliar al pasado con el presente, restando credibilidad a la “descolonización” que es otro eje discursivo en la indigeneidad estatal, pero también, de restar énfasis a cualquier mirada a la época anterior a la colonia. Es lo que Luis Claros denomina “estrategia de neutralización”, que consiste en contrarrestar cualquier argumento en contra de la colonia, intentando primero, presentar a todo proceso de conquista como violento e inevitable, humano, y luego, evitar cualquier idealización de las sociedades incaicas, por verticales y premodernas (Luis Claros, 2016: 119 – 121). La naturalización del proyecto de mestizaje de Carlos Mesa debe necesariamente, evitar toda idea contraria a lo moderno porque como el autor dice, esto significaría no resolver el problema étnico, menos el regional y acentuaría lo rural sobre lo urbano. Para esto, Mesa debe recurrir a la “obviedad” del mestizaje, demostrando al lector que lo mestizo se encuentra en todas partes.

Si bien la esfera de lo político ha sufrido cambios sustanciales en el contexto en el que se desarrolla La Sirena y El Charango, para Mesa el campo de la religión, por la hibridación entre la religión local y las religiones de esta parte del continente, ha permanecido inalterado y eso se debe a su permanencia en el tiempo, lo que significa que la hibridación entre catolicismo y tradiciones religiosas locales es otra característica esencial a la nación de Carlos Mesa. También en este análisis, el autor presenta que la solución al carácter conflictivo de la nación boliviana, radica en reconocer al mestizaje, aunque con una ligera preferencia por lo católico o moderno. Como Mesa dice:

“El mundo colonial generó, a pesar de dominadores y de dominados, una realidad mezclada de mensajes entrecruzados, de mitologías fundidas, de una religión nueva y enriquecida. El cielo de las escrituras bíblicas y del mundo grecolatino se pobló de lunas, soles y estrellas de los Andes, de sirenas y de monos, de máscaras y grutescos, que representaban el otro cuerpo, el andino. La madre del Dios de Judá se hizo tierra y renovó su fecundidad más allá del Salvador. La fiesta de la fe se multiplicó en santas y santos que, mediadores entre lo terreno y lo divino, lo fueron también del otro cielo poblado de dioses-cerro, dioses-agua y dioses-sol.

Tres siglos después del cataclismo se hizo posible el nuevo tiempo. La cruz y el castellano habían comenzado a tocar las raíces, se quedaban, se mezclaban en la sangre americana irremediablemente. Pero no eran más los desafiantes signos que Europa trajo en las carabelas, eran ahora hijos de un choque espantoso y padres de una nueva identidad. Los dioses habían logrado sobrevivir pero no funcionaban más como antes, tuvieron que pegarse a la piel de Jehová, de su madre y de su hijo. Habían adquirido un nuevo rostro. El rayo es ahora la espada de Santiago, del mismo matamoros que aquí fue mataindios y que, quizás precisamente por ello, sale en hombros de indios en una procesión cualquiera de un pueblo cualquiera a cuatro mil metros de altura, a diez mil kilómetros de distancia y quinientos años después de la batalla de Granada

Lo católico se apropió de América y se metió a su vez en esta piel para hacerse parte de su cuerpo, de su reconocimiento, para acompañar a los hombres de aquí en el instante de la muerte, para ello acuñó la imagen nueva del cielo y del infierno, del pecado y la salvación para tomar el punto más recóndito del alma, del que depende la relación esencial del individuo consigo mismo y su destino.”                                     (Mesa, 2013: 68 - 69)

Al acudir a la religión, Carlos Mesa invoca al imaginario social boliviano –lo que él denomina “imaginario colectivo boliviano”- y de esta manera interpela al lector desde todas las representaciones que se entienden como presupuestas para el consumidor del mito. En palabras de Cornelius Castoriadis, el imaginario social es la lectura de la realidad hecha por cada sujeto en un momento histórico social dado, donde la representación de figuras/formas/imágenes conforma el orden simbólico, o racionalidad en una sociedad (Castoriadis, 2010). A partir de discutir una representación presupuesta como la religión o el arte en Bolivia, Mesa logra naturalizar y al mismo tiempo, despolitizar al mestizaje: en primer lugar, la hibridación religiosa es inescapable como cuando el autor se pregunta si habría sido igual si el catolicismo, el islam o budismo llegasen a nuestras tierras aunque de todas maneras, “nuestra raíz común es judeo-cristiana, y está estrechamente vinculada a un momento que cambió el mundo para siempre y el nuestro, el mundo americano muy en particular” (Mesa, 2013: 70); y en segundo lugar, es un hecho inobjetable, como cuando Mesa describe el “momento del rezo”, “(…)el sacerdote andino, en el mismo tono con el que se desgrana el rosario, pide, se comunica con sus dioses, con los Apus (montañas tutelares), con sus ancestros (los huacas). Es una sucesión transida de palabras en aymara o quechua salpicadas de vez en vez por el castellano” (pág. 73).

Al naturalizar el mestizaje, Carlos Mesa crea un concepto  más sólido sobre su proyecto de nación. Al acudir a otras representaciones del imaginario social boliviano, intenta mostrar al lector que lo mestizo está también en las fiestas bolivianas (pág. 119 – 123) y que ir en contra –o sea, no reconocerla en el Censo de Población y Vivienda del año 2012- es ir contra la propia historia boliviana. Esto funciona como exnominación, que es elemental al proceso de despolitización en la teoría de Barthes. Se trata de eliminar, en los argumentos, a todos los elementos que vayan en contra de la construcción de la historia boliviana y el proyecto de mestizaje nacional propuestos por Carlos Mesa, que empieza por los movimientos políticos que “viven del pasado”. 

