Monday, July 10, 2017

Algunas palabras sobre Bábel

KONSTANTIN PAUSTOVSKI

La primera impresión es siempre muy importante. Se considera, por lo general, que es la más decisiva. Estamos convencidos de que, cambiemos o no de opinión sobre una persona, da igual, porque tarde o temprano regresaremos a la primera impresión.

La vigencia de la primera impresión no se puede explicar con nada, a excepción del convencimiento que ponemos en nuestra propia agudeza y percepción. En mi vida he experimentado a menudo esta “primera impresión”, pero siempre con una intensidad variable.

Con frecuencia la primera impresión nos plantea adivinanzas socarronas.

Mi primer encuentro con Isaac Bábel ocurrió en circunstancias un tanto misteriosas y de admiración por mi parte. Tuvo lugar en 1925, en los alrededores de Odessa, en un paraje conocido como la Fuente del Medio.

Al occidente de Odessa, a lo largo de muchos kilómetros de la costa, se extiende una franja de jardines viejos y casas de campo. A todo este lugar se le conoce con el nombre de las Fuentes (la Pequeña, la del Medio, y la gran Fuente), aunque no exista ninguna fuente allí. Y parece que nunca la hubo.

Toda la franja de las Fuentes estaba dividida en estaciones (por el número de paradas del tranvía), desde la primera hasta la estación 16.

En la novena estación, para el verano, yo abría las ventanas del balcón en la casa de campo. Muy cerca, al otro lado del camino, vivía Bábel con su mujer, la bella pelirroja Eugenia Borisovna, y su propia hermana Meri, a quien todos llamaban cariñosamente Merita.

Merita, como dicen en Odessa, era parecida “hasta lo imposible” al hermano y resignadamente cumplía todos sus encargos. Y Bábel le asignaba muchos, los más diversos, desde pasar en limpio sus manuscritos en la máquina de escribir hasta bregar con admiradores inoportunos y descarados. Ya por aquel tiempo llegaban en grupos enteros desde la ciudad para “ver a Bábel”, lo que producía en el escritor estremecimiento e indignación.

Bábel había regresado recientemente de la Caballería Roja, donde prestó servicio como combatiente raso, bajo el nombre de Liutov. Sus cuentos ya se habían publicado en muchas revistas como Anales, Lef, El Erial Rojo y en periódicos de Odessa. Lo asediaba una multitud de jóvenes literatos de esa ciudad. Y lo irritaban tanto como sus admiradores.

La gloria iba de su lado. Ante nuestros ojos Bábel se convirtió en un preceptor literario y, al mismo tiempo, en un sabio imprescindible y burlón.

A veces Bábel me llamaba para comer en su casa. Con todas nuestras fuerzas lográbamos cargar una inmensa cazuela de aluminio con papilla líquida. A la cazuela, Bábel la llamaba “el patriarca”, y, cada vez, cuando aparecía, sus ojos brillaban carnívoramente.

De igual forma le brillaban cuando me leía en voz alta en la playa versos de Kipling, o “Mi pasado y mis ideas” de Herzen, o el cuento del escritor alemán Edshmid, “La duquesa”, que cayó en sus manos misteriosamente. Era un relato sobre el ahorcamiento por pillaje del poeta francés François Villon y su trágico amor por una monja duquesa.

A Bábel también le gustaba leer el poema de Arthur Rimbaud “El barco ebrio”. Leía magníficamente estos versos en francés, los leía con empeño, fácilmente, como zambulléndose en sus frases estrafalarias, como estrafalario era el flujo de las imágenes y comparaciones.

-A propósito- acotó una vez Bábel-, Rimbaud fue no solo un poeta sino también un aventurero. Comerció en Abisinia con colmillos de elefantes y murió de una enfermedad propia de los elefantes. En él había algo que lo emparenta con Kipling.

-¿Qué? –pregunté yo.

Bábel no contestó de inmediato. Sentado sobre la arena caliente, lanzaba al agua guijarros achatados.

Nuestra ocupación preferida en ese tiempo era lanzar guijarros, entre más lejos mejor, y escuchar cómo penetraban en el agua produciendo un sonido parecido al descorche de una botella de champaña.

-En la revista Satiricón –dijo Bábel sin ninguna relación con lo que había comentado antes- publicó el talentoso poeta satírico Sacha Chorni.

El verdadero apellido de Chorni era Glikberg. Lo recordé porque habíamos acabado de lanzar guijarros al mar y porque en uno de sus poemas escribió: “Existe también la isla de la soledad del pensamiento. Sé valiente y no temas descansar en ella. Allá las peñas sombrías resaltan sobre el mar, en un lugar donde se puede pensar y lanzar piedritas al agua”.

Observé al cabo de un rato a Bábel. Sonreía tristemente.

-Sacha Chorni era un judío tranquilo –dijo Bábel-, yo también fui así en un tiempo, cuando todavía no escribía. Entonces no entendía que la literatura no se hace ni con tranquilidad, ni con timidez. Se necesitan dedos tenaces y nervios templados para arrancar de la propia prosa, incluso con sangre, los fragmentos más superfluos, pero que tal vez sean los más amados por ti… Es lo más parecido a una autoflagelación. ¡Para qué me metí en este penoso asunto de la escritura! Yo podría haberme ocupado, como mi padre, de maquinaria agrícola, de trilladoras y máquinas flotadoras Mak-Kormik. ¿No las ha visto usted? Son hermosas y exhiben elegantes colores. Hasta puedes escuchar cómo susurra el trigo seco en sus cedazos. Pero en lugar de todo esto, ingresé en el Instituto de Psiconeurología solo para vivir en Petrogrado y emborronar cuenticos. ¡La escritura! Soy asmático crónico y ni siquiera puedo gritar como debiera ser. Y el escritor no debe musitar, sino hablar con toda su voz. Creo que Maiakovski no farfulló y Lérmontov dio de manera sencilla una bofetada con sus versos a los descendientes “de la conocida ruindad de los padres glorificados…”.

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De EL MALPENSANTE, junio-julio de 2007







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