La vertiente indianista/indigenista que Mesa describe en su libro es, según él, la reivindicación de una forma violenta de acción política, basada en los hechos de 1781 a cargo de Tupac Katari que, si bien buscaba terminar con la colonia española, también buscaba aniquilar a españoles, criollos y mestizos. Para el autor, esto es totalmente distinto a la “construcción del republicanismo” evocada en los levantamientos en Sucre y La Paz en 1809. (Mesa, 2014: 160). Esa forma de acción violenta de Katari en 1781 es más cercana a la forma de gobernar en la actualidad, porque quienes gobiernan en el momento que se escribe este libro,  olvidan que la Carta Magna de 1825 es producto de un movimiento donde participaron “blancos, mestizos e indígenas” y que “nos legó la república, la democracia y la idea de ciudadanía, que son precisamente los valores esenciales” (pág. 161). No obstante, pese a que Carlos Mesa argumenta que solo gracias a la democracia y el republicanismo se ha logrado la cohesión de la sociedad boliviana, la historia boliviana refleja también que la democracia, el republicanismo y hasta el populismo de mitad de siglo XX, donde el mestizaje es el eje discursivo, son procesos violentos en los que la cohesión no es del todo lograda porque tiene también sus víctimas y consecuencias que contradicen al autor de este libro. Silvia Rivera, al explicar el “abigarramiento” de la sociedad boliviana, describe tres momentos donde el discurso de la época, al crear sus respectivos sujetos, siempre lo hace a costa de un sujeto que no cumple los requisitos establecidos por lo objetivo: el ciclo colonial, con el “colonialismo interno” como efecto, el ciclo liberal, con la fundación del concepto de “ciudadano” y sus implicaciones, y el ciclo populista, que a través de la homogeneización nacional, el Estado no hace más que suprimir identidades étnicas y comunales en Bolivia. (Rivera Cusicanqui, 2010: 39 – 47), esto implica que el mestizaje, como identidad intermedia entre blancos e indios, o proyecto nacional, era una invención de las élites criollo-mestizas y por tanto, como se habría visto en el proyecto pedagógico de Franz Tamayo, de lo que se trata es de “occidentalizar” a lo indígena. Salvador Schavelzon, en un artículo publicado en 2015 sobre el conflicto sobre la construcción de una carretera por medio de un territorio indígena y el Censo de Población y Vivienda del año 2012, detalla que para explicar la exclusión de la categoría “mestizo” de la pregunta 29 referida  a la autoidentificación del encuestado, desde el Estado, los argumentos fueron parecidos al indianismo y su relación con el mestizaje, porque quienes  defendían a lo mestizo, en realidad, estaban a favor de una categoría creada por una élite criollo-mestiza contraria a los intereses de los indígenas y contraria a intereses revolucionarios, lo que es similar a la relación entre indianismo e indigenismo, descrita anteriormente. Esto demostraba que la indigeneidad estatal, sería un proyecto inclusivo a amplios sectores de la población, pero que aun mantenía, sino catapultaba, diferencias notorias entre indígenas y mestizos (Schavelzon, 2015). Tácitamente, de lo que se trata es que si el mestizaje descrito por Rivera estaba bastante relacionado con lo blanco, lo que ocurre en el caso descrito por Schavelzon es una indigeneidad estatal que determina lo mestizo: la indigeneidad del Movimiento Al Socialismo, desde la Asamblea Constituyente entre 2006 y 2008 viene a ser lo que fue el mestizaje para el Movimiento Nacionalista Revolucionario de 1952 para adelante, un eje discursivo desde el que no existe espacio para otras categorías.

Carlos Mesa es consciente que reconocer al mestizaje nacional significa mantener un debate con interpretaciones del mestizaje que son distintas a la que él sostiene –por ejemplo, el del mestizaje como recreación de jerarquías- y que su visión no puede sostenerse por la experiencia del Nacionalismo Revolucionario de 1952 únicamente, como tampoco por la colonia. Carlos Mesa y Silvia Rivera mantienen un punto en común: que el camino hacia el reconocimiento del mestizaje ha sido siempre violento y que a pesar de la retórica en cualquier momento de la historia política de Bolivia, la estructura racial no ha sido alterada. Sin embargo, reconocer el carácter conflictivo de la sociedad boliviana, históricamente hablando, significa que Carlos Mesa va a presentar su proyecto como totalmente despolitizado: si en todo lo que antecede a este párrafo, el mestizaje nacional era aislado de otras identidades pero también de quienes atentarían contra el proyecto de Mesa, el autor necesita presentar su “solución”: una “nación de naciones” solo sería posible mediante la plena identificación de sus habitantes porque de esta manera, se reconoce la esencia de lo boliviano y se soluciona los problemas que el autor había presentado antes, lo étnico, lo regional y la brecha entre lo urbano y lo rural. En la última parte del libro de Carlos Mesa, existe un párrafo que resume el proyecto de nación que tiene en mente y que sirve como punto de referencia para despolitizarlo:

“Quienes pensamos que respondiendo a la demanda popular de la escritura de un nuevo pacto social, encontraríamos finalmente la respuesta a tantas negaciones, partimos de la premisa de que el secreto era escribir juntos un texto que recogiera todo nuestro pasado, no fragmentos de él, no visiones excluyentes otra vez, no partes en las que se profundiza lo diferente y se ahoga lo igual. Somos distintos, sí, pero también somos iguales, sobre todo iguales. Si no combinamos diferencia y unidad, elementos distintivos de culturas diferentes y elementos distintivos de una cultura común, no tiene ningún sentido seguir trabajando la idea de un país que, en esa lógica, se parece cada vez más a una entelequia tribalizada que a un Estado Nacional”
                                                                                                                                                (Mesa, 2013: 224)

La despolitización del proyecto de mestizaje de Carlos Mesa se encuentra en enseñar al lector una nación que comprende a todas las culturas existentes en Bolivia, pero sin alterar el núcleo de lo nacional. Para Mesa, esto debe hacerse combinando “diferencia y unidad”, algo en lo que el proyecto de indigeneidad estatal ha fallado, por enfatizar lo indígena sobre lo urbano. Esta despolitización da pie a la ultrasignificación del mestizaje nacional de Carlos Mesa: en principio se trata de que el mestizaje es una cuestión esencial –lo mestizo se encuentra en todos lados, inescapable e inobjetable-  que se remite a (sobre todo) la Colonia y que, si bien no ha logrado solucionar la conflictividad racial en Bolivia, el concepto de nación (que aquí mantiene cercanía con el mestizaje) solo ha sido aproximado durante el Nacionalismo Revolucionario entre 1952 y 1964. La “amplificación de un sistema primero”, de la lengua en el esquema que presenta Barthes en Mitologías se revela, en el libro de Carlos Mesa,  como un proyecto de nación donde lo mestizo es igual a la identidad boliviana y que no elimina a otras identidades, sino que las respeta y las supedita. Esta es, por ahora, la ultrasignificación del mestizaje en Carlos Mesa, la nación libre de conflictos y reconciliada entre identidades y lecturas de historia, siempre que lo vertical y premoderno no forme parte de esa lectura. 

El mestizaje en La Sirena y el Charango: ¿proyecto de nación o defensa de la modernidad? 

A modo de conclusión, es necesario discutir lo que se entiende por mestizaje nacional en el libro de Carlos Mesa. Si bien el autor presenta una nueva forma de proyecto de nación, porque éste tendría en mente a las naciones indígenas, siempre supeditadas al mestizaje que es universal y esencial a Bolivia, su concepto de nación es estático y algo ambiguo: Mesa no propone más que una “superación al conflicto”, de armonía entre partes notablemente distintas y contradictorias entre sí, para las que el mestizaje es la única vía de reconciliación. La construcción de lo nacional es de alguna manera, rescatar los elementos positivos de cada etapa histórica: si la Colonia, a pesar de la violencia, es rescatada porque significa la primera formación de lo que se entiende ahora por Bolivia, el Nacionalismo Revolucionario entre 1952 y 1964 –a pesar de su impotencia por solucionar la conflictividad en el país- es el único momento en el que se reconoce al mestizaje y el germen del proyecto de nación del autor.

Sin embargo, conviene revisar el concepto de mestizaje nacional que además, es propuesto por Luis Claros en su libro Traumas e Ilusiones. El “mestizaje” en el pensamiento boliviano contemporáneo (2016). Como en el libro de Claros -quien entiende que el concepto de mestizaje en el libro Rostros de la democracia: una mirada mestiza de Carlos Toranzo es bastante cercano al de Mesa- esta investigación también entiende, aunque parcialmente, al mestizaje en La Sirena y El Charango como uno de tipo nacional, tomando en cuenta que “(…) el ideal regulativo que rige sus construcciones [las de Mesa y Toranzo] narrativas y argumentativas es la consolidación de la nación; en esta concepción el mestizaje aparece como un momento de superación del conflicto.” (Claros, 2016: 23).

Uno de los problemas en la argumentación de La Sirena y el Charango, es que Carlos Mesa entiende al mestizaje como “mezcla” , y por tanto, toda manifestación cultural, social o política es susceptible de ser entendida como tal. Esto es visto por Claros al analizar a ambos autores, Toranzo y Mesa. No obstante, a diferencia de Luis Claros, para esta investigación la amplitud del concepto de mestizaje en Carlos Mesa, revela otro sentido: que Mesa no estaría defendiendo tanto a lo nacional como a lo moderno, que en realidad, La Sirena y El Charango es un elogio de la modernidad. Es decir, el proyecto del autor no es tanto la consolidación de la nación: el objetivo es la modernidad y la nación es un medio.

Si lo que entiende Carlos Mesa por mestizaje es ya difuso y a veces contradictorio, su proyecto de nación es, a la vez, algo oscuro, estático y ambiguo: al presentar al lector que el presente, o sea el momento en el que se escribe La Sirena y El Charango, es una “vuelta al pasado”, Mesa lo hace desde tres ángulos que revelan mejor su anhelo de modernidad: la razón, el progreso y la modernización desde el Estado. La falsificación de la historia, las ideas “radicales” que van emergiendo desde 1952, la amenaza al republicanismo y a la democracia como consecuencia de las anteriores, solo pueden ser puestas en escena para el lector por Carlos Mesa, en su calidad de historiador y académico, es decir, la razón es así como lo fundamental para un nación moderna que, gracias al contexto en el que se escribe el libro, está en amenaza. El libro La Sirena y el Charango evoca constantemente el “futuro”, lo que revela por otra parte, la oposición con aquellos que “miran al pasado” y la idea de progreso, como eje dentro de la argumentación del autor. Como Mesa dice:

“Las corrientes fuertemente indigenistas en el seno del gobierno, en buena parte del liderazgo intelectual mestizo, e incluso en algunas cabezas de las “inteligentzia” criolla, pusieron sobre el tapete una línea muy intensa de descrédito de la idea del mestizaje y potenciaron la reafirmación de las identidades particulares, incluyendo el concepto de “naciones dentro de la nación”. Un escenario que no está exento de ironías si consideramos que en el comienzo del siglo XXI la composición étnica y demográfica ha cambiado dramáticamente en comparación al mismo lugar, Bolivia, medio siglo antes. El país del 2000 era ya una nación fuertemente urbanizada con procesos de migración de oeste a este, con desplazamiento radical de población de las alturas a los llanos y también con un desplazamiento del poder económico del occidente andino al oriente amazónico y al Chaco. La negación de la historia no andina de Bolivia, la pretensión de mirar el país desde el andinocentrismo y la hipótesis de que el origen de Bolivia está antes y solo antes de la colonia, está desmentido categóricamente por hechos cuya importancia y profundidad en las bases mismas de nuestra nacionalidad, trascienden la restringida visión de espacio y tiempo en que se desarrolló lo que hoy conocemos como Bolivia. “
                                                                                                                                                (Mesa, 2013: 42)

Al mirar al futuro, Carlos Mesa sobrepone lo urbano a lo rural. El progreso y la modernidad no podrían sino partir desde lo urbano y a pesar de la tendencia en Bolivia hacia la urbanización, lo político parece no corresponder a esa idea. Si bien el mestizaje nacional que presenta Mesa aparenta una característica esencial, el autor no desecha que algunos pueblos aymaras, quechuas o guaraníes tengan algún grado de “pureza”, aunque al parecer, la misma argumentación demuestra –considerando que Mesa asume “mezcla” y mestizaje como un solo concepto- que este grado de pureza está siempre amenazado por la constante migración, sea de lo rural a lo urbano, o del occidente a oriente de Bolivia. En el párrafo anterior también es evidente otro problema: que el “andinocentrismo”, o interpretar Bolivia desde el occidente del país, es negar otras relaciones políticas y económicas que han ido emergiendo en los últimos años. Esto, como es de esperar, es otro obstáculo para Mesa: el andinocentrismo no permite la modernización del Estado.

Si el mestizaje en La Sirena y el Charango parece tener correspondencia con lo nacional para llegar a la modernidad en última instancia, sostener la idea de que el mestizaje es la superación de la conflictividad en Bolivia se convierte en algo más complejo para el autor. Carlos Mesa no tiene en mente que cualquier formación social tiene un flujo constante de actores y relaciones sociales que la afectan en el tiempo, en gran manera. Su proyecto de nación y modernidad es estático: no presenta más que una sociedad libre de conflicto, aun considerando en su propia argumentación que la boliviana es una llena de diferencias. Por tanto, la ultrasignificación del mestizaje en La Sirena y el Charango, no se resume solo en lo nacional sino también en lo moderno -Mesa analiza a lo nacional desde esa óptica- lo que revela al lector que la sociedad boliviana se encuentra atrapada entre lo premoderno y algunas huellas de lo moderno, que en todo caso, la “centralidad indígena” es una vuelta al pasado.


Thursday, May 25, 2017

En la fiesta de Caballero Bonald

JAVIER YUSTE

"Escribo una vez más la gran pregunta incontestable: ¿eso que se adivina más allá del último confín es aún la vida?". Recita Caballero Bonald en su intervención durante el homenaje que le ha dedicado la Residencia de Estudiantes bajo el título "¡Por Caballero Bonald! Con él, en la residencia". El poeta se muestra emocionado y agradecido ante un salón de actos repleto, no solo de lectores y admiradores, también de amigos (entre los que se encontraban Ana Belén, Víctor Manuel o el político Alfonso Guerra) y colegas. Desde el púlpito, con el sombrero bien calado para no dejar a la vista "unas lesiones cutáneas muy poco presentables", según sus propias palabras, Caballero Bonald lee el último párrafo de unos de sus libros y conmueve al público con su inconfundible dicción andaluza. No son versos porque, aunque la organización le sugirió la posibilidad de leer un poema inédito, afirma que ya no tiene, que no ha vuelto a escribir ninguno después de su último libro porque "la poesía es una visita inesperada, no se sabe cuándo llega ni cuándo se va, y todavía no ha llegado esa visita". Por eso lee un párrafo de uno de sus libros en el que se considera que él mismo está "muy bien expresado por su carácter testamentario". Antes de esto, el escritor da las gracias a todos los participantes, sobre todo a los poetas que han subido al estrado para leer un poema propio y otro del maestro: Clara Janés, Antonio Lucas, Aurora Luque, Carlos Pardo, José Luis Rey y Javier Rodríguez Marcos. "Que me hayan ofrecido su tiempo y su poesía me supone una satisfacción impagable. Ellos son realmente los que constituyen la máxima altura de la poesía española actual", asegura Caballero Bonald.


El acto arranca sin embargo por el final, por Examen de ingenios, el último escalón de la obra del poeta de Jerez de la Frontera, o al menos eso asegura él. Publicado recientemente por Seix Barral, se trata de una recopilación de cien perfiles de personalidades de la cultura en español con los que a lo largo de los años tuvo algún encuentro el autor. Un libro que, de Azorín a Juan Gelman, repasa las sucesivas generaciones literarias, la del 98, la del 27 y la del 50, así como a célebres artistas, bailaoras, actores, guitarristas… En la Residencia el encargado de presentar el libro es el académico Manuel Gutiérrez Aragón que, cómo todo el mundo, empezó a leer el libro directamente por el perfil de Camilo José Cela. "Aquí la tentación principal es ver como se retrata el retratista después de hacer los retratos", opina Gutiérrez Aragón. "Aunque Examen de ingenios rebosa ironía y mordacidad, tanta que tiene miedo de haberse pasado, también es cierto que hay mucha seriedad y un gran trabajo detrás. Son retratos implacables, pero también únicos e irrepetibles como somos todos los seres humanos. Todos los textos están hechos con una gran cercanía, pero una cierta distancia". Para el académico, se trata de una nueva entrega de memorias que demuestra que la literatura de Caballero Bonald ha ido creciendo con el tiempo.


Tras Gutiérrez Aragón desfilan los poetas por el escenario. Clara Janés primero leyó palabras de Bonald sobre temas importantes como la vida, la literatura ("una defensa sobre las ofensas de la vida"), la política o la cultura para seguidamente recitar su poema La casa de Mazandarán y Causus belli del jerezano. Antonio Lucas aseguró que Caballero Bonald "es uno de esos poetas cuyos poemas suelen durar más que las ciudades donde fueron escritos y cuyo sedimento irá haciendo poco a poco placas tectónicas hasta sumar montañas para nuevas generaciones". Por su parte, Aurora Luque afirmó que le había enseñado que "la literatura es una cuestión de lealtad, de tormentosa fidelidad a las palabras, de enamoramiento de las músicas difíciles del idioma, de ardiente respeto hacia los poetas solventes de los ayeres y del hoy, de erótica codicia hacia los que son los escondidos en las aulas infractoras de las gentes, de búsquedas siempre insaciadas".


Carlos Pardo recordó que leyó por primera vez al maestro con 17 años y que en sus versos encontró "la capacidad para que nombrar la realidad fuera también nombrar lo irracional, nombrar los sueños, las pesadillas y sobre todo acosar ese lugar de incertidumbre que es la propia conciencia". José Luis Rey habló en nombre de los poetas de Córdoba, donde Caballero Bonald es "muy leído y admirado" y, por último, Javier Rodríguez Marco agradeció con bastante gracia no haber sido uno de los retratados en Examen de ingenios. "En este libro yo he encontrado rastros de Pepe en los retratados", explica Rodríguez Marco. "De Bergamín dice que era insolente con los bienpensantes, cortés con los humildes e implacable con los dogmáticos y Caballero Bonald también es así".


Para acabar, José María Velázquez Gaztelu recordó que el flamenco siempre formó parte de la obra de Caballero Bonald y presentó un emocionante fin de fiesta con el cantaor David Lagos y el guitarrista Alfredo Lagos. 

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De EL CULTURAL, 23/05/2017


Imagen: José Manuel Caballero Bonald. Foto: José S. Gutiérrez

De parrilladas y parrilludos

JOSÉ CRESPO ARTEAGA

En mi vida habré acudido a decenas de asados, churrascos, barbacoas, parrilladas, o como gusten llamar, con sazones que nunca me han impresionado más allá de lo que se torna de agradable sabor cualquier carne cocida sobre las brasas. Los historiadores aseguran que nuestros primitivos antepasados descubrieron, casi por puro azar que, asomar a la hoguera pedazos de las bestias cazadas, trinchándolos en palos, significó un cambio trascendental en la forma de alimentarse. Que el suplicio de comer carne cruda se transformase en auténtico placer, por acción del fuego, fue la primerísima revolución humana. En medio de tanto jolgorio y después de llenar el buche, era normal que los primeros hombres se fueran de putas. De ahí que algunos moteles tienen habitaciones que parecen cavernas: para rememorar tiempos inmemoriales. ¡Qué tal, eh!

Desde entonces, reina la carne en nuestras vidas. Como bien sabemos, el veganismo y otras modas son solo eso, desabridas creaciones de inadaptados o de tipos crudos, más bien. ¿Oyeron lo último?...que hay gente que se niega a practicar el fornicio con gente carnívora. Que yo soy frugívora y tú eres ovívoro, por tanto no somos compatibles. Sexo a la carta, señores, que nos estamos poniendo quisquillosamente sibaritas. ¡Miren por dónde! 

Volviendo a lo nuestro, como arriba decía, en cuestión de parrilladas jamás me había portado como un sibarita y menos considerarme como tal. Por lego o porque no me daba la gana, simplemente no me nacía tiznarme los dedos. En tanto años apenas aprendí un truco para encender el carbón y dice así: se toma una botella (el envase, no el trago) y alrededor se le atan unos periódicos doblados en tiras, a continuación se la rodea de carbones en forma de montañita y ¡zas! se quita la botella con calma jalando hacia arriba; enciéndase el cerillo y en cuestión de minutos seguro que prende un buen fuego. Utilizar papel empapado en aceite o parafina de las velas para avivar la lumbre es hacer trampa, y tampoco es ecológico, ya que estamos en tiempos verdolagas.

Me había acostumbrado a ejercer seriamente el papel de invitado toda vez que tocaba asistir a estos festines. Me encantaba apoltronarme debajo de una sombrilla, en medio de un jardín a ser posible. El rito de la parrilla exige buen tiempo y mejor estado de ánimo. Acomodado en mi sitio devoraba mi pedazo de carne sin mayor obstáculo que la premura del tiempo. No hay peor disgusto culinario que el asado frio. Carne enfriada y con el interior todavía rojo, se lleva el apetito a otra parte, un verdadero desastre que sabe a cualquier cosa. Cuantas veces habré pasado por tales circunstancias, maldiciendo secretamente al cocinero por sus supuestos fallos, mientras procuraba pasar el mal rato probando los choclos, las yucas hervidas, el arroz con queso, la ensalada u otras guarniciones. Aunque para ser justos, recuerdo que en otras ocasiones la sazón estaba en su punto y, con el acompañamiento de un tinto raspando el paladar, la experiencia resultaba gratificante. 

El último fin de semana, como quien no quiere la cosa tropecé con uno de esos felices acontecimientos. Habían convocado a parte de la familia a reunirse en Sipe Sipe, para celebrar el cumpleaños de una tía mayor, prima de mi padre. Más por gozar del ambiente de campiña y aire despejado me dejé llevar como un corderito, ni siquiera pregunté por el almuerzo que en su honor servirían, supuse que sería algún plato favorito de la agasajada. Fue bajar del vehículo y descubrir junto a la sombra de un espléndido molle tres parrillas a punto de ser calentadas. Aquí huele a banquete, me dije, mientras se me borraba del rostro el último rastro de pesimismo. Ahí, en una mesita baja, yacían los cacharros de un dedicado chef asador, desde cuchillos varios, trinches, pinzas y tablas de picar. En medio, maduraba ya la carne únicamente con sal gorda. Al lado estaban las tripas precocidas, los chorizos parrilleros y retazos de ubre para ser tostados. Un poco más allá, descansaba un pollo entero (para quien estuviera con dieta blanca) que en un tris fue adobado a base de mostaza y limón por las manos expertas del cocinero. 

El hombre se movía con tanta diligencia, risueñamente concentrado en la labor, que me figuré que era chaqueño (los más capos en estas lides), empezando por la pinta (sombrero y mandil de cuero) y terminando en el buen talante que nunca perdía. Sabiendo que me encontraba frente a un experto me propuse no despegarme de su lado, para sonsacarle algunos conocimientos y aprender de una puñetera vez los rudimentos de un asado decente. Que fuera pareja de una de mis primas allanaba el camino en mi tarea de espionaje. Mientras tanto me hacía al que ayudaba acarreando carbones, moviendo la brasa o alcanzándole los utensilios. Fue entonces que me reveló el primer truco: ¿cómo se extiende el carbón?, me dijo una vez que éste adquiría el color blanquecino característico. Se despliega como una camita, respondí. Sí, pero no tanto, repuso, mientras barría con un palo las brasas más calientes a los costados, dejando el centro parcialmente desnutrido. Tomé nota para la posteridad.

A continuación,  depositó dos enormes pedazos planos de carne (corte pollerita o faldón) en una parrilla a altura considerable para que se vayan asando lentamente. Luego, de un frasco extrajo una salsa de consistencia pastosa con la que en una sartén mezcló concienzudamente las tripas previamente picadas. La puso sobre las brasas y de rato en rato revolvía el mejunje, y al final añadió trozos de pan para que se retostaran. Como casi todos los invitados estaban puertas adentro y nosotros en el patio, nos zampamos las tripitas a modo de aperitivo. Rompí otro de mis prejuicios al degustar aquella maravilla, una inesperada delicatesen que me supo a endiablado manjar. Nada que ver con las apestosas tripitas callejeras que, desde sus humos, saben a boñiga, de pasto, pero boñiga. El secreto estaba en la delicadeza de la limpieza, puntualizaron los que sabían algo del asunto, pero yo sospeché que el sabor definitivo lo ponía aquella salsa casera que, ni con mucha insistencia, el taimado chef me quiso revelar qué ingredientes contenía. Aventuro que tenía algo de mantequilla aquella fórmula ultrasecreta pero lo demás se queda en la nebulosa. 

Un rato después, ya se sentían los efluvios olorosos en el aire. Era tiempo de volcar las presas. Pero antes, el chef me puso al corriente de otro detalle interesante: del dorso de las carnes salían algunas burbujas rojizas, señal inequívoca de que había que dar la vuelta. Dicho y hecho, el maestro de la parrilla sabía lo que decía. Aquel tipo amaba su faena como un consumado artista. Promediaban las trece horas cuando llegó el tiempo de servir. En bandejas se despachó la carne cortada, casi en tiras, rumbo al comedor para que los comensales se sirvieran con arroz cocido y ensalada de tomates y cebollas, aliñada con evocadoras hojas de quilquiña. Desde luego no podía faltar la enjundiosa llajua, nuestra picantosa alternativa al aburrido chimichurri argentino. 

Ah, mucho me congratulo de haber sido un comensal de primera fila. A tiempo de que daba una mano de charla, era recompensado a cada rato con trozos, de cortes finos, jugosos hasta el infinito, que incurría en el vicio de chuparme los dedos. Al fin y al cabo no estaba en la formalidad de una mesa. Nadie me movía de mi sitio, de pie al borde de las brasas, apreciando los distintos cortes y sus sutiles diferencias, ya sea porque el asado era de junto al hueso o de debajo de una grasita que resaltaba el sabor. Así estuvimos un par de privilegiados (el chef, fiel a la tradición, apenas probó bocado) ejercitando la mandíbula a la manera gaucha, aunque faltaba el vino, pero bien valían unos oportunos roncolas (con mucho hielo y rodajas de limón de la huerta adjunta) que algún alma caritativa nos suministraba para sosegar las bocas saladas de tan privilegiados gorrones. Con la tenue brisa que el molle nos brindaba a manera de abanico gigante ya podía desmoronarse el mundo de su frágil equilibrio. ¡Salud!

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De EL PERRO ROJO (blog del autor), 24/05/2017

Las pirañas y los «eitis», Je me souviens*

MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Je me souviens de la época en que escribí Las pirañas. La comencé a mediados de la década de los ochenta –felices, década prodigiosa– y la acabé cuando la farra empezaba a oler a chamusquina.
Me acuerdo de que un año antes de empezar esas páginas había colgado mi toga de abogado para siempre, o casi, porque aún me costó unos años sacudirme los últimos pleitos.

Me acuerdo de que para mí fueron los años de mis primeros libros –Trieste, Seix Barral, Anagrama–, años de luces y de sombras.

Me acuerdo de que fueron años de euforias, de proyectos culturales que dieron en nada o en poca cosa, de espectáculos, de mucho aborrecer «lo muermo», de agitación, de crímenes, de arrebuches económicos, de negocios sucios, de especulación salvaje, y en los que «el más tonto hacía relojes de madera», eso se decía mucho. Lo mismo el «hay pasta en el aire, solo basta…» y aquí se amagaba un cuco gesto con la mano en forma de cazuela.

Me acuerdo de que el país se sacudía el pelo de la dehesa como podía y florecían los gastrósofos, los filarmónicos, los taurinos, los catadores, los philosophes, los morrofinos y los hedonistas bulliciosos.

Me acuerdo de que la Transición invitaba a dejar los viejos uniformes de campaña en la consigna del otro barrio y apuntarse a la arruga es bella, en lo ideológico o de la mano de un estilista rompedor, o mejor de las dos cosas.

Me acuerdo de que las ejecutivas regionales del partido en el Gobierno eran trampolines olímpicos para dar en le gloria de las eléctricas.

Me acuerdo de que unos iban ya de mano y ganaban, y otros perdían nada más salir a la pista porque ya venían con una perdigonada de mala suerte o de impericia en el ala.

Me acuerdo de que las euforias y el «vivir la vida a tope» se llevaron a unos cuantos por delante.

Me acuerdo de que fueron los años de la perica a cucharadas soperas, del jaco, de las andadas mayúsculas, las comilonas, el estreno de la política profesional que a la postre beneficiaba despachos profesionales de todas clases, desde los que luego se compraban billetes de lotería premiados para enjuagar dinero negro.

Me acuerdo de que los promotores-constructores neoliberales, y feroces, antiguos maoístas, ORT o LCR-LKI, te hacían pagar la mitad de la compra en negro con una desfachatez mayúscula. Así lo vi y así lo recuerdo. Los corruptos estaban en su apogeo, forrándose y nadie parecía darse cuenta.

Me acuerdo de la noche en que uno de los protagonistas de la novela entró en el bar de la tribu al grito de «¡He descubierto que el mal y el bien ya no existen!» y pidió, feliz, un gin-tonic bien tirado.

Me acuerdo de los guardias de seguridad de una autovía del norte amenazada por ETA que llegaban de madrugada, borrachos, a la zahúrda que les servía de entre blasfemias y carcajadas y se les caían las pistolas por las escaleras. Era una empresa pufo, de socios fantasma, como tantas otras.

Me acuerdo de que había político del partido en el Gobierno que en sus fiestas regalaba hachís envuelto en un sobre de la Dirección General de la Policía…

Me acuerdo de la llamada de Pere Gimferrer que leyó las primeras páginas de borrador cuando yo estaba terminando Tánger bar en una habitación del Monasterio de Leyre…

Je me souviens, también aquí. Sería mejor un escueto inventario de recuerdo como meteoritos que un sesudo tratado sobre aquellos años cuyo oro pinta el tiempo de mugre, y que alcanzó su culmen en los despropósitos de la Expo 92 de Sevilla.

No me acuerdo como si fuera ayer porque no quiero, porque prefiero que fuera hace más de veinticinco años, porque las barracas de aquella feria esperpética cuelgan el cartel de «Cerrado por defunción», «Liquidación por derribo» o «Cerrado», a secas.

* Ejercicio a la manera de Georges Perec

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De VIVIRDEBUENAGANA (blog del autor), 25/05/2017

Wednesday, May 24, 2017

Recuerdos de la Lickana

PABLO CINGOLANI

Tito Saire, Señor de Cuarzos. Tito Saire, el último atacameño. Tito Saire, el mejor cateador del mundo. Evocarlo es evocar mundos perdidos, mundos olvidados, mundos que alguna vez sangraron, parieron, tuvieron vida. ¿Acaso eso no es escribir? ¿Acaso también de eso trata o debería tratar la literatura?

Rompiendo vanos siete silencios, vuelvo a revivir a Tito Saire, montaraz de arenas, Tito Saire, mago de las cordilleras, Tito Saire, el último hombre que soñaba con piedras, sólo con piedras, y esta restitución –que supongo fértil, anhelo feliz-, no sólo lo restituye a él, y su presencia ensombrecida en San Pedro de Atacama, sino que atiza esos mundos que se eluden, esfumados en la noche del tiempo, sacrificados al puñal de la codicia, sumergidos en el mar lacerante del olvido.

Pero extraer del fango de la memoria a Tito Saire también me restituye a mí, que lo escribo, buscando en ese más allá de uno que es la escritura, que alguna estrella vuelva a encenderse en el camino, alguna ilusión resista y recrudezca y despierten, una vez más, esos cencerros que claman y gritan que aún seguimos vivos.

San Pedro de Atacama, a principios de los 90s del siglo pasado, no era como ahora: un centro turístico, lleno de hoteles, de camas mullidas, de observatorios espaciales y de comodidades. San Pedro de Atacama era lo que había sido siempre: un puñado de seres, un rejunte de almas, arrinconados en un oasis prodigioso situado entre el desierto y la cordillera.

Era chango: había estudiado historia. Sabía de la existencia del padre Le Paige y su museo y las momias intocadas y también -residiendo en La Paz- había visto en el Museo Nacional de Arqueología de Bolivia –gracias a la gentileza del finado y amigo Freddy Arce- las tabletas para el consumo de alucinógenos que enlazaban a las culturas del desierto con la gran civilización de Tiwanaku. También sabía de las políticas de “chilenización” forzada contra los pueblos indígenas que había impulsado Pinochet.

Aquella vez, Eduardo M., un jujeño de la capital provincial, tenía una empresa de “export-import” (un eufemismo que solía encubrir, esos días, actividades de contrabando) y si no hubiera sido por él y sus afanes, andá a saber dónde andaría. Resulta que tuve la idea de lanzarme a un viajecito delirante, una travesía imposible (para mí): cruzar el paso de Jama caminando. Eduardo, aparte de sus trajines, era un tipo culto: amigo de Tizón, recitaba impecablemente a Borges mientras fumaba y manejaba por los desiertos helados más altos del orbe. Me recogió, de milagro, como solía ser todo en la puna y en mi vida aquellos años, en Susques. Atravesamos Jama, la inmensidad profunda y sin atenuantes de Jama, en su camioneta color turquesa, y gracias a sus efectivos y evidentes buenos contactos con las gendarmerías de ambos países, terminó dejándome, sano y salvo, en San Pedro. Allí, en una pascana, me presentó a Tito Saire. Un hombre solo que comía marraqueta con sardinas. Eduardo aseguró, desde la puerta, a punto de marcharse rumbo a Iquique: este hombre, Pablo, tiene un tesoro. Son sus historias.

Cuando nos quedamos solos, uno con otro, nos miramos a los ojos un largo momento. Los míos son azules, ¿y qué vería Tito Saire allí adentro? ¿El recuerdo del mar? ¿Lapislázuli? Los suyos, sus ojos, eran tan negros que se confundían con la penumbra del boliche, negros halcones, portadores de una vista privilegiada, capaz de “ver” a decenas de kilómetros. Ya lo anoté: Tito Saire, el mejor cateador del mundo. No tuve mejor idea para romper el hielo que decirle:

‒ ¿Te molesta si fumo?

Me miró como si le hablase en nepalí. Luego, disparó:

‒ A mí, lo único que me molesta es la falta de audacia. Mirá pibe (sic, lo dijo así), si vos llegaste hasta aquí, y con el amigo Eduardo, por algo debe ser. Así que nada, si querís fumar, fuma. Si querís, hablar, habla de una vez. Si no, hablo yo. A mí me gusta hablar, ¿sabés?, aunque por estos lados, ya no hablo mucho, ¿con quién voy a hablar? Ya hablé con todos, todo lo que había hablar, hablé con los cactus todo lo que había que hablar, hablé hasta con el fuego, noche cerrada, una vez, tras que me atraparon los vientos Toconao al sur… -respiró profundo y sentenció: mejor vos fumá, que yo hablo.

Nunca en mi vida, recibí una bienvenida tan auspiciosa.

Nosotros, los que nacimos en la llanura, carecemos de algo esencial, constitutivo, forjador del ser-estar en las montañas: cultura minera. Ese reino natural nos está vedado. Hoy, como casi todo, minería es mala palabra. Ha mutado. Lo políticamente correcto la condena. Antes, ser minero era una especie de blasón, de estirpe, casi gloria. Ser minero era jugarse el pellejo, sacrificarse, no rendirse, ganar, perder, no rendirse. Dentro de la fauna de los mineros, el cateador era el león, era el puma de esos páramos donde el hombre sólo acudía si la audacia lo acompañaba. Ser minero era jugarse la vida en el intento, ser cateador era el que más se la jugaba. ¿Qué es un cateador? Pues el que busca, cata, caza a los minerales. Los huele, los ve, los oye, los siente, en suma: vive por ellos, su vida la teje así, mineralmente.

Vida mineral, vida minera, vida de piedra: tan dura como ella, tan secreta y tan motivante como son las piedras, cualquiera de ellas, todas las piedras. Ellos saben hablar con ellas, ellos las reconocen, saben de sus azares, sus pesares, sus revelaciones. Saben de su eternidad y, por eso mismo, saben mejor que nadie de lo que es efímero: la vida misma. De ahí que un cateador, uno bueno, es también medio mago, medio alquimista, y también medio poeta, medio filósofo. Saire, Tito Saire, sin vueltas, era uno de ellos.

Sobre el tema, dos anotaciones imprescindibles. Una, la lectura del libro del padre Barba. Lleva por título: El arte de los metales. El que sabe leer, encontrará allí, belleza infinita y poesía inagotable. Fue escrito en Potosí en el mil seiscientos. El otro apunte: hubo otro cateador memorable. Se llamaba Diego Almeyda, hijo de lusitano, pero nacido en Copiapó, otra frontera y tan minera como la meca potosina, en 1780. Octavio Oriel Álvarez Gómez, insigne historiador regional, habla de él como si fuera un santo. Dice de Almeyda que “el mismo enseñaba a sus seguidores; que a caballo ninguna mina se ha descubierto; por eso el cateador ha de tener la planta tan dura como la pezuña de la mula que carga los alimentos y la esperanza” (Cf. Atacama de Plata). Catear rima con caminar. Y Tito Saire, el mejor cateador del mundo, caminaba, caminaba, caminó toda su vida.

‒Yo soy chileno. Soy boliviano. Soy argentino. Depende la suerte y depende de cuando me conviene. A veces, el viento me tiraba al otro lado del Sanjuanito [NdelR: forma cariñosa en que Saire refiere al río San Juan del Oro, límite entre Argentina y Bolivia, por los lados de El Angosto y Esmoruco] y allí tenía que elegir entre ser como vos o ser boliviano, por si aparecía la “cana” y me fregaba, aunque –la verdad sea dicha- por ahí no aparecía nadie, casi nadie, nunca. A ver, dime, ¿quién se atreve a estos desiertos del demonio?

Medito mientras Saire me cuenta y me cuenta y me sigue contando de sus andanzas: no escribimos para aproximarnos, echar luz, sobre lo que somos. Lo hacemos porque seguimos confiando, sigue latiendo en nosotros, esa luz, esa esperanza en torno a lo que deberíamos ser. No, el que escribe. Todos nosotros.

El cateador es una especie de Colón de la minería. Va y descubre la veta. Va y encuentra el yacimiento. Carece de los recursos para explotarlo, entonces acude a un pueblo grande donde hay quien compra –Potosí, Copiapó, ya aludidos- y vende su información –trae pruebas- por una suma sustantiva, que se redobla, triplica o se eleva más aún si dichas conjeturas se convierten en certezas metálicas. Luego el cateador –una especie de Che Guevara de la prospección minera- va y se gasta su honorario en lo que venga, en lo que le viene en ganas: en putas –el cateador siempre es solo, no es concebible ser cateador y tener familia-, en vicios –trago, tabaco, morfina-, en armar parrandas y fiestas desmesuradas para los conocidos –el cateador es solo, no tiene amigos- y cuando se agotó el último peso, el último chelín, la última rupia de sus alforjas, vuelta a empezar: a caminar, la montaña –su familia, su amigo- lo espera.

Un día –cuenta Saire-, andaba por los lados de Pisiga, y encontré a unos hombres que venían en un jeep, humeando el pobre. Se pararon al divisarme viniéndome venir desde la nada –ellos también venían desde allí. Me ofrecieron agua. Acepté. Siempre tengo sed. Siempre tuve sed. Compartí el agua con mi mula, la única que me quedaba, la otra se había muerto, reventada, daba pena, cayendo vertical desde un peñasco. Cuando estaba bebiendo de la cantimplora, vi adentro del carro: había un par de negros. Negros de África. Me dijeron: nosotros no somos de África. Somos cubanos. Somos los sobrevivientes de la guerrilla del Che. Me dijeron: chico, ¿tú sabes quién es el Che? No, les dije. ¿Cómo no sabes, chico, quién es el Che? No, no lo sé. ¡Parece que vives aislado, chico! Y sí, les dije, ¿acaso no ven que esto es un desierto? Insistieron: ¿y tú, chico, no conoces al senador Allende? A ese, sí, a ese le conozco, les dije: le di la mano en un mitin que hubo en Antofagasta.

Prosiguió narrándoles, a los cubanos, y los bolivianos que también escapaban: Había encontrado una veta grande, linda, de oro puro, finísimo, y cuando alcé mi paga, me fui al mejor cabaret del puerto. Cuando desperté, pensé que lo soñaba, pero no, había un tumulto de gentes que estaban escuchándolo. Era vehemente el tipo. Decía que si lo votaban y era presidente, iba a nacionalizar la pesca, para que los peces sean de ellos, de los pescadores del puerto. Eso me gustó. Me hizo acordar a Cristo. Bajé a la calle, lo busqué, le tendí mi mano. Le dije: soy Tito Saire, el mejor cateador del mundo. El me respondió: soy Salvador Allende, candidato a la presidencia de Chile. Luego lo mataron –me dice a mí en ese bar herrumbroso de San Pedro de Atacama. Hasta hoy, puedo seguir sintiendo algo así como una tristeza inasible, recóndita, amarrada a esas palabras.

‒Yo soy del Loa. Soy catamarqueño. Soy tupiceño. Depende la suerte y depende de cuando me conviene‒ me aclara, por las dudas, Saire, y yo, la verdad, le creo al milímetro porque estoy respirando ese aire que la gente de la frontera, el pueblo de los límites, te arroja en el rostro para que sepas que tu mundo, ese pequeño mundo de ciudades con rascacielos y agua con solo abrir las canillas, no vale un peso, menos una piel de guanaco, menos que menos una mina de caolín, en esos confines que se asemejan tanto a la vida, y a la literatura además. Ahora que lo pienso a Saire, ahora que lo escribo a Saire, a Tito Saire, me viene un hombre a los dedos que anotan, los índices que teclean esta máquina sin vida, y anoto, por eso de andar entre cordilleras, por eso de sentirse libre entre las patrias cautivas, por ese querer comunicarlo: pienso en Felipe Varela. Le pregunto, por si acaso. Me responde, tan inesperado como solía ser todo, esos días, en la puna y en mi vida: ¿Felipe Varela? ¡A ese también lo conozco! Lo mataron injustamente también pero por cuestiones de arriería. Tenía 11 hijos. Llevaba vino desde La Rioja hasta Arica. Unos camioneros lo desgraciaron en el Tamarugal, vaya uno a saber por qué lo hicieron. Siempre me acuerdo de él cuando le rezo al “Linca”.

Cuarta botella de pisco: Saire sabe hablar tanto como sabe beber. Ahora me cuenta una historia de pirquineros, una historia proletaria, una memoria que le contaba tal cual su abuela atacameña, la historia de tres ciudades: hace mucho pero mucho tiempo, los antiguos, osaron desafiar a los dioses con sus pecados y sus vanidades, y los dioses –Saire me mira fijo-, los dioses, Pablo, no son cojudos: los castigaron. Eran tres ciudades. Sodoma, Gomorra y no me acuerdo –y se ríe, se ríe a mares, el Saire, de su propio chiste. Río con él. Prosigue: “El Linca” les debe haber mandado un rayo a cada una, un vendaval, algo, la cosa fue que el castigo divino les cayó encima, los pueblos se desvanecieron para los ojos humanos, desaparecieron.

Atardece en San Pedro de Atacama. Pasa Lautaro Núñez por el ventanuco de barro y cortinas de nylon del bar. Lo reconozco por sus cabellos blancos, largos y lacios: parece Jeremías. El antropólogo, me dice Saire, que trabajaba con el padrecito. Luego, empuja el pisco, y sigue contando: de las tres ciudades, una de ellas se perdió para siempre, en la cordillera, nadie sabe su nombre, ni nadie quiere recordarlo. Otra de las ciudades se ocultó, no se perdió. Astuta era. Ciertos días del año aparece, en lo alto del cerro Quimal –Saire señala un lugar impreciso, más allá de las botellas y el ventanuco donde vimos caminar a Lautaro- ¿no la ves, Pablo? –me provoca Saire y yo me siento en las nubes, junto a él, tomando pisco y hablando de lo mismo que estamos hablando, aquí abajo: ciudades perdidas en el medio del desierto. Como en el Gobi, Como en Arabia. Como en Atacamak.

Cuando la veas, Pablo, la verás, si la ves, envuelta en una luz de fuego, diáfana, transparente, verás sus edificios de piedra, verás sus árboles –que aquí, como verás, no tenemos ni uno-, verás sus cultivos que florecen, verás a sus antiguos moradores –verás mi rostro en la mayoría de ellos: son mis parientes-, verás que ellos también eran poetas –yo, para pendejearme, le había leído, en el medio de la conversa, el Itaca de Kafavis, que llevaba, siempre, esos días, arrugado en mi billetera-, si te animas, prosigue Tito: sentirás sus anhelos, sus deseos, sus ansias…

Y –pregunto, borracho- ¿Cuáles eran esas ansias?

Y –responde Saire, borracho también- llegar al mar, comer piures, tomar vino de Tacama, revolcarse en la playa, y mandar todo al carajo, huevón, ¿acaso no podemos soñar con eso? –me dice el hombre que le dio la mano a Allende en el puerto de Antofagasta. Y sí, proclamo, y termino de preguntar: y con la tercera ciudad, ¿qué sucedió?

Nada.
Nada, contesta Saire.

Extrañamente –suspira- la tercera ciudad sobrevive. Es Toconao, que en lengua kunza, en nuestra lengua,  significa ciudad perdida, rinc6n perdido...

Saire en kunza, el idioma olvidado de los atacameños, se traduce como viento. Maisairi (sigo a Núñez en su Cultura y conflicto en los oasis de San Pedro de Atacama, ma=hallar, encontrar; sairi=lluvia) era el nombre de su abuelo, el chamán, el que invoca la lluvia, el que la alienta y la hace suceder en esos desiertos donde no llueve nunca. Toconao era como el Vaticano de los atacameños, los antiguos dueños del erial. Su abuela, Ramona, era una mujer valerosa, mercader de congrio seco, la comida que hizo vivir a las salitreras. Abuelo y abuela se conocieron en Cobija cuando aún era puerto de Bolivia. Procrearon 14 hijos, sólo la mitad vivieron. El padre de Tito fue minero en Caracoles, pirquinero nomás –me aclara el susodicho. La madre era un ave rara: era mapuche, vino de cautiva, vino de esclava a ser prostituida en las minas de plata. Tata Tito -su padre se llamaba igual que él-, la liberó de ese yugo, escaparon, enamorados, hechizados por la tierra, y la trajo con él hacia ese oasis, este oasis, llamado San Pedro de Atacama. Elvira Lincopán se llamaba mi madre, mi abuelo la conoció, antes de morir le dijo: niña, estos cerros, estas arenas, también son tuyas. Saire, con su dedo tembloroso, señala un lugar, impreciso, a la distancia. Una tumba, un destino, un sosiego.

La noche ya cayó. Es un vendaval de estrellas –las veo cuando salgó afuera a hacer aguas. Vuelvo a la mesa, bosque de botellas, y deseo, sólo deseo, saber qué significa, para él, para Saire, ese nombre: el “Linca”, tan citado.

‒El Lincancabur‒afirma con certeza y señala, sin dudar, al este. De allí venía yo, de allí vinimos con Eduardo, el contrabandista que recitaba a Borges. La sombra del volcán, de ese volcán majestuoso a cuyos pies descansa la laguna verde de arsénico puro –pura belleza envenenada- se proyectaba en ese preciso y decidido momento sobre nuestra mesa, sobre Tito y sobre mí, sobre nosotros mismos.

‒Por eso, nosotros mismos, todos nosotros, le decimos a nuestra tierra: la Lickana, el país del volcán, la nación de nuestro pueblo. Somos chilenos, somos bolivianos, somos argentinos, pero siempre y por sobre todas las cosas: somos atacameños. Mi abuelo me dijo, antes de partir hacia la cumbre del “Linca”, donde van a parar nuestros muertos: nunca te olvides, Tito, vos eres atacameño. Nunca te olvides. Nunca me olvido.

Hizo una pausa: todos los volcanes de la tierra dejaron de respirar. Culminó:

‒Soy el mejor cateador del mundo. Soy atacameño, soy lickan antay, el pueblo del volcán‒ y se dejó dormir, suavemente, Tito Saire, sobre la mesa. Era una piedra, era un guerrero, era un minero, durmiendo sobre una mesa de pino canadiense que olía a pisco, a limón, a memorias. Lo acompañé. A la mañana siguiente, fuimos juntos a tomar una sopa de cordero y papa kuti que preparaba doña Lola, la más veterana de las cocineras –había dos más- en el mercado del pueblo.

Mientras comíamos y resucitábamos y nos restituíamos al mundo tal cual lo conocemos, Tito Saire, octogenario, me dijo algo que no olvidaré jamás:

‒Lo mejor de las resacas es compartirlas.

Por eso lo escribí, Por eso, también, escribo.


Imagen: Volcán Licancabur, San Pedro de Atacama.
Fotografía de Douglas Fernandes.

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De PLUMAS LATINOAMERICANAS, 20/01/2017